Marisol caminaba hacia el ancianato donde trabajaba de enfermera. El viento que soplaba esa noche jugaba con su cabellera larga y negra, mas Marisol no le prestaba atención, pues iba sumida en sus pensamientos. Le preocupaba el efecto negativo que pudiera tener el medicamento experimental que estaban suministrando a los residentes.
Llegó al lugar. Mientras cerraba con llave prestó atención a un sonido; era la televisión del salón, aún estaba encendida. Al llegar al salón no había nadie, y vio que había mucho desorden. Apagó la televisión, y en ese momento escuchó el zumbido de un motor eléctrico: era la silla de ruedas de la señora Fernández. La anciana parecía dormida, tenía la cabeza hacia un lado. La silla de ruedas avanzó hasta chocar contra un sofá, rebotó hacia atrás y volvió a pecharlo.
- ¡Señora Fernández! -exclamó Marisol, y corrió hacia la anciana.
Al apagar la silla notó que la mano de la anciana estaba muy fría, y el brazo estaba algo rígido. Extrañada, le tomó el pulso, no tenía, estaba muerta. Aún sostenía la mano de la anciana cuando ésta abrió los ojos súbitamente, enderezó la cabeza con un movimiento rápido y abrió la boca al tiempo que emitió un grito espantoso. Seguidamente la anciana muerta intentó agarrarla lanzando manotazos y se estiró con la intención de morderla, y sus dientes postizos castañearon en el aire. Tenía los ojos rojos, inyectados de sangre, y abría la boca desmesuradamente al gritar.
Marisol, horrorizada, se apartó bruscamente. Entonces la muerta se levantó de la silla y avanzó temblorosamente hacia ella, sin dejar de dar manotazos al aire tratando de agarrarla.
“¡¿Qué es esto, Dios mío?!”, pensó Marisol al ir retrocediendo. Al girar rumbo a la puerta casi choca con un anciano que se había acercado por detrás sin que ella lo notara. Éste también tenía los ojos rojos, y había otros. Todos los residentes del lugar, convertidos en zombies, avanzaban ahora hacia el salón, hacia Marisol, que al verlos dejó escapar un grito de terror.
Todos estaban manchados de sangre: algunos iban masticando, otros sostenían partes humanas y succionaban la carne e intentaban sacar trozos sacudiendo la cabeza. Unos jirones de tela que todavía tenían partes blancas, indicaban que aquellos restos eran del doctor del lugar y de la otra enfermera.
Marisol, completamente aterrada, retrocedió ante aquel grupo de zombies; mas entre tanto terror pudo razonar igual: se acordó de la otra salida y corrió hacia ella. Los zombies empezaron a seguirla, avanzando entre gritos y gemidos.
Ya frente a la puerta buscó las llaves dentro del bolso. En su apuro se le cayeron al suelo. Los zombies ya estaban cerca. El terror le entorpecía las manos, no podía meter la llave. Cuando finalmente la abrió, uno de los zombies ya estaba a su lado, y con un movimiento rápido le mordió el brazo.
Marisol se deshizo del zombie de un empujón y consiguió salir, aunque en su apuro dejó la puerta abierta.
Ya completamente dominada por el terror, lo único que atinó a hacer fue correr hacia su casa, que estaba a unas cuadras de allí.
En su hogar estaban sus tres hijos y su esposo; estaban mirando la televisión. Al escuchar que golpearon el esposo de Marisol se levantó y fue a espiar por la mirilla de la puerta; ella miraba hacia abajo y su cabellera negra cubría gran parte de su cara.
- ¡Marisol! ¿Qué te pasó? ¿Tuviste un accidente? -le preguntó el esposo al abrir y ver el brazo ensangrentado.
Ella levantó la cabeza rápidamente; su piel morena ahora estaba pálida, tenía los ojos rojos, y al abrir la boca lanzó un grito espantoso y se abalanzó hacia su familia…
Cuentos de terror cortos
Cuentos para pasar miedo Cuentos fantásticos de fantasmas, hombres lobo, apariciones, casas y lugares embrujados. Cuentos de zombies. Cuentos de escuelas embrujadas. Hospitales embrujados.Cuentos de Jorge Leal.
lunes, 13 de mayo de 2013
Efectos secundarios
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cuento de terror de zombies
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domingo, 12 de mayo de 2013
El jinete fantasma
Ese día estuve a punto de no salir, tal vez presintiendo algo. Además era un poco tarde, pero después
de vacilar varias veces me calcé los deportivos y salí a la ruta.
