martes, 28 de octubre de 2014

Mis antepasados

Atravesé una enramada espesa y, cuando me libré de aquella fronda opresiva, me encontré de pronto en un viejo cementerio. 
Andaba recorriendo algunos valles y arboledas que en el pasado vieron prosperar a mis antepasados.   Había recuperado un pequeño terreno en la zona y allí construí mi hogar. Siempre que podía daba paceos por aquella campiña, y casi inevitablemente terminaba sintiendo un poco de nostalgia y añorando algo que nunca había vivido. ¿Se puede sentir nostalgia por algo que nunca se vivió? Sí, siempre y cuando se sea un soñador, y se tenga la certeza de que nuestros antepasados anduvieron por allí. 
Cuando veía un sendero pensaba: “¿Usarían este sendero mis ancestros?”, al costear algunos de los arroyuelos que atravesaban los campos especulaba “¿Se bañarían aquí en el verano? Tal vez los niños lo hacían”, y me los imaginaba chapoteando entre risas.
Con el paso de los días fui encontrando los ya antiguos cimientos de las casas. Que desolada estaba toda la zona ahora. Pensé mucho en eso. Sabía que mis antepasados se habían retirado de a poco hacia la ciudad, y que fueron vendiendo sus propiedades, entonces, ¿por qué no había nuevas familias por allí? Las tierras eran fértiles, había mucha agua. No entendía. 

Terminé deduciendo que por alguna razón aquellas tierras eran indeseables. El terreno donde alcé mi casa me salió bastante mas barato de lo que había supuesto, eso era otra prueba. ¿Por qué no querían vivir en la zona? 
Con la idea de resolver eso, cuando hacía compras en el pueblo mas cercano, discretamente fui desarrollando una pequeña investigación, preguntando algunas cosas como al pasar, como a quien se le ocurre algo en el momento.  El descubrimiento fue asombroso: consideraban que aquellas tierras estaban malditas porque, una gran familia que solía adorar al Diablo había vivido en ellas mucho tiempo. ¡Que increíble! Mi familia… 
Por suerte no me presentaba diciendo mis dos apellidos, porque uno los hubiera espantado. ¿Cómo podía ser que nunca hubiera escuchado sobre el asunto?  Haciendo un gran esfuerzo por recordar, vinieron a mi mente algunas respuestas extrañas de mis abuelos y mis padres, algunas claras intenciones de cambiar de tema cuando los interrogaba sobre nuestros antepasados, y una percepción muy lejana de una sensación: que me ocultaban algo. 
Ahora había descubierto un pequeño cementerio que, probablemente, casi con seguridad, estaba repleto de las tumbas de mis antepasados, tal vez todo el cementerio era de ellos. 
Desparramando una mirada por el lugar supe que estaba abandonado. Quedé parado en el mismo lugar no sé cuántos minutos. Había estado buscando huellas de mis raíces, y allí estaban, pero ahora sabía sobre aquel rumor que ensombrecía a la familia. ¿Sería cierto?
Después pensé que las zonas rurales siempre están llenas de leyendas y cuentos de terror. Casi todos supuestamente han visto algo o escuchado algo, o conocen a alguien que vivió un suceso inexplicable, que sin embargo siempre le encuentran un origen sobrenatural. Una mentira puede dispersarse, hacerse rumor, leyenda con el tiempo, y terminar siendo algo que todos afirman.  Tenía que ser eso, pura habladurías. 
Empecé a recorrer el cementerio. Abrí pastos y tiré de algunas enredaderas para poder leer la inscripción que había en una lápida. Era de un antepasado. Lo mismo pasó con otra, y otra, solo había familiares allí.   

