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miércoles, 30 de junio de 2010

La ofrenda

En una soleada tarde, me encontraba recorriendo el sendero que atraviesa un
bosque de eucaliptos en mi diario paseo junto a mi perro, cuando vi que a un
lado del sendero en el suelo había una bandeja de plástico que contenía un
trozo de carne asada con papas y frutas picadas, también había una lata de
cerveza y la bandeja estaba rodeada de velas negras consumidas casi por
completo, la carne estaba pálida y desprendía un olor asqueroso, sin dudas
se trataba de una ofrenda que habían dejado por la noche. Tome un palo con la
intención de pegarle a la lata de cerveza para ver si explotaba ya que debía
estar muy caliente bajo los rayos del sol, alse el palo y estaba a punto de darle
cuando me acorde de la historia del viejo Suarez, toda una historia de terror, arroje
el palo y me aleje de ese lugar y por unos días no volví a pasar por ahí.

A tempranas horas de la mañana el viejo Suarez cruzaba el bosque que era de
su propiedad para buscar a sus vacas que pastaban en un campo cercano, las
conducía asta su casa en donde las ordeñaba y luego volvía a llevarlas para el
campo. Una mañana, cuando cruzaba el bosque vio al pié de un árbol una ofrenda
de esas que deja la gente que cree en el diablo, el viejo desparramo la comida y
las velas y rompió un recipiente que contenía sangre, no le gustaba que la gente
entrara en su bosque y mucho menos para esas actividades, siguió con su rutina,
fue a buscar a las vacas y las ordeño, cuando las iba a regresar al campo vio que
en el mismo lugar en donde estaba la ofrenda había alguien agachado, vestía una
especie de poncho negro con la cabeza cubierta por una amplia capucha.
" Debe ser uno de esos locos que andan haciendo esos rituales y dejando esas
ofrendas" Pensó el viejo, mientras se le acercaba por la espalda esgrimiendo la
vara de arrear, cuando se acerco lo suficiente escucho al encapuchado hablar
algo pero no se entendía ni una palabra de lo que decía, lo que asusto al viejo
Suarez fue que la voz no se oía como la de una persona sino como una multitud
ablando al unisono, se levanto y volteo hacia el viejo que se encontraba paralizado
de miedo, camino unos pasos y tirando la capucha hacia atras descubrió su
cabeza, la cual no era la de un ser humano, era una cabeza de cabra, estiro su
brazo y toco con su mano peluda la frente del viejo que se desmayo de terror.
Despertó tirado en el bosque con un fuerte dolor de cabeza, camino con dificultad
hacia su casa y al llegar le contó a su esposa lo sucedido. Al otro día el dolor de
cabeza aumento y tuvo que ir al medico, después de barios examenes le
diagnosticaron cancer en la cabeza, un enorme tumor se encontraba en su frente,
después de sufrir algunas semanas Suarez murió.

martes, 29 de junio de 2010

La calle del cementerio

Salió de la atmósfera viciada de aquel viejo bar y comenzo a caminar por la
calle de veredas rotas que conducía a su hogar, una persistente llovizna
empañaba la fría noche invernal, un viento que azotaba a intervalos chocaba
contra las grises paredes de las antiguas casas y silbaba al rosar los techos.
Facundo siguió caminando por la empapada y solitaria calle iluminada
pobremente por algunos focos de amarilla luz que titilaban como amenazando
apagarse, por esa parte de la ciudad y a esa hora de la madrugada era normal
que circulara poca gente, pero esa noche el frío y la llovizna hicieron que Facundo
fuera el único peatón que perturbaba la inquietante quietud de la madrugada.
Al llegar a la esquina del cementerio una sensación extraña le erizo los pelos de
la piel. En las incontables noches en las que regresaba del bar rumbo a su casa
jamás había sentido miedo de cruzar al lado de los altos pinos que adornaban
tristemente la vereda del cementerio, ni de caminar contra el blanco muro el cual
ocultaba tras de si un laberinto de nichos y panteones vigilados por inmóviles
ángeles con extrañas muecas en sus caras y cuyos ojos pintados, según afirman
algunos, siguen los pasos de los dolientes. Lejos de sentir miedo, el carácter
irrespetuoso y violento de Facundo acentuado por el alcohol, lo hacía maldecir e
insultar cada vez que cruzaba frente a las gruesas rejas del portón del cementerio.
Al llegar frente al portón, vacilo un poco pero al fin volvió a maldecir, le faltaban
pocos pasos para llegar a la otra esquina cuando algo lo golpeo derribándolo
boca abajo, cuando intento levantarse se lo impidieron presionandolo contra
la vereda, sintió como subían su chaqueta y una multitud de frías manos arañaban
su espalda, grito lleno de terror y dolor y asiendo un esfuerzo sobrehumano
comenzo a arrastrarse, cuando alcanzo la calle dejaron de atacarlo, giro para ver
a sus atacantes pero no vío a nadie, la calle estaba bacía, corrió asta el hospital
más cercano en donde le atendieron los horribles arañazos que le habían
infinglido. Desde esa noche no volvió a cruzar más por el cementerio, cuando
contaba su historia de terror, temblaba de miedo al evocar tan extraño echo y
nunca supo con certeza que era lo que lo había atacado.

