cuentos de terror

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martes, 25 de marzo de 2014

El pasajero (2)

Damián cenó algo liviano. Aún estaba cansado por el viaje. El susto que le diera aquel ser con cuerpo de bebé y cara de viejo le había descontrolado los nervios, y todavía sentía una sensación rara en las entrañas.  Pensó que a partir de ese momento le iba a resultar desagradable viajar en su auto por la noche; con solo recordar la cara y la malicia con que lo mirara aquel ser revivía casi el mismo susto.
Damián ignoraba que el terror ahora lo asechaba en su propia casa.
Concluida su cena miró televisión un rato y luego fue a acostarse.  Se durmió rápido, descendiendo después al mundo de los sueños. A ese mundo pueden acceder también otros seres.
Se encontró de pronto avanzando hacia una multitud iracunda que se agolpaba en la callejuela de un pueblo rural. La gente vestía con ropas antiguas; aquello era el pasado.   En la calle venían dos bueyes tirando de un carro, y sobre dicho carro había una jaula, y dentro de ella una bruja. La gente le arrojaba cosas y la maldecía a los gritos, levantando hachas, orquillas y azadones. Algunos niños se abrían paso entre el gentío, todos querían ver, pero tras el primer vistazo a la bruja se ocultaban detrás de un mayor.   La bruja iba maldiciendo a todos y pronunciaba algunas palabras que nadie entendía.

Aquella mujer era flaca, pero tenía el abdomen notoriamente hinchado, rasgo físico que se sumaba a otros más desagradables, pues era grotesca por dónde se la mirara.
Detuvieron el carro en una plaza, y los tipos más fuertes del pueblo fueron a sacarla de la jaula.
Los hombres tuvieron que usar todas sus fuerzas para conseguir someterla, y mientras duró el forcejeo algunos se apartaron porque temieron que la bruja se soltara, y los gritos decrecieron en la expectativa.  Pudieron controlarla pero no inmovilizarla del todo. La bruja se retorcía entre gritos y maldiciones. Por instantes ella pasaba la mirada por los presentes más próximos como queriendo memorizar sus caras, y cuando sus ojos grises se fijaron en Damián, este sintió como un impacto de terror.
En el centro de la plaza había un poste enterrado verticalmente en el suelo. La ataron al poste y a continuación le arrimaron leña y ramas secas. La iban a ejecutar en la hoguera.
Cuando las llamas crecieron y envolvieron a la bruja la gente lanzó gritos de victoria. Pero unos minutos después comenzaron a asustarse de su propio acto, pues ella se seguía moviendo, y cuando los más débiles huyeron provocaron un desbande general.

Como en todo sueño, el tiempo estaba distorsionado, y de un momento a otro se hizo noche. La hoguera aún humeaba, y al soplar el viento algunas brasas voladoras se alejaban danzando y se apagaban en la noche.  De la bruja no quedaba mucho, mas entre aquellos pocos restos resaltaba el vientre hinchado, ahora negro y humeante.
Obedeciendo a un impulso que no pudo controlar, Damián se acercó más. El bulto del vientre se sacudió y después se abrió de golpe, y el bebé aterrador saltó hacia la cara de Damián, y este gritó en el sueño y despertó sobresaltado en su cama.      Sin que él lo notara, lo observaban desde un rincón oscuro del cuarto.
Fue al baño y se lavó la cara. “¡Vaya pesadilla!”, pensó. Al mirarse en el espejo vio que ya se le formaban ojeras.
Soñar con aquel ser después de tenerlo como pasajero en la ruta no le resultó nada extraño a Damián.
Volvió a la cama pero ya no pudo dormir. Tenía miedo de soñar de nuevo.
Le vinieron ganas de dormir al llegar la mañana, pero tenía que ir a trabajar.   En el trabajo se despejó un poco, y por momentos olvidó al engendro aquel.  Sus compañeros lo notaron cansado, y todos bromearon con que su fin de semana fue muy movido; Damián sonreía sin ganas. Si supieran lo que le había pasado… pero de contarles lo tomarían por loco o mentiroso.