Estaba tan impresionado que perdí la noción del tiempo. Comprendí lo avanzada que estaba la tarde cuando vi que el cielo se estaba poniendo gris, y el bosque que cercaba al cementerio se encontraba negro de sombras.   En ese instante también me di cuenta de otra cosa; había zigzagueado entre las lápidas descuidadamente, y ahora no recordaba por dónde había entrado, y ál no ver el Sol había perdido la noción de hacia dónde estaba mi hogar.  Mas si bien me preocupé algo por un momento, después pensé que bastaba con que saliera de allí hacia cualquier dirección, y al apartarme del bosque me orientaría de nuevo. 
Había llegado hasta el lugar con mucha dificultad. El bosque formaba una verdadera cerca natural. Las ramas se tejían entre si, y al intentar meterme la fronda me empujaba hacia el cementerio casi como un resorte. Tenía que encontrar el lugar exacto por donde había accedido.  Intenté en vano en varios puntos. Mientras tanto oscurecía rápidamente. De entre las lápidas empezó a elevarse una bruma aterradora. 
Solo tenía que sortear aquella barrera vegetal, pero era tan enmarañada que mis esfuerzos eran inútiles.  
Ya estaba de noche cuando encontré un lugar menos apretujado, supe que había entrado por allí. Hubiera sentido un gran alivio si en esos momentos no hubiera escuchado aquellos ruidos. Eran pasos, muchos pasos andando por el cementerio. Me aterré espantosamente. Atropellé la fronda sin voltear. Como igual no veía nada en aquella oscuridad, avancé protegiéndome el rostro con los antebrazos para no perder un ojo en una rama. Detrás de mí aumentaban los ruidos; ahora eran voces, algunas me llamaban por mi nombre con una voz quejumbrosa y lenta: “Fernando, ven con nosotros”, me decían “Solo tienes que aceptarlo a Él, y serás uno de nosotros. Fernando…”. Ahora todas las voces clamaban mi presencia. Algunas eran infantiles, aunque también sonaban quejumbrosas y repetían las palabras lentamente. Luego empezaron a escucharse furiosas cuando me fui alejando, y se distorsionaron de tal manera que ya no parecían humanas.  No miré hacia atrás en ningún momento, pero por los árboles que me rodeaban vi que del cementerio crecían distintos fulgores y luces amarillas.  
Mi vida bien pudo haber terminado allí, ya fuera al chocar contra un árbol en mi loca huída, o por haber muerto de terror, mas sobreviví, y corriendo salí del bosque. Corrí por aquella campiña hasta que no pude mas y después seguí caminando entre jadeos. No me importaba hacia donde iba, solo quería alejarme de aquel horrible cementerio.  Un poco mas tarde salió la Luna, y al toparme con un arroyuelo sentí que me volvía a orientar. Empaqué esa misma noche y me largué de allí para no volver nunca mas. Algunas cosas es mejor que queden enterradas en el pasado.

sábado, 25 de octubre de 2014

Es Halloween

Santiago arrojó su mochila en el asiento trasero de la camioneta, donde también había puesto el rifle; ese halloween lo iba a pasar a su manera. Cuando cerró la puerta vio que lo miraban por encima de la cerca de madera, era Pedro, su vecino: 

- ¡Ey ,Santiago! ¿Vas a salir? -le preguntó Pedro. 
- Hola, sí voy a salir. Voy hasta mi bosque, a ver si me traigo un ciervo. Como sea, vuelvo mañana.
- ¿Qué, quedarte por ahí esta noche? Pero hombre, ¿justo hoy vas a acampar? -Pedro se mostró sorprendido, y apoyó las manos en la cerca para mirar mejor sobre ella. 
- Sí, ¿por qué no? -le contestó Santiago, haciendo un gesto que demostraba su despreocupación. 
- Porque es Halloween, y… pues eso. Mira que no es solo una noche de fiestas o celebraciones, es, algo místico también. No es por nada que le llaman “la noche de brujas”. Y ya que hablé de fiestas, en el club de aquí a la vuelta sale una de disfraces, y va a estar buena porque puede ir todo el que quiera. Qué te parece si vamos a “mover el esqueleto”, ¡jaja! Esa frase es justa para hoy, y, de paso conocemos a algunas muchachas; me reservo a las vampiresas ¡Jajaja! 
- Ya planeé la cacería, y no me gusta cambiar de planes. Bueno, me voy, que te diviertas. 
- Gracias, y tú que caces algo, y después me convidas. Nos vemos. 

Mientras sacaba la camioneta a la calle notó que su vecino aún lo observaba. “Que reverenda tontería eso de halloween”, pensó, pero reconoció que su vecino le decía aquello con buenas intenciones. 
Pronto dejó la ciudad atrás y dobló en un camino bien conocido.  Ya había transcurrido buena parte de la tarde, pero lo que le restaba, con algo de suerte le iba a bastar para cazar una pieza. Conocía tan bien su bosque que podía ir directamente a las mejores partes de los senderos, lugares en los que se escondía a esperar la presencia de las presas. 
Como estaba algo ansioso el camino se le hizo largo. Ya en su destino, la vera del bosque que era de su propiedad, se acomodó la mochila y se echó el rifle al hombro. Iba a empezar su caminata cuando divisó algo. Era un vehículo, un tipo de furgoneta. Resultaba obvio que al vehículo lo habían intentado esconder entre los árboles. ¡Cazadores furtivos en su bosque! Aquello lo enfureció enseguida. Se envolvió la correa del rifle en el brazo ý fue a inspeccionar el vehículo. No había nadie adentro. 
Que cazadores anduvieran en algo así le pareció raro. Dentro estaba muy limpio, sin marcas de patas de perro, y tampoco llevaban una jaula. Pensó que tal vez iban a cazar como él, emboscando a las presas, pero, no se veía ni una funda allí, aunque podía ser que se las hubieran llevado con ellos. 
Al inclinarse sobre unas huellas que partían desde el vehículo hacia la espesura se convenció de que no eran cazadores, pues no eran marcas de botas ni botines, eran, ¿calzado de mujer? Aquello sí que era extraño. ¿Qué andaban haciendo unas mujeres en su bosque?

