miércoles, 30 de enero de 2013

Un nuevo amigo

La madre de Silvio pasó frente a la puerta del cuarto de su hijo y lo escuchó cuchichear. Se acercó más a la puerta para oír mejor. Estuvo a punto de entrar; mas al recordar que el doctor le dijo que aquello no era algo malo, desistió de hacerlo y se alejó.
Dentro del cuarto, Silvio conversaba con Antony. Estaban uno frente al otro, sentados en el suelo sobre almohadones; Silvio le daba la espalda a la ventana. Fuera ya estaba de noche y llovía estruendosamente.

- ¿A qué podemos jugar ahora? -preguntó Silvio, con el entusiasmo que suelen tener los niños.
- A ver… ¡Ya sé! Juguemos a asustarnos -propuso Antony.
- ¿A asustarnos…? ¿Cómo?
- Tú intentas asustarme diciendo lo que se te ocurra. Después me toca a mí.
- Está bien. Eh… te voy a contar un cuento de terror que nos leyó la maestra.

Silvio le narró el cuento de terror a su manera; Antony lo miraba sonriendo, sin la menor mueca de miedo.

- No me asustó -afirmó Antony-. Ahora me toca a mí: Silvio, en la ventana, del lado de afuera, hay una cosa que te va a asustar tanto que vas a gritar. Mira… ahí está, te está mirando. Ahora está abriendo la boca como si te fuera a tragar la cabeza. Ahora está lamiendo el vidrio. ¡Mira hacia la ventana! No es mentira, está ahí y es un monstruo horrible, ¡míralo!
- ¡jah…! No voy a caer en eso, yo no soy bobo. Ya no soy tan chico como para caer en eso.

Antony sonrió más, e inmediatamente después empezaron a golpear la ventana. Silvio abrió más sus ojos y comenzó a voltear lentamente. Por el rabillo del ojo vio que había algo y, al mirar mejor dejó escapar un agudo grito de terror. Tras la ventana, saludándolo con una mano que se parecía más a la pata de un animal, había un monstruo deforme maquillado como un payaso. Y el payaso monstruoso enseño unos dientes podridos al sonreír fieramente, y con la mano-pata dio otros golpecitos al vidrio.
El niño apartó su aterrada mirada de la ventana y miró a Antony, y éste echó la cabeza hacia atrás hasta que ésta quedó en la espalda, fuera de la vista de Silvio. Después la fue enderezando hasta que quedó sobre sus hombros, y ahora era igual a la del payaso monstruoso. Miró furiosamente a Silvio, luego salió corriendo para desaparecer al atravesar una pared como si ésta no existiera.
Tras escuchar los gritos la madre del niño entró de golpe al cuarto, y lo encontró temblando de miedo y gritando:

- ¡Antony me asustó mucho! ¡Es malvado, ya no quiero jugar con él!
- Mi vida, Antony no existe, tú te lo imaginas, es tu amigo imaginario desde que nos mudamos para acá -quiso hacerlo entender su madre; pero ella estaba equivocada: Antony era un fantasma.     

martes, 29 de enero de 2013

La ofrenda diabólica

Ariel daba un paseo por un bosque. La tarde estaba perdiendo su brillo, pero una brisa fresca que corría entre los árboles lo alentó a seguir más allá del tramo habitual.
La brisa le trajo de pronto un olor muy degradable.  Medio se tapó la nariz con la mano y buscó con la vista el origen de dicho olor.  Al encontrarlo lo sorprendió lo que vio. Sentada con la espalda contra un tronco, con las piernas estiradas y la cara vuelta hacia él, se hallaba una muñeca del tamaño de un bebé pero con rasgos de mujer adulta, con abundante cabellera negra y ondulada.  Ariel dio unos pasos hacia la muñeca, curioso por tan extraño hallazgo. Delante de la muñeca había un animal muerto; la cusa del olor. Ariel juzgo que era una oveja pequeña. Alrededor del descompuesto animal y de la muñeca, dispuestas en círculo, había algunas velas desgastadas.  Dedujo enseguida que alguien había hecho algún tipo de ritual allí, una ofrenda al Diablo.
Se alejó retrocediendo y volvió sobre sus pasos.

Se arrepintió de haber caminado más: la noche lo envolvió cuando todavía estaba en el bosque. Se detuvo al creer escuchar algo, y en vano intentó distinguir algo en la oscuridad. Al reanudar nuevamente su caminata, escuchó que algo pequeño lo iba siguiendo. Supuso que lo más probable era que fuera un zorro, aunque los pasos sonaban extraños. Escuchando aquel sonido de pasos, trató de imaginarse la forma de quién lo producía, y vio, en su mente, a la muñeca corriendo ligeramente entre los árboles.  Ante lo que parecía ser una evidencia, apuró el paso, casi corrió. Cuando salió del bosque y miró hacia atrás, le pareció ridículo que por un instante creyera que una muñeca había cobrado vida. Pero volteó un par de veces más mientras se iba.
Unos semanas después, la esposa de Ariel irrumpió en la sala donde él se encontraba sentado mirando la televisión.

- ¿Te enteraste? -le preguntó su esposa, y exclamó-. ¡Que horrible!
- ¿Lo qué es horrible? No sé nada.
- Lo dijeron en la radio recién. Mataron a una niña de aquí de la zona. ¡Pon en el canal de aquí!

Ariel cambió de canal. Efectivamente estaban hablando del homicidio, y al ver una foto él quedó con la boca abierta, y al escuchar lo que decía un periodista se aterró más: En la foto estaba la niña sosteniendo en brazos a la muñeca que él viera en el bosque. La familia de la víctima había elegido aquella foto porque se sabía que la niña andaba con aquella muñeca cuando la mataron, mas al encontrarla la muñeca ya no estaba, y se presumía que el asesino la había tomado.

domingo, 27 de enero de 2013

La Peste

El pueblo se hallaba en una región remota de Europa, y lo encajonaban montañas altísimas de cimas nevadas.
Una extraña enfermedad, terriblemente mortal y rápida, fue diezmando a los pobladores de aquel lejano lugar. La muerte se propagó como una mala noticia. El carruaje del cementerio se llevó a familias enteras. Iba y venía por el pueblo con sus ruedas chirriantes. El caballo iba cabizbajo, como si entendiera la situación . Pronto ya no hubo quién llevara a los muertos, pues la huesuda mano de la peste alcanzó a los enterradores. Y el pueblo comenzó a apestar, y sus calles se volvieron silenciosas, y en las casas la gente agonizaba consumida por la fiebre y unas heridas supurantes que chorreaban por la piel palidecida.
Después de unas semanas solamente había una persona con vida; se llamaba Emilio.
Al darse cuenta que sólo quedaba él, se encerró en su casa a esperar a la peste, creyendo que en cualquier momento correría la misma suerte que todos sus vecinos. Pasaron los días y seguía sano, sin heridas ni fiebre.  Lo acompañaba un perro, que de puro terco no se había marchaba de allí cuando Emilio intentó correrlo. Ahora apreciaba aquella compañía, y hasta hablaba con él a veces: 

“Quedamos sólo nosotros, compañero. Aunque seguramente también me va a tocar a mí. ¡Esa maldita Peste va a venir por mí! Seguro debe estar esperando para hacerme sufrir, para que tenga esperanza, o quién sabe, tal vez tenga preparado para mi algo peor. ¡Esa ladina! Quién sabe lo que está planeando…”.  Emilio se refería a la peste como quien habla de una persona; cosas de la soledad, y siempre la maldecía.
Cuando se le terminaba el alimento tenía que salir. Comía apenas lo necesario para sobrevivir, pues con el olor que inundaba el pueblo no tenía ganas de alimentarse. Iba a las huertas -ahora descuidadas- y buscaba algunas verduras.  Los animales del lugar, gallinas y cabras, habían sido liberados por sus dueños, ya resignados a morir, y ahora vagaban por la zona, y algunos sirvieron de alimento para Emilio y el perro.
Pasó el tiempo, el aire se limpió, el olor a muerte desapareció.  Emilio a veces pensaba que se había salvado, y sentía ganas de partir de allí, pero después se acordaba: “¡La muy ladina! ¡Maldita Peste! Algo estará tramando…”
Intuía que apenas partiera de allí, la peste le iba a dar caza, y decidió quedarse.

