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martes, 1 de marzo de 2011

Andrés y el fin del mundo

A pesar de sus intentos, ningún vehículo se detuvo para darle un aventón.
Andrés siguió su eterno peregrinar avanzando a pie por el costado de la ruta.
Desde niño su vida fue torcida por la mala suerte, que ya era una constante
Compañera, fiel e inseparable.
Su mala fortuna lo arrastró inevitablemente hacia la calle y la mendicidad.
Caminaba por la carretera buscando alguna ciudad pequeña o pueblo, en donde
La gente suele ser mas generosa, según le habían dicho.
La carretera estaba rodeada por campos amarillentos, un viento frío gemía al
Pasar y revolvía la melena desprolija de Andrés, el cielo estaba completamente
Nublado, y a lo lejos se veía una columna gris de llovizna avanzando con el viento.
Sus pasos llegaron hasta un lugar en donde un camino rural se conectaba con
La carretera. Sin mucho pensarlo decidió seguir aquel camino, estaba resignado
A que la última palabra la tenía su mala suerte, incluso sentía algo de curiosidad
¿Qué tipo de infortunio sería esta vez, que le tendría preparado su compañera?
Lo alcanzaron las frías agujas de la llovizna, se encorvó y trató de caminar mas
Rápido. El camino era mas desolado que la ruta, hacia donde dirigiera la mirada
Veía el invariable paisaje de campos desnudos y amarillentos, y la llovizna
Comenzaba a calarle hasta los huesos.
Divisó un sendero transversal al camino, recorría unos trecientos metros y
Llegaba a una edificación.
Cuando llegó al final del sendero, descubrió que la edificación era un cementerio
Rodeado por un muro.
Sus miembros estaban entumecidos, y no podía parar de temblar. El instinto
De conservación lo hizo buscar un refugio en aquel tétrico lugar. Si no se
Guarecía iba a morir, en ese momento en su mente no había lugar para el miedo.
El portón de rejas estaba abierto, adentro todo era decrepitud y abandono.
Hiervas malas y arbustos crecían libremente, y ocultaban a la mayoría de las
Lápidas. El cementerio daba muestras de estar abandonado desde hacía décadas.
El candado de una cripta había sucumbido al herrumbre, Andrés utilizó sus
Últimas fuerzas para abrir la pesada puerta metálica.
Un olor nauseabundo brotó desde el negro interior de la cripta, como si fuera
Un aliento infernal. Era un aire viciado de muerte, condensado por décadas
De lenta putrefacción. Andrés se desplomó en el umbral y rodó escaleras
Abajo y quedó inmerso en aquel olor y aquella oscuridad.
Al otro día, un conductor vio a Andrés caminando tambaleante por el borde
De la carretera, se detuvo y abrió la ventanilla.
- ¿Quiere que lo lleve? - preguntó el hombre. Con un movimiento de fiera, Andrés
Lo tomó por la cabeza y comenzó a morderlo.
Un año mas tarde hordas incontables de zombies recorrían la tierra devastada.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

balla q me sirvio

Marcelo pars dijo...

Señor jorge quiero felicitarle muchas noches leo sus cuentos y usted escribe muy muy bien saludos desde el corazón del sur

Jorge Leal dijo...

Muchas gracias Marcelo. Te mando un saludo.

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