cuentos de terror

cuentos de terror
cuentos de terror cortos

domingo, 28 de septiembre de 2014

La familia (última parte)


Para leer el comienzo de cuento pinchar aquí: Primera parte



Pablo se sentía atrapado en una casa de locos. ¿Qué estaban tramando aquellos payasos? Las miradas del padre y del hijo eran macabras, al igual que la sonrisa de Elena. Ella no le soltaba el brazo y trataba de mirarlo a los ojos. 
La madre de Elena volvió a la sala y se sentó junto a su esposo y su hijo. Ahora eran tres los payasos que lo miraban sonriendo sospechosamente y sin decir una palabra. ¿Por qué hacían eso? Le pareció que disfrutaban de su confusión y miedo. Tenía que irse de allí. Aquello estaba muy alejado de una situación normal. Esperar a un invitado disfrazados de payasos, hacer bromas pesadas, mirarlo como lo miraban; era una locura. A Elena evidentemente le divertía mucho la situación, y lo miraba tentada a echarse a reír nuevamente. Sus ojos tenían la mirada que confundía a veces a Pablo, pero ahora no desaparecía enseguida como antes. Mientras tanto los payasos seguían disfrutando de aquel silencio tan incómodo para él. Tenía que largarse de allí como fuera. “Tal vez si digo que voy a buscar algo en el auto…”. 
Al planear marcharse recordó que Elena tenía las llaves del auto, la vio guardarlas en el bolsillo. Si tenía malas intenciones no se las iba a devolver. Igual podía salir corriendo, y si lo perseguían se metería en el bosque.  El hermano no parecía ser muy fuerte, pero el padre tenía que serlo, y enfrentar a los dos, llegado el caso, sin dudas iba a ser complicado. Y estaba la posibilidad de que Elena y su madre también lo atacaran. Podían tener armas ocultas en la ropa. ¿Qué hacía? Decidió primero tratar de irse por las buenas. Tal vez eran unos locos inofensivos, auque no parecían serlo.      Iba a decir algo cuando el payaso padre habló primero: 

- Bien, basta de esto. Muchacho, disculpa nuestras bromas. Fue una forma de probarte. Las bromas pesadas son parte de la familia, y para unirte a nosotros tienes que aguantar. Pero no te preocupes, hay límites, claro, y no estamos tan mal como debes estar pensando ahora. ¿Todo bien? 
- Pablo -intervino Elena-, ¿te asustaste mucho? Ven, les dije que se iba a asustar. 
- No me asusté -se defendió él-. Pero esto es muy raro para mí. 
- Tenías razón, Elena -dijo el padre-, lo asustamos, disculpa, hija. No creí que unas bromas fueran a asustarlo tanto. Muchacho, por favor, no nos tomes por unos locos. Venimos de una vieja familia de payasos. Es una tradición familiar, y para nosotros esto es algo normal. No te vayas, quédate a cenar. Discúlpame por haberte asustado. Si te vas Elena no me va a perdonar. Ella te quiere. Quédate. 

La mirada de los tres payasos había cambiado, y Elena ahora parecía apenada.
Pablo sintió un gran alivio, pero todavía quería marcharse. Aunque ella había vuelto a ser la que conocía, ahora su carácter le parecía una actuación, algo falso. Ya nunca la iba a ver como antes.

- Quédate, hombre -lo invitó el hermano-. Siempre les digo que esto es muy raro para el resto de la gente, pero el señor payaso aquí no me hace caso. 
- Ahora me está dando algo de vergüenza -dijo la madre-. ¿Qué pensarán sus padres cuando les cuente esto?
- No te vayas -le imploró Elena-. Nunca mas voy a dejar que te asusten. 

