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miércoles, 8 de febrero de 2012

La mano de la muerte

Leandro se durmió sentado en el suelo, con la espalda contra la pared, al lado de una
ventana grande tapiada con madera.
En la parte baja de la ventana, las maderas que la tapaban comenzaron a abrirse, y entre el
espacio que se iba formando fue surgiendo una mano delgada. La mano comenzó a tantear
todo lo que estaba a su alcance, y dio con la cara de Leandro. Éste despertó con un grito al
sentir el contacto de aquellos dedos fríos y malolientes en su rostro. Se levantó de un saltó
y se volvió hacia la mano; la habitación estaba oscura pero la vio perfectamente, la mano
tanteaba desesperadamente el lugar donde él tenía la cabeza.
Desenvainó el machete que cargaba en la cintura y la cortó de un golpe; afuera se escuchó
un quejido y retiraron el muñón que quedó sobresaliendo entre las maderas.

Leandro espió por una separación de las maderas. Ya estaba por amanecer, y un grupo
de zombies rondaba las inmediaciones de la casa, gimiendo bajo la tenue luz crepuscular.
Vio que a uno le faltaba parte del brazo, era el que le había tanteado la cara.
Sin perder tiempo, clavó una madera en el lugar que el zombie había roto.
Ya hacía dos semanas que estaba sitiado en su casa. Como había puesto barricadas y
reforzado las aberturas con maderas, los zombies aún no habían podido entrar, y con
infinita paciencia rondaban la casa, gimiendo y tambaleándose.
Después de aquel susto, Leandro abrió una lata de conservas, se la estaba comiendo cuando
escuchó algo que sonó como música para sus oídos; eran disparos.

Afuera, soldados del ejército abrían fuego contra los zombies, que iban cayendo uno a uno.
Leandro empezó a retirar la barricada de la puerta, desclavó algunas maderas, al salir dos
soldados ya iban rumbo a él.

- ¡Qué alegría verlos! ¡Ya empezaba a creer que estaba perdido! - les dijo Leandro, eufórico.
- Señor - dijo uno de los soldados acercándose más a él -, ¿con que se lastimó la cara?
- ¡Es un arañazo! - exclamó el otro soldado - ¡Apártate de él! - Leandro se tocó el rostro.
- Sí, es un arañazo, no me había dado cuenta - les dijo con un hilo de voz. Los soldados le
apuntaron a la cabeza.
- ¡Esperen por favor! Quiero ver el amanecer - les suplicó Leandro. Caminó unos pasos hasta
quedar de espaldas a ellos y frente al sol que iba encendiendo el horizonte con rayos anaranjados.
Después escuchó una detonación y nada más.

3 comentarios:

  1. Me recuerda al final de la noche de los muertos vivientes de George A. Romero, he leído algunos otros e tus cuentos, me fascinaron... me encanta la manera de relatar y lo puedo ver en mi cabeza... me gusta la ambientacion que le das ya que tienen un aire de desarrollarse en un pueblo pequeño

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  2. Esta muy padre y muy interesante




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