lunes, 28 de junio de 2010

El fantasma de Verónica

Cuando terminaron de demoler aquella vieja casa, respire aliviado. ignorando
que la situación iba a empeorar. En la ahora derrumbada casa, vivió hace muchos
años una familia, un matrimonio con su pequeña hija, la niña, según comentan,
nunca fue normal, desde que comenzo a ir a la escuela demostró un carácter
violento, atacaba sin razón a sus compañeros de clase, incluso a los varones,
cuando la maestra castigaba a la niña haciendo que permaneciera en un
rincón del salón, asustaba a los niños con su mirada penetrante y parecía
disfrutar de ello, asta la maestra se sentía inquieta cuando aquellos ojos verde
claro la observaban. Sus padres eran muy diferentes, la gente no se explicaba
como podía salir una niña tan malvada de dos padres buenos y educados que
se hacían querer por todas las personas que los conocían. Dicen que una tarde
la señora que trabajaba limpiando la casa, encontró a Verónica, así se llamaba
la niña, sonriendo mientras destripaba a un gato. Muchas son las historias que
se contaban sobre los actos de maldad de Verónica, luego de recorrer varias
escuelas y colegios de los cuales era expulsada al poco tiempo, dicen que
sus padres la llevaron a un montón de médicos y que ninguno pudo diagnosticar
su mal, era sumamente inteligente, y entendía perfectamente que las cosas que
hacía estaban mal , simplemente disfrutaba de hacerlas.
Sus padres no tuvieron más remedió que recluirla en la casa, la otra opción
era una institución mental, pues los médicos dijeron que era peligrosa.
Cuando llego a la adolescencia, no se bien a que edad ni por que motivo,
Verónica murió. Poco tiempo después sus padres se mudaron lejos, con el
tiempo pasaron barias familias que alquilaron la casa, ninguna duro viviendo
en ella mas que unos días, el rumor de que por la casa rondaba el fantasma
de Verónica comenzo a difundirse por toda la ciudad.
Nunca creí en fantasmas, además al oir la historia de la niña pensé que la
gente exageraba, incluso sentí compasión, creyendo que en realidad solo
fue una niña incomprendida. Cuando construyeron una panadería al lado de
la casa, fui a ofrecerme para trabajar y me contrataron como ayudante de
panadero en el turno de la noche.
En la primer semana de trabajo ya comenzamos a oír ruidos que provenían
de la casa, solo un estrecho corredor de un metro separaba a la panadería de
esta, y se podían oír con claridad como se cerraban puertas o arrastraban
cosas. El maestro panadero llamado Jorge, al cual yo ayudaba, al igual que
yo no creía en fantasmas, siempre buscaba una explicacion lógica al origen
de los ruidos - Debe ser el viento que entra por alguna ventana - dijo algunas
veces y yo lo apoyaba, en otras ocasiones yo tehorisaba que podían ser gatos
cazando ratones los causantes de aquellos extraños sonidos. Algunas noches
simplemente tratábamos de ignorarlos, continuando con nuestra rutina sin
comentar nada, pero era inevitable el sobresalto o el lento escalofrío que
corría por la espalda al sentir chirriar puertas. Una noche nos llevamos tremendo
susto al oír el inconfundible sonido de alguien que corría pero los pasos no
sonaban en el piso, lo hacían en las paredes.

Asía ya barios días que avían demolido la casa y yo ahora estaba mucho
más tranquilo, aliviado por no oír más esos ruidos. La noche que no olvidare
por el resto de mi vida, fue la mas calurosa de las jornadas en que trabaje,
en un momento en que estuve desocupado salí afuera para refrescarme un
poco, recostado en una de las paredes en el patio interior de la panadería
contemplando las estrellas, me parecio ver algo por el rabillo del ojo y mire
hacia la alta pared de la claraboya del baño, en la pequeña ventana vi la pálida
cara del fantasma de Verónica, con sus ojos claros clavados sobre mi y una
sonrisa de malicia que asta hoy me atormenta, me saludaba con su mano
pegada al vidrio de la ventana, por un instante quede paralizado por el terror
y lo único que pude hacer fue gritar, se abrió la puerta que da al patio y Jorge
corrió hacia mi preguntándome que sucedía, giro la cabeza hacia donde yo
estaba mirando y también la vio y retrocede horrorizado, no se durante cuanto
tiempo la vimos sin poder apartar la mirada asta que desapareció.
Entramos corriendo a buscar la llave para abrir la puerta que da a la calle, en
el baño se oían ruidos y golpes en las paredes. Ese mismo día renunciamos
al trabajo, al poco tiempo la panadería cerro, una muchacha que trabajaba
como vendedora me contó que incluso durante el día se oían ruidos.
Cada ves que paso enfrente de la ahora abandonada panadería, siento
aquellos ojos terribles vijilandome.