Caminando a paso ligero doblé hacia una carretera que solía evitar por tener muchas subidas. Un viento sur algo cálido me llegaba de frente, la carretera subía y bajaba por largas y empinadas cuestas, que casi me quitaban el aliento.
A ambos costados el campo ascendía hasta la cima de cerros redondeados y agrestes. A la distancia se amontonaban unos nubarrones oscuros. Yo seguía caminando sin prestarle mucha atención a lo que me rodeaba, pero una quietud creciente me hizo observar con atención el paisaje. Entonces noté la ausencia de pájaros en los alrededores. La naturaleza estaba como expectante; era la clásica calma que antecede a las tormentas.
Al llegar a la cima de una subida vi que una tormenta avanzaba rápidamente desde el sur. Se elevaba desde el horizonte y tenía un tono verdoso, unas franjas de nubes iban a la vanguardia, características de las tormentas impulsadas por fuertes vientos. Había caminado hacia la tormenta, al volver la tenía a mi espalda, rugiendo ferozmente. El sol ya estaba muy bajo, al cubrirlo la tormenta el paisaje se oscureció repentinamente, la vez que el viento se hizo más fuerte.
Los pastizales de los cerros se aplanaban por los azotes del vendaval, los relámpagos comenzaron a surcar el cielo embravecido, algunos rayos hicieron temblar la tierra. Luego, una cortina de lluvia, maciza, compacta y estruendosa, bajó de golpe sobre el campo que se conmocionaba bajo la furia de los elementos. La lluvia era tan intensa que me dificultaba ver. Completamente empapado y calado de frío hasta los huesos, seguí avanzando a través de la sofocante cortina de agua que caía muy inclinada por el viento fuertísimo que la acompañaba.
Algo reluciente me hizo mirar hacia un costado, entonces vi entre aquel caos, en aquel oscurecido paisaje erizado de lluvia, iluminado por momentos por terribles rayos, la aparición fantasmal y luminosa de un jinete cabalgando por encima del campo sin pisarlo, pues las patas del caballo se agitaban en el aire. La crin del fantasmal animal ondulaba lentamente; el jinete tenía una espada en la mano y la apuntaba hacia adelante, como si estuviera guiando a un ejército invisible hacia la batalla.
Vi la aparición sólo por un instante, después desapareció en la tormenta. Al llegar a casa sentí un gran alivio, pero la caminata bajo la tormenta ya me había afectado. Durante la madrugada me envolvió la fiebre, y hasta el amanecer estuve tiritando y sufriendo de pesadillas, en donde veía una y otra vez al jinete fantasma galopando en la tormenta.
de vacilar varias veces me calcé los deportivos y salí a la ruta.
Caminando a paso ligero doblé hacia una carretera que solía evitar por tener muchas subidas. Un viento sur algo cálido me llegaba de frente, la carretera subía y bajaba por largas y empinadas cuestas, que casi me quitaban el aliento.
A ambos costados el campo ascendía hasta la cima de cerros redondeados y agrestes. A la distancia se amontonaban unos nubarrones oscuros. Yo seguía caminando sin prestarle mucha atención a lo que me rodeaba, pero una quietud creciente me hizo observar con atención el paisaje. Entonces noté la ausencia de pájaros en los alrededores. La naturaleza estaba como expectante; era la clásica calma que antecede a las tormentas.
Al llegar a la cima de una subida vi que una tormenta avanzaba rápidamente desde el sur. Se elevaba desde el horizonte y tenía un tono verdoso, unas franjas de nubes iban a la vanguardia, características de las tormentas impulsadas por fuertes vientos. Había caminado hacia la tormenta, al volver la tenía a mi espalda, rugiendo ferozmente. El sol ya estaba muy bajo, al cubrirlo la tormenta el paisaje se oscureció repentinamente, la vez que el viento se hizo más fuerte.
Los pastizales de los cerros se aplanaban por los azotes del vendaval, los relámpagos comenzaron a surcar el cielo embravecido, algunos rayos hicieron temblar la tierra. Luego, una cortina de lluvia, maciza, compacta y estruendosa, bajó de golpe sobre el campo que se conmocionaba bajo la furia de los elementos. La lluvia era tan intensa que me dificultaba ver. Completamente empapado y calado de frío hasta los huesos, seguí avanzando a través de la sofocante cortina de agua que caía muy inclinada por el viento fuertísimo que la acompañaba.