Avanzó siguiendo las huellas. Los pasos eran cortos, lo que indicaba inseguridad al andar, era gente que no estaba acostumbrada a caminar en el bosque. Pudo seguirlas con bastante facilidad.    Cuando algo resaltó entre los árboles Santiago puso una rodilla en tierra y espió por la mira telescópica del rifle.   Estaban en un pequeño claro, eran cinco mujeres. Se encontraban de pie, tomadas de las manos y formando un círculo.  
Apenas las vio, Santiago dedujo que eran unas locas haciendo un ritual, pero por las dudas avanzó con cautela. Nunca se sabe cómo puede reaccionar un loco. Para él, alguien que hace algo así invariablemente tenía que estar mal. 
Las mujeres tenían los ojos cerrados y bajaban y subían la cabeza con movimientos circulares, a la vez que murmuraban algo que no se entendía. Vestían ropas negras, y al observarlas bien se notaba en sus rostros que todas pasaban fácilmente los cincuenta años, pero a pesar de eso conservaban una elegancia que despertaría envidias incluso entre veinte añeras: era un grupo de brujas. En medio del círculo que formaban habían dibujado un montón de símbolos extraños, y en el centro de ellos había un frasco cilíndrico de porcelana con su boca sellada, y sobre la boca del recipiente ardía una vela muy corta.
Santiago se ubicó al lado de ellas pero no lo notaron. Entonces tosió un poco para llamarles la atención, como esto no funcionó después dijo en voz alta: 

- ¡Bien, señoras, fuera de mi propiedad! ¡A hacer sus porquerías, lo que sea que están haciendo, en otro lado! ¡Oigan! 

Una de las mujeres se estremeció, como quien es despertado súbitamente, y miró a Santiago con cara de asombro. La reacción de esta tuvo un efecto inmediato en las otras; abrieron los ojos y buscaron la causa. Fue como si al “desconectarse” una, las otras también lo hacían automáticamente. 
Ahora Santiago tenía la atención de todas. Lo miraron tan sorprendidas como la primera. Les ordenó de nuevo: 

- ¡Señoras, salgan de mi propiedad! Está prohibido entrar aquí, es una propiedad privada. Hagan el favor… 
- Señor, discúlpenos, pero solo vamos a estar un rato mas, por favor, no nos interrumpa, es importante que… -le solicitó una de las brujas, pero Santiago la interrumpió: 
- ¿Cómo es eso, que no las interrumpa? Que yo sepa el bosque es mío, y resulta que yo soy el que molesta. ¡Es lo que faltaba!
- No es que moleste, es… que necesitamos terminar este ritual. Por favor… 
- Nada, ¡fuera de aquí! ¡Vamos! Y apaguen esa vela, que si causan un incendio… bueno, ni les cuento en el lío que se van a meter. ¡Vamos, a largarse, que me hacen perder tiempo! Tengo un radio aquí, ¿quieren que llame a la policía rural? 
- No, por favor, pero…
- ¡Al diablo! Arréglenselas con la policía. Ya van a ver…

Ante esa amenaza las mujeres se miraron asustadas y rompieron el círculo que formaban. Santiago se quitó la mochila para tomar el radio, estaba decidido. 
La que le había suplicado dijo entonces: 

- Está bien, nos vamos. No los llame, señor, nos iremos. Solo déjeme apagar eso. 

La bruja se inclinó hacia el recipiente que tenía una vela encima, pero Santiago se le adelantó, le dio un puntapié al recipiente y este se quebró, y la vela al quedar de lado se apagón en la tierra. Del recipiente escapó un polvo blancuzco. 
Las brujas se llevaron las manos a la cara, horrorizadas, y enfilaron hacia el vehículo a toda prisa. La que había hablado volteó para advertirle: 

- ¡Váyase usted también, señor! ¡No sabe lo que ha hecho! ¡Ya no es seguro ni para nosotras! ¡Si aprecia su vida, márchese ahora, y tal vez se salve! -y alcanzó a las otras que huían despavoridas. 