jueves, 24 de junio de 2010

Hombre lobo

El reptil enroscado se amaco calculando la distancia y atacó, don Ramos
sintió como algo le golpeo la pierna, miro hacia abajo y vio al reptil pronto
para atacar nuevamente, la vibora llevo su cabeza hacia atras como para
tomar impulso, pero la hoja del largo cuchillo o "facón" como le dicen los gauchos
surco el aire decapitando a la vibora, su cuerpo comenzo a girar y enroscarse
sobre si mismo en la primera fase de su lenta muerte.
Se arremango la pierna del pantalón, dos gotas de sangre señalaban
la mordida de la vibora - ! La gran p...... me pico una crucera ¡ - Grito don Ramos,
sus dos compañeros de trabajo corrieron a socorrerlo, Andrés llego primero, vio
el grueso cuerpo de la vibora de la cruz que debía medir más de dos metros
retorcerse en el pasto, al llegar Fabián contemplo aquella escena y levantando
el ala de su sombrero con la cara marcada por un gesto de preocupación dijo
- Esa mordedura debe ser grave, vamos a tener que llevarlo pal pueblo pa que
lo atiendan - La pierna ya había comenzado a hincharse y exhibir un color morado.
Don Ramos era el mas veterano de los tres, conocía lo grabe de una mordedura
si no es atendida, pero miro afligido el ganado que pastaba cerca de ellos y
dijo - ¿que vamos a hacer con la tropa? todavía falta mucho por llegar a la
estancia - Fabián mirando a Andrés comentó - Vas a tener que quedar solo a
cuidar las vacas, yo tengo que acompañar a don Ramos, no puede ir solo
con esa pierna así - Andrés respondió con voz firme - Como usted mande, vallan
nomas que yo me revuelvo solo -
Andrés era un joven de veinticinco años, con mucha experiencia en trabajos
rurales, asía cinco años que arriaba tropas junto con Fabián y don Ramos.
Estaban por acampar para pasar la noche cuando la vibora ataco a don Ramos.
Ayudaron a montar a su veterano compañero, Fabián saco el rifle de la montura
de su caballo y se lo entrego a Andrés y le dijo - El ganado viene bastante
cansado se van a mantener por aquí nomas pastando tranquilos, pero tenes que
estar muy atento, me dijeron que por esta zona anda un puma, en cuanto llegue
al pueblo dejo en algún lugar a don Ramos y voy a tratar de volver lo más
rápido que pueda - Andrés vio partir a sus compañeros que se perdieron detrás
de una loma. Termino de juntar leña con los últimos rayos de luz de la moribunda
tarde, cuando la noche se hizo plena asomo en el horizonte una amarilla luna llena
que ilumino el paisaje con su tétrica luz y alargo las sombras de los árboles
que se mecían lentamente acariciados por un cálido viento que soplaba desde el
norte. Su improvisado campamento estaba al lado de una cañada, un delgado
curso de agua, unos pocos sauces acompañaban su recorrido, un tanto más
alejados del agua crecían un grupo de arbustos, todo esto rodeado por un
extenso y monótono campo.
Cerca de la medianoche, Andrés, sentado al lado del diminuto fogón oyó a una
vaca balar lastimosamente como si algo la estuviera atacando, inmediatamente
la tropa huyo asustada en una ruidosa estampida, monto de un salto en su caballo
y con el rifle en la mano se dirigió a investigar lo que sucedía. La tropa retumbaba
ya lejos del lugar, Andrés sentía los latidos de su corazón cada vez más fuertes,
cuando llego a la cima de una leve elevación del terreno, vio a una vaca tendida
en el suelo sacudiendo sus patas en su agonía y encima de ella lo que pensó
en un primer momento era un puma, apunto el rifle y a punto de disparar noto que
no tenía cola, mas bien parecía un enorme perro, cuando la bestia levanto su
cabeza y miro hacia Andrés, la impresión tan fuerte que sintió y el miedo que
invadió su cuerpo, recorrido por un torrente de adrenalina casi lo paralizaron.
El cuerpo de perro de la criatura no estaba cubierto de pelos, su piel era
como la humana, y lo que aterro a Andrés fue que su cabeza era la de un hombre.
Aquella criatura grotesca, con cuerpo de perro y cabeza de hombre, se abalanzo
hacia el tembloroso joven, se oyó un disparo que izo eco en los lejanos cerros,
tres mas lo acompañaron, la criatura freno su carrera por un instante, el caballo
se asusto, se paro sobre sus patas traseras y Andrés callo al suelo, se levanto
rápidamente con gran agilidad y volvió a apuntar, vio la cara ensangrentada
a su lado y las manos con enormes garras de la criatura trataron de agarrar su
pierna, Andrés retrocedió de un salto y el cañón del rifle nuevamente volvió
a tronar, esta vez le dio en medio de la cabeza. El galope de un caballo anuncio
la llegada de Fabián que regresaba del pueblo, al oír los disparos se dirigió
al lugar, desmonto y empuñando su facón contemplo horrorizado a la criatura que
ahora estaba tendida sangrando en el pasto, Andrés sin sacarle los ojos de
encima a aquella abominacion le contó rápidamente lo sucedido a su compañero.
Decidieron que lo mejor era irse de ese lugar, la criatura parecía muerta, a la
mañana regresaron al lugar pero no encontraron nada y se arrepintieron de
no asegurarse de la muerte de aquella horripilante criatura, que seguramente
seguiría deambulando en las noches de luna llena.