De regreso a su casa, en el auto, no paraba de bostezar, y por poco no pasó una luz en rojo. Esa noche debía descansar sí o sí.
Como era invierno los días eran cortos. No tenía sentido acostarse al llegar, era mejor dormir toda la noche.  Al acostarse creyó que iba a despertar recién por la mañana. Primero sintió que el cuerpo se le alivianaba, después su cabeza parecía enorme. Recuerdos desordenados pasaban uno tras otro, a la vez que lo envolvía una especie de vaivén apenas perceptible.
Ahora caminaba por el sendero de un bosque, y no estaba solo. Llevaba a un bebé en brazos, y a su lado caminaba una mujer. Era un día radiante y la luz filtraba por todos lados entre las ramas. De pronto el paisaje cambió radicalmente, y el bosque ahora no tenía ni una hoja, y se hamacaba y gemía por todos lados. Al mirar a la mujer, esta se había transformado en la bruja de la pesadilla de la noche anterior. Una mano pequeña y rugosa le tocó la cara, y ahora el bebé lucía espantoso, y era lo que andaba en la ruta.  Al despertar bruscamente le pareció que retiraban algo de su cara, y era aquella mano diminuta y arrugada. Ya no pudo conciliar el sueño.
Por la mañana, otra vez al trabajo. Pensó en pedir un taxi, pero estaba tan cansado que se olvidó, y como un autómata subió a su auto.  A las pocas cuadras, en un cruce, pasó muy lento y lo envistió un camión.  Dentro de la cabina Damián se golpeaba y se sacudía al girar con el vehículo. Cuando todo quedó quieto, sintió que la vida se le escapaba por varias heridas. Y entre frenadas y las voces de algunas personas que acudían al lugar, escuchó la risita burlona de su pasajero, ahora invisible.


lunes, 24 de marzo de 2014

El pasajero

En los costados de la ruta se congregaban las tinieblas. Damián conducía su vehículo por esas soledades. Por momentos la luna apartaba las nubes, y gran parte de la desolación del paisaje se mostraba, y las sombras huían hacia los árboles, o quedaban tras rocas inmensas.  Pero la luz triunfaba poco tiempo, y las sombras se apresuraban para cubrir todo.
Frente al vehículo se extendía monótonamente la ruta iluminada por los faros, se sucedían carteles indicadores, mojones, y las interminables líneas blancas.
Repentinamente Damián pisó el freno a fondo, se fue hacia adelante bruscamente y casi se golpeó la cabeza con el volante. En esa acción cerró los ojos un instante, y al mirar hacia adelante nuevamente, lo que lo hizo detenerse ya no iba por el costado de la ruta. Había visto caminando por el borde a un niño muy pequeño, a un bebé, pero, ¿dónde estaba ahora? ¿Realmente lo vio?  Como iba en su misma dirección no logró ver su rostro, pero con aquel tamaño solo podía ser un niño pequeño.
Damián después pensó que no podía ser, ¿qué iba a estar haciendo un niño solitario en un lugar como aquel?  Pero al pensar que por allí podría haber algún auto siniestrado, se bajó con una linterna y comenzó a buscar. Iluminando los pastos buscó largo rato, pero no halló nada.
No quería marcharse, “Y si realmente es un bebé”, pensó, mas al hacerlo surgió la otra posibilidad: “Y si era una aparición o algo peor?”

Volvió a su vehículo y siguió conduciendo. Un poco más adelante creyó escuchar una risita apagada, en el asiento de atrás. Al acomodar el retrovisor le tembló la mano. No logró ver nada, solo el asiento vacío.
Ahora Damián deseaba llegar cuanto antes a algún lugar. Ya pensaba detenerse y esperar el amanecer fuera del auto cuando vio que otro vehículo se le acercaba por detrás.
Por lo menos ahora no estaba del todo solo. Las luces del otro auto inundaban la parte trasera del suyo.  Tras unos kilómetros, en una recta el otro se abrió hacia la izquierda, lo iba a sobrepasar. Al pasar frente a él vio que el otro conductor le hacía señas para que bajara la ventanilla. La bajó y el otro le gritó:

- ¡Señor! ¡Su hijo va parado en el asiento de atrás! -y aceleró y lo pasó.