Algo reluciente me hizo mirar hacia un costado, entonces vi entre aquel caos, en aquel oscurecido paisaje erizado de lluvia, iluminado por momentos por terribles rayos, la aparición fantasmal y luminosa de un jinete cabalgando por encima del campo sin pisarlo, pues las patas del caballo se agitaban en el aire. La crin del fantasmal animal ondulaba lentamente; el jinete tenía una espada en la mano y la apuntaba hacia adelante, como si estuviera guiando a un ejército invisible hacia la batalla.
Vi la aparición sólo por un instante, después desapareció en la tormenta. Al llegar a casa sentí un gran alivio, pero la caminata bajo la tormenta ya me había afectado. Durante la madrugada me envolvió la fiebre, y hasta el amanecer estuve tiritando y sufriendo de pesadillas, en donde veía una y otra vez al jinete fantasma galopando en la tormenta.
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Cuentos de apariciones
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viernes, 10 de mayo de 2013
El hijo del fantasma
Los sueños extraños comenzaron cuando me mudé de casa. No eran pesadillas pero me inquietaban profundamente, pues en esos sueños veía gente que nunca conocí y recorría lugares desconocidos, y veía todo con tanta claridad que no parecían ser creaciones de mi mente, sino recuerdos. Soñaba también con aquella casa, pero al recorrerla lucía diferente, más nueva.
La situación extraña no se limitaba a tener esos sueños, porque por un comentario que hizo mi esposa me enteré que por las noches hacía cosas sin darme cuenta, si recordarlas luego. No le dije nada para no asustarla, si es que me creía, porque caminar dormido es una cosa, pero lo que yo hacía en esos momentos que no recordaba… sí que era extraño para un sonámbulo.
Una noche sumamente calurosa, abandoné el lecho y fui a sentarme al patio interior. Desde allí veía el interior de la habitación gracias a la gran ventana que tenía y a las cortinas descorridas. Veía la mesita con la veladora, la cama, y en ella mi esposa.
Seguía disfrutando del aire fresco cuando vi que algo se movía dentro de la habitación, y vi de pronto a un ser espectral, a un fantasma. Era una figura humana borrosa, como hecha de humo. Flotaba lentamente ante mis aterrados ojos, y sin poder moverme vi como se ubicaba en mi lado de la cama hasta quedar acostado.
Reaccioné un instante después, me precipité hacia el cuarto, pero cuando entré mi lugar estaba vacío, o el fantasma ya no se veía más. Esa noche comprendí el origen de aquellos extraños sueños: eran los recuerdos del fantasma. Y me estremecí al pensar en aquellos momentos de la noche que no recordaba, pues comprendí que sucedían cuando el fantasma se apoderaba de mi cuerpo.
Desesperado, inventé una excusa y nos marchamos al día siguiente.
Hoy mi esposa me dijo que está embarazada. Sé que ese niño tiene mi sangre, pero teniendo en cuenta la fecha de la concepción, creo que es hijo del fantasma.
La situación extraña no se limitaba a tener esos sueños, porque por un comentario que hizo mi esposa me enteré que por las noches hacía cosas sin darme cuenta, si recordarlas luego. No le dije nada para no asustarla, si es que me creía, porque caminar dormido es una cosa, pero lo que yo hacía en esos momentos que no recordaba… sí que era extraño para un sonámbulo.
Una noche sumamente calurosa, abandoné el lecho y fui a sentarme al patio interior. Desde allí veía el interior de la habitación gracias a la gran ventana que tenía y a las cortinas descorridas. Veía la mesita con la veladora, la cama, y en ella mi esposa.
Seguía disfrutando del aire fresco cuando vi que algo se movía dentro de la habitación, y vi de pronto a un ser espectral, a un fantasma. Era una figura humana borrosa, como hecha de humo. Flotaba lentamente ante mis aterrados ojos, y sin poder moverme vi como se ubicaba en mi lado de la cama hasta quedar acostado.
Reaccioné un instante después, me precipité hacia el cuarto, pero cuando entré mi lugar estaba vacío, o el fantasma ya no se veía más. Esa noche comprendí el origen de aquellos extraños sueños: eran los recuerdos del fantasma. Y me estremecí al pensar en aquellos momentos de la noche que no recordaba, pues comprendí que sucedían cuando el fantasma se apoderaba de mi cuerpo.
Desesperado, inventé una excusa y nos marchamos al día siguiente.