Él quería irse y mandarla al diablo pero no quería quedar como un miedoso. Se había asustado, mas no quería que aquella gente rara lo supiera. Ahora que ya no los veía como un peligro le resultaron repulsivos. “¡Payasos de pacotilla!”, pensó “Bastante se rieron de mí, pero el que ríe de último ríe mejor”. Se iba a quedar, iba a fingir que los aceptaba, les iba a prometer otras visitas, y después de esa noche, ¡al diablo! No le iba a contestar ni un mensaje. Después solo iba a ser una anécdota; la vez que salió con una loca y conoció a su familia ridícula de payasos. Eso se merecían por reírse de él. 
Fingió que lo ablandaron con sus pedidos y se quedó. Elena tenía una sonrisa sumamente amplia, una nueva sonrisa, una de las varias que había demostrado poseer. 
La madre dijo que la cena estaba lista en el comedor. Cuando se levantaron la mujer exclamó, como si acabara de acordarse: 

- ¡No le presentamos al abuelo!
- Es cierto -dijo el payaso padre-. Si no se lo presentamos después el viejo se va a enojar ¡Jajaja! El viejo… casi lo olvidamos. 
- Tienes que conocer a mi abuelo, te va a encantar -le dijo Elena. 
- Bueno, vamos a conocer al abuelo -estuvo de acuerdo Pablo. En su mente pensó: “El loco mas viejo. Partida de dementes”. 

De la sala pasaron a un corredor corto, después a la cocina, y de ahí salieron de la casa. En el fondo había una casa rodante bastante larga, de esas que usan en los circos. 
Pablo empezó a asustarse de a poco. “¿No será esto otra broma pesada?” 
La familia caminaba rodeándolo. Cuando llegaron frente al remolque Elena se puso a escudriñar por la ventana, adentro estaba oscuro. 

- Tal vez está durmiendo, no quiero molestarlo… -les dijo Pablo. 
- No, el viejo siempre está despierto hasta tarde. Se queda con la luz apagada porque es muy amarrete el viejo ¡Jajaja! -aseguró el padre, y le preguntó a su hija-. ¿Está en ese extremo? 
- Parece que sí, ¡ahí está! ¡Abuelo, te traje una visita! Ven, Pablo. 

Ella abrió la puerta y entró, y le extendió la mano. Pablo entró, aunque muy desconfiado. Adentro estaba oscuro, y enseguida le llegó un olor a putrefacción. 
Por la puerta entraba la claridad de una luz exterior. Ella fingió estar buscando un interruptor, pero sorpresivamente se volvió hacia él y lo empujó, y consiguió derribarlo. Acto seguido salió del remolque como una exhalación y cerró la puerta tras de si. Enseguida los de afuera explotaron en carcajadas, y Elena los acompañó. 
Cuando se levantó, el olor era mucho mas fuerte, y era porque su origen se iba aproximando. Al cruzar frente a la ventana la luz de exterior mostró a medias la cara arrugadísima de un payaso que tenía todas las señas de estar muerto, y lo indicaba también su olor. Pero aunque muerto igual caminaba, era un zombie. Se acercaba a pasos lentos, y empezó a gemir al ver a su presa.  Pablo intentó desesperadamente abrir la puerta. Sus intentos solo aumentaban las carcajadas que enloquecían cada vez mas allá afuera. Cuando el payaso-zombie lo alcanzó Pablo emitió unos alaridos de terror, que fueron contestados con mas carcajadas desde el patio. 
El zombie era muy fuerte, pero Pablo estaba decidido a vivir. El remolque se sacudía con la lucha que se desataba adentro. Los payasos se retorcían de risa. 
Cuando los gritos de Pablo empezaron a disminuir, también sus risas. Finalmente el padre dijo: 

- Si que nos divertimos con este, el número setenta y ocho. 
- Papá, es el número setenta y nueve -le aclaró Elena. 
- Como sea. Ya vamos a cenar. Dejemos al viejo comer tranquilo. 
- Papá -le dijo el payaso flaco-. Cuando tú mueras y te convirtamos en zombie, no sé cómo vamos a hacer para alimentarte. Un tipo para vos sería solo un aperitivo. 
- Pues no sé cómo, pero mas vale que se las ingenien, sino los voy a devorar a ustedes. 