Damián quedó lleno de terror. Había algo detrás de él y no era un niño. Ya no podía conducir así.
Quiso bajarse sin mirar el retrovisor, pero fue inevitable, y allí estaba, un ser pequeño y horrible de cara avejentada y sonrisa maligna.
Salió del auto lo más rápido que pudo. Se mantuvo como a cincuenta metros del auto hasta que amaneció. Con el sol ya pegando fuerte en la ruta se acercó a examinar. Estaba vacío.
Supuso que aquello se había retirado al amanecer.
Cuando finalmente llegó a su casa se acostó a dormir, rendido de sueño. Durmió toda la tarde. Despertó cuando ya estaba de noche. Cuando se encontraba pensando en levantarse para comer algo, de repente escuchó una risita apagada. Su terror fue aún mayor que en la ruta. Mas un instante después se dio cuenta de que venía de afuera. Al escuchar que su vecina llamaba a sus hijos para cenar, suspiró hondo y se sonrió. Seguramente la risa era de uno de los niños de al lado.      En el momento no se acordó que dejó su auto afuera, la risa venía de allí. El bebé maligno, con la cara apoyada en la ventanilla, miraba hacia la casa mientras sonreía malignamente.


viernes, 21 de marzo de 2014

Que solo sean un cuento... (2)

Lo que leí en aquella libreta que hallé en mi nuevo hogar realmente me inquietó. Tenía dos relatos de terror: uno sobre una muñeca embrujada y otro sobre la casa donde me encontraba ahora.

“Los primeros días todo fue normal -comenzaba así el relato-. Después de la semana empecé a experimentar algo extraño, ya no me sentía cómodo. Una noche me despertó un ruido, era en el baño. Escuché atentamente y me di cuenta que la ducha estaba abierta. Quise creer que solo era algún desperfecto en la llave o algo así. Al salir del cuarto empecé a sentir miedo. ¿Por qué me asustaba el ruido de la ducha? ¿Estaría presintiendo algo? No sabía si abrir la puerta de golpe o hacerlo despacio. La abrí de golpe y encendí la luz de un manotazo. La ducha estaba abierta pero no había más nada. cerré la llave y la apreté bastante, unas gotas cayeron por un momento pero después se detuvo. Esperé por si de alguna forma se aflojaba, mas seguía igual. Aquello fue extraño.

“Cuando volvía a mi cuarto, otro ruido: acababan de cerrar la puerta de la heladera. Tenía una grande y vieja y el sonido al cerrarla era inconfundible. La cocina estaba a unos pocos pasos, pero mi corazón se aceleró como si hubiera corrido varias cuadras. Me detuve en la entrada y encendí la luz.    Con un temor creciente, me agaché lentamente para mirar bajo la mesa. Fui hasta la heladera. La mano me tembló al abrirla. Nada raro.
De haber encontrado a un ladrón o a un intruso no me hubiera asustado tanto. Desconocía lo que pasaba allí, y eso es lo que más asusta. Ya estaba seguro que era algo sobrenatural, pero, ¿qué pretendía esa cosa, qué era, fantasma, demonio…? La incertidumbre, eso es lo peor.
Fui hasta el cuarto para terminar de vestirme e huir de allí. Cuando estuviera de día volvería por mis cosas.   Estaba por salir del cuarto cuando sorpresivamente algo se aferró a mí por detrás, y unos brazos rechonchos, flácidos y por demás arrugados rodearon mi pecho. Más que grito lancé una especie de alarido. Después, una voz arrastrada, despareja, reverberante y aguda, que recordaba en algo a la de una anciana pero era infinitamente repulsiva, sonó detrás de mi nuca:

- ¡No me dejes, amor! -me dijo, y se echó a reír con una carcajada espeluznante.

“Sería imposible describir la desesperación y el terror que me invadió en ese momento. Solo puedo decir que grité mucho, que giré tratando de zafarme de aquel abrazo, y que tras unos segundos que me parecieron larguísimos mi corazón no soportó tanto terror y me desmayé profundamente.
Debo haber estado muy cerca de la muerte, si no tuviera un corazón fuerte no lo habría contado.
Reaccioné cuando estaba amaneciendo, y salí de la casa arrastrándome.
Creo que aquel ser en realidad debe ser muy débil, porque después me di cuenta que no pude librarme de su agarre porque era algo muy liviano, casi sin peso. Presumo que su poder es el terror, y que pretendió matarme de un susto.  
Dejo mi diario personal aquí por si no demuelen la casa, y si alguien lo encuentra espero que me crea, esto fue real. Hay algo malo en la casa”.