Hoy mi esposa me dijo que está embarazada. Sé que ese niño tiene mi sangre, pero teniendo en cuenta la fecha de la concepción, creo que es hijo del fantasma.
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Cuento de terror
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martes, 7 de mayo de 2013
Un cuento de cazadores
Era de madrugada y caminábamos por un campo helado. La noche estaba clarísima. Los pastos, blancos de helada, reflejaban la luz lunar y todo se veía perfectamente. Hernán y yo cargábamos una especie de camilla que improvisamos en el monte con ramas gruesas y mucha cuerda. En la “camilla” iba un jabalí que cazamos por la tarde. Seguíamos de cerca a Romero, el experto del grupo. Entre él y nosotros iban los perros, que eran tres.
Los pastos congelados crujían al pisarlos. Todo estaba inmóvil, silencioso. Cruzamos por algunas arboledas; no se movía ni una hoja, como si todo estuviera congelado, aunque la helada no daba para tanto: era la falta de viento lo que provocaba aquella quietud y aquel silencio.
Vi a Romero hacer unas pausas breves y girar la cabeza como buscando algo. Volteó hacia nosotros y esperó a que lo alcanzáramos.
- Muchachos -nos dijo-. Nos desviamos mucho.
- ¿Y por dónde andamos? -le pregunté.
- Creo, Héctor, que andamos en el campo de los Acuña, si no me equivoco -me contestó.
- ¿No dejan andar por aquí? -preguntó Hernán.
- No es que no dejen, esa gente hace mucho que no vive por aquí, no hay nadie cuidando este campo. La casa de los Acuña, que calculo debe estar ahí adelante, después de esa loma, es la casa embrujada que les conté una vez.
Enseguida recordé la historia que nos narrara Romero en una ocasión, mientras rodeábamos un fogón. La había tomado por un cuento de terror que inventó para entretenernos. Pero ahora, según él, estábamos cerca de dicha casa, y sentí mucha curiosidad, además de no tener ganas de dar un gran rodeo para esquivar aquel lugar; estaba muy cansado. Hernán también sintió curiosidad (me lo dijo después), y evidentemente estaba tan cansado como yo.
Romero no quería ir por allí. Tuvimos que insistir un poco y prometerle una botella de su bebida favorita para que aceptara seguir en el mismo rumbo. Volvimos a caminar por el campo blanco de helada. Empezamos a subir la loma, que resultó más larga de lo que aparentaba. Por la mitad de ésta Hernán y yo estábamos casi sin aliento. El jabalí parecía pesar cada vez más. Debido al aire frío nuestros alientos parecían bocanadas de humo. Al llegar a la cima vimos la casa. Nos hallábamos como a unos treinta metros de ésta. Desde allí se notaba que se encontraba abandonada; poco le faltaba para ser una ruina.
Romero quiso seguir avanzando, pero necesitábamos una pausa para recuperar el aliento, entonces dejamos el jabalí en el suelo, a pesar de la insistencia de Romero; mas al observar la actitud de los perros, miré a Hernán y vi que él también estaba asombrado. Los perros, erizados hasta la cola, mostraban los colmillos y gruñían sordamente hacia la casa. De pronto se abrió una de las puertas y una luz tenue, vacilante (un fuego fatuo), salió de la oscuridad del lugar, y al ver que avanzaba hacia nosotros, hombres y perros nos echamos a correr, completamente aterrorizados A nuestra presa la dejamos en aquel lugar, solamente atinamos a huir.
De haber llevado el jabalí a nuestras casas, tal vez hubieran creído nuestra historia, pero creyeron que era un cuento que inventamos por no haber cazado nada.
Los pastos congelados crujían al pisarlos. Todo estaba inmóvil, silencioso. Cruzamos por algunas arboledas; no se movía ni una hoja, como si todo estuviera congelado, aunque la helada no daba para tanto: era la falta de viento lo que provocaba aquella quietud y aquel silencio.
Vi a Romero hacer unas pausas breves y girar la cabeza como buscando algo. Volteó hacia nosotros y esperó a que lo alcanzáramos.
- Muchachos -nos dijo-. Nos desviamos mucho.
- ¿Y por dónde andamos? -le pregunté.
- Creo, Héctor, que andamos en el campo de los Acuña, si no me equivoco -me contestó.
- ¿No dejan andar por aquí? -preguntó Hernán.
- No es que no dejen, esa gente hace mucho que no vive por aquí, no hay nadie cuidando este campo. La casa de los Acuña, que calculo debe estar ahí adelante, después de esa loma, es la casa embrujada que les conté una vez.
