lunes, 9 de enero de 2012

Un alma en pena

Era una de esas noches oscuras, que sólo pueden darse en lugares muy apartados.
Íbamos a caballo. Me acompañaba mi amigo Sandro y su primo Javier.
Confiábamos en la vista y la orientación de los animales, nosotros no veíamos casi nada.
Javier, que vive en la zona, en algunas partes escudriñaba la oscuridad y decía reconocer por
dónde íbamos.
A veces escuchábamos el rumor de un arroyo, o el trote de algún vacuno o caballo.
En determinado momento escuchamos el ladrido de un perro, y los caballos se inquietaron.
Mientras Javier tranquilizaba al suyo, nos dijo con la voz media entrecortada.

- Nos desviamos bastante, estamos cerca de una casa embrujada. Esos ladridos son de un
alma en pena.
- ¿¡Un alma en pena!? - dije - Donde nosotros vivimos le llamamos perros, ¿verdad Sandro?
- ¡Cierto! - me contestó Sandro, y lanzó una carcajada burlona que era muy común en él.
- No jueguen con eso. Vámonos de aquí.

El ladrido se mezclaba con un aullido lastimoso y largo. El caballo que montaba tenía un
manchón blanco en la cabeza, y distinguí que la agachaba y la subía al tiempo que giraba.
De pronto los aullidos y ladridos cesaron, y lo que escuchamos a continuación nos erizó la
piel. Comenzó a resonar, fuerte y claro, una carcajada idéntica a la de mi amigo Sandro;
diría que era la misma carcajada, como si algo la copiara a la perfección.
Venía del mismo lugar donde se escuchaba al perro, estimo que a una distancia aproximada
de cien metros o menos.
A duras penas dominamos a los caballos y nos largamos de allí al trote.
Ahora sé que un alma en pena o poseída puede manifestarse de diferentes formas, e imitar
sonidos o voces.

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