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sábado, 25 de junio de 2011

La casa del camino

Por una senda de carreta que se perdía entre campos y soledad, avanzaba José, casi
Al final de la tarde. Caminaba evitando los charcos marrones por el lodo que
Abundaban en aquella senda. El camino zigzagueaba, subía, bajaba, y José seguía a
Paso firme, con las mejillas coloradas de frío y el viento que le daba de frente.
A su alrededor, el mismo paisaje, los campos solitarios, el lodo, solo a lo lejos se veía
Algún bosque o se recortaba la oscura línea de un monte.

Iba rumbo a una cosecha, aún no le alcanzaba el dinero para comprarse un caballo, y
El de su padre había muerto de viejo.
Con las últimas luces del día luchando contra la oscuridad creciente, divisó una casa.
Estaba a unos treinta metros del camino. Cuando llegó frente a la casa,
notó que estaba ruinosa, descuidada, estaba abandonada.

José se detuvo y recorrió con la vista los alrededores, no había otro lugar en donde
Refugiarse de la noche invernal que se agigantaba sobre el paisaje. Con algo de
Aprensión, traspasó el portón y llegó hasta la casa. Antes de ingresar al oscuro
Interior de la vivienda abandonada, sacó de su bolso una vela de cebo, y la encendió
En el umbral, la puerta estaba abierta.
Entró a una habitación bastante amplia, al final de esta había una puerta entreabierta.
José se acomodó en un rincón, cerca de la puerta de salida, colocó la vela en el
Suelo y se cubrió con su poncho.

Despertó en medio de la noche, al sentir que tironeaban de su poncho. A su lado
Estaba un niño pequeño, su cara estaba llena de protuberancias rojas, típicas de
La varicela, que en esa época era una enfermedad mortal. José aún no salía de
Su asombró cuando escuchó una voz de mujer:
- !Aléjese de mi hijo, el está bien, nos vamos a curar solos¡ - la mujer que gritaba
Estaba en el otro extremo de la habitación, y lucía peor que el niño; tenía el cabello
Todo revuelto, su cara estaba carcomida por heridas que supuraban y emanaban
Líquidos viscosos y amarillentos.

José salió disparado del interior de la casa, saltó el portón, y sin parar de correr
Se perdió en la noche.
La casa volvió aquedar en silencio. En una de sus habitaciones, sobre una cama,
Se desparramaban los huesos de una mujer y un niño pequeño.

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