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viernes, 11 de junio de 2010

Leyenda de la mujer de blanco

La música resonaba en las humildes paredes de madera de aquel
galpón. En el medio las parejas bailaban alegres al compás de la
guitarra y el acordeón, en las mesas aún quedaban grandes trozos
de carne asada y bandejas con pan casero. Raúl, sentado en un rincón, tomó su último trago de vino , se levantó y fue a despedirse.  Antonio estaba bailando con su esposa cuando Raúl se le acercó y le dijo:
-Me voy, mañana tengo que trabajar, muy linda la fiesta, que la pasen bien. 
Antonio que continuaba bailando le dijo 
-¿ Ya te vas? en esa estancia no les aflojan ni un día.
Raúl le contestó a modo de broma 
-Es que no tenemos un capataz tan bueno como usted -ambos rieron a carcajadas.

Antonio era el capataz de la estancia vecina a la que trabajaba
Raúl, y lo había invitado a su cumpleaños. Cuando salió del galpón un viento frio le golpeó la cara. Se acomodo el poncho y fue a desatar a su caballo. Monto y se perdió en la noche oscura. Como ya era un poco tarde decidió cortar por el campo. Era una noche sin luna, solo las estrellas titilaban tímidas en la inmensidad del cielo. El viento invernal comenzó a soplar con más fuerza trayendo unos oscuros nubarrones que ocultaron las estrellas. El campo se transformó en un mar de negrura, cuando las
nubes lo cubrieron todo, se perdió la línea del horizonte y cielo y tierra se unieron bajo un telón de oscuridad. Raúl detuvo el caballo, tenía sus pupilas completamente dilatadas por la falta de luz. La oscuridad era completa, volteo la cabeza a un lado luego al otro tratando de distinguir algo pero sus ojos solo veían el negro de la noche.

Siempre le pareció exagerado el dicho: " Era una noche tan oscura
que no se veían ni las manos ", ahora intentaba ver las suyas y no
podía. Meditó por un momento sobre qué hacer, decidió confiar
en su caballo, aflojó las riendas,  y dándole una suave palmada
en el cuello le dijo: ¡Vamos, vamos "zaino" pa las casa!
El caballo avanzaba lentamente, invisible en la noche debido a
su color negro. Algo le tocó el brazo, una rama de un árbol, entonces comenzó a tantear como un ciego. Su mano chocó contra hojas y ramas. Giro el caballo hacia el otro lado, y antes de que su brazo extendido volviera a tocar algo, unas frías hojas le rozaron la cara.

La llama de su encendedor iluminaba solo por un momento, el
viento parecía ser cómplice de la oscuridad apagando la minúscula luz. A Raúl, con lo poco que consiguió ver le bastó para saber en dónde se encontraba. Palmeo a su caballo y dijo -¡Muy bien "zaino" encontraste la picada!
La picada era un estrecho camino que atravesaba el monte, una brecha en el apretujado follaje abierta a hacha y machete para que las vacas pudieran alcanzar el agua del arroyo. Serpenteaba por el monte unos trescientos metros. En la mitad de su recorrido una parte baja del arroyo cruzaba lentamente por el terreno fangoso.
Cuando se adentro más en la picada el viento cesó, detenido
por las paredes de árboles que se alzaban y juntaban sus
copas como queriendo tragarse el delgadísimo camino.

Adelantando el encendedor para ver las ramas que rozaban
su cabeza, la débil luz iluminó algo que hizo retumbar su corazón
y tirar bruscamente las riendas de su caballo, que asustado se
paró en sus patas traseras y casi voltea a su dueño.
Lo que parecía ser una mujer vestida de un largo y amplio
vestido blanco, salió velozmente del monte, cruzó justo
por delante del caballo y volvió a internarse en la espesura.
Con treinta y nueve años, en toda su vida habitando y trabajando
en el campo uruguayo, jamás había sentido miedo, pues era
un hombre valiente, forjado al rigor de duras tareas rurales,
además no era un hombre supersticioso. Ahora le temblaban
las manos tratando de prender su encendedor. Ilumino el lugar en donde la mujer se internó en el monte. A pocos centímetros del suelo las delgadas pero fuertes ramas de los árboles se entrecruzaban y enmarañaban formando una impenetrable pared de por lo menos tres metros de alto; no había forma de que alguien cruzara corriendo por ese lugar.

De pronto la llama se apagó, y antes de que pudiera encenderla
algo lo sujetó firmemente del pie, era la mujer de blanco. El hombre sacudió con fuerza su pie tratando de liberarse y cuando
lo consiguió, taloneo su caballo y se alejó galopando. Más adelante a duras penas sus ojos captaron algo, era el final de la picada. El cielo había comenzado a abrirse y las estrellas iluminaban débilmente el campo, pero para Raúl, inmerso en la
oscuridad total de la picada, la salida hacia el campo se veía como una puerta a la claridad.
Ya casi había salido cuando sintió dos heladas manos rodear su cuello, y una arrugada y esquelética cara asomó sobre su hombro.
Sus gritos de terror resonaban en el campo y en el monte, y cabalgando con la mujer de blanco sentada en
el anca del caballo, se perdió nuevamente en la oscuridad. A la mañana solo su caballo regreso a la estancia. Después de días de buscarlo inútilmente, Raúl apareció en un pueblo cercano , estaba completamente loco, lo único que se comprendía de sus divagaciones, era su horripilante encuentro con una mujer de blanco.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Buen cuento.

Anónimo dijo...

me
parece
un
buen
cuento

Anónimo dijo...

no estan miedo pero es bueno

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