¿Por qué les preocupaba tanto la rotura de aquel frasco? Santiago temió que fuera algún tipo de veneno. Se tapó la nariz con la mano al tiempo que retrocedió unos pasos.  Después miró con mucha atención los restos del frasco. Se acercó de nuevo de a poco.  La tapa que tenía no era nada hermética, no podría contener algo peligroso.  Santiago sonrió sacudiendo levemente la cabeza hacia los lados. Se había asustado por nada. Pensó que si las locas consideraban peligroso aquello, era por un asunto mágico y no por un peligro real.    
Movió el recipiente con el pie. “Hay gente que cree en cualquier cosa”, pensó. 
El silencio del bosque le permitió escuchar al vehículo de las brujas alejándose rápido por el camino. Al seguir la dirección del sonido de la furgoneta con la mirada, también notó que el sol ya estaba bastante bajo. Le habían hecho perder un tiempo valioso. Eligió un rumbo y salió dando pasos largos. 
No se había alejado mucho del claro que eligieran las brujas cuando escuchó un rumor de ramas. Sonaba como si varias cosas grandes hubieran pasado volando cerca de las copas de los árboles, rozando las ramas.   Volteó y giró hacia todos lados; algunas ramas se agitaban allá arriba, pero lo que las había movido no se veía.  Aquello fue muy extraño, se detuvo a observar todo.   Una ráfaga de viento hubiera sacudido mas árboles, era algo que había pasado solo entre algunos, pero, ¿qué era? De ser aves grandes las hubiera visto, o por lo menos hubiera escuchado su aleteo, pero solo escuchó a las ramas que se sacudían y golpeaban unas contra otras al volver a su posición. 
Inevitablemente pensó en lo que le dijo la bruja. Pero enseguida volvió a sonreír y sacudir la cabeza. “Que tontería”. Y siguió su camino. 

El atardecer ya unía a todas las sombras del bosque cuando alcanzó el lugar deseado. Se agachó a esperar entre unos arbustos que se apiñaban en una pequeña cima, al lado de un sendero. No le quedaba mucho tiempo pero aquella era la mejor hora para cazar. Esperó inmóvil. No estaba tan concentrado como hubiera querido, porque a pesar de que había pasado gran parte de su vida en el bosque, no se explicaba la causa de aquellos ruidos. 
De repente algo llamó su atención, espió por la mira telescópica. Era allá adelante, en el último tramo de sendero que lograba ver desde allí. No era un animal, era, un payaso. El payaso andaba en cuatro, apoyándose también con las manos, como imitando a un animal.   Santiago no podía creer lo que veía. ¡Un payaso! Cuando pensó eso el payaso volteó de pronto hacia él, sonrió con una evidente malicia y lo saludó levantando una mano. ¡Que fea impresión sufrió Santiago! ¿Cómo podía ser que el payaso lo hubiera descubierto desde aquella distancia? Estaba bien oculto entre las plantas. La impresión le hizo apartar momentáneamente la vista de la mira, cuando volvió a ver ya no estaba, se había ido.  Cuando lo buscaba con la mira, escuchó una voz chillona, aguda y reverberante que venía de los mismos arbustos donde se encontraba él: 

- ¡Te estoy mirando desde hace rato! ¡Jajaja!, ¡Jijii…! 

