¡Advertencia!: Todas las obras del blog le pertenecen a Jorge Leal. Prohibido tomarlas para cualquier fin sin consultar antes al autor. Y en todos los casos se deberá citar la fuente y el autor, y no se podrán usar con fines comerciales.

Buscar en este blog

Translate

miércoles, 13 de abril de 2011

Un desengaño no es el fin del mundo

Con el corazón roto por un desengaño, Gustavo se encerró en su apartamento y trató de aliviar su pena con alcohol. Con las persianas bajas y el teléfono desconectado, estuvo una semana sumergido en su dolor y casi ahogado por las bebidas espirituosas que consumía hasta dormirse.

Durante su encierro, oyó cierta conmoción en la calle, ruidos fuertes y gritos, sirenas, detonaciones, o tal vez eran petardos, no lo sabía bien; pero con una fuerte resaca punzando continuamente las sienes, no supo si realmente los había oído o imaginado, o soñado.
A la semana de haber comenzado aquella locura decidió ponerle fin, además ya se le había terminado la bebida, y le quedaba poca comida enlatada, la heladera, comprobó después de mirar arriba y abajo, ya no tenía casi nada útil.

Después de una larga ducha (la primera en todos esos días), abrió las persianas y la luz del día le hizo doler los ojos, que ya se habían acostumbrado a la penumbra, por eso volvió a cerrarla. Pero tenía que acostumbrarse de nuevo a la luz. Su apartamento estaba en el segundo piso del edificio. Después de abrir nuevamente la persiana se asomó por la ventana, y vio que en la calle unas personas se amontonaban sobre algo, estaban de rodillas y parecían una jauría consumiendo una presa, y eso hacían.

Gustavo no podía creer lo que veía cuando se fijó bien. Las personas estaban horriblemente mutiladas, con aquellas heridas no podían estar vivas, pero allí estaban, devorando con ferocidad la carne de otro humano. Gustavo no pudo apartar sus ojos de aquel
horrible espectáculo hasta que un ruido de pasos le hizo desviar su mirada hacia la puerta. Alguien se acercaba por el corredor. Espió por la mirilla y vio a uno de sus vecinos, más bien lo que quedaba de él.

Al hombre le faltaba la carne de una mejilla, y aquel hueco parecía una segunda boca en donde blanqueaban las muelas. El muerto andante sintió la presencia de Gustavo, y con torpes movimientos comenzó a golpear la puerta, y a la vez gemía por las dos bocas. Gustavo dio unos pasos hacia atrás y por un momento no supo qué hacer. Salió de su parálisis al escuchar que otras manos se habían
sumado a las de su vecino zombie, y la puerta sentía sus embates.

Recostó un sofá contra la puerta y encima de este colocó una mesa a modo de barricada. El corredor se llenó de gemidos, cada vez eran más. Los zombies trataban de romper la puerta, y lo estaban logrando. Las bisagras cedieron, y la improvisada barricada se derrumbó. Le abrieron un hueco a la puerta y por el asomaron una multitud de brazos que se apretujaban y arañaban en el aire. Gustavo pensó que a aquella situación no le faltaba ironía; al sufrir
el desengaño sintió que su mundo se terminaba, y ahora realmente era así.

Los zombies irrumpieron en la habitación como un río desbordado.
Unos minutos después uno de los zombies sostenía en sus manos el sufrido corazón de Gustavo, que aún latía.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

¿Te gustó el cuento?