Enseguida recordé la historia que nos narrara Romero en una ocasión, mientras rodeábamos un fogón. La había tomado por un cuento de terror que inventó para entretenernos. Pero ahora, según él, estábamos cerca de dicha casa, y sentí mucha curiosidad, además de no tener ganas de dar un gran rodeo para esquivar aquel lugar; estaba muy cansado. Hernán también sintió curiosidad (me lo dijo después), y evidentemente estaba tan cansado como yo.
Romero no quería ir por allí. Tuvimos que insistir un poco y prometerle una botella de su bebida favorita para que aceptara seguir en el mismo rumbo. Volvimos a caminar por el campo blanco de helada. Empezamos a subir la loma, que resultó más larga de lo que aparentaba. Por la mitad de ésta Hernán y yo estábamos casi sin aliento. El jabalí parecía pesar cada vez más. Debido al aire frío nuestros alientos parecían bocanadas de humo. Al llegar a la cima vimos la casa. Nos hallábamos como a unos treinta metros de ésta. Desde allí se notaba que se encontraba abandonada; poco le faltaba para ser una ruina.
Romero quiso seguir avanzando, pero necesitábamos una pausa para recuperar el aliento, entonces dejamos el jabalí en el suelo, a pesar de la insistencia de Romero; mas al observar la actitud de los perros, miré a Hernán y vi que él también estaba asombrado. Los perros, erizados hasta la cola, mostraban los colmillos y gruñían sordamente hacia la casa. De pronto se abrió una de las puertas y una luz tenue, vacilante (un fuego fatuo), salió de la oscuridad del lugar, y al ver que avanzaba hacia nosotros, hombres y perros nos echamos a correr, completamente aterrorizados A nuestra presa la dejamos en aquel lugar, solamente atinamos a huir.
De haber llevado el jabalí a nuestras casas, tal vez hubieran creído nuestra historia, pero creyeron que era un cuento que inventamos por no haber cazado nada.
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lunes, 6 de mayo de 2013
Los vecinos
Rubén paseaba por su nueva propiedad. Caminaba por un sendero que comenzaba en el jardín de la casa, se adentraba en el bosque y serpenteaba entre aquellos árboles añosos. En algunas partes el sendero desaparecía bajo una capa de hojas secas, y a Rubén, un hombre de ciudad (como el mismo se calificaba) le costaba volver a
encontrarlo.
En un momento de su caminata se detuvo y miró extrañado su entorno próximo: no recordaba haber cruzado por allí. Esa parte del bosque era más tupida, más intrincada.
Tras voltear y volver a mirar lo que lo rodeaba, aceptó que estaba perdido. No sabía hacia dónde estaba la casa, aunque intuía que no era muy lejos de allí.
El sol del medio día brillaba entre las copas de los árboles. Rubén siguió avanzando, en procura del sendero. Cada tanto soplaba una ráfaga de viento, y volaban hojas, y se agitaban las ramas; entonces aquel lugar se llenaba de crujidos, de rechinidos de ramas que rozaban entre si. Después el viento calmaba y el silencio volvía a reinar allí.
Llegó a una parte donde el bosque se habría en un claro. Rubén caminaba mirando hacia el suelo, para evitar tropezar con las incontables raíces y otros obstáculos que encontraba a cada paso. De pronto, al levantar la vista se encontró frente a una construcción que lo dejó estupefacto, con la boca abierta. Ante él se erguía una cripta. La cripta estaba construida en piedra, y todo en ella indicaba que era muy antigua. Unas enredaderas ya secas cubrían las paredes entrecruzándose entre ellas. Tenía aquella cripta una gran puerta de hierro que estaba rojiza de tanto herrumbre.
Rubén contemplaba aquella cripta cuando una nueva ráfaga de viento sacudió todo, y entonces, creyó escuchar ahora, entre el rumor del bosque, un, ¡aahhh…! Largo y cavernoso que salió del interior de la cripta. Aquel sonido lo asustó tanto que inmediatamente quiso alejarse de allí; mas apenas le dio la espalda a la construcción, rechinó lastimosamente la puerta de hierro, y unos pasos presurosos salieron de allí rumbo a él; y a esos pasos se sumaron otros, y todos corrían hacia Rubén que, desesperado por el terror repentino que lo invadió se echó a correr como un loco, sin atreverse a voltear.
