En la oscuridad de la noche brillaban unas luces. El agente Rodríguez detuvo su patrulla e
informó por el radio:
- Aquí el patrullero Rodríguez, de la unidad ciento dos. Voy a investigar un vehículo que
está en un costado de la ruta. Aparentemente es una ambulancia. Posible accidente. En el
kilómetro ochocientos cuarenta de la ruta diez.
- Copiado - le respondió una voz -. Ya va otra unidad en camino.
Rodríguez bajó de la patrulla y encendió la linterna. A unos cinco metros de la ruta,
inclinada hacia un lado en un terraplén, estaba la ambulancia, con la puerta de atrás abierta y
las luces de la sirena encendidas.
El pastizal era alto, por encima de la rodilla, por lo que Rodríguez avanzó con mucha cautela.
Levantó la linterna para iluminar la parte delantera. No había nadie allí, pero vio mucha sangre
y vidrios rotos. Rodríguez abrió la puerta y examinó detenidamente. La cantidad de vidrio sobre
el asiento le indicaba que alguien había roto la ventanilla desde afuera, y que tal vez sacaron al
conductor por allí.
Fue hacia la parte de atrás, también estaba vacía, y había sangre por todos lados.
Escuchó un ruido detrás de él, volteó rápidamente y vio a un cuerpo irguiéndose hasta quedar
sentado sobre el pasto. Era una mujer vestida de azul, una enfermera, y tenía la mitad de la
cara destrozada.
Rodríguez tenía años en la carretera, y no se impresionaba fácilmente. Dio unos pasos hacia la
mujer y apoyó su mano en el hombro de ésta.
- Tranquila - le dijo -. Ya viene la ayuda. La mujer le agarró el brazo con una mano y lo mordió
a la altura de la muñeca, arrancándole un trozo. Rodríguez retrocedió a la vez que sacaba la pistola.
- ¡Ah! ¡Maldita! - gritó Rodríguez. En ese preciso instante escuchó ruidos que venían de direcciones
contrarias. Enfocó la linterna hacia un lado. Un hombre desfigurado, de rostro sanguinolento, corría
hacia él; era el conductor. Al iluminar el otro lado vio alguien más se le acercaba corriendo; era el
hombre que murió en la ambulancia y revivió como un zombie.
Sonaron unos disparos y después se escucharon gritos, los de Rodríguez.
Cuando llegaron otros agentes al lugar no encontraron a nadie. Solo vieron sangre por todos lados, y
un rastro que se alejaba por el campo.
A la mañana siguiente, un niño jugaba con su perro en el fondo de una solitaria casa. De pronto el
perro se puso firme en sus patas y ladró hacia el campo. El niño miró hacia donde aquél ladraba,
viendo a cuatro personas que se acercaban con paso desparejo y vacilante.
- ¡Papá, viene gente! - anunció el niño.
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