Cuando volteó hacia la voz, quedó mirando a los ojos a una muñeca aterradora. 
Santiago se levantó de un salto, se enredó en los arbustos y rodó fuera de ellos.  Nunca se había llevado un susto tan grande. Puso su mano izquierda contra el pecho porque le pareció que sintió una puntada. Intentó controlas su corazón respirando lentamente. 
Rodeó los arbustos mirando por encima del rifle, la muñeca ya no estaba. 
Enseguida recordó la advertencia de la bruja. Ahora quería irse de allí lo antes posible. 
No faltaba mucho para que la noche se adueñara del todo de lugar. Empezó a trotar, mas apenas avanzó unos metros volteó violentamente; había escuchado con claridad que unos pasos corrían tras él, pero no había nada. Siguió volteando hacia todos lados. Tenía que salir de allí. Sabía que le faltaba un buen trecho. ¿Con qué otra cosa se iba a encontrar? 
Empezó a escuchar unas risitas iguales a la de la muñeca aterradora. Una sonaba por aquí, otra por allá, detrás de los troncos, entre algunas enramadas. Una muñeca pasó corriendo de un árbol a otro, cuando apuntó hacia esta, otra le pasó por detrás a las carcajadas.  Ahora giraba desesperado hacia un lado, hacia otro; las muñecas se asomaban tras los troncos, susurrando, riendo con malicia, aquí y allá, por todos lados. 
No lo dejaban avanzar.   Santiago comprendió que eso era lo que querían aquellas cosas. Si trataban de retenerlo allí hasta la noche, era porque en ese momento tendrían mas poder.  Tenía que correr y no detenerse por nada. 
Pero a pesar de su decisión, le resultaba inevitable detenerse para esquivar cuando una muñeca le salía al cruce.  El bosque estaba cada vez mas oscuro. 
Al pasar al lado de un gran árbol, un payaso se le puso delante de un salto y arremetió contra él a los gritos. Santiago solo pudo poner el rifle por delante, esperando la embestida, y a pesar suyo cerró los ojos. Sintió que lo empujaron pero fue levemente. Cuando miró, el payaso ya no estaba. Eso igual lo alarmó mas. Aquellas cosas pronto iban a tener el poder suficiente como lastimarlo, ya no eran solo una imagen. 

Ya cerca del límite del bosque, y de su camioneta, vio que caminaban hacia él unas siluetas decrépitas y tambaleantes. ¡Zombies! 
Al día ya no le quedaba casi nada, solo los últimos resplandores del Sol que ya se había enterrado en el horizonte. Ya no le quedaba tiempo, si lo retenían un instante mas, estaba perdido.  Siguió corriendo hacia los zombies. No iba a dejar que lo detuvieran, iba a seguir, pero tampoco podía permitir que lo interceptaran, porque seguramente ya eran mas “sólidos” por la inminencia de la noche.  Esquivó a uno, a otro, gritando por su vida, a un tercero, disparó el rifle, y cuando le lanzó un culatazo a uno sintió que le dio a algo.  Los segundos que demoró en encender la camioneta le resultaron horriblemente desesperantes. Finalmente se largó de allí a toda prisa, gritando por la emoción.  
Por muy poco no volcó en el camino por ir muy rápido. Recién en las luces de la ciudad se sintió mas aliviado. 
Ya en su casa se puso a reír como un loco. Después lo dominó un temblor nervioso. Tenía los nervios hechos trizas. Cada pocos minutos se sentía el corazón poniendo la mano en el pecho, y escuchaba su irregular ritmo resonando en sus oídos. Por poco no había muerto de terror.  
Se sirvió un güisqui para calmarse, era inútil, apenas podía sostener el vaso, pero haciendo un esfuerzo lo terminó, y después se sirvió otro, y quedó con la botella al lado. La bebida pronto hizo efecto.   Sus nervios se adormilaron un poco y ya no pensó tanto. 
Después de un largo bostezo pensó en dormir, mas enseguida lo descartó. Recién acababa de escapar de aquello, si se dormía solo iba a tener pesadillas espantosas. Dormir no, no esa noche.  Si se quedaba en casa el sueño lo iba a vencer, tenía que salir.  Enseguida recordó la fiesta de disfraces en el club.  Le pareció que todavía tenía el disfraz de “El Zorro”. Lo encontró arrugado en el ropero. Era mejor que nada. Después de ducharse se lo puso el disfraz no con poca dificultad, porque lo que lo había tranquilizado un poco también lo dejaba torpe.  
El local estaba a menos de dos cuadras. En la calle pasaban algunos disfrazados en vehículos y le gritaban o tocaban la bocina, también se escuchaba música en varias partes. 
Estaba comenzando a creer que seguía su mala suerte cuando escuchó la música que venía del club, y vio luces en las ventanas. Entró. El salón estaba repleto. Sintió algo de vergüenza por la simplicidad de su disfraz, porque los de los otros eran magníficos. Caminó hacia el centro del salón tratando de distinguir a alguien. Era imposible, todos estaban muy bien disfrazados. “¿Por dónde andará Pedro? ¿De qué habrá venido?”. Necesitaba hablar con alguien.  Su disfraz no era tan elaborado, ¿por qué nadie lo reconocía?   En ese momento sintió que su celular vibraba, era Pedro: 

