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viernes, 3 de junio de 2011

Malos espíritus

En una escuela privada, en las afueras de la ciudad, Rodolfo, su director, trabajaba en su oficina. Alguien golpeó la puerta, era Rosa, su secretaria.

-Director, en el pasillo hay una señora que quiere hablar con usted - dijo Rosa.
-Dígale que pase -dijo Rodolfo. Para él era algo habitual recibir a padres de alumnos.


Una señora de mediana edad, algo delgada y muy sería, entró a la oficina y examinó la habitación con la mirada, como si buscara algo. Rodolfo la invitó a sentarse 

-¿En qué puedo ayudarla, señora? -le dijo.

La mujer vaciló, miró a su alrededor nuevamente, era obvio que lo que iba a decir la incomodaba un poco, finalmente lo miró a los ojos y dijo:

-No voy a andar con vueltas -comenzó la mujer-, soy una psíquica, soy especialista en ocultismo, me dedico a liberar casas, lugares que fueron invadidos por malos espíritus, yo los expulso, los obligo a marcharse. 

 Rodolfo se recostó al espaldar de su silla y cruzó los brazos, mirando a la mujer con aire de incredulidad, como no la interrumpió la mujer continuó:

-Los niños, los adolescentes, irradian mucha energía, las escuelas, los salones, retienen parte de esa energía, y no es raro que eso atraiga a malos espíritus, a seres del otro mundo. Estoy segura que esta escuela ya está infectada, por eso me atreví a venir, esos entes son peligrosos.

Mientras la mujer dijo eso miró varias veces sobre su hombro.

-Es obvio que me está ofreciendo su servicio, bueno, voy a tener que rechazarlos, yo no creo en esas cosas. Le agradezco su preocupación pero estamos bien -fue contundente Rodolfo.

La mujer no mostró ningún signo de haberse disgustado, lo miró con ojos compasivos. No la sorprendió su negativa, sabía que hay mucha gente que no cree.

-Por lo menos acepte mi tarjeta, si cambia de opinión llámame, estoy segura que lo hará -afirmó muy segura la mujer y dejó la tarjeta sobre el escritorio, luego se retiró.

Esa tarde transcurrió lenta. Terminó el último turno y los niños se retiraron. La escuela quedó silenciosa, solo se oía el sonido del viento molestando a unos pinos cercanos.
Como todos los días Rodolfo quedó trabajando hasta tarde. Ya era de noche cuando decidió irse. Su oficina estaba en un extremo de la escuela, lejos de la puerta de salida. Caminaba por el pasillo solitario cuando una voz que provenía del interior de un salón lo hizo detenerse.

-¡Director, director, aquí! -lo llamó una voz de niño. Rodolfo se acercó a la puerta-. Quedé encerrado en el salón, tengo miedo, quiero irme.
-Cómo puede ser, que descuido, estas maestras…-comentó enojado Rodolfo mientras sacaba un manojo de llaves de su bolsillo.

Al entrar al umbral del salón no vio al niño, buscó el interruptor de la luz, no funcionaba.

-Ya puedes salir. ¿Niño, dónde estás?, no te veo.

El salón estaba en penumbras, pues sus ventanales daban a un patio interior apenas iluminado.

-Estoy aquí, en el fondo -volvió a hablar la voz. 

Rodolfo avanzó cauteloso entre las hileras de pupitres. De repente oyó que alguien golpeaba el escritorio de la maestra, como llamando su atención. Al voltearse vio que detrás del escritorio, sentado en la silla, había un ser horroroso; agitaba una melena desordenada, tenía el cuerpo excepcionalmente obeso y una cabeza llena de pliegues y con una gran papada que caía hasta su pecho. Aquel ser horrible aparentemente pretendía imitar a una maestra, su anormal rostro estaba grotescamente maquillado y tenía puesta una túnica.

Una risotada diabólica y aterradora resonó en el salón. Allí había otro ser, flotaba cerca del techo y su cuerpo era como el de un niño.
Rodolfo sintió que se desmayaba pero pudo mantenerse en pié. Salió del salón trastabillando, pálido. Al salir de la escuela olvidó cerrar la puerta, estaba aterrado.
Cuando llegó el día contrató los servicios de la psíquica.

1 comentario:

  1. Nunca hay que subestimar a los especialistas del ocultismo...

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