Un día, rebuscó en una huerta hasta el anochecer. Atravesó el caserío bajo la luz de la luna, con el perro a su lado. Cuando dobló una esquina para ir a su casa, se detuvo en seco y se le cayó lo que llevaba en las manos.  En el medio de la calle estaba la Peste misma. Cubría su alto cuerpo un sudario hecho gironés, y las tiras de aquella mortuoria vestimenta volaban con el viento. Su cabeza era alargada y blanca, mientras que sus rasgos variaban continuamente, pasaba por todas las expresiones que suelen quedar rígidas en la cara de los muertos.  Y desde las casas brotaron gemidos espantosos. Se abrieron las puertas y las ventanas de golpe, y los restos de la gente que vivió allí empezaron a salir, caminando, arrastrándose, gimiendo.
Emilio huyó lo más rápido que pudo de aquel lugar maldito, casi enloquecido por el terror. Seguido por el perro, se internó en el bosque, subió una colina y, sin mirar atrás siguió alejándose de allí. Caminó toda la noche y parte de el día siguiente. Al atardecer, al irse abriendo un bosque, divisó las casas de un pueblo.
“Llegamos -le dijo al perro-. Vamos, falta poco… ¿También estás cansado como yo, eh? No creo que tanto como yo, me duele todo el cuerpo, pero… ya llegamos. ¡Por Dios, que frío está haciendo! Allá viene gente, nos vieron. Estoy tan cansado y… ¡No, no… ! ¡La muy ladina! ¡La maldita Peste…!”. Y cayó desmayado. La gente que lo vió se acercó a ayudarlo.

sábado, 26 de enero de 2013

El cobrador

Javier conducía más rápido que lo habitual pues la situación lo requería.  La camioneta iba levantando una nube de polvo que iba quedando suspendida sobre el camino. Javier miró de reojo la plantación de maíz ubicada a un lado del camino. Las plantas se inclinaban hacia un lado, se enderezaban, volvía a inclinare, y el viento que las castigaba le arrancaba espigas y se las llevaba con él, amenazando con llevarse todo.
Llegó por fin a su casa. Estacionó la camioneta en uno de los galpones, lo cerró y salió al patio a mirar el cielo. La tormenta ya se encontraba sobre la región. El cielo estaba verdoso, y nubes oscuras y delgadas cruzaban rapidísimo sobre ese fondo; mientras en el horizonte, otras nubes, blancas éstas, parecían estar inmóviles y ser sólidas. Otras que se encontraban más atrás eran surcadas por relámpagos, y el retumbar de unos truenos llegaba desde allí.   
Como era domingo, le había dado libre a todos sus empleados.   Javier fue corriendo de galpón en galpón, cerró todas la ventanas y trancó todas las puertas. Al mirar nuevamente hacia arriba, la tormenta estaba más amenazadora, más cerca de la tierra, y soplaba ahora un viento por demás cálido.  Todo se oscureció, como si el mismo sol se hubiera ocultado antes por temor a la tormenta.
Dentro de su hogar, Javier decidía si intentar tapiar las ventanas a no. De pronto escuchó sonar el teléfono y fue a atender:

- ¡Hola!
- ¡Hola!, ¿Javier? -preguntó una voz de hombre.
- Sí, soy yo.
- Soy Murray . Te llamaba por lo de la alerta de tornado, por si no la habías escuchado…
- No sabía nada, no. Muchísimas gracias Murray… ¿Hola? ¿Murray…?  -la llamada se cortó: “El viento habrá reventado la línea”, pensó Javier. 

Fuera estaba oscuro y ya fulguraban algunos relámpagos. Con la intención de pasar la noche en el sótano, metió unos abrigos y una manta en un bolso.   Al pasar frente a la ventana de la cocina, escuchó algo que sonaba como un rugido lejano, pero como e escuchaba sobre el creciente ruido del viento y la lluvia que había comenzado a caer, supuso que en realidad tenía que ser un sonido muy fuerte. Escudriñando por la ventana vio al causante del rugido, al iluminarlo unos relámpagos: un monstruoso tornado avanzaba hacia él. 
Ya en el sótano, buscó una soga gruesa que sabía que tenía por allí. El rugido era ahora ensordecedor. Un ruido infernal de chapas que se retorcían le indicó que el tornado había alcanzado a uno de los galpones.  Halló la soga. La amarró con fuerza a uno de los pilares de la casa, después ató la soga alrededor de su cuerpo. Sabía que aquel sótano no era el lugar ideal para resistir un tornado.
El ruido se hizo tan fuerte que tuvo que cubrirse las orejas con las palmas. Todo temblaba, caían trozos de revoque, se apagó la luz. Un estruendo mayor fue la prueba de que el fenómeno estaba destrozando la casa.  De repente, en medio de aquel caos ensordecedor, de aquella oscuridad que lo envolvía ahora, sintió una fuerza increíble succionándolo hacia arriba: su casa ya no existía y  hasta el piso había volado; ahora el tornado lo reclamaba a él.

Lo succionaba con tanta fuerza que sus pies quedaron para arriba, pues la soga pasaba por debajo de sus brazos. En esa posición, se aferró al pilar con sus brazos.  El ruido era tan grande que no podía escuchar los alaridos de terror que lanzaba.  A su alrededor todo se desarmaba y era tragado por el vórtice del tornado. Pero en el cenit de su desesperación, de su terror, surgió una resignación calma, como si todo su ser se rindiera al aceptar su situación: se iba a morir, ya estaba.  Mas al recordar algo ese estado duró poco; y sintió que lo tomaron de un pié, y vio algo que volvió a sumirlo en la profunda desesperación del terror.  Un ser infernal, esquelético y alado, le aferraba el pié con una mano huesuda, y seguidamente le tomó el otro, e impulsándose hacia arriba con sus alas de piel, jaló con increíble fuerza, a la vez que gritó con una voz de ultratumba: ¡Llegó el momento de pagar tu deuda! Después Javier alcanzó a ver, ya al borde de la muerte, que el ser se llevaba sus piernas.
Al otro día, un grupo de gente de la zona curioseaba cerca de la propiedad devastada del fallecido Javier, mientras las autoridades recorrían el lugar.   Uno del los presentes le comentó a alguien que estaba a su lado:
- ¡Que tragedia! Un hombre trabajador, que hasta superó una invalidez, y de no  tener casi nada llegó a tener campos y plantaciones, terminar muriendo así, y que se destruyera todo lo que había logrado... ¡Es una lástima!


viernes, 25 de enero de 2013

Conducido hacia el terror

Samuel tenía los ojos vendados. Se hallaba en un hospital, y con él estaba su esposa. Con la mano izquierda apoyada en el hombro de ella, la siguió por el interior del edificio, que era inmenso. Le habían operado los ojos y aún no veía. Su esposa lo hizo sentarse en un banco y le dijo:

- ¡Espera aquí! ¡Voy a preguntar si vino el doctor! ¿Me escuchaste?
- Claro que te escuché mujer, si me has gritado casi al oído. Mi problema es que no puedo ver, no estoy sordo, pero si me sigues gritando así… ¡Jajaja! -bromeó Samuel.
- No has perdido el sentido del humor. Eres como un zorro viejo ¡Jaja! Bueno, voy y vuelvo enseguida.

Al poco rato de quedar solo, sintió que tiraban de la manga de su camisa.

- Señor, señor… -dijo una voz infantil de niña.
- ¿Sí? ¿Qué pasa, qué quieres, muchachita? -preguntó Samuel, algo sorprendido.
- Su esposa me dijo que lo lleve con ella.
- ¿Por qué? ¿Ella está bien? ¿Y tú quién eres?
- Ella está bien, señor. Me pidió que lo llevara porque ahora no puede venir, por algo del doctor, creo que dijo. 
- Bueno, vamos.

Al ponerse de pié sintió que una mano pequeña tomaba la suya y tiraba de ella. - Por aquí -lo guió la voz de niña.  Como no caminaba muy rápido, apenas podía seguirle el paso a si guía.
- Ve un poco más despacio, muchachita. No estoy acostumbrado a caminar así -esperó que le contestara algo pero no lo hizo, y empezó a tirar más de su mano, y apretaba fuerte, y Samuel sintió que los dedos que lo tomaban de la mano eran duros y tenían las uñas largas.
Cuando ya estaba seguro de que su guía no era una y empezaba a experimentar un creciente terror, escuchó la voz de su mujer:

- ¿¡Samuel, dónde estás!?
- ¡Aquí, ven rápido! ¡Aquí…! -al gritar sintió que lo soltaban.
- ¿Te has vuelto loco? ¿Qué hacías por aquí? -preguntó la voz de su mujer.
- Una niña… algo, no sé, me dijo que venía de tu parte, y yo la seguí. Debe estar por aquí todavía.
- Aquí no hay nadie más, estamos solos.
- Pero recién me soltó… no escuché que corriera… ¿Qué está pasando aquí?
- Tal vez estaba aquí pero se fue, no importa, vámonos, que estamos en la parte del hospital que ya no se usa, estamos en la parte abandonada.

Él estiró el brazo y nuevamente lo tomaron de la mano. Caminaron otro rato hasta que él preguntó:
- ¿Cómo me encontraste tan rápido? Te estoy hablando mujer, ¿Querida…? -pero no le contestaron, sólo apretaron más su mano y lo jalaron con más fuerza.

martes, 22 de enero de 2013

Es real...

Estábamos en la casa de verano de un amigo. De noche cenamos afuera, en el jardín, iluminados por unos reflectores.  Las luces alcanzaban a iluminar a los canteros de flores que nos rodeaban, y enseñaban algo del bosque que había un poco más allá, el resto del paisaje era todo oscuridad.
Desde los árboles llegaba una brisa por demás agradable y aromática, sin embargo, me inquietaba un poco la presencia tan cercana de un bosque enorme y oscuro.  Supongo que mi aprensión hacia los lugares salvajes, había surgido en parte por haber mirado muchas películas de terror y leído muchos cuentos de ese género que transcurrían en lugares así; y seguramente contribuía mucho el hecho de que soy un hombre de ciudad carente de los instintos que arrastran a la gente a practicar algo en la naturaleza.