Y entraron a la casa a las risas.  
Unos minutos mas tarde, intentaban abrir la puerta del remolque desde adentro. Después de muchos intentos esta se abrió, y Pablo cayó al patio. Tenía varias heridas y estaba casi todo cubierto por una substancia pútrida. El zombie-payaso quedó adentro, tenía la cabeza partida en dos.  Pablo se arrastró por el patio. Con mucho trabajo logró ponerse en pie. Ya estaba por internarse en el bosque cuando, de repente se detuvo en el borde de este y giró lentamente hacia la casa.  El zombie lo había mordido varias veces. Además de lo que sentía por las heridas, percibía cómo algo se iba desparramando por su cuerpo. Pronto se iba a convertir en un zombie. ¿Para qué huir? Mejor era cobrarse lo que le hizo la familia. Entró por el fondo y se ocultó en una pieza. Un instante antes de morir Pablo pensó: “Querían que me quedara a cenar, pues bien, no los voy a defraudar”, y expiró con una sonrisa.  
Poco rato después, Elena creyó escuchar un ruido, eran pasos que iban hacia donde estaban ellos.   

sábado, 27 de septiembre de 2014

La familia (primera parte)

Pablo estaba algo nervioso porque no sabía si los padres de Elena, su novia, iban a simpatizar con él. Después se tranquilizó pensando que sus preocupaciones eran exageradas. Solo era una simple cena con sus posibles futuros suegros. De saber lo que le esperaba hubiera temblado de miedo y nunca hubiera ido.
Él acostumbraba cenar temprano, mas aparentemente la familia de Elena lo hacía bastante tarde, a juzgar por la hora que ella le indicó. Cuando salió de su casa ya estaba oscuro.   No le gustaba manejar de noche en las rutas, y menos en los caminos rurales, pero como iba a ver a Elena no le importó tanto. 
Hacía poco que la conocía, pero su belleza lo tenía cautivado desde que la vio, aunque a veces la personalidad de ella lo desorientaba un poco, porque tenía unos cambios de ánimo repentinos, y por instantes parecía hasta propensa a la violencia, pero siempre terminaba aclarando que solo bromeaba.   Como antes de conocerla él ya se estaba convenciendo de que no había una mujer perfecta, creyó que tenía que adaptarse a ella y aceptarla junto a sus defectos. Pensaba que peor sería una mujer sosa y aburrida. 
Abandonó la ruta en el punto que ella le había indicado y dobló en un camino de tierra.
Enseguida se vio rodeado de bosques oscuros. En lugares así odiaba ver solo lo que iluminaban las luces del auto; no le gustaba la idea de que mas allá había todo un paisaje (y quién sabe qué cosas en él) oculto en la oscuridad. 
A su derecha se despejó una zona en el bosque, y vio las luces de la casa. El portón estaba abierto pero no se atrevió a seguir. ¿Sería aquella la casa? La vivienda estaba como a cuarenta metros del camino. Se abrió una puerta y bajo una luz exterior apareció Elena. Ella le indicó que arrimara el coche haciendo gestos con el brazo.  Al bajarse él se acomodó la corbata; ella lo recibió con un beso: 

- Pasa, te estamos esperando -le dijo Elena. 
- ¿Estoy bien así? No te pregunté si era formal. 
- Así estás mas que bien. No te preocupes. ¡Ah! Espera, dame las llaves de tu auto. 
- ¿Qué? ¡Jajaja! ¿Para qué las quieres? 
- Porque tal vez salgamos a dar una vuelta después, y yo quiero manejar. 
- ¿Manejar tú, a mi “bebé”? ¡Jajaja! Bueno, está bien. 

Era solo otra pequeña conducta rara de ella; Pablo le dio las llaves. Entraron a la sala. Aparentemente no había nadie en ella. En la mitad de la habitación había dos sofás grandes, y entre estos una mesita. Pablo miró a Elena; ella lucía una gran sonrisa, y lo tomó de un brazo: 

- ¿Dónde está tu familia? -le preguntó Pablo. 
- Mi padre está escondido detrás de ese sofá. 