domingo, 20 de junio de 2010

El duelo criollo

El caballo trataba de derribar al hombre dando brincos con el lomo arqueado,
saltaba y giraba al mismo tiempo, asta que en uno de sus intentos lo consiguió.
El jinete calló pesadamente en el reseco suelo del ruedo, una de las patas
del caballo le golpeó la cabeza y produjo un sonido que lo escucharon todos

los que estaban mirando la jineteada, un grupo de gauchos corrió a socorrerlo.
Fuera del rodeo la gente se amontonó contra el alambrado tratando de ver al
pobre hombre que quedo tirado inmóvil en el suelo, de su cabeza brotaba
un rojo manantial que la sedienta tierra comenzo a absorber.
Era una de las fiestas gauchas más grandes que se realizaban en el Uruguay.
Las jineteadas eran la atracción principal, fuera del ruedo humeaban fogones
con parrillas llenas de carne, y en grandes ollas de hierro se freían tortas y pasteles
que se vendían en gran cantidad.
Se abrieron paso entre la gente con el jinete accidentado, cargando entre cuatro
su cuerpo ya inerte. Juan, recostado a un árbol, contemplaba indiferente aquella
trágica escena cuando algo yamo su atención, un hombre esbosaba una sonrisa
como de satisfacción mientras veía transportar al muerto, lucía impecables ropas de
gaucho, la camisa y el amplio pantalón o "bombacha de campo" como le decimos
aquí, se veían nuevos y relusientes, sus botas de cuero brillaban como recién
pulidas y en su cintura el amplio cinturón estaba adornado lujosamente en plata
y oro al igual que el mango del puñal que portaba en la cintura, asta el sombrero
estaba adornado con finos detalles. Juan lo miro con desprecio y se le acerco,
" Debe ser un rico estanciero, de los que se disfrazan de gauchos", pensó Juan.
Juan era un pendenciero, disfrutaba de pelear, eran varios los rivales que su
cuchillo había marcado en numerosas reyertas, incluso había matado a uno en
un lugar lejano, en donde todavía era buscado por la policía.
Mas que la indignación producida por ver la sonrisa de aquel hombre que parecía
disfrutar de la desgracia del jinete, lo que lo yebo a encararlo fue sus ganas de una
buena pelea, se le paro en frente, y con una voz prepotente le dijo - ¿ De que se
ríe usted? ! aquí no ay nada gracioso, mejor se va calladito antes de que le adorne
la cara con un tajo ¡ - El hombre ni lo miro, siguió contemplando con la sonrisa
todavia mas amplia al fallecido jinete que subieron a una carreta. Esa actitud
desconcertó un poco a Juan, que volvió a hablarle casi gritando - ¿ Se esta
haciendo el sordo o que? ! ya le dije que se fuera de aquí ¡ - Los negros ojos
apuntaron a Juan, que retrocedió con su mano apretando el mango de su puñal,
con una voz profunda y grabe el hombre le dijo - Si no quiere morir hoy, mejor
vallase, gaucho insolente- Aquellas palabras y el negro de la mirada, hicieron
a Juan estremecerse desde lo más hondo de su ser, retrocedió impactado y
temeroso, miro a su alrededor, algunas personas que habían oído el intercambio
de amenazas, los rodeaban expectantes esperando la pelea, otros que
advirtieron la situación se les sumaron. Sintió herido su orgullo e ignorando a
su instinto que le decía que no se metiera con aquel hombre, Juan desenvaino
su cuchillo, el extraño se le acerco un poco y en voz baja le dijo- Aquí no, hay
mucha gente, lo espero detrás de aquel cerro - Dijo esto apuntando con la negra
mirada hacia el cercano cerro, luego dando la espalda se alejo y se perdió entre
de vista. Juan quedo inmovil por un momento, cuando reacciono fue a buscar
su caballo, asegurándose que nadie lo seguía, partió rumbo al cerro.
Galopo sintiendo una angustia indescriptible, con la boca reseca y un sudor frió
corriéndole por la cara, antes de llegar a su destino detuvo su caballo, se debatió
con su miedo, pensó en huir, sentía sus entrañas retorcerse por la angustia, decidió
ir al encuentro de aquel misterioso hombre, impulsado por esa mezcla de coraje
e insensatez que hace a los hombres enfrentarse en cruentas batallas.
Cuando llego al lugar, el otro ya lo esperaba, bajo del caballo y avanzo con
el cuchillo en la mano, Juan izo lo mismo, el desconocido no tenía nada de
extraordinario a no ser sus negros e inquietantes ojos, parecía ser de mediana
edad, de estatura y complexion promedio, pero algo en el hacía temblar la
mano de Juan. Se midieron como dos gallos de riña, Juan ataco primero lanzando
un " puntaso" hacia el abdomen de su rival, que con un paso hacia el costado
esquivo facilmente y con un rapidísimo movimiento su afilado cuchillo corto la
mejilla de Juan, el cual respondió inmediatamente dibujando un arco con su acero
que nuevamente fue esquivado por su rival y le respondió con otro tajo, que esta
vez corto la otra mejilla e inmediatamente con otro ágil movimiento, el acero
recorrió el largo de las costillas, abriendo un surco desde un costado de Juan hasta
su pecho, la herida abierta comenzo a sangrar en todo su largo, tiñendo con su
rojo la celeste camisa. El hombre, que sonreía desde el comienzo del duelo dejo
escapar una carcajada, y comento alegre lo siguiente - ! Que divertido ¡ a pesar de
lo que cree la gente nunca mato con mis propias manos - Juan, desesperado,

