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martes, 22 de abril de 2014

La cripta del vampiro (2)

Hola. Aquí está la primer parte del cuento. Lo publiqué hace tiempo, hice la segunda parte a pedido de algunos lectores:






Gerard buscaba al ser que transformó a Harris, un veterano cazador de vampiros que fue su maestro.   Contaba con la ayuda de varios hombres, pero tras buscar un tiempo al culpable decidió seguir solo con esa misión. Un grupo de cazadores llamaba más la atención, y de alguna forma alertaban al vampiro y este se mantenía siempre fuera de su alcance, además, aquella era una misión personal; o destruía al vampiro o lo destruían a él. 
Una serie de muertes lo condujeron a un apartado pueblo rural. Al recorrer el pueblo a caballo atrajo las miradas de todos, algunos miraban desde las ventanas, asomándose apenas. Aquella gente estaba asustada; el vampiro rondaba por allí.    Las pistas eran tan claras que Gerard se dio cuenta que lo conducían a una trampa.   Lejos de importarle, Gerard se emocionó; por fin se iba a enfrentar al ser aquel.  Tanta era su determinación que decidió hacerlo de noche, sin ventajas. 
Hizo un reconocimiento de la zona y concluyó que el no muerto debía estar en el cementerio. Se alojó en una posada y esperó la noche. 

Salió rumbo al cementerio a pie. Soplaba un viento de tormenta. Una luna llena luchaba contra unas nubes negras que se interponían a cada momento y oscurecían la noche. El ladrido de los perros quedó atrás, y las pocas luces de farol que brillaban en el pueblo desaparecieron tras una elevación del camino.  Ya tronaba a lo lejos y unos relámpagos mostraban el horizonte. 
Cuando estuvo frente al campo santo la luna se asomó entre las nubes y relucieron lápidas y entradas de criptas antiguas.  Más allá del cementerio se erguía entre las sombras de unos pinos una capilla de techo puntiagudo, evidentemente tan antigua como el cementerio. 
Con una estaca en la mano derecha y una daga en la izquierda, Gerard avanzó con la cautela de un gato al asecho.  Si el no muerto estaba allí seguramente sería en una cripta. 
Gerard advirtió que otra silueta se movía entre las losas pero no demostró notarlo. Si intentaban sorprenderlo estaba preparado. Hizo una pausa a propósito; el otro se fue acercando por atrás. 

- ¿Qué hace en el cementerio a esta hora? -preguntó una voz grave. 

Gerard dio un paso al costado y volteó rápidamente. No era lo que esperaba. Frente a él se encontraba un cura que vestía un largo hábito y se ayudaba a caminar con un bastón.   Gerard pegó los brazos a su abrigo y así ocultó las armas.

- Disculpe, padre. Soy un viajero e iba a rumbo a su capilla para pedir cobijo por esta noche. No tengo dinero como para quedarme en una posada -inventó Gerard para salir del apuro-. Pero como ya es algo tarde mejor busco otro lugar. Disculpe. 
- Esa no es mi capilla, es la de Dios, y los necesitados son siempre bienvenidos. No va a demorar en llover -agregó el cura, y como para darle la razón relampagueó muy cerca, y una luz blanca reveló todos los rincones del campo santo.  

Después todo se oscureció, la luna fue vencida al fin, y la tormenta negra comenzó a rugir haciendo temblar la tierra. Seguidamente fue creciendo el rumor de un aguacero que avanzaba por un campo cercano.      
Había improvisado lo de pedir alojamiento en la capilla, mas ahora era una buena opción. No deseaba ir hasta el pueblo bajo un aguacero, además, seguía creyendo que el vampiro andaba por allí. 
Siguió al cura (que parecía guiarse sin problemas en las tinieblas)  y entraron a la capilla. Un instante después un chaparrón estruendoso chocó contra las losas que acababan de dejar atrás, y a ese estruendo se sumaron truenos y rayos.  
El cura había dejado una vela encendida cerca de la puerta. Atravesaron una pieza completamente oscura y entraron a un corredor aún más negro.  Mientras Gerard seguía al sacerdote se preguntó qué hacía el anciano en el cementerio. Él estaba seguro de haber sido lo suficientemente sigiloso y precavido como para que no lo vieran desde la capilla. 
Cruzaron una puerta y salieron en una esquina del templo. El lugar tenía unos vitrales muy altos, y cuando las luces de la tormenta comenzaron a atravesarlos se proyectaron efímeramente en el templo luces rojizas y azuladas, dándole un toque más tétrico aún. Fuera volvió a relampaguear y Gerard vio al cura bajo aquellas luces, y le pareció que ahora el rostro del anciano tenía una expresión muy severa.   En la otra esquina del templo accedieron a otra puerta. Nuevamente se vieron rodeados por la oscuridad de otro pasillo. La llama de la vela que llevaba el anciano se empequeñecía y danzaba locamente como si intentaran apagarla invisibles espectros. 