De milagro alcanzó el sendero que partía de su casa, y al verse cerca de ésta se atrevió a mirar sobre su hombro pero no vio nada.
Aquella experiencia fue sumamente aterradora para Rubén, pero iba a vivir una peor, pues se encontraba solo, se aproximaba una tormenta, y esa noche sus vecinos de la cripta lo iban a visitar.
encontrarlo.
En un momento de su caminata se detuvo y miró extrañado su entorno próximo: no recordaba haber cruzado por allí. Esa parte del bosque era más tupida, más intrincada.
Tras voltear y volver a mirar lo que lo rodeaba, aceptó que estaba perdido. No sabía hacia dónde estaba la casa, aunque intuía que no era muy lejos de allí.
El sol del medio día brillaba entre las copas de los árboles. Rubén siguió avanzando, en procura del sendero. Cada tanto soplaba una ráfaga de viento, y volaban hojas, y se agitaban las ramas; entonces aquel lugar se llenaba de crujidos, de rechinidos de ramas que rozaban entre si. Después el viento calmaba y el silencio volvía a reinar allí.
Llegó a una parte donde el bosque se habría en un claro. Rubén caminaba mirando hacia el suelo, para evitar tropezar con las incontables raíces y otros obstáculos que encontraba a cada paso. De pronto, al levantar la vista se encontró frente a una construcción que lo dejó estupefacto, con la boca abierta. Ante él se erguía una cripta. La cripta estaba construida en piedra, y todo en ella indicaba que era muy antigua. Unas enredaderas ya secas cubrían las paredes entrecruzándose entre ellas. Tenía aquella cripta una gran puerta de hierro que estaba rojiza de tanto herrumbre.
Rubén contemplaba aquella cripta cuando una nueva ráfaga de viento sacudió todo, y entonces, creyó escuchar ahora, entre el rumor del bosque, un, ¡aahhh…! Largo y cavernoso que salió del interior de la cripta. Aquel sonido lo asustó tanto que inmediatamente quiso alejarse de allí; mas apenas le dio la espalda a la construcción, rechinó lastimosamente la puerta de hierro, y unos pasos presurosos salieron de allí rumbo a él; y a esos pasos se sumaron otros, y todos corrían hacia Rubén que, desesperado por el terror repentino que lo invadió se echó a correr como un loco, sin atreverse a voltear.
De milagro alcanzó el sendero que partía de su casa, y al verse cerca de ésta se atrevió a mirar sobre su hombro pero no vio nada.
Aquella experiencia fue sumamente aterradora para Rubén, pero iba a vivir una peor, pues se encontraba solo, se aproximaba una tormenta, y esa noche sus vecinos de la cripta lo iban a visitar.
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domingo, 5 de mayo de 2013
Después de la batalla
Un humo tenue como niebla cubría el campo de batalla. Sobre lo que hasta la mañana fuera
una simple pradera, se desparramaban cuerpos de soldados y caballos. A la distancia sonaban disparos de mosquetes; un bando huía y el otro le daba caza.
Tendido sobre el pasto, boca arriba, estaba Oliver, herido en una pierna pero aún vivo.
Tras recibir un balazo cayó del caballo, quedando inconciente por el golpe recibido. Después de una hora de inconciencia las sensaciones fueron volviendo a él lentamente. El olor a pólvora que inundaba el aire le recordó dónde estaba. También escuchó pasos, y desde arriba llegaba el graznido de los cuervos.
Abrió los ojos y ladeó la cabeza. Soldados de ambos bandos se arrastraban por los pastos o
caminaban lentamente, con los brazos colgando y la boca medio abierta.
Oliver observó a uno de los soldados y se estremeció súbitamente. Un sable lo atravesaba
de lado a lado, y la punta salía a la altura del corazón. Enseguida observó a los otros: Uno tenía
un gran hueco en el abdomen, otro un tajo que le abría el uniforme y la carne desde el hombro
hasta la cintura, mientras uno que no tenía piernas ni abdomen caminaba apoyado sobre las manos.
Aquellos hombres no podían estar vivos, estaban muertos, aun así andaban: eran zombies.
Uno de los zombies lo miró, y abriendo más la boca lanzó un largo gemido. Los que le daban
la espalda voltearon y comenzaron a buscar con la mirada. En un instante varios zombies
iban hacia Oliver, abriendo más la boca y extendiendo sus brazos o muñones como señalándolo.