volvió a atacar inútilmente y lo único que consiguió fue otro corte, esta vez en
su abdomen, callo de rodillas sintiendo algo que se le escapaba por la profunda
herida, su temblorosa mano palpo sus visceras calientes y resbalosas, las vio
asqueado brillar bajo el sol con sus pálidos tonos grises, el dolor era mortal,
La visión se le puso borrosa mientras escuchaba la carcajada de su matador
que continuó ablando - Me hago presente en las jineteadas porque me gusta ver
a los hombres arriesgar sus preciosas vida por unas pocas monedas y aplausos,
además me satisface sentir como la gente, en el fondo de su ser, desean que a
los jinetes les pase una desgracia. ! AAAA ¡.....!como extraño los circos romanos,
a nadie le importaba la vida de los gladiadores...la gente disfrutaba de mi trabajo¡ -
Estas palabras hicieron comprender a Juan lo que su instinto trato de advertirle,
se había enfrentado en un duelo contra la muerte en persona, levanto lentamente
la vista, y vio la negra y estropeada túnica, antes de que sus ojos consiguieran
ver aquel horripilante rostro, lo invadió la oscuridad total, el silencio infinito.....

viernes, 18 de junio de 2010

La cosa del monte

Era una calurosa tarde de verano, las cigarras cantaban al unisono su invariable
canción, yo avanzaba por un sendero trazado por el diario recorrido de las vacas,
mi perro llamado "Rocky", correteaba delante de mi, olfateando y explorando todo
lo que podía. Camine esquivando las ramas con agudas espinas de los árboles
que verdeaban el monte que sigzagueaba a mi izquierda, a la derecha, las
rígidas y largas hojas de los cardos, parecían agudas espadas, que se cruzaban
formando una punzante barrera.
. Detrás de los cardos, yacían inmobiles las aguas negras y estancadas
de un extenso bañado, solo perturbadas por el cauteloso andar de algunas
garzas, que patrullan la quietud bajo el abrazador sol. En el monte las palomas
entonaban misteriosos cantos, a mi paso, centenares de diminutos saltamontes
brincaban y volaban espantados.
Cuando reconocí el lugar que era mi destino, respire aliviado y entre a la
refrescante sombra del monte, luego de pocos metros de caminar bajo los árboles
brillo ante mis ojos las cristalinas aguas del arroyo, sin perder el tiempo comenze
a preparar el campamento y dejar listo el equipo para pescar, mientras mi perro
se divertía refrescandose en las alegres aguas del arroyo. Asía ya buen tiempo
que no pescaba en ese lugar, pero había cambiado muy poco, un puerto natural
de unos veinte metros, con una franja de blanca arena, que en su parte mas ancha
no debía medir más de cuatro metros, llegaba asta una pequeña barranca,
en donde comenzaba un verde pasto que tapizaba el lugar asta llegar al monte.
A pocos metros de donde pescaba, había una depresión en el terreno, rodeada
por frondosos pitangueros que formaban una especie de techo, en ese lugar
es en donde yo dormía cuando acampaba en esa parte del arroyo.
Después de juntar leña, sentado en la barranca me dedique a pescar, mi
perro, como era su costumbre, se internaba en la espesa arboleda, intentando
cazar algo, al rato volvía y se acostaba a mis pies.
Cuando callo la noche, decidí dejar la pesca para la mañana, el pique era bueno
pero estaba un poco cansado por la larga caminata.
Encendí el fuego, y sentado sobre la lona que había llevado, con mi fiel amigo
a mi lado, vi cocinar lentamente el bagre que había clavado en una estaca
junto al fogón. Cuando termine de cenar, Rocky, que había consumido su alimento
asía ya buen rato, dormía arrollado a mi lado, la cálida luz del fogón iluminaba
perfectamente el estrecho lugar en donde me encontraba, mas allá de los
árboles que me rodeaban la noche reinaba ocultando todo en sus sombras,
No había mosquitos debido a una leve briza que venía desde el arroyo,
me acosté de lado mirando el fogón, dándole la espalda a mi perro que dormía
placidamente, de a poco las llamas fueron disminuyendo y la leña se convirtió
en rojas brazas, la oscuridad avanzo lentamente.
Desperté en la oscuridad, el fuego se había extinguido completamente, sentí una
respiración en la nuca, supuse que era la de mi perro, cerré los ojos para volver
a dormir, cuando un sonido que provenía del puerto me alerto, levante la cabeza
al tiempo que tome mi linterna, antes de que la encendiera distinguí que el sonido
era el de un animal corriendo velozmente hacia mi, al mismo tiempo, lo que estaba
a mis espaldas, huyo velozmente internándose en el monte, todo paso muy rápido,
cuando encendí la linterna, ilumine a mi perro Rocky, que paso a mi lado ladrando
furioso tratando de alcanzar a la cosa que vio cerca de mi, se interno unos metros
en la oscuridad, le ordene regresar, y volvió a mi lado con el pelo erizado y
gruñendo hacia el monte. Al parecer, cuando yo dormía, Rocky se dirigió al arroyo,
y algo que salio del monte se me acerco, cuando el perro regresaba la cosa huyo.
No puedo describir con palabras el miedo que me invadió al no saber lo que
tuve a mi lado respirandome sobre la nuca, además, a pesar de que no pude
verlo, si lo oí perfectamente cuando huyo, y lo que me aterro fue que esa cosa no
corría en cuatro patas, se alejo corriendo como una pequeña persona, por el
lugar por donde cruzo, deduzco que mediría como máximo unos cincuenta
centímetros. Me aleje de ese lugar lo más rápido que pude, durante el largo
camino que me separaba de la ruta, me parecía ver en las sombras que
escapaban a la luz de la linterna, pequeñas figuras humanoides que me
observaban desde la oscuridad.