Llegaron finalmente a una pieza que era la cocina. El cura prendió otra vela que estaba en la mesa y le pidió Gerard que encendiera la estufa. 
Cuando estaba agachado acomodando la leña escuchó que los pasos del cura se abalanzaban hacia él, entonces se lanzó a un costado y giró sobre su hombro, para acto seguido levantarse rápidamente, ya con sus armas en las manos.  El cura había intentado golpearle la cabeza con el bastón. Al verse descubierto el anciano soltó el bastón e imploró: 

- ¡No me haga daño, él me obligó! Soy su prisionero. 
- ¿De quién está hablando, quién lo obligó? -le preguntó Gerard. 
- El vampiro, me tiene prisionero. 
- Dice que es su prisionero… ¿y cómo un vampiro puedo acercarse a usted? ¿No tiene cruces, agua bendita? No le creo. 

Entonces el cura sonrió con malicia y se fue apartando. 

- Está bien, me descubrió, no soy su prisionero, soy su sirviente. Pero en este momento no es por mí que se tiene que preocupar, sino por él. 

El vampiro los observaba desde el techo oscuro de la habitación. Se desprendió del techo y cayó parado en el suelo.   Era tan viejo que su aspecto ya no era el de un humano, todo el tiempo tenía cabeza de murciélago. 

- Por fin nos encontramos -siseó el vampiro con una voz aterradora -. Supongo que eliminé a alguien que conocías. 
- Peor que eso, transformaste a mi maestro en un monstruo como tú. Se llamaba Harris, y era un cazador de vampiros -le dijo Gerard, y se puso en guardia. 
- ¡Harris! ¡Ese infeliz! ¡Mira lo que me hizo! -y el vampiro mostró un muñón que tenía por brazo; el cazador veterano se lo había cortado con un hacha de plata, lo que impidió que se regenerara. 
- Bien por él. Ahora voy a terminar su trabajo. 

Los dos empezaron a medirse moviéndose lateralmente. El cura se había acoquinado en un rincón y los miraba con una sonrisa demente fija en el rostro. 
La sonrisa del vampiro fue mucho más asquerosa; no pensaba luchar limpio. Apagó una vela de un manotazo, y corriendo velozmente hacia la otra hizo lo mismo, dejando la habitación completamente oscura.  El vampiro era poderoso pero cobarde. 
La tormenta se seguía intensificando. Los relámpagos que entraban por la única ventana del lugar iluminaban solo la parte de arriba, pues la ventana estaba muy alta, y Gerard solo podía escudriñar débilmente a la criatura que se movía para aquí y para allá. En cualquier momento lo iba a atacar sin piedad.  La misma tormenta tampoco le permitía escuchar.   Lo único que podía hacer era describir rápidos círculos con su daga bañada en plata y así mantener distanciado a su atacante. 
Ahora el vampiro estaba jugando con él. Pasaba a su lado, lo empujaba, lanzaba risitas desde la oscuridad, y todo aquello era para sumirlo en el terror. 
Irremediablemente se sintió perdido. No tenía miedo a morir pero le desagradaba la idea de que lo convirtieran en un monstruo. Convertirse en lo que combatía, muchas veces había pensado en eso, ahora estaba por pasarle. 

