domingo, 2 de octubre de 2011

El alma del Diablo

El Padre Romario enganchó el Caballo a la Carreta. Su Sotana negra se confundía con
las sombras de los pinos que rodeaban la Capilla. A esa hora de la noche el pueblo ya
estaba dormido, silencioso.
Encendió un Farol y lo colgó en un costado de la Carreta; sin aquella luz le iba a ser
imposible dar con el sendero que llegaba hasta la Casa en donde solicitaban su servicio:
La noche era muy oscura.
Media hora antes, un jinete había llegado hasta la capilla. El Padre Romario despertó
al escuchar que golpeaban la puerta. El jinete le informó que Carrasco, un hombre de
la zona, agonizaba, y la familia quería que le diera la Unción.

Por el vaivén de la vieja Carreta, el Farol se hamacaba para todos lados. El camino
estaba rodeado de árboles, y sus sombras alargadas se movían al compás del vaivén
del Farol.
Un viento fuerte sopló de repente, levantando arena y hojas; instintivamente Romario
cerró los ojos por un instante, cuando los abrió vio que alguien estaba sentado a su lado.

- ¡Por Dios! - exclamó Romario. Aquella repentina aparición lo había asustado.
- Prefiero otras expresiones de asombro, como por ejemplo: ¡Diablos! Esa me gusta
más, pero está bien, usted es un hombre que le sirve a ése…al que nombró recién.

Lo que dijo aquel extraño, más su inexplicable aparición, no le dejaron dudas a Romario;
el que estaba sentado a su lado era el mismísimo Diablo.
La luz del Farol lo iluminaba desde un costado, tenía apariencia humana, la de un hombre
anciano; la sombra de un sombrero ocultaba sus ojos.
El Padre Romario tanteó el bolso donde llevaba agua bendita.

- Eso no le va a servir de nada - dijo el Diablo - Le caería un árbol encima antes de que
pudiera tocar ese frasco; además sería muy mala educación de su parte ¡Aún no me
he presentado!
- ¡Ya sé quien es usted! ¡Es él Diablo!
- Cierto. Ahora a los negocios. El alma de Carrasco me pertenece, me la vendió hace
diez años. Si le da la Unción puede arruinar mi contrato, otros curas no lo harían;
me reiría de ellos, no tienen el verdadero poder ¡Si supiera cuantos de sus colegas
terminan en mi Casa! ¡Se asombraría! Pero usted es diferente, con usted no me arriesgo.
- ¿Y qué pretende hacer para detenerme? - preguntó Romario.

- ¡Ah! Puedo hacer muchas cosas: A usted, a su Carreta, o a su Caballo. ¡Nunca va a
llegar! ¡No puede salvarlo! ¡Carrasco va a arder en el infierno!
- Puedo hacer una cosa - dijo Romario - Le ofrezco mi alma a cambio de la de Carrasco.
- No me gusta que se salga con la suya, pero su alma es demasiada tentación ¡Acepto!

Él Diablo sacó un pergamino y se lo entregó - Firme aquí - le dijo.
Apenas Romario firmó, el pergamino y el Diablo desaparecieron.
- Perdóname Señor, pero tenía que salvar el alma de Carrasco.
Cuando llegó a la Casa golpeó la Puerta, las luces estaban apagadas. Escuchó los pasos
de alguien que se acercaba. Detrás de la puerta apareció Carrasco, con cara de dormido.
- ¡Padre Romario! ¿Qué está haciendo aquí? - preguntó Carrasco.
En ese instante Romario comprendió que había sido engañado por él Diablo.

1 comentario:

  1. Buenisimo el cuento y mala onda, con el diablo uno nunca sabe ;)
    Saludos
    M. S.

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