viernes, 11 de junio de 2010

Leyenda de la mujer de blanco

La música resonaba en las humildes paredes de madera de aquel
galpón. En el medio las parejas bailaban alegres al compás de la
guitarra y el acordeón, en las mesas aún quedaban grandes trozos
de carne asada y bandejas con pan casero. Raúl, sentado en un rincón, tomó su último trago de vino , se levantó y fue a despedirse.  Antonio estaba bailando con su esposa cuando Raúl se le acercó y le dijo:
-Me voy, mañana tengo que trabajar, muy linda la fiesta, que la pasen bien. 
Antonio que continuaba bailando le dijo 
-¿ Ya te vas? en esa estancia no les aflojan ni un día.
Raúl le contestó a modo de broma 
-Es que no tenemos un capataz tan bueno como usted -ambos rieron a carcajadas.

Antonio era el capataz de la estancia vecina a la que trabajaba
Raúl, y lo había invitado a su cumpleaños. Cuando salió del galpón un viento frio le golpeó la cara. Se acomodo el poncho y fue a desatar a su caballo. Monto y se perdió en la noche oscura. Como ya era un poco tarde decidió cortar por el campo. Era una noche sin luna, solo las estrellas titilaban tímidas en la inmensidad del cielo. El viento invernal comenzó a soplar con más fuerza trayendo unos oscuros nubarrones que ocultaron las estrellas. El campo se transformó en un mar de negrura, cuando las
nubes lo cubrieron todo, se perdió la línea del horizonte y cielo y tierra se unieron bajo un telón de oscuridad. Raúl detuvo el caballo, tenía sus pupilas completamente dilatadas por la falta de luz. La oscuridad era completa, volteo la cabeza a un lado luego al otro tratando de distinguir algo pero sus ojos solo veían el negro de la noche.

Siempre le pareció exagerado el dicho: " Era una noche tan oscura
que no se veían ni las manos ", ahora intentaba ver las suyas y no
podía. Meditó por un momento sobre qué hacer, decidió confiar
en su caballo, aflojó las riendas,  y dándole una suave palmada
en el cuello le dijo: ¡Vamos, vamos "zaino" pa las casa!
El caballo avanzaba lentamente, invisible en la noche debido a
su color negro. Algo le tocó el brazo, una rama de un árbol, entonces comenzó a tantear como un ciego. Su mano chocó contra hojas y ramas. Giro el caballo hacia el otro lado, y antes de que su brazo extendido volviera a tocar algo, unas frías hojas le rozaron la cara.

La llama de su encendedor iluminaba solo por un momento, el
viento parecía ser cómplice de la oscuridad apagando la minúscula luz. A Raúl, con lo poco que consiguió ver le bastó para saber en dónde se encontraba. Palmeo a su caballo y dijo -¡Muy bien "zaino" encontraste la picada!
La picada era un estrecho camino que atravesaba el monte, una brecha en el apretujado follaje abierta a hacha y machete para que las vacas pudieran alcanzar el agua del arroyo. Serpenteaba por el monte unos trescientos metros. En la mitad de su recorrido una parte baja del arroyo cruzaba lentamente por el terreno fangoso.
Cuando se adentro más en la picada el viento cesó, detenido
por las paredes de árboles que se alzaban y juntaban sus
copas como queriendo tragarse el delgadísimo camino.

Adelantando el encendedor para ver las ramas que rozaban
su cabeza, la débil luz iluminó algo que hizo retumbar su corazón
y tirar bruscamente las riendas de su caballo, que asustado se
paró en sus patas traseras y casi voltea a su dueño.
Lo que parecía ser una mujer vestida de un largo y amplio
vestido blanco, salió velozmente del monte, cruzó justo
por delante del caballo y volvió a internarse en la espesura.
Con treinta y nueve años, en toda su vida habitando y trabajando
en el campo uruguayo, jamás había sentido miedo, pues era
un hombre valiente, forjado al rigor de duras tareas rurales,
además no era un hombre supersticioso. Ahora le temblaban
las manos tratando de prender su encendedor. Ilumino el lugar en donde la mujer se internó en el monte. A pocos centímetros del suelo las delgadas pero fuertes ramas de los árboles se entrecruzaban y enmarañaban formando una impenetrable pared de por lo menos tres metros de alto; no había forma de que alguien cruzara corriendo por ese lugar.

