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jueves, 24 de febrero de 2011

Miedo a las tormentas

Avanzaba por la vía del tren recalentada por el sol de la tarde. A mi izquierda
Estaba la plantación de pinos, y llegaba hasta mi su fragancia y el rumor del
Viento acariciando las copas de los jóvenes árboles. En el lado derecho reverdecía
El campo, por delante tenía la imagen de los cerros lejanos y grisáceos recortando
El horizonte. El sol aquietaba a la naturaleza y brillaba sobre los rieles que se
Alejaban serpenteando.
Iba rumbo al arroyo, donde pensaba refrescarme en sus aguas traslúcidas y alegres.
El arroyo cruzaba por debajo del puente de la vía. Me aparté de las hileras de
Durmientes y costee el angosto monte que acompañaba al arroyo, luego doblé en
La picada natural que corta el monte y llegué a mi destino.
Sin perder tiempo me sumergí en aquella frescura líquida que disipó rápidamente
El calor que me agobiaba. Estaba flotando de espaldas cuando vi que en el cielo
Se estaban acumulando nubarrones un tanto oscuros, no les di importancia, la tarde
Aún estaba espléndida.
Me senté sobre la hierva blanda, bajo la sombra de un frondoso árbol, la serenidad
De aquel bello lugar me produjo somnolencia, entonces decidí tomar una siesta.
Me despertó un estruendo, me levanté rápido y vi que todo estaba ensombrecido.
Seguramente el sol aún no se había puesto, pero la horrible tormenta que cubría
El cielo adelantó la oscuridad. Sonó un trueno como si se hubiera derrumbado una
Montaña, un repentino viento norte chocó contra la muralla de hojas del monte y
Se escuchó su rugido y el crujir de ramas. La picada parecía la boca de un lobo,
Al cruzarla me rasguñaron algunas ramas, que se sintieron como manos intentando
Sujetarme. Terminé de cruzar aquella brecha entre la espesura y entonces sentí
Un escalofrío deslizarse por mi espalda, y tuve la certeza que algo me seguía.
Por la picada avanzaba temblorosa y fluctuante una luz mala, un fuego fatuo, una
Energía espiritual maligna.
No se como pude correr tanto sin caer, en mi huída desesperada voltee varias veces,
el fuego fatuo se quedó en el monte. Cuando alcancé la vía comenzó a llover,
Llegue a mi casa empapado y tiritando de frío, y de miedo.
Desde esa vez me asustan las tormentas, y en la comodidad de mi hogar me
Estremezco con cada relámpago o luz que brilla allá afuera.

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