Intentó levantarse pero no pudo. Ya estaba rodeado completamente y algunos ya se inclinaban
sobre él, cuando de repente volvieron a tronar los cañones, y enormes bolas de hierro silbaron
por el aire, y los zombies volaron hecho pedazos.
Oliver no salió ileso, pero no le importó; aquella muerte era mejor que ser devorado por zombies.
Cerca de allí, un hombre observaba la devastación con un pequeño telescopio; a su lado otro
esperaba sus órdenes:
- Parece que eliminamos a la mayoría de los zombies -dijo el que sostenía el telescopio-. Hay que
ir y asegurarse. Recuerde: hay que destruir el cerebro.
- Sí señor -dijo el que esperaba sus órdenes, haciendo una seña después para que los demás
hombres avanzaran.
Aquel grupo trabajaba en secreto. Lo habían formado luego de que un puñado de soldados, muertos en un cementerio prohibido, se reanimaran como zombies por causa de una maldición que protegía dicho cementerio.
Hasta ahora cumplían con su trabajo sin mayores inconvenientes, pero pronto iban a enfrentar a su mayor desafío, pues todo un ejército de zombies se había levantado en otro campo de batalla.
una simple pradera, se desparramaban cuerpos de soldados y caballos. A la distancia sonaban disparos de mosquetes; un bando huía y el otro le daba caza.
Tendido sobre el pasto, boca arriba, estaba Oliver, herido en una pierna pero aún vivo.
Tras recibir un balazo cayó del caballo, quedando inconciente por el golpe recibido. Después de una hora de inconciencia las sensaciones fueron volviendo a él lentamente. El olor a pólvora que inundaba el aire le recordó dónde estaba. También escuchó pasos, y desde arriba llegaba el graznido de los cuervos.
Abrió los ojos y ladeó la cabeza. Soldados de ambos bandos se arrastraban por los pastos o
caminaban lentamente, con los brazos colgando y la boca medio abierta.
Oliver observó a uno de los soldados y se estremeció súbitamente. Un sable lo atravesaba
de lado a lado, y la punta salía a la altura del corazón. Enseguida observó a los otros: Uno tenía
un gran hueco en el abdomen, otro un tajo que le abría el uniforme y la carne desde el hombro
hasta la cintura, mientras uno que no tenía piernas ni abdomen caminaba apoyado sobre las manos.
Aquellos hombres no podían estar vivos, estaban muertos, aun así andaban: eran zombies.
Uno de los zombies lo miró, y abriendo más la boca lanzó un largo gemido. Los que le daban
la espalda voltearon y comenzaron a buscar con la mirada. En un instante varios zombies
iban hacia Oliver, abriendo más la boca y extendiendo sus brazos o muñones como señalándolo.
Intentó levantarse pero no pudo. Ya estaba rodeado completamente y algunos ya se inclinaban
sobre él, cuando de repente volvieron a tronar los cañones, y enormes bolas de hierro silbaron
por el aire, y los zombies volaron hecho pedazos.
Oliver no salió ileso, pero no le importó; aquella muerte era mejor que ser devorado por zombies.
Cerca de allí, un hombre observaba la devastación con un pequeño telescopio; a su lado otro
esperaba sus órdenes:
- Parece que eliminamos a la mayoría de los zombies -dijo el que sostenía el telescopio-. Hay que
ir y asegurarse. Recuerde: hay que destruir el cerebro.
- Sí señor -dijo el que esperaba sus órdenes, haciendo una seña después para que los demás
hombres avanzaran.
Aquel grupo trabajaba en secreto. Lo habían formado luego de que un puñado de soldados, muertos en un cementerio prohibido, se reanimaran como zombies por causa de una maldición que protegía dicho cementerio.
Hasta ahora cumplían con su trabajo sin mayores inconvenientes, pero pronto iban a enfrentar a su mayor desafío, pues todo un ejército de zombies se había levantado en otro campo de batalla.
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sábado, 4 de mayo de 2013
Entre amigos y fantasmas
Al terminar las clases algunos compañeros de estudio decidimos salir a acampar.
Todos sentimos alguna vez esa nostalgia que se mezcla con la alegría de terminar un curso.
Esa acampada iba a ser nuestra despedida, concientes que nuevos quehaceres y ocupaciones
nos distanciarían inevitablemente.
Éramos doce en total. En bicicleta, partimos en pelotón rumbo a una laguna. Fuimos por
una carretera agotadora, llena de subidas y curvas. Finalmente llegamos, empapados en
sudor pero alegres. El sol ya estaba alto en el cielo y hacía mucho calor.
