lunes, 25 de junio de 2012

La escuela del terror

Antes de utilizarse como escuela, el local había sido usado por un grupo religioso. 
Aparentemente, cuando donaron aquella casona, el estado la aceptó sin hacer muchas preguntas; porque nadie sabe bien a qué religión pertenecían, ni qué hacían allí.
La casa, ahora escuela, está apartada del pueblo, aunque desde el patio se pueden ver las casas, si se sigue con la vista la línea del camino; el resto del paisaje es campo, cerros, y algunos montes que verdean en las grutas, donde casi siempre sobrevuelan cuervos.
A esa escuela asistí yo.  Los pocos alumnos que íbamos allí, y probablemente las maestras también, sentíamos algo raro hacia la escuela, nos daba mala impresión. Recuerdo que en los recreos solíamos hablar de lo aterrador que sería pasar allí la noche, y de sólo pensarlo nos estremecíamos, y volteábamos hacia los ventanales, donde más de una vez alguien creyó ver algo.

Un frío día de invierno tuvimos una aterradora experiencia, que aún hoy me produce cierto terror al recordarla.
Llovía hacía varios días. Los campos, medio inundados, se teñían del gris de las nubes que parecían bajar hasta los cerros y ocultaban al sol completamente, manteniendo al día bajo una luz de ocaso.
La mayoría de los alumnos faltaron; ese día fuimos sólo cinco. Cerca del final de la clase se desató la lluvia: blanca, compacta, estruendosa, pero sin relámpagos ni truenos, sólo lluvia, y caía de forma vertical, pues en aquel día espantoso hasta el viento se había retirado de aquel paisaje.
La maestra escribía algo en el pizarrón, yo estaba distraído mirando los chorros de agua que caían desde el techó del porche. De pronto, escuchamos unos golpes que resonaron por toda la escuela, y seguidamente una voz ronca y grave que cantaba, y el sonido reverberaba en las paredes, o salía de ellas.  Instintivamente nos agrupamos en el centro del salón, creo que la maestra gritó, o fue un alumno; aquel momento fue terriblemente aterrador.  Aquel canto, que se asemejaba a los cantos gregorianos, fue aumentando en intensidad. No entendíamos lo que decía, parecía ser en latín, o alguna otra lengua muerta, pero mezclado entre aquellas palabras, creí escuchar algo que me produjo más terror.   
Atinadamente la maestra nos hizo salir para el porche, y bajo el estruendo de la lluvia dejamos de escuchar el canto.

Estuvimos en el porche hasta que el padre de uno de mis compañeros fue a buscarnos en su camión.
La maestra también se quedaba en el pueblo.
Después de ese día no hubo más incidentes, aunque los meses que me quedaban por asistir se hicieron largos. Difícilmente podía concentrarme, pues temía que en cualquier momento sonara nuevamente aquella voz, y que volviera a pronunciar mi nombre.     

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