viernes, 4 de noviembre de 2011

Miedo en el corredor

En mi niñez, cuando tenía diez años, concurrí junto a mis padres a una solemne
celebración en la iglesia del barrio. El templo estaba completamente repleto,
en un descuido de mis padres me escurrí disimuladamente entre la gente, y
desaparecí a su mirada vigilante.

En ese entonces yo era hiperactivo. Me gustaba esa palabra, sentía que de alguna
forma me excusaba, que explicaba todas las travesuras que realizaba y planeaba
Continuamente: “No soy incorregible, soy hiperactivo”.
La gente estaba concentrada en sus cantos, desaparecí tras la puerta que da a la
sacristía sin que alguien lo notara. Con ansias de explorar lo prohibido, tantee el
picaporte de la puerta, la que daba hacia la casa de retiro; estaba abierta, y sin pensarlo
entré y me envolvió su atmósfera fría.

Me desplacé por un pasadizo angosto, las ventanas altas y delgadas eran de vidrio
escarchado, y la luz del día se filtraba tenue, similar en intensidad a los primeros
momentos del crepúsculo. Con cada paso, los cantos del templo se fueron apagando,
como si el silencio de aquel lugar fuera mas fuerte que cualquier sonido exterior.
Transversal al pasadizo había un corredor mas amplio, en el había sucesivas puertas,
que por la corta distancia entre ellas, era lógico suponer que eran habitaciones
de reducido tamaño, lo que había detrás de estas.
Es difícil explicar porque seguí avanzando por la penumbra de aquel tétrico lugar.
Recuerdo que sentía una difusa sensación, más bien era como un conocimiento
vago, de que al regresar sobre mis pasos, y darle la espalda a aquel corredor, causaría
que algo que allí habitaba me persiguiera.

Caminé temeroso por el ala derecha de aquel interminable corredor. Cada vez que
cruzaba frente a una puerta, la imaginaba abriéndose repentinamente, y que detrás
de ella surgía algo aterrador. Al llegar al final del corredor giré para volver; apenas
había avanzado un par de pasos cuando me estremecí, un lento y fuerte
escalofrío corrió por mi espalda, y tuve la seguridad de que algo estaba detrás de mi.
El corredor se inundó de los alaridos que yo lanzaba mientras corría, al doblar hacia
el pasadizo, vi que la puerta que estaba al final de este se abrió; y distinguí la silueta
del sacerdote. Crucé por el como un viento, unas cuantas zancadas más y estaba
fuera de la iglesia.

Si bien en ningún momento vi lo que me perseguía, recuerdo con claridad la aterrada
cara del sacerdote, y que sus ojos desmesuradamente abiertos miraban algo que
estaba detrás de mi, y que apenas pasé la puerta la cerró con violencia.

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