De repente lo empujaron con tanta fuerza que voló y chocó contra una pared. Al caer al suelo creyó que aquel era el fin, pero en ese momento hubo una explosión terrible, y una luz blanca, y al instante un estruendo y un temblor, y ya no supo más nada. 
Volvió en si mucho rato después. La lluvia resbalaba por su rostro. Se enderezó a medias y contempló la devastación que lo rodeaba.  Demoró un minuto en comprender lo que había pasado.  Un rayo había alcanzado la capilla y esta se había derrumbado casi en su totalidad. Él se había salvado por un milagro, esa era la palabra exacta.    
La tormenta cesó abruptamente, como si la hubieran apagado. Cuando Gerard se levantó la luna volvió a mostrar su cara.  Revisando entre los escombros encontró al cura, a lo que quedaba de él, solo sus pies sobresalían de una pared que lo aplastaba.   No muy lejos de allí estaba el vampiro. Tenía las piernas y casi todo el torso aplastado.  Cerca de él se hallaba un gran trozo de viga quebrada, y en un extremo se formaba una punta. Gerard colocó la punta en el pecho del engendro y la hundió con fuerza. Enseguida el vampiro se desintegró. 
Después el cazador miró hacia arriba y agradeció, y partiendo rumbo al pueblo atravesó el cementerio bajo la luna y un cielo que se abría en todo su esplendor.

lunes, 21 de abril de 2014

Historias de miedo

Un corte de luz paralizó una fábrica por la madrugada. Los trabajadores, sin nada que hacer pero sin poder marcharse, pues la electricidad podía volver en cualquier momento, salieron algunos al frente de la fábrica, mientras otros se dirigieron al patio interior del local.
Una tormenta que se iba aproximando por el horizonte (la causa del corte de energía) relampagueaba cada vez más cerca. Hacía calor y el aire estaba cargado de humedad.
El patio pasaba de estar completamente oscuro a estar iluminado fugaz y pobremente por los relámpagos todavía lejandos. En un rincón de éste, donde había un banco, se juntaron cinco trabajadores. Impresionado por el espectáculo de luces y sombras que ofrecía la naturaleza allá arriba, a uno de ellos se le ocurrió narrar cuentos de terror. A su historia siguió la de otro, y así todos fueron contando algo, hasta que le llegó el turno a Mariano, que era un veterano de esos que hablan haciendo pausas largas que atrapan la atención:

- Si quieren llámenlo cuento -empezó a decir Mariano-, pero es algo real, créanlo o no.
Pasó hace muchos años, cuando yo era muy joven. Un día gris y frío como pocos, caminaba junto a dos compañeros por un camino desolado; íbamos rumbo a una cosecha de naranjas. Francisco y Pedro, se llamaban mis compañeros, se llaman, mejor dicho, porque ninguno ha muerto. Desde que tomamos aquel camino no habíamos visto a nadie, sólo había bosques de eucalipto en aquella zona, de un lado y del otro del camino. De repente vimos a la vez que un hombre se levantó en un costado del camino, quedó sentado y sonrió mientras nos miraba con unos ojos penetrantes. Saludamos, como es costumbre en el camino. y nos saludó también. Se puso de pie y se unió a nosotros. Era alto, pálido, y dijo que se llamaba Gabino. Enseguida preguntó hacia dónde íbamos. Tuve la intención de inventarle algo, porque la mirada del tipo era la clásica mirada de loco que se dice a veces. Pero Pedro se adelantó y le dijo que íbamos rumbo a una cosecha.   Como sospeché, él dijo ir también rumbo a la misma cosecha.
Él andaba con lo que tenía puesto, que no era mucho para el frío que hacía. Qué peón se larga al camino así, sin nada, por pobre que sea. Aquello era raro.

Como caminaba junto nosotros no podíamos decir nada, pero por la mirada adiviné que Francisco pensaba como yo, y que Pedro se había arrepentido de haberle contado hacia dónde íbamos.
Probablemente otros le hubieran dicho que se fuera o algo así, porque les aseguro, la cara, la mirada de tipo era terrible, pero como a ninguno nos gustaban los problemas y no iba con nosotros ser prepotentes (si teníamos que defendernos era otra cosa), seguimos el camino con él al lado.
Me preocupaba un poco (después supe que a los otros también) la idea de acampar y pasar la noche junto al tipo.
Ya no le quedaba mucho al día. Nos apuramos para llegar a un caserío abandonado que era donde pensábamos pasar la noche.

- Nosotros vamos a parar ahí -le dije al tipo, con la esperanza de que siguiera su camino.
- Bueno, los acompaño -nos dijo sonriendo.

Entonces intuí, aunque el tal Gabino había hablado poco, que era alguien bastante inteligente, y no un ignorante o retardado caído en desgracia. Qué era exactamente, no lo sabía, pero ya no sentía que fuera digno de respeto.