- ¡Amigo! ¿De qué te has disfrazado? -le preguntó Santiago. 
- De Spiderman. 
- ¡Ah! No sé cómo no te encuentro. 
- ¿Qué dices? ¿Cómo que no me encuentras, no estás en el bosque? 
- No, volví temprano, ahora estoy aquí, en el club. 
- ¿En cuál club? 
- En este cerca de casa, en el que me dijiste. 
- Pero… si al final suspendieron esa fiesta. Yo estoy en otra, en la casa de un conocido. ¡Ah! Estás bromeando, ¿no? ¿Santiago?… 

A Santiago se le cayó el celular. Al darse cuenta, los disfraces cambiaron, volviéndose mas aterradores, y todos giraron hacia él. Los entes lo habían seguido hasta la ciudad.  



lunes, 20 de octubre de 2014

La puerta

Me invitaron a un club de literatura de terror; desde esa noche cambié, pues se abrió una puerta que ya no se volvió a cerrar.
La idea me pareció una interesante forma de desperdiciar un fin de semana. “Pasar horas comentando libros junto a unos aspirantes a literatos, que emocionante…”, pensé, lleno de sarcasmo, cuando Paola me invitó. Pero como recién la conocía me pareció que lo mejor era ir. 
Al hacerse noche creí que me iba a salvar de la aburrida velada, porque empezó a llover muy fuerte, pero al llamarla ella dijo que las condiciones eran ideales. Tuve que conducir bajo la lluvia. Ella me iba a esperar en la casa indicada. 
Las calles ya estaban medio anegadas de tanto que llovía, y los otros vehículos pasaban arrojando agua hacia los costados, mientras el limpia parabrisas del mío era derrotado por la pared de agua que chocaba contra la ciudad. Vistas desde la cabina, las luces de las calles se borroneaban un poco y proyectaban haces hacia los costados, efectos de la intensa lluvia.   Después desemboqué en una zona suburbana sin luz, y noté que relampagueaba intensamente.   
Unas fachadas de aspecto antiguo aparecían por instantes cuando todo se aclaraba por los relámpagos. Nunca antes había estado en aquella parte. Me pareció que las viviendas de allí estaban abandonadas. Al leer un herrumbrado cartel, frené el coche; la casa tenía que estar por allí. Cuando miré hacia un costado, me saludaban con la mano desde una ventana, era Paola. 

Atravesé la vereda y el patio de la propiedad bajo un paraguas que el viento me quiso arrancar. Estaba por alcanzar el umbral de la puerta cuando explotó un rayo y la fachada se iluminó con una luz blanca. Parecía ser la mas antigua de la cuadra. 
Entré a una habitación muy amplia iluminada con velas y un farol que ardía en el centro de una mesa redonda. Paola me presentó a cuatro personas, dos mujeres y dos hombres. Todos me miraban sonriendo y parecían estar muy emocionados.  Uno de los tipos, un veterano calvo con barba de candado, me preguntó al estrecharme la mano: 

- Usted es descendiente de Melisa Strauss, ¿no es así? 
- Sí, venía a ser mi bisabuela por parte de padre. ¿Usted cómo sabe? -lo interrogué. 
- Su bisabuela fue una famosa espiritista, y su familia es conocida en algunos círculos. 
- Sé que era medio curandera o algo así, pero que yo sepa, mas nadie en familia se ha dedicado a eso. 
- Era espiritista, no curandera, y fue muy conocida -afirmó de nuevo. 

Su respuesta no explicaba cómo sabía que yo era descendiente. Aunque hubiera escuchado o leído mucho sobre mi bisabuela, no entendía cómo me había asociado a ella, porque el apellido que mi bisabuela usaba no era el de la familia. Para conocer aquello tenía que haber investigado. Pensé que tal vez Paola lo había hecho, no podía ser casualidad. 
Ella ahora evitaba mi mirada.  Me sentí incómodo entre aquella gente. 
Me invitaron a sentarme, nos acomodamos en torno a la mesa redonda. En un costado de esta había algunos libros. Paola me dio uno, era de cuentos de terror. Al parecer tenían una mecánica diferente en aquel club literario, y no iban a comentar nada, solo iban a leer. Sé que en esos grupos también leen juntos, pero aquello me resultó un poco extraño.   Todos parecían fascinados con mi presencia, pero cuando los miraba desviaban la mirada, como si quisieran disimularlo. Que situación mas incómoda. Y todo iba a empeorar. 
Las llamas de las velas que ardían sobre la chimenea y encima de unos muebles cada tanto se inclinaban todas hacia un lado, como empujadas por una misma ráfaga, y al hacerlo las sombras se movían también. La llama del farol que teníamos sobre la mesa creaba unas sombras inmensas y deformadas en las paredes. Y fuera la tormenta rugía, bufaba y metía luces de relámpagos por las ventanas. Todo aquello formaba una noche horrible, y hacía mas tétrico el ambiente en el que nos encontrábamos. 
Unos cuantos minutos después de comenzada la lectura, mis acompañantes parecieron concentrarse y ya no miraban hacia ningún lado que no fuera su libro. Observándolos disimuladamente noté que todos tenían el mismo libro, solo yo tenía uno distinto. ¿Qué estaban leyendo? No los vi cambiar de página, y por el movimiento de sus ojos parecían volver a la misma línea una y otra vez. Cuando empezaron a murmurar me di cuenta. ¡Que tonto había sido al no descubrirlo antes! ¡Aquello era una sesión espiritista!  
Me iba a levantar cuando vi que estábamos rodeados. ¡¿De dónde habían salido aquellas personas?!  
Paola pareció notar que yo veía algo y se los informó a los otros. Voltearon hacia todos lados y después empezaron a preguntarme: 

