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domingo, 22 de mayo de 2011

El laberinto

En un parque botánico muy popular, había un laberinto formado por árboles de cerco.
En ese laberinto estaba jugando Agustín y sus primos, su familia estaba cerca, bajo la sombra de un frondoso pino.
Era una tarde de verano muy calurosa, y en el cielo cruzaban lentamente unas nubes blancas que se parecían a copos de azúcar.
Agustín corría por el intrincado laberinto, doblaba hacia un lado, luego hacia otro, internándose cada vez mñas en aquel inmenso laberinto.

De tanto girar y correr y pasar por tantos lugares similares, Agustín se sintió perdido, entonces se detuvo a escuchar, esperando oír los pasos o las voces de sus primos. En aquel lugar había un silencio aterrador, Agustín comprendió que aquel silencio no era normal, hasta el canto de los pájaros había desaparecido.

Intentaba volver sobre sus pasos cuando escuchó la risa burlona de un niño. Entonces volteó hacia donde provenía la risa, y las apretujadas ramas de una de las paredes que formaban el laberinto, se sacudieron como si algo las estuviera atravesando, y con rapidez asomó la cabeza de un niño. Agustín gritó con todas sus fuerzas al ver que la cabeza del niño era horrible; era casi una calavera, sin
cabello y sin ojos, pero a pesar de ello sonreía mostrando toda la dentadura.

Con esa energía extra que da el terror, Agustín corrió sin parar, hasta que un rato después salió del laberinto.
El caso de Agustín no fue el único, con el paso del tiempo las historias sobre la aparición de un niño en aquel laberinto se fueron sumando. Debido a la mala fama que estaba adquiriendo el parque, sus autoridades decidieron destruir el laberinto. Mientras removían los árboles encontraron el esqueleto de un niño pequeño enterrado en aquel lugar.

4 comentarios:

  1. Muchas gracias, Nancy. Es un cuento que tiene sus años ya; voy a corregirlo un poco ¡Jeje! Saludos!!

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