- Usted espere aquí -le dije-. Casas donde quedarse hay varias. Voy a hablar con mis amigos a ver si se queda en la que elijamos. Usted espere aquí.
- Ni que fueras el dueño de las casas -comentó.

En ese momento no quise darle la espalda, esperé alguna reacción, pero giró y quedó mirando hacia la calle. Mis compañeros se habían acercado a la casa.

- Quiere quedarse con nosotros -les dije-. No me inspira ninguna confianza, parece que es medio atrevido.
- A mí tampoco -opinó Franco-, pero aunque no lo dejemos entrar, quién le impide que ande rondando por acá, planeando quién sabe qué. Adentro lo podemos tener vigilado. Somos tres y estamos armados, y él parece que anda sin nada.
En ese momento vi que Gabino volteó hacia nosotros de golpe, como si hubiera escuchado a Francisco, aunque estaba lejos.
- Que entre -dijo Pedro-. Pero si intenta algo… ahí sí, pero no creo, somos tres.

Yo no estaba muy convencido, pero en parte mis compañeros tenían razón. Le hice una seña y se arrimó también.
El casería aquel, abandonado no sé por qué, probablemente al desaparecer alguna fuente de trabajo, tenía una vivienda que estaba bastante entera, la habíamos elegido el año anterior. Tenía una pieza vacía donde había una chimenea de piedra. Todavía quedaba algo de leña del otro año, pero igual juntamos otro poco, maderas secas era lo que sobraba por allí. Hicimos eso sin perder de vista a Gabino, que no movió un dedo para ayudarnos. Encendimos la leña y nos sentamos a calentarnos. Gabino quedó en un rincón, parecía no sentir frío, y cuando le ofrecimos algo de comer lo rechazó:

- Prefiero la carne jugosa, con sangre -dijo Gabino para inquietarnos.
- Seguro que después de estos bosques hay alguna oveja o vaca, por qué no va a buscarse una -comenté.
- Mas tarde, todavía es temprano.
- ¿Temprano para qué?
- Para que salga la luna llena -me respondió.
- ¿Qué, usted es un hombre lobo? Preguntó Pedro, con tono de broma.
- Eso soy. Más tarde se los voy a mostrar.

Al escuchar aquello miré a mis compañeros.  Francisco hizo un gesto y susurró -El tipo está loco.
No sabíamos si era un loco peligroso o no. Como no dijo más nada, sólo quedó mirando hacia una ventana, no le hablamos más, aunque lo vigilábamos de reojo. Afuera parece que el tiempo se despejó, y hubo una claridad que fue creciendo, y no mucho después la luz de la luna dio en la cara de Gabino. Se levantó y salió de la casa sin decir nada y sin responder cuando le preguntamos. ¡Lo que temíamos! ¿Qué iba a hacer aquel loco?  Poco rato después escuché unas pisadas. Cuando se los fui a decir a los otros, la ventana estalló en mil pedazos, Gabino se asomó en ella gritando horriblemente. Le brillaban los ojos y le blanqueaban los colmillos, porque al asomarse estaba medio transformado en una cosa horrible, en vez de mano tenía una pata apoyada en el marco. A la luz de la luna y de la chimenea encendida era espantoso, fue un instante terrible. Cuando echamos mano a las pistolas saltó hacia atrás y se fue corriendo en cuatro patas.
Después no lo vimos nunca más, y nunca más volvimos a aquel camino -concluyó su relato Mariano.



martes, 25 de marzo de 2014

El pasajero (2)

Damián cenó algo liviano. Aún estaba cansado por el viaje. El susto que le diera aquel ser con cuerpo de bebé y cara de viejo le había descontrolado los nervios, y todavía sentía una sensación rara en las entrañas.  Pensó que a partir de ese momento le iba a resultar desagradable viajar en su auto por la noche; con solo recordar la cara y la malicia con que lo mirara aquel ser revivía casi el mismo susto.
Damián ignoraba que el terror ahora lo asechaba en su propia casa.
Concluida su cena miró televisión un rato y luego fue a acostarse.  Se durmió rápido, descendiendo después al mundo de los sueños. A ese mundo pueden acceder también otros seres.
Se encontró de pronto avanzando hacia una multitud iracunda que se agolpaba en la callejuela de un pueblo rural. La gente vestía con ropas antiguas; aquello era el pasado.   En la calle venían dos bueyes tirando de un carro, y sobre dicho carro había una jaula, y dentro de ella una bruja. La gente le arrojaba cosas y la maldecía a los gritos, levantando hachas, orquillas y azadones. Algunos niños se abrían paso entre el gentío, todos querían ver, pero tras el primer vistazo a la bruja se ocultaban detrás de un mayor.   La bruja iba maldiciendo a todos y pronunciaba algunas palabras que nadie entendía.