Ahora comprenderán mi inquietud. El relato me impresionó, pero debía verificar si realmente hablaba sobre la casa donde me hallaba, tenía que saber si aquel tipo realmente vivió allí.  En el librillo traía su nombre, averiguarlo sería fácil.   Consulté a la inmobiliaria que me vendió la vivienda, y efectivamente, aquel tipo vivió allí.
¿Qué hacer? No podía irme de allí por algo que bien podía ser solo un cuento, una broma pesada de un escritor aficionado.  Hasta el momento no pasaba nada raro. Ya no me sentía cómodo, pero bien podía ser por lo que pensaba del lugar.
Una noche, desperté al escuchar algo. ¡Era la ducha abierta! Me levanté de un salto, agarré de pasada unas prendas que tenía dobladas en una silla y salí por la ventana, salté al jardín y de allí a mi auto.
Volví de día con un primo y un amigo. Al entrar descubrimos que la ducha todavía seguía abierta. Mi primo la revisó; para él era un problema de la llave.
De todas formas me mudé del lugar. Al final, nunca sabré si me salvé de una casa embrujada, o abandoné una casa normal con un problema de grifería, problema que tal vez inspiró a un escritor bromista.




jueves, 20 de marzo de 2014

En un hospital

Habían agrandado y modificado tanto al hospital que Sergio pronto se sintió en un laberinto. Hacía muchos años que no entraba a aquel lugar.  Cuando creía que iba por el corredor correcto, este llegaba a su fin o desembocaba en alguna sala que no conocía.  Le preguntó a un limpiador dónde se donaba sangre y el tipo se lo indicó señalando con el brazo. Para estar seguro quiso preguntárselo también a una enfermera que pasaba, pero apenas la mujer lo vio se apartó como espantada, y siguió caminando con pasos rígidos, volteando levemente la cabeza como para escuchar mejor si él iba rumbo a ella. Era la actitud que podría esperarse de alguien que ve una fiera, y con temor se aleja para no molestarla.
Sergio quedó desconcertado, ¿qué le pasaba a aquella enfermera?
Las indicaciones del limpiador le sirvieron. Atravesó una puerta y salió a una sala bastante pequeña que tenía sillas en los bordes. Encontró el lugar pero el banco de sangre estaba cerrado. Sergio leyó un cartel que tenía el horario y consultó su reloj. Ya faltaba poco, era mejor esperar.

Eligió una silla y descubrió que era muy cómoda, hasta tenían apoyabrazos.  Desde el otro lado de la puerta (donde sacaban sangre) no llegaba ni un sonido. Supuso que aún no había nadie. La sala ahora le parecía más grande. Si por lo menos hubiera alguien más allí… Comenzó a sentir una sensación fea en el estómago: eran nervios.  Unos minutos más y ya no estaba tan convencido. Y la sala le pareció lúgubre en su blancura. ¿Y por qué diablos aquella enfermera había reaccionado así?
La idea de irse ya cruzaba por su mente cuando la puerta de la entrada se abrió de golpe, y un tipo enorme vestido con bata blanca entró en ella. El tipo lo miró con los ojos muy grandes, volteó rápidamente hacia alguien que iba por el pasillo y gritó:

- ¡Está aquí, vengan rápido!
- ¿Qué sucede? -le preguntó Sergio.

Otro tipo enrome vestido igual que el primero irrumpió en la sala. Se miraron y empezaron a acercarse a Sergio con los brazos medio extendidos, como para atraparlo; Sergio se levantó rápidamente:

- ¿Qué hacen, quienes son ustedes? ¡Aléjense!

Evidentemente los tipos consideraban que no valía la pena hablarle. Un tercer sujeto (este bastante menudo) se asomó a la puerta, y Sergio vio que tenía una aguja en la mano.  
Los tipos se abalanzaron hacia él al mismo tiempo e intentaron someterlo.

- ¡Suéltenme, desgraciados!