La laguna era casi redonda, de cientos de metros de diámetro, muy honda en algunas partes.
Acampamos en la orilla donde hay árboles, allí armamos nuestras carpas. La idea era pasar
el día con su noche, y regresar en el próximo atardecer.
El lugar era hermoso. Unos repechos bastante grandes cubiertos por pastos bajos llegaban
hasta la orilla, y varios senderos serpentean por ellos. En la cima, por aquí y por allá se veían casas de veraneo. Más allá, unos cerros lejanos se recortan en el horizonte, y en ellos se podía ver pequeños bosquecillos, que a la distancia parecían sólo unos manchones negros salpicados sobre un verde opaco.
El agua reflejaba el cielo, y ese día era de un azul profundo. Mas entre toda aquella belleza, hay muchas historias de ahogados, suicidios y accidentes, pues varios autos terminaron en el fondo de la laguna.
Durante la noche, conversábamos animosamente bajo la luz de un farol que pendía
de una rama. De repente escuchamos un ruido en el agua, un ruido fuerte, como si
alguien se hubiera arrojado desde la orilla. No habíamos visto a nadie más acampando
por allí, y la noche había enfriado bastante, por lo que nos pareció un poco raro que
alguien se arrojara al agua.
Uno de mis compañeros había llevado un foco potente, y con su luz barrió la superficie
de la laguna. El agua estaba sumamente calma. Nos miramos sin decir nada, todos
sabíamos que allí había muerto gente. Apenas apagó el foco, nuevamente escuchamos
ruidos en el agua, como si alguien nadara.
La luz del foco reveló una superficie calma, inmóvil. El resto de la noche seguimos
escuchando ruidos ,y hasta voces que venían del agua, sin que pudiéramos ver algo, y eso asustó a todos.
Nos marchamos temprano por la mañana. Gracias a esos hechos sobrenaturales, sé que ninguno va a olvidar esa acampada por más que pasen los años.
Todos sentimos alguna vez esa nostalgia que se mezcla con la alegría de terminar un curso.
Esa acampada iba a ser nuestra despedida, concientes que nuevos quehaceres y ocupaciones
nos distanciarían inevitablemente.
Éramos doce en total. En bicicleta, partimos en pelotón rumbo a una laguna. Fuimos por
una carretera agotadora, llena de subidas y curvas. Finalmente llegamos, empapados en
sudor pero alegres. El sol ya estaba alto en el cielo y hacía mucho calor.
La laguna era casi redonda, de cientos de metros de diámetro, muy honda en algunas partes.
Acampamos en la orilla donde hay árboles, allí armamos nuestras carpas. La idea era pasar
el día con su noche, y regresar en el próximo atardecer.
El lugar era hermoso. Unos repechos bastante grandes cubiertos por pastos bajos llegaban
hasta la orilla, y varios senderos serpentean por ellos. En la cima, por aquí y por allá se veían casas de veraneo. Más allá, unos cerros lejanos se recortan en el horizonte, y en ellos se podía ver pequeños bosquecillos, que a la distancia parecían sólo unos manchones negros salpicados sobre un verde opaco.
El agua reflejaba el cielo, y ese día era de un azul profundo. Mas entre toda aquella belleza, hay muchas historias de ahogados, suicidios y accidentes, pues varios autos terminaron en el fondo de la laguna.
Durante la noche, conversábamos animosamente bajo la luz de un farol que pendía
de una rama. De repente escuchamos un ruido en el agua, un ruido fuerte, como si
alguien se hubiera arrojado desde la orilla. No habíamos visto a nadie más acampando
por allí, y la noche había enfriado bastante, por lo que nos pareció un poco raro que
alguien se arrojara al agua.
Uno de mis compañeros había llevado un foco potente, y con su luz barrió la superficie
de la laguna. El agua estaba sumamente calma. Nos miramos sin decir nada, todos
sabíamos que allí había muerto gente. Apenas apagó el foco, nuevamente escuchamos
ruidos en el agua, como si alguien nadara.
La luz del foco reveló una superficie calma, inmóvil. El resto de la noche seguimos
escuchando ruidos ,y hasta voces que venían del agua, sin que pudiéramos ver algo, y eso asustó a todos.
Nos marchamos temprano por la mañana. Gracias a esos hechos sobrenaturales, sé que ninguno va a olvidar esa acampada por más que pasen los años.
Etiquetas:
Cuentos de lugares embrujados
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