Rodeábamos una mesa de madera, sin mantel, y sobre ella las botellas ya estaban vacías o a medio terminar, en los platos quedaban los restos de la cena, y se hablaba de todo un poco, y cada ocurrencia resultaba graciosa, mas yo no podía evitar echar algunas miradas hacia el bosque.
Uno de los presentes, al notar que yo miraba hacia los árboles, me preguntó con tono risueño:

- ¿Por qué miras tanto hacia el bosque, Edgardo? ¿Tienes miedo?… ¡Jeje!
- ¿Qué? ¿Miedo? Creo que has bebido mucho, ¡jaja! Miedo, que ocurrencia, ¡jaja!
- Tal vez vio algo -dijo Franco, el dueño del lugar, y señalando con el pulgar hacia atrás, hacia el bosque, agregó-. No quiero asustarlos, pero les digo, ahí ronda algo. No he visto qué es, y tampoco quiero averiguarlo, pues con esas “cosas” es mejor no meterse. Primero creí que podía ser un merodeador de carne y hueso, pero por la actitud de los perros me di cuenta que se trataba de algo más.
- ¿Qué hacían tus perros? Cuenta -lo interrogó una de las mujeres presentes. Y como anticipándose a una respuesta aterradora, se arrimó a su esposo recostándose en él.
- Campeona y Tigre, dos pitbull entrenados como son, no se atrevían ni a gruñir, y sólo lanzaban aullidos levantando el hocico: era inquietante verlos, por eso no los traemos más.  Una noche, una de las muchachas de la limpieza lanzó un grito espeluznante, estaba cortando jazmines aquí, en el jardín. Llegué corriendo y le pregunté qué pasaba. Muy alterada, me dijo que había visto a un hombre extremadamente alto y delgado caminando entre los árboles. Por la mañana busqué huellas en los alrededores pero no hallé ninguna.
- ¿Y no tienes miedo? -preguntó otro de los presentes.
- Algo sí, pero creo que si uno no se pone a curiosear, creo que si uno no le da importancia a eso, no pasa nada.

Un amigo que estaba a mi lado, golpeó la mesa y se echó a reír con ganas, luego dijo, dirigiéndose a Franco: - ¡Eres un gran mentiroso! ¡Jajaja! Lo del hombre alto y delgado lo sacaste de una leyenda, la leyenda del hombre delgado “Slenderman” le dicen.
Franco se echó a reír también, y pronto todos lo hicieron, y yo los iba a imitar, pero al mirar hacia el bosque, vi una figura delgada que se movía entre los árboles. Era un hombre vestido de traje. Se escondió tras un árbol y de repente asomó el torso y sonrió hacia mí mostrando una dentadura enorme.  

lunes, 21 de enero de 2013

Asustando

Waldemar y seis muchachos caminaban por una calle oscura. Los despeinaba un viento fuerte que silbaba por aquí y por allá, sacudía los árboles de las veredas y hacía volar bolsas y papeles de la basura que abundaba por allí.  Solamente Waldemar iba serio; los otros sonreían a sus espaldas y cuchicheaban.
 
- ¿En serio ustedes hicieron esto? -preguntó Waldemar, dudando de aquella aterradora iniciación.
- Ya te dijimos que sí. Para estar en este grupo hay que hacer esto, así demuestras que eres valiente -le explicó el que iba a su lado, después miró a sus compañeros y les hizo una guiñada, y los otros volvieron a reír disimuladamente a espaldas de Waldemar.

Se detuvieron frente a un muro gris y mohoso. Del otro lado del muro estaba un antiguo cementerio abandonado, que ahora no era más que un terreno fértil para las malezas, y apenas conservaba algunas losas rotas sumergidas entre los pastos.
Los muchachos formaron un círculo alrededor de Waldemar, el que se creía líder le dijo:

- Ahí está el cementerio. Pasa la noche ahí y estarás en nuestro grupo.
- Ya no sé si quiero unirme a ustedes porque…
- ¿Qué problemas tienes con nosotros? ¿No somos buenos para ti? ¿Eh…? -le preguntó otro con tono amenazante y lo empujó.
- No es eso, es que, no quiero entrar ahí. Mejor me voy.
- Ahora ya es demasiado tarde. O saltas para el otro lado por tu cuenta, o te arrojamos nosotros, después de darte una paliza -lo amenazó el primero.

Waldemar supo que no bromeaban. Empezaron a empujarlo de todos lados. Ante el peligro inminente decidió entrar al cementerio. El “líder” detuvo a sus compañeros y lo ayudó a trepar el muro. Cuando cayó del otro lado, los muchachos lanzaron sonoras carcajadas- ¡Imbécil! Como pudo creer que lo íbamos a aceptar ¡Jajaja…!
Después quedaron escuchando, esperaban oír los gritos aterrados de Waldemar, o su llanto, mas sólo escucharon, débilmente, un rumor de pastizal agitado al paso de alguien que se iba alejando.
Se estaban por ir cuando alguien les chistó desde lo alto del muro. Cuando voltearon vieron que la cabeza de Waldemar asomaba por encima de éste.

- ¡Ey! Vengan a ver lo que hay acá -les dijo.
- ¿Qué hay ahí, imbécil?
- No se los puedo contar, ¡vengan! Salten para aquí.

Los seis estaban asombrados. No lucía asustado, incluso sonreía.

- ¿Qué les pasa, tienen miedo? ¿Quieren llamar a su mami primero? ¡Jajaja!
- ¿Te burlas de nosotros? Pasa para aquí y ya vas a ver… -lo desafió el “líder” de aquellos vagos.
- Ahí o aquí va a ser lo mismo. Vengan ustedes. ¡Miedositos!

Uno de los muchachos saltó contra el muro e intentó tomarlo de los pelos pero no pudo. Otro buscó una piedra en el suelo, y al hacerlo miró hacia la calle que corría junto al muro, y vio que como a una cuadra de allí alguien se alejaba corriendo, y ese alguien era Waldemar; en ese momento iba pasando bajo un foco de luz.
- ¡Miren allá! -les gritó a los otros-. ¡Aquel es Waldemar!
Cuando todos miraron lo reconocieron. Entonces un súbito terror se propagó por ellos. Cuando miraron nuevamente hacia el muro la cabeza ya no estaba.
Waldemar (apenas cayó en el cementerio) había salido corriendo rumbo al portón y había salido por allí.


domingo, 20 de enero de 2013

El museo embrujado

David y Adrián, hermanos ellos, recorrían el pueblo a pie, guiando a Mauricio, un primo por parte de madre. Era la primera vez que Mauricio los visitaba, y los hermanos se ofrecieron para mostrarle el pueblo, sus partes interesantes, según ellos, dos muchachos de trece y quince años (Adrián era el mayor), Mauricio tenía catorce.
Tras evitar las partes aburridas, según su criterio, ya no les quedó nada obvio por enseñarle. Se detuvieron en una esquina a discutir hacia dónde iban. El sol había bajado bastante pero aún era temprano.

- ¿Y si vamos a la canchita de fútbol? -preguntó David.
- No, no hay nada para mostrar, sólo un campo -dijo Adrián, y agregó-. Podemos ir mañana, con la pelota.
- Claro, ahora qué íbamos a hacer. Mañana vamos y jugamos un rato.
- Sólo esto es el pueblo, ¿cómo no se aburren aquí? -comentó Mauricio, mirando hacia todos lados. 
- No. Hay otras cosas, hay… -a Adrián no se le ocurría más nada, y pensando giró la cabeza como si fuera a encontrar una respuesta a su alrededor; y la encontró.

A unos treinta metros de su posición, en la otra vereda, se hallaba el museo del pueblo.  Lo había fundado un anciano de origen español. Nunca tuvo éxito, pues entre otras cosas era un museo de arte, y la gente de la zona lo asociaba con algo aburrido. 
Los hermanos nunca habían pisado aquel local, pero ahora a Adrián le pareció una buena idea, así su primo iba a ver que no era un pueblo aburrido.

- Podemos ir al museo. Está allí -señaló Adrián con el brazo extendido.
- ¿Tienen museo? -preguntó asombrado Mauricio.
- Si. Es de cosas viejas y… arqueonomía o algo así.
- Arqueología -aclaró Mauricio.
- Si, de eso. 
- ¿Y ese coso no está cerrado? -preguntó David.
- Que va a estar cerrado, cerrada está tu cabeza - le respondió Adrián.

Al llegar frente a la puerta, que estaba cerrada, David fue a decir que tenía razón, pero tras un chirrido lastimoso la puerta quedó entornada, y su hermano se adjudicó una victoria-. ¡Ahí está! Que va a estar cerrado ni que nada…
Al entrar los tres exclamaron un ¡Guau! El local era enorme y estaba repleto.  La luz del sol entraba por las ventanas en forma de rayos rectangulares que llegaban hasta el piso. En el fondo había una puerta, y otra se encontraba en una de las paredes laterales. En los muros habían cuadros, en el centro del salón algunas esculturas, y en un rincón estaba la parte de arqueología.
Los muchachos primero observaron unos cuadros, bromearon con sus formas extrañas y se reían.
Adrián, mientras reía, recorrió el lugar con la vista, temiendo que en cualquier momento pudiera salir alguien por una de las puertas y correrlos por su comportamiento.
Llegaron a la parte de arqueología. Llamó su atención una mano momificada, arrugada y renegrida, e inclinados sobre el cristal que la protegía la observaron con asombro.  David y Mauricio se fueron a mirar otra cosa; Adrián ni lo notó, pues la mano lo tenía impactado.  La envolvía en parte una venda amarillenta toda deshilachada. Sorpresivamente el pulgar de la mano se arroyó más, y de pronto todos los dedos empezaron a moverse y galoparon en el aire, sacudiéndose como las patas de una araña.
Adrián gritó y se apartó del cristal, y como respuesta a su grito se escuchó una voz que venía desde el fondo: - ¡Marchaos de aquí, muchachos incultos! ¡Todos los de este pueblo son unos incultos! ¡Que os marches he dicho!