Aquella mujer era flaca, pero tenía el abdomen notoriamente hinchado, rasgo físico que se sumaba a otros más desagradables, pues era grotesca por dónde se la mirara.
Detuvieron el carro en una plaza, y los tipos más fuertes del pueblo fueron a sacarla de la jaula.
Los hombres tuvieron que usar todas sus fuerzas para conseguir someterla, y mientras duró el forcejeo algunos se apartaron porque temieron que la bruja se soltara, y los gritos decrecieron en la expectativa.  Pudieron controlarla pero no inmovilizarla del todo. La bruja se retorcía entre gritos y maldiciones. Por instantes ella pasaba la mirada por los presentes más próximos como queriendo memorizar sus caras, y cuando sus ojos grises se fijaron en Damián, este sintió como un impacto de terror.
En el centro de la plaza había un poste enterrado verticalmente en el suelo. La ataron al poste y a continuación le arrimaron leña y ramas secas. La iban a ejecutar en la hoguera.
Cuando las llamas crecieron y envolvieron a la bruja la gente lanzó gritos de victoria. Pero unos minutos después comenzaron a asustarse de su propio acto, pues ella se seguía moviendo, y cuando los más débiles huyeron provocaron un desbande general.

Como en todo sueño, el tiempo estaba distorsionado, y de un momento a otro se hizo noche. La hoguera aún humeaba, y al soplar el viento algunas brasas voladoras se alejaban danzando y se apagaban en la noche.  De la bruja no quedaba mucho, mas entre aquellos pocos restos resaltaba el vientre hinchado, ahora negro y humeante.
Obedeciendo a un impulso que no pudo controlar, Damián se acercó más. El bulto del vientre se sacudió y después se abrió de golpe, y el bebé aterrador saltó hacia la cara de Damián, y este gritó en el sueño y despertó sobresaltado en su cama.      Sin que él lo notara, lo observaban desde un rincón oscuro del cuarto.
Fue al baño y se lavó la cara. “¡Vaya pesadilla!”, pensó. Al mirarse en el espejo vio que ya se le formaban ojeras.
Soñar con aquel ser después de tenerlo como pasajero en la ruta no le resultó nada extraño a Damián.
Volvió a la cama pero ya no pudo dormir. Tenía miedo de soñar de nuevo.
Le vinieron ganas de dormir al llegar la mañana, pero tenía que ir a trabajar.   En el trabajo se despejó un poco, y por momentos olvidó al engendro aquel.  Sus compañeros lo notaron cansado, y todos bromearon con que su fin de semana fue muy movido; Damián sonreía sin ganas. Si supieran lo que le había pasado… pero de contarles lo tomarían por loco o mentiroso.

De regreso a su casa, en el auto, no paraba de bostezar, y por poco no pasó una luz en rojo. Esa noche debía descansar sí o sí.
Como era invierno los días eran cortos. No tenía sentido acostarse al llegar, era mejor dormir toda la noche.  Al acostarse creyó que iba a despertar recién por la mañana. Primero sintió que el cuerpo se le alivianaba, después su cabeza parecía enorme. Recuerdos desordenados pasaban uno tras otro, a la vez que lo envolvía una especie de vaivén apenas perceptible.
Ahora caminaba por el sendero de un bosque, y no estaba solo. Llevaba a un bebé en brazos, y a su lado caminaba una mujer. Era un día radiante y la luz filtraba por todos lados entre las ramas. De pronto el paisaje cambió radicalmente, y el bosque ahora no tenía ni una hoja, y se hamacaba y gemía por todos lados. Al mirar a la mujer, esta se había transformado en la bruja de la pesadilla de la noche anterior. Una mano pequeña y rugosa le tocó la cara, y ahora el bebé lucía espantoso, y era lo que andaba en la ruta.  Al despertar bruscamente le pareció que retiraban algo de su cara, y era aquella mano diminuta y arrugada. Ya no pudo conciliar el sueño.
Por la mañana, otra vez al trabajo. Pensó en pedir un taxi, pero estaba tan cansado que se olvidó, y como un autómata subió a su auto.  A las pocas cuadras, en un cruce, pasó muy lento y lo envistió un camión.  Dentro de la cabina Damián se golpeaba y se sacudía al girar con el vehículo. Cuando todo quedó quieto, sintió que la vida se le escapaba por varias heridas. Y entre frenadas y las voces de algunas personas que acudían al lugar, escuchó la risita burlona de su pasajero, ahora invisible.