A Pablo le dio gracia lo que ella dijo. Cuando miró hacia el sofá, alguien que estaba detrás de él se incorporó de golpe, con un grito, y estaba disfrazado de payaso. Tenía un atuendo de esos ridículos, una peluca negra que le caía hasta los hombros y la cara completamente maquillada con un fondo blanco, y alrededor de los labios y los ojos se había dibujado una especie de sombreado con rojo, y no le faltaba la clásica nariz de payaso. Su cuerpo era robusto, con una prominente panza, y su cabeza lucía grande incluso para aquel cuerpo. 
Como apareció tan repentinamente y con aquel grito, Pablo se echó hacia atrás, espantado, y hubiera retrocedido mas si Elena no lo estuviera tomando de un brazo. 
El susto de Pablo le causó mucha gracia al payaso, y lanzó una carcajada estrepitosa; Elena también se rió a carcajadas. ¿Qué diablos era aquello? Cuando Pablo quiso apartarse ella dejó de reír y le dijo: 

- No te espantes, solo es el bromista de mi padre. Es su forma de “romper el hielo”. perdóname. ¿Estás bien?
- Sí, claro. No me espanté, solo me sorprendí un poco. Que buena broma. 

El payaso dejó de reír también y se le acercó extendiéndole la mano:

- Remigio Furtado -se presentó el payaso-. Un gusto conocerlo. 
- Mucho gusto. Soy Pablo Rocha -cuando Pablo le sacudió la mano se quedó con ella porque esta se desprendió del brazo del payaso: era falsa. De nuevo los anfitriones se echaron a reír. 
- Disculpe, muchacho -dijo el payaso, con una voz solemne y burlona a la vez-, creí que estaba interesado en la mano de mi hija, no en la mía ¡Jajaja!

Pablo intentó sonreír pero solo le salió una mueca. Estaba sumamente incómodo. No sabía cómo reaccionar. Nadie está preparado para una situación así. No le asombraría encontrarse con un padre con cara de pocos amigos, o a uno indiferente, o que le demostrara desconfianza, antipatía, o a alguien que se mostrara campechano desde el principio, pero un payaso aterrador con bromas pesadas… nunca lo hubiera imaginado.   
Elena de nuevo se puso seria. Tomó la mano falsa y se la dio a su padre; este la guardó en un bolsillo enorme que tenía en la ropa. 

- Basta de bromas, papá, que lo vas a espantar -le pidió Elena. 
- Está bien. Con este, el número setenta y ocho, ¿o van setenta y nueve novios? No importa, con este me voy a portar bien -aseguró el payaso. 
- ¡Basta!, que va a creer que es cierto.  Pablo, él solo está bromeando. 
- ¡Jaja! Sí, ya me lo imaginaba -le aseguró Pablo. En realidad la broma le cayó como un yunque en la cabeza.  

Tras esa última intervención el payaso se sentó despatarrado en el sofá, con los brazos extendidos en cruz.  Elena se sentó con Pablo frente a este. La situación ya era insoportablemente incómoda, y empeoró cuando apareció en la sala otro payaso. Este era flaco y muy alto.  Se acercó dando pasos enormes hacia el sofá. Pablo se levantó para saludar. El payaso se detuvo muy cerca de él y lo miró fieramente: 

- Óyeme bien, “Don Juan”. Si le tocas solo un pelo a mi hermana, si le tocas solo un pelo… ¡es porque eres “raro”. Si esta es súper fácil! ¡Ah, jajaja!

Elena se levantó y le dio un puñetazo en la boca del estómago al payaso; este se dobló al recibir el golpe, aunque no dejó de reírse. 

- Te presento al estúpido de mi hermano -dijo ella con un tono rabioso-. Nicasio, hazme el favor de sentarte junto a papá y no abrir mas la boca, ¿está bien? 

El payaso flaco se sentó refunfuñando.   Tras este nuevo incidente se presentó la madre, que también estaba vestida de payaso. Entró a la sala cargando una bandeja.  Pablo sufrió una impresión horrible al ver lo que traía. Sobre la bandeja había una pollo vivo. Al pobre animal le habían quitado todas las plumas y tenía las patas maniatadas. Se encontraba panza arriba y sacudía desesperadamente las patas y sus alas, que al no tener plumas parecían unos muñones. El pollo lanzaba unos gritos agónicos, ahogados, y por instantes quedaba quieto, para después volver a luchar por lo poco que le quedaba de vida. 

