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martes, 16 de noviembre de 2010

El presentimiento

Ese día me levanté sintiendo una sensación extraña, ya la había sentido antes, Estaba presintiendo que algo malo o extraño estaba por suceder.
El sol aún estaba muy alto cuando tomé mi bolso y mi caña de pescar (caña de bambú) y enderecé rumbo al camino que termina en el arroyo. No es que ese día tuviera ganas de pescar, la sensación extraña continuaba retorciendo mis entrañas, en esa época en el campo se estaba atravesando una sequía bastante importante, lo que afectó la siempre ajustada economía de mi familia, los gordos bagres que solía pescar cada pocos días aliviaban algo el bolsillo de mi padre.

Caminaba rodeado de un paisaje amarillento de pastos resecos y plantaciones marchitas, en el cielo algunos cuervos volaban en círculos, atraídos por algún caballo o vaca que se había rendido. Llegué a la sombra del monte, atravesé el camino que se abre paso a través de la espesa vegetación y alcancé el arroyo. ni lo entretenida de la pesca pudo sacarme aquella angustia, aquella pesadez del espíritu que me agobiaba y me hacía desear estar lejos de aquel monte tupido y asfixiante, pero la pesca era buena y sabía que por la noche iba a ser mejor. Cuando la noche oscureció todo, yo estaba empeñado en mantener encendido el fogón, el sentimiento de que algo malo se aproximaba crecía dentro de mí, hasta el menor ruido me alarmaba, el fuego jugaba con mi sombra agigantándola hasta alcanzar la copa de los árboles que me rodeaban.

Escuche unas pisadas, algo se aproximaba por el camino que atraviesa el monte; el fogón iluminó sus enormes ojos, era una vaca, pasó a mi lado y tomó agua del arroyo, luego se marchó. El resto de la noche estuve despierto y alerta.

Al amanecer partí rumbo a mi casa con el bolso repleto de bagres que ya había limpiado y salado. Había pasado una noche de sobresaltos pero al final no me sucedió nada malo, extrañamente la sensación no se iba.
Cuando entré a mi casa mi madre sostenía a mi hermano menor en sus brazos
Y lloraba desesperada:
-!Tu padre, cuando desperté estaba….¡ -dijo mi madre.

Y quebró en llanto. Entré temblando a la habitación, mi padre estaba acostado mirando el techo, los ojos opacos, sin vida.

3 comentarios:

CleitaManu Berve dijo...

Oh por Dios... Que macabra!

carmersylvia dijo...

Muy hermoso tu cuento en esa naturaleza tan intensa que es el monte.yo tambien cuando fui niña me crie y se de esa atmosfera pura de la tierra.

Jorge Leal dijo...

Hola. Gracias por comentar. Disculpa que el texto quedó un poco chueco por los cambios que le hice al blog ¡Jaja! ¡Saludos!

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