Al voltear alarmados hacia la voz, vieron que era un anciano de canas revueltas el que gritaba.
Adrián alcanzó la puerta primero, pero dejó que su hermano y su primo pasaran antes que él. Cuando fue a salir, el anciano, en un instante, había avanzado una gran distancia, aunque no se lo veía caminar, y uno de sus brazos ya se estiraba hacia él, mas alcanzó a salir antes que lo agarrara.
Cuando les contó lo de la maño y les dijo que el viejo era una aparición, su hermano y el primo no le creyeron, pues ellos solamente habían visto a un viejo gritando, mas consideraron que tenían que contarle aquello a sus padres, porque el viejo había sido muy grosero. Al hacerlo, David y Mauricio supieron que Adrián no mentía. Resultó que a ellos tampoco les creyeron, porque el museo estaba cerrado desde la muerte del viejo español, y en el local ya no quedaba nada, el lugar estaba vacío, se habían llevado todo para otro museo.

 

viernes, 18 de enero de 2013

Quédate aquí

Néstor caminaba por la callejuela oscura de un pueblo costero.  El olor del mar, traído a ráfagas, se entreveraba con el silencio y la oscuridad. Ni una casa tenía su luz encendida, y ningún perro ladraba, todo dormía.   Acostumbrado al bullicio de la ciudad, aquel silencio le parecía más profundo; pero eso era justamente lo que había ido a buscar allí, mas aquello parecía un campo santo.
Regresaba de la casa de una lugareña cuyo marido hacía mucho que se había perdido en el mar. Estaba quedando en una pensión que ostentaba ser el edificio más viejo del lugar, donde casi todas las casas eran viejas.
Legó por fin a su destino. Golpeó la puerta, nada, ni un ruido. Golpeó con más energía, y tras escuchar un instante, oyó unos pasos que se arrastraban y una voz que refunfuñaba: era el dueño del lugar.

- ¿Quién es? -preguntaron desde adentro.
- ¡Néstor! Estoy en la habitación catorce hace tres días… le dije que iba a salir…
- ¡Ya le abro! Es que estas malditas llaves… ¡Ah! Ya está. Pase usted. Ya es bastante tarde, ¿no?
- Sí, discúlpeme. Gracias.

El viejo se fue refunfuñando en voz baja. Al pasar al lado de la llave de la luz la apagó, y Néstor tuvo que vérselas nuevamente con las tinieblas. Ya conocía lo suficiente el lugar como para encontrar su habitación. Al ingresar al cuarto, le pareció ver que había algo sobre la cama, y en vez de encender la luz se acercó más, y vio que el bulto tenía forma de persona, y una larga cabellera indicaba que era una mujer la que estaba bajo la sábana.  Néstor sintió que sus sentidos se expandieron de golpe por la impresión. “¿Me habré equivocado de cuarto?”, pensó, mas de inmediato él mismo se respondió: “No, la llave abrió la puerta”. Un instante de indecisión bastó para que la observara de nuevo, y notó que estaba mirando a una calavera, y sorpresivamente la calavera se destapó, se elevó con rapidez sobre la cama y se lanzó hacia él volando. 
Instintivamente se cubrió la cara con los antebrazos al tiempo que se le escapó un grito. Estuvo así un momento hasta que se atrevió a mirar: la horrenda aparición ya no estaba.
Huyó de la pensión y vagó hasta el amanecer, después se marchó. Cuando el barco en el que iba se adentró en el mar, atrás en el puerto, quedó muy sola la viuda que le ofreciera su hospitalidad, y sola quedó la aparición que se manifestara a su lado desde la primer noche, mientras él dormía.
  

jueves, 17 de enero de 2013

Andan entre nosotros

- ¿Eres parte de algún grupo satánico que profana cuerpos? ¡Habla! -le preguntó uno de los detectives a Aníbal, apoyó las manos en la mesa y lo quedó mirando fijamente.  Aníbal estaba sentado, tenía los codos sobre la mesa y la cabeza entre las palmas.
- ¡Ya les dije que no hice nada, que no soy ningún loco! Lo que les conté es verdad.
- A ver, sigues con ese cuento de terror, con esa historia de vampiros que inventaste. ¿Crees que somos tontos?
- ¿¡Otra vez!? No lo inventé. Les conté tal cual sucedió.
- ¡Ah sí! Pues cuéntala de nuevo. Tal vez nos termines convenciendo, ¿verdad muchachos? -dijo el detective con tono sarcástico al mirar a los dos oficiales que estaban en la sala; y éstos ensayaron una risita burlona.

- Les contaré de nuevo. Por más veces que me hagan repetirla mi historia no cambiará, porque es verdad.  Me llamaron de la funeraria por la noche: tenía que transportar a un fallecido hasta un pueblo lejano. Tomé un camino rural. Por largo rato no cruzó nadie por mí. En un punto del camino, una camioneta que estaba estacionada comenzó a seguirme. En una recta les hice señas para que se adelantaran, porque yo iba bastante lento, mas siguieron detrás de mí.
Alcancé a saltar del asiento cuando escuché ruidos que venían de atrás, de donde estaba el ataúd. Me detuve y escuché; era claro que el ruido venía desde el interior del ataúd. ¡Alguien que dieron por muerto y no lo está! Pensé. Aunque me asustaba la idea de abrirlo, no podía ignorar aquello. Detuve el coche, bajé y fui hasta la parte de atrás. Vi que la camioneta también se detuvo, apagaron las luces y quedaron en la oscuridad. No le di importancia, ya me estaba anticipando al momento de abrir el cajón, aunque no imaginé que fuera tan aterrador.  Cuando abrí la tapa, el que estaba adentro, un hombre joven, medio calvo, abrió los ojos y me miró. Tenía las vistas coloradas, llenas de pequeños derrames, y cuando empezó a separar los labios y asomaron unos colmillos, los ojos se le pusieron todavía más rojos.  Retrocedí con cautela, temiendo que saltara sobre mí en cualquier momento; los ojos rojos me siguieron. Al intentar salir del vehículo casi choco con alguien mucho más espantoso que el del ataúd. Tenía cabeza de murciélago y empezó a rechinar los dientes. Alcancé a ver que me lanzó un manotazo, y caí inconciente por el golpe, y así me encontraron -concluyó Aníbal. 

- Si su historia es cierta, ¿por qué los vampiros no lo mataron? -insistió el detective.
- No lo sé. Tal vez supusieron que nadie me iba a creer, y que me iban a culpar por la desaparición del cuerpo, cosa que están haciendo ahora. Tal vez mantienen un perfil bajo, y así andan entre nosotros.
El detective sonrió al escuchar aquello, y dejó ver levemente sus colmillos.
 

miércoles, 16 de enero de 2013

Desaparecidos

La patrulla transitaba por una carretera solitaria, de noche, y algo la seguía de cerca. César iba conduciendo; lo acompañaba la oficial Ortega, su habitual compañera de patrullaje.
Al notarla muy callada, César le preguntó:

- ¿Estás bien? No dijiste una palabra desde que salimos.
- Sí, es que estaba pensando en las desapariciones que han ocurrido.
- A mí también me tiene intrigado el asunto, sobre todo porque los desaparecidos regresan, pero no cuentan qué les pasó.
- Tal vez no lo hacen porque no fue algo malo -opinó Ortega, mirando muy seria a su compañero.
- ¿Estás bromeando? Claro que debe haber sido algo malo. Lo realmente extraño es que… -César calló porque divisó un vehículo en el costado de la ruta-. Allí hay algo, un auto -le indicó a Ortega-. Vamos a ver qué pasa.

Detuvo la patrulla cerca del auto. Con las linternas encendidas comprobaron que el conductor no estaba adentro. César fue iluminando el campo que llegaba hasta la ruta, y el haz de luz descubrió a un hombre que estaba parado entre los pastos, dándoles la espalda.

- ¡Señor, gire lentamente hacia aquí, con los brazos en alto! -le ordenó César. El tipo volteó y levantó los brazos-. ¿Usted es el conductor de este auto?
- Sí, oficial, es mi auto.
- ¿Qué estaba haciendo ahí? ¡No baje los brazos, y venga lentamente, sin movimientos bruscos!
- Sentí ganas de bajarme. En muchos kilómetros no hay ni una estación de servicio ni nada…

Le hizo varias preguntas más. Sabía que el tipo ocultaba algo, pero no podían retenerlo sin una prueba. Revisó el auto pero no encontró nada. Ortega, en vez de ayudarlo, se limitó a observar al tipo, lo miraba directo a los ojos, y él hacia lo mismo. 
César tuvo que dejarlo ir. Cuando quedaron solos le reprochó a su compañera:

- ¿Qué diablos fue eso? No me apoyaste, ¿conocías al tipo?
- Hasta ahora no, pero estamos conectados. Pronto tú también lo estarás -respondió ella.
- ¿¡Qué!?…

De pronto sopló un viento muy fuerte, arremolinado, y los pastos del campo se sacudieron hacia todos lados, y volaron briznas y hojas.  César se cubrió la cara con el antebrazo-. ¡Pero qué está pasando!
Cuando el viento paró, hizo que nuevamente el haz de luz recorriera el campo, y esta vez iluminó a cinco seres humanoides, delgados, de andar extraño, que caminaban en su dirección, y detrás de ellos había una nave oscura.
Cuando fue a desenfundar el revolver, ella se lo impidió, sujetándole el brazo con increíble fuerza, e inmediatamente se ubicó detrás de él para sujetarle el otro brazo.