- No soy experta en asar pollos -dijo la mujer-. ¿Les parece que todavía está algo crudo? ¿Qué opinan? ¿Lo dejo otro rato en el horno? -y lanzando una carcajada se marchó. 

La macabra broma le hizo gracia a todos menos a Pablo. Sintió que se le revolvía el estómago. ¿Acaso aquella era una familia de locos? Ahora prefería estar en cualquier lado menos allí. No podía creer lo que estaba viviendo. ¿Elena sería como ellos? Evidentemente tenía el mismo sentido del humor. Pensó que seguramente era una loca, que todos eran unos locos, y ahora estaba en una casa de locos. 
Pero apenas ella dejó de reír volvió a ser la que conocía, pero, ¿realmente la conocía? ¿Sería así siempre y había fingido ante él?  Ahora Pablo sentía que sus intestinos se retorcían.  Su familia no sabía dónde estaba la casa, Elena nunca se lo decía, siempre evadía el tema de alguna forma, y al invitarlo a cenar se la dijo pero solo un día antes de esa noche. Bien podían desaparecerlo si lo querían. Si le pasaba algo ella sería sospechosa, pero, ¿quién era ella? ¿qué sabía de ella? Supuestamente estudiaba en la universidad, mas él no tenía ninguna prueba de ello. Cada vez se sentía mas mal. 


Segunda parte: http://cuentosdeterrorcortos.blogspot.com/2014/09/la-familia-ultima-parte.html 

miércoles, 24 de septiembre de 2014

En un antiguo hospital

Cuando vi la cara de Domínguez temí por su salud. Estaba horriblemente pálido y sus ojos parecían enormes de tan abiertos que los tenía.  Si no fuera por su palidez y su expresión, me hubiera reído del tartamudeo que largó apresuradamente mientras señalaba hacia la pieza de dónde él venía. Le dije que hablara as despacio; él, haciendo un evidente esfuerzo para recuperar en parte la calma, respiró hondo varias veces y al fin dijo: 

- En la puerta del fondo de aquel cuarto… cruzó una enfermera por allí. Era un fantasma. 
- En todo caso era una aparición -le dije-. Si es de cuerpo entero es una aparición, no un fantasma. 

Si bien me gustaba bromear con él, no lo corregí para burlarme, lo hice porque sabía que ese comentario lo iba a enojar un poco, y por lo menos así se le pasaría el susto. Funcionó. Domínguez cambió el semblante y me miró de reojo. 

- No tomas nada en serio -me dijo. 
- En serio a veces tomo alguna cosita, dos o tres copas nomás -bromee. 

Con eso último terminó de componerse. 

- Vos siempre el mismo… no crees en nada. Pero aquí vas a hallar la horma de tu zapato. Ya te quiero ver corriendo cuando veas a esa enfermera. A ver, ve a la pieza, dale, si es solo un invento mío. Yo te espero en la puerta de afuera. Este lugar me da cosa en la espalda. 
- Voy, como no. Siempre me gustaron las uniformadas. ¿Cómo estaba esta? 

Domínguez sacudió la cabeza negando. 

- Vos siempre el mismo. Pero ahora vas a ver. Anda, ve solo. 

Hacía años que trabajaba con Domínguez. Él era un capataz de albañil muy bueno, y con él y los suyos hicimos muchas restauraciones de casas viejas, que es en lo que me especializo. Pero lo que Domínguez tenía de capaz, también lo tenía de supersticioso. Creía en todo. Se la pasaba trabajando con escaleras pero no pasaba bajo una ni por accidente, porque parecía nunca olvidarse de eso. Siempre tenía alguna historia de terror que alguien le había contado, pero las narraba a medias porque de solo pensarlo terminaba asustado. Y no era ningún cobarde, me consta; solo los asuntos paranormales lo asustaban.   Era hasta raro ver a un tipo con la espalda como un gorila impresionarse con un simple cuento de terror de los súper conocidos. Confieso que varias veces me divertí a costa de eso. 

