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jueves, 22 de septiembre de 2011

El Gato Negro

Bruno salió de la fábrica cuando el Reloj marcaba las doce y media.
Con su Bolso cruzado sobre el hombro, y las manos en los bolsillos del abrigo,
dobló por la misma calle por donde iba siempre. Caminaba con paso ligero, como
era su costumbre. La gorra de lana protegía su cabeza del frío de la noche.
Su aliento se hacía visible en el aire helado, como si echara bocanadas de humo.
De repente salió, de entre los muros de unas casas, un enorme Gato negro, y cruzo
justo frente a él. El Gato pasó con la cola levantada y lo miró con sus grandes ojos
amarillos.

Bruno miró como el Gato cruzaba la calle, para después perderse entre otros muros.
Como era algo supersticioso, se santiguó y siguió caminando.
Ahora avanzaba con más vigor aún. Deseaba llegar a su casa cuanto antes. La sensación
de que le iba a suceder algo malo, se agigantaba en su mente, casi estaba seguro.
“Maldito gato. Me va a traer mala suerte el muy maldito” pensaba Bruno.
Casi llegaba a una esquina cuando vio que desde la puerta de una casa ruinosa, de
su interior oscuro, asomaba un brazo humano: largo, delgado y desnudo. Después
asomó en el umbral una cabeza cadavérica; que en lugar de ojos tenía dos huecos
negros como un abismo sin fondo.

Espantado por aquella aparición, salió corriendo. Al cruzar la esquina, la luz de un
vehículo lo encandiló; estaba en medio de la calle, y el Auto que iba hacia él lo
atropelló. El conductor frenó el Auto y bajó agarrándose la cabeza con las manos.

- ¡Lo maté! - exclamaba él Hombre.

Bruno estaba tirado en la calle, ya sin vida.
Desde lo alto de un muro, el Gato negro observaba aquella escena.

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