- ¿Qué haces Ortega? ¡Suéltame!
- Ya no soy Ortega. Si te resistes va a ser peor, no luches…

Los seres se fueron acercando. César no podía escapar del agarre de lo que fuera su compañera, y gritó con todas sus fuerzas, y los seres extendieron sus manos hacia él, y uno le cubrió la cara con sus delgados dedos, fríos y húmedos como la piel de un reptil. 
Al amanecer la patrulla regresó a la cuidad. Sus ocupantes iban callados, ahora se entendían sólo con la mirada. 

 

lunes, 14 de enero de 2013

Circo de terror

Fueron al circo por la noche: querían sorprender a los que trabajaban en aquel lugar.
Javier y otro inspector de salubridad, se dirigieron a la parte del circo donde se elaboraban las salchichas que vendían al público durante las funciones.

- Pasen por aquí, es en este remolque -los invitó a regañadientes un jorobado, que además era calvo y rengueaba.
- ¿Usted elabora las salchichas? -le preguntó Javier.
- No, es otro empleado. Pasen ustedes, caballeros -dijo el jorobado al abrir la puerta.

Javier y su compañero entraron; el jorobado quedó afuera y cerró la puerta apenas pasaron.  Adentro había una mesa, sobre ella una máquina moledora de carne, unos tachos manchados de sangre, unos cuchillos, e iluminando todo eso, colgaba cerca del techo del remolque una lámpara que rodeaban en su vuelo algunas moscas, y tras la mesa había un payaso. El payaso clavó su oscura mirada en ellos y sonrió desmesuradamente; la comisura de su enorme boca casi llegó a las orejas.
Javier sintió cómo se le erizaba la piel por la fuerte impresión de ver aquello, mas su mente racional enseguida buscó una respuesta a lo que estaba viendo, y rápidamente concluyó que parte de la boca del payaso debía ser una aplicación o algún otro tipo de maquillaje, aunque su instinto le gritaba que algo no estaba bien.   Reponiéndose a la impresión inicial, Javier se dirigió al payaso diciéndole:

- Buenas noches. Somos inspectores de salubridad. Voy a ir directamente a lo que nos trajo aquí. Alguien denunció que ustedes hacen salchichas con carne de perros callejeros.
- Eso no es verdad -afirmó el payaso con una voz potente, agria, llena de ecos de variados tonos: inhumana.
 Su compañero estaba paralizado de terror desde antes que el payaso hablara. Javier también se aterró, pero a pesar del miedo que le iba helando la sangre, igual se atrevió a preguntar:

- ¿Qué… qué tipo de carne usan entonces?
- De cerdo y de vaca, mezcladas -contestó el payaso con su atemorizante voz, que claramente era sobrenatural.
- Ah… Bien, nosotros…. nosotros nos vamos entonces -tartamudeó Javier y giró hacia la puerta a la vez que miraba al otro inspector. Al darle la espalda al payaso experimentaron un terror todavía más atroz, y en ese instante escucharon la voz aterradora resonando a su lado, casi diciéndoles al oído:
- ¡Jajaja…! Pero esta noche vamos a usar otra carne. ¡Jajaja… Jeje!…

El club del terror

Éramos cinco adolescentes y fundamos un club de terror.  Lo que hacíamos era mirar películas de terror en la casa del único integrante que tenía video, y luego hablábamos de ellas como si fuéramos críticos.   A mí, más que asustar el terror me divertía, pues era muy escéptico y de carácter por demás bromista. Mis amigos, aunque reían con ganas, me reprochaban las constantes bromas que quitaban seriedad a las películas.
En una reunión, a uno de los integrantes se le ocurrió hacer algo más aterrador. Todos propusieron sus ideas, y algo que comenté como broma les pareció bueno.
Cerca de nuestros hogares, al lado del terreno de mi casa, había una arboleda bastante espesa, y en medio de ésta una casa, abandonada a las malezas desde mucho tiempo atrás. Allí, al anochecer, en el fondo de la casa abandonada (que por su condición se decía que estaba embrujada), planeábamos leer cuentos de terror. No podría haber un ambiente mejor.
Al atardecer nos reunimos en dicho punto. Cada uno llevaba una linterna. Franco, el que tenía video en su casa, iba a proveer también el libro de cuentos.

- Aquí está -dijo Franco al sacar el libro de su mochila-. Estos cuentos sí que asustan, ya van a ver -prometió.
- Yo ya estoy un poco asustado -confesó otro de mis amigos, mirando hacia la ruinosa casa.
- Entonces, cuando salga un espanto de la casa y se ponga a corrernos te vas a morir de miedo ¡Jajaja! -bromee.
- No empieces, Carmelo -me advirtió el más serio del grupo.
- Sí, que no empiece, porque arruina el clima -opinó otro.
- Clima no, se dice climax, ¡burro! -le aclaré bromeando. Todos se echaron a reír.

Esperamos pacientemente a que llegara la noche. Las sombras se fueron sumando a nuestro alrededor. El cielo se volvió gris, luego se fue oscureciendo, y entre las copas de los árboles empezaron a titilar tímidamente las estrellas. La casa, cuando la iluminábamos, lucía mucho más aterradora, y llegó a inquietarme; pero mi bromista interno no podía rendirse así nomás, y mientras mis compañeros leían los cuentos de terror a punta de linterna, comenté cuánta cosa graciosa se me iba ocurriendo.
De pronto escuché la voz de mi madre que me llamaba a gritos, como solía hacerlo.
Aunque apenado por no poder continuar allí, me fui enseguida tras despedirme. Atravesé la arboleda, que estaba negra de oscuridad más allá de la luz de la linterna, y alcancé el terreno de mi hogar. Ya en mi casa descubrí algo que me dejó intrigado, perplejo.

Al otro día, me enteré que después de marcharme, la reunión se volvió mucho más aterradora. Escucharon algunos ruidos que venían desde la casa, y sorpresivamente la puerta se abrió, saliendo del oscuro interior una anciana con aspecto de bruja. Tenía un bastón en la mano y lo levantaba como amenazando. Su boca estaba abierta y una lengua oscura y larga caía sobre su labio inferior y se hamacaba de un lado para el otro.  Según mis amigos, los persiguió unos metros al huir despavoridos de terror.   Aunque no vi a la aparición que relataron, sé que es verdad, y desde esa vez ya no soy escéptico, pues la voz que me llamó esa noche, fue la de algo que imitó a la de mi madre, porque resultó que ella no me había llamado. 

domingo, 13 de enero de 2013

El consultorio

Esteban estaba en el consultorio de un psicólogo. En un rincón había un masetero con una planta seca, algunos diplomas colgados en la pared, y en el aire iba y venía un olor penetrante; cuando Esteban intentaba identificarlo el olor desaparecía.
Se encontraba sentado en un sillón; frente a él estaba el psicólogo, y éste lo observaba detenidamente, cosa que lo ponía algo nervioso, pues no sabía qué hacía allí.

- Comience cuando quiera -dijo el psicólogo-. Cuénteme qué lo aflige.
- Bueno… verá usted, la verdad es que no creo que pueda ayudarme - dijo Esteban, y se movió en el sillón como si estuviera incómodo.
- Déme una oportunidad al menos y verá que sí puedo ayudarlo. Ahora bien, hablemos de su muerte clínica. Usted estuvo muerto por diez minutos, eso afecta a cualquiera, es normal. Cuénteme cómo fue su experiencia.

Esteban desvió la mirada hacia un lado, y tamborileó nerviosamente con los dedos sobre el posa brazos del sofá.

- No se imagina lo insoportablemente terroríficos que fueron esos diez minutos - afirmó Esteban mirando al doctor, que al escucharlo comenzó a sonreír.
- ¡Oh sí! En el infierno siempre es así.
- ¿Cómo… cómo sabe que estuve en el infierno?
- ¿Estuve? ¡Jajajaja! Esteban, aún estás en el infierno - y al decir eso se desvaneció la ilusión, y todo se incendió. El doctor era un demonio de ojos llameantes y cabeza similar a la de un caballo o cabra pero sin piel. Y el aire estaba lleno de azufre. Otros demonios, pequeños como un niño pero sumamente repulsivos, empezaron a salir de todas partes lanzando chillidos, y Esteban gritó también: comenzaba un nuevo martirio.
 

sábado, 12 de enero de 2013

Video de terror

Carlos se restregó los ojos con las manos después de bostezar. Estaba sentado frente a varios monitores. Eran las dos de la madrugada. Unos pocos ruidos apagados, como distantes, salvaban al hospital del silencio total, de ese silencio inquietante que hace voltear a las personas que lo atraviesan.
Desde el comienzo de su turno pocas personas habían cruzado frente a las cámaras que mostraban los blancos pasillos del hospital.
Carlos revolvió la pila de revistas que se amontonaban sobre la mesa y empezó a ojear una de autos.
- Algún día voy a tener uno como este -murmuró al mirar una foto.
Estaba pasando la página cuando por el rabillo del ojo notó que algo se movía en una de las pantallas; una enfermera de bata blanca iba atravesando un pasillo.   Carlos volvió a ojear la revista, pero un pensamiento lo hizo mirar nuevamente hacia la pantalla, mas la enfermera ya no estaba.  Hasta el momento no había notado algo: había visto anteriormente a aquella mujer pero solamente en la pantalla, nunca se había cruzado con ella, y creía conocer a todo el personal del hospital.