lunes, 24 de marzo de 2014

El pasajero

En los costados de la ruta se congregaban las tinieblas. Damián conducía su vehículo por esas soledades. Por momentos la luna apartaba las nubes, y gran parte de la desolación del paisaje se mostraba, y las sombras huían hacia los árboles, o quedaban tras rocas inmensas.  Pero la luz triunfaba poco tiempo, y las sombras se apresuraban para cubrir todo.
Frente al vehículo se extendía monótonamente la ruta iluminada por los faros, se sucedían carteles indicadores, mojones, y las interminables líneas blancas.
Repentinamente Damián pisó el freno a fondo, se fue hacia adelante bruscamente y casi se golpeó la cabeza con el volante. En esa acción cerró los ojos un instante, y al mirar hacia adelante nuevamente, lo que lo hizo detenerse ya no iba por el costado de la ruta. Había visto caminando por el borde a un niño muy pequeño, a un bebé, pero, ¿dónde estaba ahora? ¿Realmente lo vio?  Como iba en su misma dirección no logró ver su rostro, pero con aquel tamaño solo podía ser un niño pequeño.
Damián después pensó que no podía ser, ¿qué iba a estar haciendo un niño solitario en un lugar como aquel?  Pero al pensar que por allí podría haber algún auto siniestrado, se bajó con una linterna y comenzó a buscar. Iluminando los pastos buscó largo rato, pero no halló nada.
No quería marcharse, “Y si realmente es un bebé”, pensó, mas al hacerlo surgió la otra posibilidad: “Y si era una aparición o algo peor?”

Volvió a su vehículo y siguió conduciendo. Un poco más adelante creyó escuchar una risita apagada, en el asiento de atrás. Al acomodar el retrovisor le tembló la mano. No logró ver nada, solo el asiento vacío.
Ahora Damián deseaba llegar cuanto antes a algún lugar. Ya pensaba detenerse y esperar el amanecer fuera del auto cuando vio que otro vehículo se le acercaba por detrás.
Por lo menos ahora no estaba del todo solo. Las luces del otro auto inundaban la parte trasera del suyo.  Tras unos kilómetros, en una recta el otro se abrió hacia la izquierda, lo iba a sobrepasar. Al pasar frente a él vio que el otro conductor le hacía señas para que bajara la ventanilla. La bajó y el otro le gritó:

- ¡Señor! ¡Su hijo va parado en el asiento de atrás! -y aceleró y lo pasó.

Damián quedó lleno de terror. Había algo detrás de él y no era un niño. Ya no podía conducir así.
Quiso bajarse sin mirar el retrovisor, pero fue inevitable, y allí estaba, un ser pequeño y horrible de cara avejentada y sonrisa maligna.
Salió del auto lo más rápido que pudo. Se mantuvo como a cincuenta metros del auto hasta que amaneció. Con el sol ya pegando fuerte en la ruta se acercó a examinar. Estaba vacío.
Supuso que aquello se había retirado al amanecer.
Cuando finalmente llegó a su casa se acostó a dormir, rendido de sueño. Durmió toda la tarde. Despertó cuando ya estaba de noche. Cuando se encontraba pensando en levantarse para comer algo, de repente escuchó una risita apagada. Su terror fue aún mayor que en la ruta. Mas un instante después se dio cuenta de que venía de afuera. Al escuchar que su vecina llamaba a sus hijos para cenar, suspiró hondo y se sonrió. Seguramente la risa era de uno de los niños de al lado.      En el momento no se acordó que dejó su auto afuera, la risa venía de allí. El bebé maligno, con la cara apoyada en la ventanilla, miraba hacia la casa mientras sonreía malignamente.