Le acertó un puñetazo a uno, pero eran tipos duros. Lo voltearon y lo controlaron contra el suelo. Sergio gritaba que lo soltaran, preguntaba por qué le hacían aquello, mas sus captores no le respondían.   Cuando estuvo firmemente aplastado contra el suelo por el peso de los dos tipos, el más pequeño, el de la aguja, entró en acción y le inyectó una buena cantidad de un líquido transparente. Lo que le administraron actuó rápido; las fuerzas se le iban.

- Ya pueden soltarlo -dijo el que lo inyectó.
- Doctor, creí que iba a ser más difícil controlarlo, por la fama de este -comentó uno de los tipos, el otro asintió con la cabeza.
- Bueno, es mejor así -opinó el doctor de la aguja, y sacó unos lentes que guardara en el bolsillo de su camisa -. Ahora hay que llevarlo a la sala para prepararlo.

Aquello fue lo último que Sergio escuchó antes de quedar sin sentido.
Cuando volvió en si se hallaba sobre una camilla, atado firmemente a esta. Se encontraba en una sala junto a unos aparatos electrónicos enormes, que por estar en un hospital asustarían a cualquiera. Quiso gritar pero estaba paralizado, solo podía mover sus ojos con movimientos pesados. Advirtió que no estaba solo, había dos doctores allí, y una enfermera. Uno de los médicos era el que ayudó a los grandotes; el otro se acercó a mirarlo, con algo de extrañeza en el rostro, y finalmente este preguntó:

- Doctor, yo solo vi una vez a este paciente pero, ¿no le resulta algo cambiado?
- Debe haber perdido musculatura últimamente, lo advertí recién hoy. A estos pacientes es difícil controlarles la alimentación; el tipo está más loco que una cabra.
- Sí, tal vez es eso… puede ser…

Al escuchar la duda del tipo Sergio quería gritar que lo estaban confundiendo, que no era él, mas no podía ni abrir la boca. ¡Aquello era un infierno! Las dudas de aquel doctor aumentaban su desesperación.   El médico se llevó la mano a la barbilla y lo observó con detenimiento de nuevo; el otro seguía programando un aparato.

- ¿Y la ropa que llevaba puesta, cómo la consiguió?
- Estuvo un buen rato escapado de psiquiatría, probablemente la robó en una sala a algún internado, tal vez es de un enfermero, no lo sabemos, no lo descubrimos aún.

“¡Tenía puesta otra ropa porqué no soy el loco! ¡Revisen el los bolsillos de mi pantalón, mis documentos!”, se desesperaba pensando Sergio.

- No quiero ser pesado, mas, ¿está seguro cien por ciento de que este tipo es el mismo? -ante la insistencia de este el otro médico dejó lo que estaba haciendo y se arrimó a la camilla donde estaba Sergio:
- Estoy seguro que este es el paciente. Si no fuera él, entonces es su doble idéntico, y este tipo tuvo una soberana mala suerte. Piénsalo: el doble exacto de un enfermo mental peligroso va al hospital donde está su doble justo el día que este se escapó. Y tendría tanta mala suerte que lo confundimos con el otro el día que le íbamos a aplicar un tratamiento experimental peligroso.
- Tienes razón. Qué probabilidades hay. Sigamos.

Por las mejillas de Sergio rodaron unos lagrimones de desesperación e impotencia.
Le colocaron una especie de casco lleno de electrodos y comenzaron el experimento.
A la hora de sufrimiento Sergio tuvo un paro cardíaco y no lo pudieron reanimar. El doctor que se equivocara dictó la hora de la defunción, y unos minutos después se llevaron a Sergio a la morgue. Pero aquel era solo su cuerpo. Ahora estaba parado en aquella sala.  Todo el terror que sintió, toda la impotencia, se volvieron furia.
Cuando el doctor quedó solo sintió de pronto que lo levantaban en el aire, y después una fuerza increíble lo lanzó contra un aparato, y saltaron chispas y volaron pedazos del aparato, y cuando el doctor aún estaba vivo comenzó a incendiarse. Pronto toda la sala estaba envuelta en llamas. Sonó una alarma y algunos intentaron entrar a la sala, pero las lenguas de las llamas los alejaron. Entre esa gente estaba el otro doctor, y creyó ver por un instante a una silueta humana dibujada por el fuego, pero solo fue un instante. Después, en medio del caos que desató el incendio, escuchó que le susurraron al oído:  - Debiste insistir más. Ahora vas a pagar también.