El asunto no era algo alarmante, pensó que se debía tratar de alguien nuevo allí, pero aquella duda fue suficiente para mantenerlo más atento el resto de la jornada.
La noche siguiente, apenas llegó fue hasta la pieza que las enfermeras usaban para descansar. Saludó al grupo que se hallaba allí y tomó asiento al lado de la encargada de turno.

- Rosa, ¿ha trabajado estas noches una muchacha que no conozco, una nueva? -le preguntó Carlos.
- No, que no conozcas no. Como está la cosa hoy en día, el hospital no está como para tomar más gente. ¿Por qué lo preguntas?
- Por nada importante. Es sólo para estar al tanto, cosas de vigilante. Bueno, gracias. Me voy a mi sala.

En la sala se puso a revisar filmaciones pasadas; no había ni un registro de la enfermera misteriosa, no aparecía en ningún video.   Carlos apartó la vista de las imágenes que revisaba y se llevó la mano al mentón, pensativo. De pronto apareció algo en una de las pantallas. La enfermera atravesaba el pasillo y se detuvo bruscamente, levantó la cabeza y quedó mirando hacia la cámara, hacia Carlos; hizo un gesto grotesco, todo su rostro se retorció, se deformó monstruosamente, y luego se alejó con anormal rapidez.

jueves, 10 de enero de 2013

El narrador del terror

Acampaba bajo un sauce, de noche, en la orilla de un arroyo. Como tantas veces estaba solo: me gusta acampar así.  En esa ocasión estaba pescando. Me alejé de la fogata que había encendido, pues me pareció ver que una de las líneas que se perdía en el agua se estaba moviendo.  Con la cuerda del aparejo en la mano, me senté en el pasto, atento al tirón.
Estaba rodeado de monte ribereño, cuya espesura empezaba a escasos cinco metros a mi derecha, y
a menos del lado izquierdo. La noche estaba bastante clara, pero debido a las sombras el monte estaba
negro,  y de esa oscuridad salió de repente un hombre. Caminó hacia mí y se sentó a unos tres metros.
No me levanté, mas solté la cuerda y agarré el mango del machete que cargaba en la cintura; al tipo
pareció no importarle mi reacción.  Tenía puesto un sombrero, y la sombra de éste impedía que le viera la cara. 

- No creí que alguien se animara a acampar en este lugar - dijo de repente el hombre.
- ¿Por qué? - pregunté, y seguí con tono firme -. Que yo sepa no está prohibido pescar aquí.
- No es por eso, es porque este lugar está embrujado ¿No lo sabía?
- No creo en esas cosas - afirmé.
- Crea o no igual se asustaría del espanto que ronda por aquí. Es su única finalidad, asustar a la gente.

Mientras el tipo hablaba yo trataba de examinarlo, y no perdía de vista sus manos. No hablaba como
la gente de campo, y su voz decía muy poco de su edad. Su ropa era oscura, mas no podría detallar más que eso, pues no tenía ningún rasgo que resaltara.

- Aparece en forma de anciana - continuó -. De una anciana diminuta. Y se la ve pasar corriendo, o
meciéndose sentada en alguna rama, a modo de hamaca. Si se duerme aquí, ella le susurra al oído, y
al despertar se la ve huir a las risas rumbo a las sombras. Si enciende una linterna y le ilumina la cara,
va a descubrir que es horripilante, y ante un susto así se puede hasta enloquecer.
- Como ya dije no creo en esas cosas. He acampado muchas veces y nunca vi nada, y aunque existiera, sino puede hacerme nada, si sólo busca asustarme - le dije -, no le voy a dar el gusto. Para mí no hay poder mayor que el de Dios, y se que con su ayuda ahuyentaría a cualquier espíritu maligno.
Después que dije aquello el tipo se levantó y caminó hacia la oscuridad del monte. Lo que quedaba de
la noche estuve alerta. No volví a ver al hombre, más bien a la aparición o lo que fuera, pues por la mañana comprobé que el lugar por donde se había ido era casi imposible de atravesar. 
 

martes, 8 de enero de 2013

No los ves

Ramón se pasó la mano por el pelo y se enderezó la camisa, después se dio cuenta
que su apariencia no importaba. Tocó el timbre.

- ¡Buenas noches! - saludó Ramón - Que linda estás.
- ¡Ay, gracias! Vos siempre tan atento. Pasa, esta es tu casa - lo invitó Jimena.

Tras un beso pasaron a la sala. En aquella habitación había dos sofás enfrentados; uno tenía un estilo
antiguo, y se parecía más a un banco largo, pues tenía patas altas, el otro era moderno.
Ramón se sentó en el más nuevo. Jimena le ofreció un café y él lo aceptó.

- ¿Quieres que te ayude? - preguntó Ramón.
- No gracias, puedo desenvolverme sola, te lo aseguro.
- No quise decir eso.
- Lo sé, no te preocupes. Enseguida te lo traigo.

Como nunca había estado en aquella casa, Ramón se puso a observar lo que había en
la sala.   Le llamó la atención un reloj cucú con un gran péndulo oscilante, que con cada
movimiento producía un tic-tac muy peculiar.  El reloj era de una exquisita artesanía.
Tenía la vista fija en el reloj, cuando con la visión periférica notó que algo se movía
debajo del sofá que tenía en frente. Bajó la vista hasta el sofá y vio la carita de un niño
que lo miraba desde allí abajo.
Ramón quedó impactado, después vinieron a su mente un montón de preguntas
y especulaciones sobre el origen del niño.
“¿Quién es este niño? ¿Será hijo de Jimena? Pero ¿Por qué me lo ocultó? No, debe
ser de alguien más, tal vez un sobrino; pero, su hermana no tiene hijos, eso me dijo ella,
y por qué me lo iba a ocultar, no tiene sentido, a no ser que sea de ella, pero, ¿y el padre…?
El niño lo seguía mirando y sonreía.  Al entrar Jimena con una bandeja Ramón volteó
hacia ella.

- Jimena, ¿no me lo vas a presentar? - preguntó Ramón, y quedó atento a la respuesta.
- ¿Presentarte? ¿A quién?
- A este niño que está ahí… - el niño  ya no estaba.
- ¿Qué? ¿Cuál niño? Ramón, ¿de qué hablas?
- Ahí había un niño. Sólo voltee un instante, ¿dónde está? ¡Niño! - Ramón buscó con
con la vista por toda la sala. 
- Jimena, te juro que ahí había un niño y me estaba mirando, tenía los ojos negros y…
- Ramón, me estás asustando. No juegues así.
- Nunca haría algo así. Te lo dije porque realmente vi a un niño, y… ¡Oh Dios mío!
Ramón se asustó porque una aparición iba cruzando por la sala. Era el fantasma de una
anciana gruesa  y grande, de nariz respingada y  una doble papada,  con ojos
anormalmente grandes y blancos.  
Ramón sacó de la casa a Jimena casi a la fuerza; ella no comprendía. En la calle el
le dijo:
- ¡Jimena, debes irte de esta casa, está embrujada, hay fantasmas en ella!
Ella se llevó las manos al rostro y casi se desmayó de terror; de repente se había
dado cuenta de qué era lo que pasaba en su casa.  Todas las veces que sentía que la rozaban, o
cuando creía que había alguien a su lado; eran fantasmas, y no los veía porque
era ciega. 



domingo, 6 de enero de 2013

Teatro embrujado

Las autoridades de la ciudad, declararon  al viejo teatro “Monumento Histórico”, y
contrataron a mi empresa para restaurarlo.
Junto al Arquitecto encargado del proyecto, recorrimos todo el edificio. En las paredes
había sendas grietas que recorrían todo su alto hasta la unión con el techo.  Observábamos
una de esas grietas cuando escuchamos que alguien corría por un corredor cercano.
No alcanzamos a ver a alguien, mas como el teatro es muy extenso, supusimos que estaría
escondido.
Como el edificio es de la ciudad, tras una llamada del Arquitecto llegaron tres policías, y
mientras seguimos evaluando lo dañado que estaba (hacía veinte años que estaba
abandonado), ellos recorrieron el lugar.

Seguíamos en lo nuestro, observando los deterioros de la construcción. En determinado
momento, vi que el arquitecto palideció de repente.  Miraba fijo hacia una puerta, al
voltear hacia el lugar, vi que una tela blanca terminaba de cruzar frente a dicha puerta.
Di unas zancadas, y creí que iba a sorprender a alguien en el corredor, pero no vi a
nadie.  Cuando volví a la habitación el Arquitecto se secaba el sudor con un pañuelo.
Al preguntarle qué vio, me sorprendió la respuesta.
- Un fantasma. - Me dijo. Salíamos del teatro cuando nos cruzamos con los policías.
El de más cargo no se atrevía a explicar lo que habían visto y oído, así que hablaba de
“ruidos raros” y cosas que les “pareció” ver. Uno de ellos nos dijo sin rodeos:

- Este teatro está embrujado, no hay otra explicación.