- ¿Qué ves? ¿Son muchas personas? ¿Cuántos son, cómo están vestidos?

Todos me hacían preguntas así. De un momento a otro hubo mas presencias allí. Ahora estaban por toda la habitación: eran hombres y mujeres de variadas edades, también había niños, y todos vestían ropas antiguas. Lo mas aterrador fue notar el semblante de sus caras; todos parecían estar muertos, y lo estaban, eran apariciones. 
Las llamas de las velas se sacudían y las sombras temblaban alocadamente. Los otros parecían no ver a los que nos rodeaban, pero evidentemente notaban aquel viento frío que exhalaba desde varias partes de la habitación. Miraban en derredor y se miraban entre ellos con una expresión de asombro y emoción. ¡Malditos locos! Para ellos era emocionante porque no veían aquellos rostros empalidecidos por la muerte.   
Cuando las apariciones empezaron a moverse hacia la mesa sin dar un solo paso, el terror me empujó hacia la salida, y a las zancadas llegué a mi vehículo. 
No existía ningún club de lectura, y Paola solo se había acercado a mí porque sabía que era descendiente de una poderosa espiritista. No sé cómo supieron que yo tenía aquel “don”, porque ni yo lo sabía. Tal vez lo averiguaron aquella noche. Lo cierto es que desde esa vez veo espíritus, y si no encuentro la forma de cerrar esa “puerta”, los veré hasta el fin de mis días. 

domingo, 19 de octubre de 2014

Guerra zombie

Allá adelante se extendía un campo lleno de pozos y muertos: era un campo de batalla. 
En las inmundas trincheras, como ahora había menos hombres pasando por ellas, el barro del suelo se había congelado, también la sangre que se mezclaba en él . No muy lejos de las trincheras humeaban unos gases amarillentos que se extendían sobre los cadáveres cual niebla. Por ese escenario pesadillesco se desplazaba Adam, vigilaba un extremo de la trinchera. 
Se detuvo en uno de los recodos de aquella canaleta para sentarse un rato. Al darse cuenta de algo levantó con la mano el casco para mirar mejor hacia arriba. Algunas bandadas de cuervos revoloteaban entre graznidos agudos por el cielo velado, mas ninguno descendía hacia el campo de batalla. Como el rugir del combate había cesado hacía mas de una hora, esto le pareció un poco extraño, porque normalmente las oportunistas y macabras aves recorrían el campo apenas la actividad menguaba. 
Para averiguar la causa, tras colgar su fusil en el hombro trepó por las bolsas llenas de tierra que formaban las paredes de las trincheras. Se asomó con cautela.  El humo amarillento ahora cubría casi todo. Aquella tenía que ser la causa.  Volvió al suelo congelado y a su ronda. 

En el recodo mas alejado se topó con algo que no esperaba.  Había sobrevivido a varias batallas, y en ellas visto muchos horrores, pero esto superaba a todo. 
Un soldado mordisqueaba vorazmente el brazo de otro, sacudiendo la cabeza como un perro para desprender trozos; el brazo ya casi no tenía carne. Cuando el soldado giró la cabeza hacia él con un gruñido, Adam le apuntó. No disparó enseguida porque aquel vestía su mismo uniforme, además su apariencia lo impresionó horriblemente: los ojos blanquecinos, el labio inferior caído, la piel de la cara holgada, nada de eso era nuevo para él, pero esos rasgos correspondían a una persona muerta, y aquel soldado se movía y lo estaba mirando fieramente. 
Cuando el muerto andante avanzó hacia él, le disparó en la cabeza.  El disparo alertó a unos compañeros, y cuando llegaron corriendo a la escena, lo contemplaron sorprendidos:

- ¿Por qué le disparaste a ese cuerpo? -le preguntó uno. ¡¿Qué no ves que es uno de los nuestros?! Y, ¿por qué dispararle? 
- No estaba muerto, bueno… si parecía estarlo, pero se movía, y estaba comiendo eso, ¿lo ven? He intentó atacarme. Es la verdad. 