Las casas que reparábamos siempre le daban mala impresión, y andaba atento a cualquier ruido, a pesar de que siempre trabajaba con varios peones.   No sé cómo duró tanto tiempo, supongo que por la paga, aunque varias veces tuve que convencerlo para que no renunciara. Trabajar para una empresa constructora o hacerlo por su cuenta como contratista era bajar de nivel. Las viejas casonas de los ricos, de viejos aferrados a los edificios donde nacieron, en la mayoría de los casos, dejaban mejor ganancia. 

En esa ocasión andábamos solo nosotros porque recién íbamos a hacer el presupuesto. El edificio estaba abandonado desde hacía mucho, y lo habían levantado hacía décadas para funcionar como hospital, función que cumplió como por cuarenta años, tengo entendido.  Desde que se enteró del proyecto Domínguez se mostró arisco. Un edificio que fue hospital, para él, sin ninguna duda tenía que estar embrujado. 
Fui hasta la pieza para demostrarle que no había nada. La habitación estaba vacía. En el fondo estaba la puerta por donde supuestamente había cruzado el fantasma. Esa abertura daba a un corredor absurdamente angosto, por él se podía acceder a otras piezas. Me pareció ridícula la formación casi laberíntica del lugar. No me preocupaba el fantasma, me preocupaba ahora el inmenso trabajo que teníamos por delante.
Eran cuartos pequeños, mal iluminados, las ventanas estaban ubicadas muy arriba y eran de reducidas dimensiones. La poca luz del día que entraba formaba un haz que iluminaba incontables motas de polvo que flotaban en el aire húmedo como si fueran una bruma.  El revoque de las paredes estaba casi todo en el suelo, y en todos lados se acumulaba una gruesa capa de polvo. 

Había visto muchas casas abandonadas, y esta tenía casi todas las características del abandono, pero también tenía algo particular. No vi indicios de la presencia de ratas o ratones. También era curioso que el pasillo no estuviera cruzado de telas de araña. Me habían dicho que nadie entraba desde hacía años, y Domínguez no había alcanzado aquella zona. No sería raro que a veces rondara por allí algún merodeador u ocupante ilegal, mas el polvo del piso confirmaba que nadie había puesto un pie allí desde hacía mucho. Sí había telas de araña cerca del techo y en los rincones, pero en el pasillo y en las entradas a las habitaciones no vi ninguna. 

Siempre me gusta buscarle una explicación a todo, y las que se me ocurrieron me resultaron irrisorias, mas fueron las únicas ideas que vinieron a mí. Pensé que no había ratas porque el instinto de los animales las mantenía lejos de allí; algunas presencias sobrenaturales debían espantarlas. La ausencia de telas de araña debía ser por el constante paso de las apariciones que, aunque no tienen una forma sólida, tienen la suficiente densidad como para romper las telas de araña, aunque no pueden dejar huellas en el polvo del piso, o estas son muy sutiles. Después me pareció que estaba pensando tonterías, pero no se me ocurría otra explicación. 
Cuando volvía por el pasillo, de pronto sentí un fuerte olor a líquidos antisépticos, el conocido olor a hospital. Giré un poco la cabeza, lentamente, hasta que capté que el olor se originaba detrás de mí. Hasta ahora no entiendo cómo no salí disparado de aquel corredor. Seguí caminando si voltear. Las piernas se me aflojaban de tanto que temblaba, estuve a punto de carme, pero con mucho esfuerzo mantuve la vertical hasta que salí de aquella galería. Allí dejé de sentir el olor.  
Domínguez me esperaba afuera: 

- ¿Y? ¿Ahora me crees? ¿Qué viste? 
- Nada -le contesté-. Solo que el local está muy mal, las paredes están podridas. No me dan las cuentas, tendríamos que cobrar demasiado. No es un proyecto viable. 