En ese instante escuchamos unos sonidos aterradores, los cuales parecían venir de
todas partes, reverberaban en los corredores y en el oscuro escenario. Parecía que
todo un grupo de personas lanzaban alaridos y carcajadas, también se escuchaban
sonidos menos identificables, similares al resoplido de un caballo.
No nos quedamos ni un instante más, salimos disparados de allí.  
Al otro día me llamaron desde el Municipio, querían cancelar el contrato. Según el
arquitecto el lugar estaba muy dañado como para repararlo, enseguida estuve de acuerdo. 

El jardín laberinto

Lo contrataron por teléfono y le pagaron por correo. Cuando Luciano llegó a la propiedad,
ante la vista del enorme jardín, se sacó la gorra y se pasó la mano por la frente.

- ¡Válgame Dios! Esto no es un jardín, es una selva. - Dijo Luciano.

En el frente del terreno había una casa vieja, rodeada de enredaderas que trepaban por
sus paredes y llegaban hasta el techo.
Unos senderos de piedra se adentraban entre arbustos de cerco y rosales crecidos
desmesuradamente, rodeados por todo tipo de malezas y enredaderas.
Primero utilizó el machete. Cada golpe de machete producía un sonido metálico, y las
malezas fueron quedando tendidas a medida que se abría paso.
Ya con el sudor chorreándole por la frente, se volvió hacia donde venía. El jardín era
aún más grande de lo que creía.
El sol fue cruzando por todo el cielo, y Luciano seguía en su tarea: carpiendo, trozando,
podando, y adentrándose cada vez más en el laberíntico jardín, que parecía infinito.
Al final de la tarde, dio por concluida su labor, por ese día.  Al buscar el sendero que había
despejado, se encontró dando vueltas sin hallarlo.  La situación le pareció algo graciosa.

- Perdido en un jardín ¡Ja! ¡Cuando se entere mi familia! - Siguió dando vueltas hasta que
se detuvo a pensar. El lugar estaba tan enmarañado como cuando había llegado. Giró y
observó en todas las direcciones como un perdido, y su confusión fue todavía mayor.
Ya algo preocupado, decidió seguir un sendero en línea recta, y con las demás herramientas
bajo el brazo, fue despejando el sendero a machetazos.
La noche llegó y seguía perdido en el jardín.  Se negaba a creerlo, pero intuía que
aquel lugar estaba embrujado, ya era mucho lo que había caminado.
Los arbustos se cerraban cada vez más, y con la llama de su encendedor, sólo veía ramas,
adelante, atrás, en los costados, sobre su cabeza.
Estaba a oscuras cuando escuchó una voz:

- ¡Nunca vas a salir de aquí! 
- ¿Quién es? ¿Quién anda ahí? - preguntó Luciano, aterrado, y prendió el encendedor.
Como a un metro de él, completamente enredados entre ramas y enredaderas, blanqueaban
los huesos de un esqueleto; y el esqueleto habló nuevamente:
- ¡Nunca vas a salir de aquí! - De repente se escucharon otras voces, otros esqueletos
estaban enredados entre las ramas y enredaderas.
- ¡Nunca vas a salir de aquí!
       

sábado, 5 de enero de 2013

Terror en la nieve

El bosque que rodeaba al lago estaba blanco tras una nevada temprana, y el agua había quedado muy quieta bajo una capa de hielo.  En un extremo del lago estaba el club de pesca, que en invierno era abandonado por sus dueños, y sólo dejaban a un par de empleados para ocuparse del lugar. Uno de esos empleados era Ben, un veterano de barba espesa y canosa.
Un imprevisto hizo que tuviera que quedarse solo cuando apenas había pasado una semana. Su compañero recibió un llamado justo antes de que se descompusiera la línea. Un asunto familiar reclamaba que se marchara de allí, aunque debía hacerlo a pie pues no había otro medio.

- ¿Estás seguro de que vas a estar bien, Ben? - le preguntó el empleado que tenía que marcharse, ya fuera de cabaña y listo para la larga caminata.
- Claro. Ve tranquilo que no soy ningún chiquillo; sé arreglármelas solo - le contestó Ben.

Apenas se despidió y sintió la soledad. Pronto su compañero se perdió entre una bruma helada. El paisaje estaba silencioso, el blanco se extendía hacia donde mirara. Más allá del lago y el bosque, se alzaban imponentes montañas, cuyas cimas nevadas casi se confundían con el cielo nublado.
Los primeros días fueron bastante agradables. Daba largos paseos por el camino cubierto de nieve, se adentraba en el bosque, escopeta en mano, y casi siempre regresaba con alguna liebre o perdiz.
Sin mucho que hacer, pasaba gran parte de su tiempo leyendo frente a la chimenea. 
Unas nevadas intensas, con vientos congelantes, lo mantuvieron unos días dentro de la cabaña, y apenas amainaron un día para luego volver con más intensidad. Recluido en la solitaria vivienda, sus horas de lectura se extendieron. Después de leer todos su libros, buscó en el cuarto de un compañero, que también era amante de la lectura, aunque entre sus volúmenes sólo había obras de terror.
Ben encontró un libro de cuentos de terror que le interesó sobre el resto.

Frente al calor de la chimenea, se fue adentrando en los paisajes lúgubres y tétricos de las historias.
Sin darse cuenta, su carácter se fue tornando asustadizo, y el mínimo crujido lo hacía voltear con los ojos muy grandes, y buscar en vano el origen de tan extraño ruido. Creía oír, entre el gemido del viento, voces humanas que susurraban.
Las tormentas se sucedían una tras otra, y Ben seguía prisionero en su cabaña, devorando cuentos de terror y sobresaltándose por cualquier cosa.   El aullido lejano de unos lobos lo mantuvo despierto toda una noche., y creyó ver que unas sombras cruzaban agazapadas frente a la ventana. Durante el día, mientras cortaba leña, le pareció ver a una mano peluda que asomaba tras un tronco, y que la mano tamborileaba con los dedos sobre la corteza de árbol. Entonces se dio cuenta que la soledad lo estaba afectando, y que su encierro agravaba la situación.  Antes de pasar otra noche de terror, empacó varias cosas en una mochila y se lanzó al camino congelado.
La nieve formaba una capa sumamente gruesa, blanda; se enterraba a cada paso y avanzaba muy lentamente. Cayó la noche sobre las montañas, y con ella vino una tormenta. Cuando amaneció Ben estaba sepultado bajo la nieve, muerto, congelado como todo el paisaje.
Prefirió enfrentar un peligro real a soportar los horrores imaginarios del terror. 

Monstruos de mar

No tenía sueño, entonces decidí dar un paseo por el muelle. Estaba pasando unos días en una casa situada en una colina cercana al mar. La noche estaba clara, en el mar se desparramaban sendos reflejos de luna. Bajé por el camino escalonado que llegaba hasta el muelle, que era pequeño y de madera. Esa noche ningún bote estaba amarrado en él. Una bruma muy tenue envolvía el lugar. Bajo las maderas el agua golpeaba contra los pilares con un rítmico rumor.
Parado frente al mar, en aquella soledad, reflexioné sobre los misterios que aún ocultan sus profundidades, en los abismos de eterna oscuridad donde se deslizan seres asombrosos. Me imaginé seres colosales, pulpos gigantescos, calamares de monstruoso tamaño y peces de aspecto extraterrestre. En medios tan hostiles, donde la vida evolucionó de forma diferente, es muy probable que existan animales terribles, tiburones que sobrepasen el tamaño de una ballena, antiguos dinosaurios, pensé.

Y en medio de esas reflexiones y fantasías, un ruido me hizo volver a la realidad, un ruido en el mar, como de algo que se agitaba en el agua, y al mirar hacia el lugar de donde provenía dicho ruido, vi que algo inmenso terminaba de sumergirse, y el agua se agitó y golpeó con más fuerza bajo el muelle.
Presa de un terror repentino huí hacia la casa, subiendo a toda prisa el camino escalonado. Miré hacia atrás al llegar a la cima, el mar estaba tranquilo y nada rompía su superficie.
Pasé la mayor parte de esa noche despierto. Lo poco que dormí fue entre pesadillas con monstruos acuáticos, horribles tormentas marinas y la oscuridad ahogante de los abismos oceánicos, donde me veía descendiendo sin parar.
Por la mañana los dueños de la casa me invitaron a pasear en bote; de sólo pensarlo me estremecí.
Inventé una excusa para no ir y, esa misma tarde regresé a mi hogar, que por suerte está muy lejos del mar y de lo que asecha en sus profundidades.  
   

viernes, 4 de enero de 2013

La reunión terrorífica

Como casi todos los padres trabajaban la reunión se concretó para la noche.
El director de la escuela donde va mi hijo, la organizó para hablar no sé bien de que.
Siempre consideré a esas reuniones una perdida de tiempo, y para peor esa noche
había partido de fútbol…
Como en mi casa tengo la última palabra, dije al terminar la discusión “Está bien, iré”.
Y salí rumbo a la escuela bajo un cielo que amenazaba con llover.   Llegué tarde, como
cuando era alumno, y sentí la mirada de los padres y madres que habían ido, que no eran
muchos, sobraban sillas en el salón.    Saludé y fui a sentarme en el fondo, ahí era donde me
sentaba antes, por orden de la maestra.