Ahora los soldados lo miraron con algo de lástima; lo creían loco.    Cuando un sargento se hizo presente, enseguida reafirmó esa sospecha, y marcharon con Adam bajo arresto. Estaría así hasta que algún superior decidiera qué hacer con él.
Lo llevaron a una parte de la trinchera que tenía techo; donde planeaban los ataques y defensas.   Adam no insistió con su historia pues él apenas creía lo que había visto, no tenía caso insistir. Como fuera su situación era muy mala. Si creían que él había armado aquello para hacerse el loco y así escapar de su deber, lo iban a fusilar, y si lo creían sincero no lo iban a mandar para su casa solo por estar algo mal de la cabeza, lo mas probable era que en la próxima batalla lo pusieran en la primera línea (donde ninguno se salvaba). Sus posibilidades de salir bien eran pocas. Se resignó al pensar que a otros les había ido peor, demasiada suerte había tenido hasta el momento. 
Le pusieron un guardia, un muchacho muy joven al cual el casco le bailaba en la cabeza, y Adam no tuvo otra cosa que hacer mas que esperar sentado en aquel lugar de techo tan bajo.    Se disponía a dormir un poco cuando escuchó unos gritos; le advertían a alguien que no avanzara mas, después empezaron los disparos.   Inmediatamente se dio cuenta de que solo sus compañeros disparaban. ¿A qué enemigos estaban enfrentado? ¿Por qué no les disparaban a ellos? Al recordar al soldado muerto comprendió.  
Su joven guardia no sabía si salir o quedarse a cumplir la orden que le dieran; si fuera una opción sin dudas se marcharía muy lejos de allí.  Un sargento apareció en la entrada y les ordenó salir. El sargento le devolvió su fusil y la bayoneta a Adam. 

- ¡Disculpe, soldado! -le gritó de muy cerca, la balacera era infernal -. ¡Usted dijo la verdad! ¡Vea ahora! 

Adam se asomó sobre la pared de la trinchera. Todo un ejército de zombies, con uniformes de ambos bandos, se arrastraban, rengueaban o corrían hacia ellos. Eran una marea imparable. Las balas agujereaban los uniformes, les abrían boquetes, pero los zombies seguían avanzando como fuera. Algunos caían al ser alcanzados en la cabeza, y los otros los pisoteaban o tropezaban con ellos, pero la horda no se detenía. 
Pronto alcanzaron la trinchera y empezaron a caer en ella como si los vertieran allí.
Adam derribó a varios a culatazos y con la bayoneta, pero eran muchos. 
Cuando atrapaban a un soldado, varios zombies se apiñaban sobre él, y como cuando una jauría ataca a una presa, lo hacían trizas.    En medio de aquella escena grotesca, infernal, resaltó sobre todos los horribles gritos el ruido de muchos aviones. Cuando Adam levantó la vista, tras acertarle un culatazo a un zombie, vio que desde el cielo caían un montón de objetos: eran bombas. “Aquí llega el final”, pensó, aliviado por tener la certeza de que no iba a terminar como los otros, después todo explotó. 
En otro lugar, lejos de allí, en una reunión secreta, un general dio un puñetazo en la mesa: 

- Ese gas suyo es un peligro para todos, doctor -le reprochó enérgicamente a uno de los presentes.  
- ¿Desea que el proyecto termine aquí? -le preguntó el doctor, y se acomodó las gafas.
- ¡Por supuesto!
- Entonces, ¿no debe quedar nada de la substancia? 

Ante esa pregunta, los que estaban allí voltearon hacia el general; este miró hacia abajo al contestar, y lo hizo en voz baja. 

- Es mejor guardar una muestra. Tal vez en el futuro corrijan nuestros errores y sea útil. Pero si no es así o pasa algún accidente, que Dios nos ayude. 

El doctor hizo una mueca de desagrado al escuchar aquel nombre, después sonrió levemente, y se acomodó sus innecesarias gafas. Él veía muy bien, veía incluso las almas de los allí presentes.