No le dije la verdad. Para qué aumentar su temor, con ver la aparición de una enfermera ya tenía suficiente.  

lunes, 22 de septiembre de 2014

Los ocupantes de cuerpos (última parte)

Hola. Para facilitarle la navegación por el blog a los que quieran leer este cuento, aquí está la primer parte: http://cuentosdeterrorcortos.blogspot.com/2014/09/los-ocupantes-de-cuerpos-1.html 


Escapamos del horror de la escuela pero ahora estábamos en un lugar extraño. Nos rodeaban unos edificios altos y grises con muchas ventanas. El cielo color de plomo estaba anormalmente bajo, tanto que daba la impresión de que se lo podía tocar desde las terrazas de aquellos tétricos edificios. Por la calle flotaba una niebla que se hacía mas densa por instantes para después disiparse casi completamente, y así seguir un ciclo. Cuando la niebla estaba mas densa se acercaban con ella unas siluetas, y se alejaban enseguida al disiparse. 
Mis compañeros lucían desconcertados al mirarse entre ellos, y finalmente todas las miradas se posaron sobre mí. Su líder me preguntó: 

- ¿En qué lugar estamos? ¿Conoces una ciudad así? 
- No, ni nada parecido. 
- ¿Cómo que no? Recuerda, haz un esfuerzo. Obviamente este lugar no es bueno. 
- Le digo que nunca estuve en un lugar así. Pero, ahora que lo pienso, nunca he visto, pero sí leí sobre un lugar así, y, sí, mientras leía me imaginé algo como esto. 
- ¿En dónde leíste la descripción de esta ciudad?
- En, en un cuento de terror -le contesté. 
- ¡Lo que nos faltaba! -exclamó el que me había criticado anteriormente-. Es lo único que faltaba. Ahora estamos en un escenario de puro terror gracias a él. Esto es genial. 
- Ya deja el sarcasmo -le ordenó el líder-, que de nada te va a servir acá. Recuerda que es nuestro deber ayudar a los que caen acá. Y esto es por demás interesante. Que poder el de su mente. Miren todo esto, es algo que solo leyó, pero igual pudo crearlo. Ni sabía que se podía hacer algo así. Es genial. Si tuviera mas concentración…

El desconforme hizo un gesto con el brazo demostrando que no le importaba lo que decía el otro, después nos dio la espalda y se cruzó de brazos, rezongando algo en voz baja. Los otros no se expresaron pero creo que pensaban como él. Si estaban allí era por mi culpa. 
En uno de los avances de la niebla las siluetas empezaron a murmurar algo que no se entendía, pero lo hacían de una forma que igual resultaba aterradora, pues tenían ecos apagados que se repetían en los edificios grises con muchas ventanas. Teníamos que salir de allí. El líder se puso frente a mí y me tomó de los hombros para decirme:

- Muchacho, tienes que sacarnos de aquí. Haz lo que hiciste hace un rato en la escuela. 
Los monstruos estos no son de los que van a ocupar tu cuerpo si te matan, solo son creaciones de tu mente que, podría decirse, casi toman vida propia en este plano; pero cuidado, también pueden matarte. La única diferencia es que no te vas a convertir en un zombie. Bueno, estos no necesariamente te van a matar si te atrapan, porque puede ser que en ese momento te despiertes, mas el riesgo es muy alto. Ahora, concéntrate, piensa en un lugar lindo, que esté de día, y que tenga un local donde poder entrar para seguir con tus ejercicios sin sobresaltos. Piensa bien, que sea un lugar que te de confianza. 

No era fácil pensar en un momento así, mas si lo había hecho en la escuela, podría hacerlo de nuevo.   Me acordé del conservatorio de música. En él había aprendido guitarra y había pasado buenos momentos. Conocía la calle de memoria. Tras un gran esfuerzo, de pronto estábamos en ella. Mis asociados en aquella aventura onírica me felicitaron. Caminamos un poco y llegamos al conservatorio. Atravesamos el enorme patio interior y los llevé al salón de guitarra.  
El veterano que los lideraba puso otra vela encendida frente a mí, y me dio las mismas instrucciones.  Me sentía cómodo en aquel lugar. Me concentré en la llama como si quisiera memorizarla para dibujarla con todos los detalles.  Los otros no se quisieron sentar, y miraban hacia afuera por el ventanal, echando algunas miradas desconfiadas al salón cada tanto. No querían vivir otra situación como la de la escuela. No los culpo. 
Cuando mi concentración fue aumentando sentí un cambio. El salón seguía exactamente igual a cómo es en la realidad, pero a cada instante lo notaba mas irreal. 
La llama de la vela temblaba, se achicaba, se alargaba y se movía como una real, pero no lo era. Puse un dedo en ella y no sentí nada. la ilusión de aquel mundo ya no me iba a afectar tanto. Mi instructor sonrió contento. 
Lamentablemente, esa sensación agradable de conseguir algo duró poco. Una de las mujeres gritó de repente: 