Apenas me acomodé empezó a llover torrencialmente. El director se esforzaba por hacerse
entender sobre el estruendo de la tormenta, que vino acompañada por relámpagos y truenos.
Creí que se iba a suspender, pero el hombre siguió hablando sobre el rendimiento de los
alumnos y cosas así.  
Por las ventanas entraban luces blancas, y seguidamente sonaba el estampido de los rayos, y
algunos de los que estaban allí agachaban la cabeza, como esquivando algo; y el director
seguía con su charla, más bien monólogo.
Tras el rayo más fuerte se cortó la luz, dejando al salón en completa oscuridad.
En el cielo tormentoso hubo una seguidilla de relámpagos, y ahí fue cuando vimos a un niño
parado frente al escritorio.  El director, con los brazos extendidos como para tantear un
obstáculo, caminaba rumbo a la puerta.

Todo debe haber pasado en escasos segundos. El niño, el fantasma, o lo que fuera, estaba
de espaldas a nosotros, mirando rumbo al pizarrón;  en el breve instante que iluminó otro
rayo, lo vimos girar la cabeza como lo hace una lechuza, sin mover el cuerpo, y quedó
mirando hacia nosotros.  
Se armó un griterío seguido por una estampida rumbo a la puerta. Se escuchó que algunos
caían al piso y otros chocaban con las sillas.  Creo que fui el último en salir, al director la
estampida lo había empujado fuera del salón.
Lo que me resulta misterioso de esa terrorífica experiencia, es que, por lo que se sabe,
ningún niño murió en esa escuela, eso es lo que dicen…   

Entre la niebla


Antonio se había perdido entre la niebla. Ya no sabía si seguía caminando por el sendero o se había desviado. Apenas se veía los pies. La noche estaba tan silenciosa que no lo ayudaba a guiarse.
Con sólo escuchar el ladrido de algún perro, podría saber que estaba cerca del caserío, pero no se escuchaba nada. Hacia donde volteara la cabeza veía niebla, sin el menor indicio del paisaje que lo rodeaba.
Y estaba el miedo a caer en algún barranco, o en un pozo. Y la niebla que se apretaba más, y el silencio absoluto, y la incertidumbre de no saber hacia dónde iba.
Asustado ya, Antonio dijo en voz baja: - Daría hasta mi alma por salir de esta niebla - y tras decir eso vio que un brazo se estiró desde la nada y le tomó la mano derecha. Después el brazo se retiró hacia la niebla y desapareció. Un instante más tarde la niebla comenzó a diluirse.

jueves, 3 de enero de 2013

Entre la horda

Fernando miró hacia la calle por un agujero de bala que tenía la puerta metálica. Detrás de él estaban cuatro sobrevivientes que la desgracia había juntado. Uno de ellos intentó disuadirlo nuevamente:

- Fernando, no lo hagas, se van a dar cuenta y… No creo que puedas engañar a los zombies.
- Qué pierdo con intentarlo - comentó Fernando, volviéndose hacia sus compañeros -. Ah sí, mi vida, ¡ja…! Pero si no lo intento, de todas formas igual vamos a morir, moriremos de hambre.

Sus compañeros agacharon la cabeza: él tenía razón.  Fernando se despidió y salió a la calle; los otros cerraron la puerta mientra le deseaban suerte. 
La calle parecía desierta, pero él sabía que los zombies estaban por allí.    Caminaba lentamente, intentando parecerse a un zombie. Se había untado sobre la ropa la maloliente grasa de uno para oler como ellos, esperando que eso bastara para que no olfatearan su carne fresca.
Al pasar frente a un edificio, un grupo de reanimados salió de él. Fernando metió la mano en el bolsillo donde guardaba el revolver, mas siguió con su actuación, y ésta funcionó; los zombies, que habían salido del edificio lanzando gemidos y estirando los brazos hacia él, parecieron calmarse de pronto, bajaron los brazos y empezaron a andar lento; pero para su desgracia comenzaron a seguirlo.
Él había observado aquella conducta: los zombies tendían a agruparse siguiéndose entre si.
Su plan era encontrar comida en algún mercado y regresar. Divisó el cartel de una tienda de víveres, y de a poco se fue desviando hacia el lugar, apartándose del putrefacto grupo que lo seguía, pero cuando iba a entrar a la tienda, un grupo mayor de zombies salió de ella. Para evitarlos, no tuvo otra salida que seguir por la calle, y nuevamente estuvo rodeado de muertos andantes. Ninguno parecía notar que él estaba vivo, aunque los que estaban más próximos emitían una especie de gruñido y levantaban la cabeza y la giraban olfateando el aire.

El terror se fue adueñando de él, le parecía que en cualquier momento lo iban a descubrir, y lo rodeaban por todas partes, y la horda iba aumentando a medida que avanzaban.   Intentó retrasarse y así perderlos, mas al mirar sobre su hombro, vio con horror que ahora la horda se extendía como una larga procesión detrás de él. Siguió unas cuadras más. La hediondez de la muchedumbre decrépita era casi insoportable, y el terror de ser descubierto lo dominaba cada vez más.  Ya no quería soportar aquella situación, era demasiado.  Sacó el revolver y lo fue levantando lentamente hacia su cabeza. Se iba a disparar cuando una mano le aferró el brazo. Fernando volteó y su mirada se topó con unos ojos que no eran de zombie, era alguien que estaba vivo.
Era una mujer, e igual que él fingía ser un zombie. Con los ojos, mirando hacia varios puntos de la horda, la mujer le indicó que había otros, y al observar Fernando se dio cuenta que era así. No solamente a él se le había ocurrido aquella idea.  Los infiltrados siguieron a los muertos un largo trecho hasta que pudieron apartarse. Por el momento estaban a salvo.


miércoles, 2 de enero de 2013

El claro embrujado

Con el sol bien alto sobre sus cabezas, Rodrigo y Fermín partieron rumbo a un temido lugar.
Sus corazones se aceleraban por la emoción, anticipándose a la gran aventura que pensaban tener, aunque por dentro los dos confiaban en que no iban a ver o escuchar algo aterrador porque era de día; pero el temor de recorrer un lugar supuestamente embrujado bastaba para emocionarlos.
Atravesaron el bosque sin hablar, y aunque los dos llevaban resorteras (tirachinas), no prestaron atención a los pájaros que saltaban de rama en rama, que normalmente apedrearían pues les gustaba cazar. Llegaron a una parte desconocida del bosque, una parte donde la vegetación se apretaba más, y el sol que los envalentonaba con su luz apenas traspasaba el espeso follaje que se agitaba rumoroso.
Dejaron de caminar y se miraron.

- ¿Seguimos? - preguntó Fermín, y giró buscando el sol. 
- Eh… sí, el claro no debe estar lejos de aquí, y es temprano - contestó Rodrigo.

Siguieron caminando pero como midiendo cada paso. A pesar de ir volteando hacia todos lados ya no vieron más pájaros. No había ningún sendero que seguir. En el suelo se acumulaba un colchón de hojas resecas y cada paso delataba su posición.
Creyeron llegar al fin a su destino, un claro del bosque que la gente de los alrededores afirmaba que estaba embrujado. Supuestamente en el claro rondaban apariciones, se escuchaban voces y lamentos, gritos espeluznantes, y cada cazador de la zona tenía un cuento de terror transcurrido allí.
El claro que encontraron resplandecía de luz. Crecía en él una capa de pasto verde y abundaban las flores. Entonces nuestros aventureros se miraron y sonrieron: aquel lugar no tenía nada de aterrador.
Fuero hasta el centro del claro y miraron en derredor. Lejos de encontrar algo inquietante, divisaron unas plantas de macachín, cuyas raíces apetecían por su sabor dulce.
Cosecharon el macachín escarbando con un palo, arrodillados en la tierra y dando la espalda al sol, que fue bajando de a poco, y pronto la sombra del bosque llegó hasta ellos.

Cuando partieron el sol ya estaba tras los árboles, pero no les importó, pues calcularon que cuando se ocultara del todo ya iban a estar en sus hogares.
Ahora el bosque estaba más sombrío, más de lo que ellos esperaban.  Al rato, ninguno lo decía, pero ambos luchaban para reconocer el lugar por donde habían ido, mas no recordaban nada del lugar.
Tras cruzar una enramada espesa salieron a un claro y pararon sorprendidos. Este claro era muy diferente al otro; no crecía nada en él y se parecía a un páramo de cenizas.
No necesitaron ni hablar: aquel era el claro embrujado. Giraron a la vez para volver al bosque, mas antes de dar otro paso escucharon unos gritos espeluznantes y se lanzaron a correr.
Cada vez veían menos. En su huída tropezaban, caían, se levantaban, las ramas les azotaban la cara, los arañaban, pero el terror los hacía seguir sin parar.
Al alcanzar una zona despejada creyeron ver las luces del pueblo. Los dos jadeaban de cansados. Avanzaron un poco más y se detuvieron a recuperar el aliento. Por un momento los dos se inclinaron como lo hacen las personas que están agotadas, cuando se enderezaron ya no veían las luces, y al buscar con la mirada se dieron cuenta de que estaban nuevamente en el claro embrujado.