De pronto la llama se apagó, y antes de que pudiera encenderla
algo lo sujetó firmemente del pie, era la mujer de blanco. El hombre sacudió con fuerza su pie tratando de liberarse y cuando
lo consiguió, taloneo su caballo y se alejó galopando. Más adelante a duras penas sus ojos captaron algo, era el final de la picada. El cielo había comenzado a abrirse y las estrellas iluminaban débilmente el campo, pero para Raúl, inmerso en la
oscuridad total de la picada, la salida hacia el campo se veía como una puerta a la claridad.
Ya casi había salido cuando sintió dos heladas manos rodear su cuello, y una arrugada y esquelética cara asomó sobre su hombro.
Sus gritos de terror resonaban en el campo y en el monte, y cabalgando con la mujer de blanco sentada en
el anca del caballo, se perdió nuevamente en la oscuridad. A la mañana solo su caballo regreso a la estancia. Después de días de buscarlo inútilmente, Raúl apareció en un pueblo cercano , estaba completamente loco, lo único que se comprendía de sus divagaciones, era su horripilante encuentro con una mujer de blanco.

domingo, 6 de junio de 2010

El viejo

La carreta partió lenta y quejumbrosa siguiendo la huella del camino.
Gonzalo, junto a su madre y sus dos hermanos menores, la vieron
alejarse llevando el cadáver del viejo Duarte. María, la madre de
Gonzalo, trato de decir unas palabras amables para despedir al
difunto, como no se le ocurrió nada, pues no había nada bueno
que decir de aquel viejo amargo y antisocial, expreso lo siguiente:
- Espero que descanse en paz.
La carreta estaba por perderse de vista cuando la madre se encamino
para la casa, los tres hermanos, Gonzalo de doce años,Luis de diez
y Marco de ocho, se miraron y sonrieron, y Gonzalo dijo - Menos mal
que se murió, viejo de m...a.

El viejo Duarte se había ganado la antipatía de toda la gente de la
zona. Desde que llego( nadie supo de donde, pues nunca habló
con algún vecino) su actitud demencial, egoísta, y el odio que
parecía tener hacia los niños, contrasto con las buenas costumbres
y tradiciones del lugar. Un amplio campo estaba dividido en pequeñas
parcelas en donde vivían familias que sembraban y criaban animales
de granja manteniendo una pacifica y amistosa relación con sus
vecinos. Las largas conversaciones, el intercambio de productos,
la mano solidaria que se tendía si alguna familia caía en desgracia,
eran buenas costumbres que ayudaban a vivir con dignidad en
la pobreza.
Por el campo del viejo Duarte cruzaba una alegre cañada que en
sus recodos formaba pequeñas lagunas que eran el deleite de
todos los niños. Los refrescantes chapuzones en sus claras aguas
y la pesca con cañas de tacuara, ya eran una tradición que
a los antiguos propietarios del campo nunca molestó.
El día en que el viejo se mudo , la familia de Gonzalo
fue a saludarlo, pues sus campos eran linderos y sus casas
estaban a menos de docientos metros, su vecino más cercano.
Cuando golpearon las manos esperando ser recibidos para
presentarse y conocerse, el viejo no salio de la casa, lo vieron
asomarse por una ventana y correr las cortinas.
- Debe ser alguien muy tímido- dijo el padre de Gonzalo, cuando
se encaminaron a su hogar.

A los dos días en una calurosa tarde todos los niños de los
alrededores se estaban bañando en la cañada cuando fueron
sorprendidos por los gritos e insultos del viejo que se acercaba
sacudiendo un palo en la mano, con la furia en sus ojos y una
fiera expresión en el rostro, que estaba parcialmente cubierto
por una espesa y desprolija barba que se juntaba con la canosa
melena. Los niños corrieron asustados y fueron a contarle a sus
padres lo sucedido. Los padres pensaron que los niños exageraban,
pero les ordenaron que no entraran más a ese campo, el nuevo
propietario estaba en todo su derecho si no quería que entraran
a su propiedad. Al pasar los días los vecinos observaron que
no sembraba ni tenia ningún animal, pero vigilaba los limites
de su campo como un perro guardián; si encontraba a un niño cerca
del alambrado lo amenazaba y maldecia, lo que provoco que los
padres fueran a la casa del viejo para aclarar la situación.
Con la gente adulta su comportamiento era diferente, se escondía
en la casa al ver llegar a los padres, sin lugar a dudas era un
cobarde, y pronto todos lo despreciaron.

Gonzalo y sus hermanos, al vivir cerca, eran vigilados por la
histérica mirada del viejo, y en alguna ocasión fueron objeto
de sus insultos, hasta que un día el padre de Gonzalo lo
sorprendió en esa actitud, y antes de que el viejo pudiera
esconderse en la casa le grito enfurecido - ¡Esta es la última
vez que insulta a mi familia! - ya con el puñal en la mano, a punto
de saltar el alambrado, su esposa, corriendo desesperada, le
imploro - ¡Ruben! , deja a ese viejo, no vale la pena, ¿vas a matarlo
delante de tus hijos? - Estas últimas palabras detuvieron a Ruben,
que volteo la mirada hacia sus hijos que lo observaban asustados.
Desde ese día no los molesto más; pero continuaba con sus recorridos
por el campo tratando de sorprender algún niño en el.
Su grado de paranoia era tan grande que se lo vio deambular por
la noche con un poncho negro y una especie de capucha en la
cabeza, caminaba contra el alambrado haciendo ladrar a los
perros, perturbando el silencio de la noche.

Cuando enfermó llegaron a su casa unos parientes en una
corta visita y dejaron una muchacha contratada para cuidarlo.
Renuncio ese mismo día, asustada por los gritos e insultos
de aquel viejo loco. En total contrataron cinco mujeres que
renunciaban una tras otra, hasta que una noche, entre gritos
y blasfemias, el viejo murió.