- ¡Es de noche! ¡Está oscuro! 
- ¡Diablos! ¡Otra vez! -protestó el bocón. 
- No puede ser él -dijo el líder-. Está muy concentrado, es algo mas. 

Hasta el salón se oscureció. Salimos al patio con las linternas encendidas. Empezamos a escuchar ruidos de puertas que se abrían. Al iluminar, montones de zombies salían de los salones. Estábamos rodeados, surgían también de la entrada, de todos lados. Fuimos hasta el centro del patio. Los zombies ya formaban un círculo que se iba cerrando hacia nosotros. Mis compañeros disparaban, y los ocupantes de cuerpos caían pero los de atrás tomaban su lugar. Y el círculo se iba cerrando. 

- ¡Este es el momento! -me gritó el líder-. ¡Intenta despertarte! ¡No te preocupes por nosotros! ¡Despiértate! ¡Sálvate! 
- Gracias por su ayuda -les agradecí a todos. Cerré los ojos, y haciendo un esfuerzo de voluntad tremendo, de golpe me desperté. 

Comencé a reírme en mi cama. Si aquello resultaba ser solo un sueño de todas formas no lo iba a olvidar por el resto de mi vida.  
Las sábanas se me pegaban al cuerpo, había sudado mucho. Ya estaba de día. 
Pensé en el sueño al bañarme, al desayunar, no podía dejar de pensar en él. ¿Sería todo una fantasía? ¿Pero y lo que había aprendido, y todo lo que me habían explicado? 
Encendí el televisor para ver las noticias. Ahora las noticias principales eran sobre los supuestos ataques de zombies. En todos los canales era lo mismo. Me inquietaron terriblemente. ¿Entonces todo lo que me dijeron en el sueño era real? Al recordar una cosa salí a caminar. Tomé una calle por donde no suelo andar mucho. Quedé petrificado al alcanzar una casa. Era la que había visto en el sueño, la que aún no conocía en la realidad. Era exactamente igual a la que vi en el sueño, hasta los mínimos detalles. ¡Los ocupantes de cuerpos existían! Volví a mi casa para seguir viendo noticias. Viendo la tele recibí otro impacto emocional. Un noticiario informaba sobre la muerte misteriosa de seis científicos, dos mujeres y cuatro hombres. Todos habían aparecido muertos en su laboratorio. Se encontraban dentro de tanques de aislamiento sensorial. El grupo experimentaba con sueños lúcidos. 
Desde ese día, las situaciones extrañas con gente que parece volver de la muerte como zombies cada vez son mas. Varios países ya están en alerta máxima. La situación empeora rápidamente. Todo el mundo anda aterrado. 
Con unos ahorros que tenía construí un muro alto y fuerte que rodea todo mi terreno. El portón es de acero, y creo que puede soportar hasta la envestida de un camión. 
Paso gran parte del día haciendo ejercicios de concentración, y voy al campo a practicar tiro; ahora tengo varias armas. 
Con la práctica adquirí gran control sobre mis sueños, y hasta descubrí de dónde vienen “los del otro lado”. Solo me asomé apenas, y fue horrible: es el infierno. 
Cada vez hay mas zombies sobre la Tierra. Ayer se produjo el primer caso en mi pequeña ciudad. Tuvimos suerte por muchas semanas; otras ya están casi devastadas, y hay mas zombies que vivos. 
Tal vez, cuando ya no me queden balas y los tenga arañando los muros de mi terreno, si he alcanzado el nivel de meditación que ya estoy atisbando, y con él el poder de dominar aún mas los sueños, me voy a hundir en un último descanso para corresponderles la visita.