domingo, 22 de agosto de 2010

Serpientes

El monte despertó lentamente y comenzó a emitir el canto de los pájaros
Que albergaba en su follaje, pero uno de los cantos, el mas repetitivo y
Tosco, no era de un pájaro, era el sonido del acero golpeando la madera
Dura. El hacha de Carmelo estaba empapada en la sabia de el árbol que
Hería, que generoso hasta el último momento, desparramaba un fresco
Aroma que endulzaba la mañana.
Carmelo soportaba los arañazos de las espinas del monte sin quejarse,
Sentía que era el precio a pagar por arrancarle su verdor a golpes de
Hacha. Cuando el sol y la música estridente de mil cigarras quemaban
El campo cercano, el monteador seguía empeñado en su dura tarea, con
Los brazos entumecidos por el esfuerzo y chorreando sudor. Hizo una
Breve pausa para almorzar, sentado en la sombra masticaba su charque
Y el pan casero horneado por su mujer cuando oyó que algo se arrastraba
Cerca de el. Cuando la vio, la enorme víbora ya se enroscaba lista para
Atacar, con la frialdad calculadora que tiene el instinto de sobrevivir
Cuando se supera o no se siente miedo, le arrojó el bolso que tenía a
Su lado, la víbora calló en la trampa y mordió la tela del bolso, antes de
Poder soltarlo su escamoso cuerpo probó el filo del hacha y cedió ante
El, Carmelo se fue de ese lugar dejando atrás al reptil que retorcía su
Cuerpo sin cabeza.
Al caer la noche, el monteador estaba en su carpa tratando de dormir,
Cuando llegara la mañana iba a partir rumbo a su casa con la carreta
Repleta de leña. Apenas se durmió comenzó a tener horribles pesadillas,
Caminaba entre una arboleda con extrañas hojas alargadas, sintió que
Se movía el suelo bajo sus pies descalzos, cuando miró hacia abajo vio
Que el suelo estaba formado por miles de víboras que reptaban y
Enredaban entre si sus resbalosos y fríos cuerpos formando una maraña
Repulsiva y blanda, las hojas de los árboles se transformaron en serpientes
Que siseaban amenazantes. Todo el lugar estaba formado por serpientes,
Una de ellas le mordió la oreja, otra en la nariz, todas comenzaron a
Atacarlo, Carmelo corría entre una selva de serpientes, algunas se
Enroscaban en sus piernas mordiéndolo una y otra vez.
Amaneció y el monte comenzó a emitir los cantos de los pájaros
Que albergaba en su follaje, pero faltaba el canto mas repetitivo
Y tosco, el sonido del hacha de Carmelo, dentro de la carpa el
Monteador yacía inerte con el cuerpo hinchado lleno de piquetes.

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