Cuando la carreta se hundio en el horizonte, Gonzalo dijo a sus
hermanos - Vamos a pescar en la cañada.
- ¡Sí, vamos! - Respondieron al unísono, emocionados por la idea.
Por fin iban a recuperar su amada cañada. El sol de la mañana
se elevo rápidamente,en el almuerzo sus miradas complices
se cruzaron repetidas veces, tenían todo planeado, sabían que
si le pedían a su madre no los iba a dejar pescar, al menos
no ese día, aún no sepultaban al viejo, el viaje en carreta
demoraba todo un día en llegar al pueblo; y conociendo lo
respetuosa que era su madre con los difuntos, resolvieron
ir a escondidas. Gonzalo se dirigió a su habitacion, mientras sus
hermanos lo esperaban detrás de la casa, en su pequeño
dormitorio, de tres metros por cuatro, era en donde
guardaba sus cañas para pescar y sus aparejos .
La cama estaba recostada en su largo a la misma
pared que la amplia ventana que se encontraba justo por
encima de esta, y como la habitación era baja, Gonzalo
solo con arrodillarse encima de la cama abrió la ventana
y alcanzo a sus hermanos las cañas y el bolso.
salio de la habitación y busco a su madre que estaba fregando
los platos, sus hermanos llegaron, los miro y le dijo
a su madre - Mamá, vamos a ir a jugar al maizal.
- Bueno, vayan - Dijo la madre, y los niños salieron corriendo.
La excusa era perfecta, solían jugar en el maizal durante horas
su padre no estaba, hasía dos días había partido a trabajar marcando
ganado en una yerra. Seguros de que no iban a ser descubiertos
partieron hacia la cañada.
Las horas parecían pasar rapidísimo, debido a lo mucho que
se estaban divirtiendo, cuando el sol se oculto en el horizonte
estaban listos para irse. Gonzalo miro hacia la casa del viejo,
lo que vio hizo que un hilo de orina corriera por su pierna.
El viejo Duarte, completamente gris incluso su ropa, avanzaba
hacia ellos pero sin caminar, sólo desaparecía y al volverlo a ver
estaba más cerca. Gonzalo cerro sus ojos con fuerza, cuando
los abrió el viejo ya no estaba. Para no asustar a sus hermanos
no les comento nada; pero les dijo con una voz un poco rara
por el miedo que lo inbadia - Ya esta muy oscuro, mejor vamos
corriendo.
Durante la cena no pronuncio ni una palabra, no podía sacar
de su mente la imagen del viejo, sabia que no era su imaginación,
antes de verlo no estaba asustado, era el fantasma del viejo.
El niño continuaba sumido en sus pensamientos cuando algo
que dijo su madre lo hizo estremecerse.
- La vaca que esta por dar cría, esta un poco complicada, creo
que vamos a tener que ayudarla a parir, la deje en el galpón
para tenerla vigilada, Gonzalo, vas a tener que levantarte
varias veces en la noche para ver si esta bien.

El niño no le contó a su madre lo que vio porque le daba
mucha vergüenza, desde muy pequeños su padre les
inculco que no existen los fantasmas ni hombres lobo
ni nada de eso, y que no le temieran a la noche, que a lo
único que hay que respetar y tener mucho cuidado es a los
animales salvajes, especialmente a las viboras.
Se acostó pensando en que no podía evadir su responsabilidad,
sabia lo importante que era para la economía de la familia
el tener otro ternero, por ser el mayor de los hermanos, el
tenía que encargarse del cuidado de la vaca; pero el
solo pensar en salir afuera con el fantasma del viejo
rondando en la noche lo hacia tiritar de miedo.
El galpón estaba bastante alejado de la casa pues solían
curar cueros en el, y el olor que desprendía era muy desagradable.
Para llegar a el había que transitar un camino que se abría paso
entre el maizal . Gonzalo, con los ojos bien abiertos recorría con
la mirada la oscuridad de su habitación apenas iluminada por la
luz de la luna que se filtraba por la delgada cortina de su ventana,
en su imaginacion, se veía caminando entre el maizal y que de un
momento a otro el viejo lo sorprendía, el sueño comenzo a vencerlo
y se durmió.
¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!... El sonido lo despertó, y se sentó en la cama,
pensó que era su madre golpeando la puerta de la habitacion para
que se levantara, ¡toc!, ¡toc!, ¡toc! El sonido no provenía
de la puerta, sinó de la ventana, miro hacia esta y vio la
oscura silueta de alguien con la cara y las manos recostadas
al vidrio, moviendo la cabeza de un lado al otro, como
intentando ver lo que se encontraba dentro . De la garganta del
niño broto un grito de terror, su madre se despertó y corrió hacia
el dormitorio de gonzalo, abrió la puerta, y vio a su hijo sentado
en la cama paralizado de miedo, y en la ventana la sombra del
viejo Duarte con su melena y su espesa barba. Cuando se acercó
a rescatar a Gonzalo, vio como la sombra desapareció.
El resto de la noche, madre e hijos permanecieron despiertos,
sentados en medio del comedor, con las ventanas tapiadas.
Cuando el sol calentó la mañana salieron de la casa, la vaca había
parido un hermoso ternero, a la tarde llego el padre y su esposa
le contó lo sucedido. No volvieron a ver al fantasma del viejo
Duarte, pero Gonzalo no volvió a dormir en su habitación por varios
meses.