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miércoles, 31 de agosto de 2011

Detrás de mi

Estaba sin vehículo y tenía que ir a la ciudad. La noche era sumamente clara;
la luna llena había asomado desde el anochecer, y a esa hora ya estaba bastante
alta en el cielo. La vía del tren es el camino más recto y corto hacia la ciudad.
Como la noche estaba tan clara me pareció la mejor opción.
Al avanzar un par de cuadras sobre los durmientes; las luces de mi barrio
desaparecieron detrás del bosque que bordea la vía en uno de sus lados.
Del otro lado hay un campo. Esa noche vi a unos caballos pastando mansamente,
que al verme levantaron la cabeza, y, extrañamente, huyeron espantados, después
de lanzar un relincho.

Se bien que los sentidos de un caballo son mucho más agudos que los de un ser
humano. Un poco alarmado, me detuve y miré a mi alrededor. Me pareció
sumamente raro que se asustaran de mi. Supuse que algo mas los había espantado,
algo que estaba cerca. Me concentré en escudriñar el bosque. Era fácil que algo
se ocultara allí, entre las sombras de los árboles. Al no ver nada decidí seguir.
Apenas avancé, sentí que había alguien detrás de mi. Antes de voltear di un salto
hacia adelante, seguro que detrás de mi había alguien, pero no había nada, por
lo menos nada que pudiera ver.

Ya bastante asustado, comencé a caminar más rápido. Aún me faltaba como
cuatro cuadras para llegar a una zona poblada. En esa parte los durmientes
estaban casi completamente cubiertos por las piedras de la vía, dificultando
mi paso. Cuando crucé por la parte en donde hay bosque de los dos lados,
volví a sentir una presencia, casi pisándome los talones. Entonces me eché a
correr, presa del miedo, del verdadero miedo, diferente al temor que nos
alerta sobre algún peligro, o a la sensación de angustia.

Sin dudas fue el momento más terrible de mi vida. Al ver las luces de las
primeras casas experimenté un gran alivio. Salí de la vía y entré a una calle
de tierra, en donde comienza un barrio.
Recuerdo que cuando estaba cerca de las casas, los perros de la zona
aullaban y ladraban como locos, cuando aún estaba sobre la vía.
¿Qué era lo que estaba detrás de mi? No lo se, y tampoco quiero averiguarlo.

La noche terrorífica

Hace muchos años que ocurrió, fue en una noche tormentosa de verano.
Yo y Juan, mi amigo desde la infancia, prácticamente mi hermano, fuimos
en una excursión a una ciudad balnearia.
Fue durante la tercer noche. Todo el día había estado tormentoso, pero
igual decidimos ir a un baile. El mal tiempo no nos iba a acortar las vacaciones.
A pesar de la lluvia el club estaba lleno de gente. Apenas llegamos nos separamos.
Estaba en la barra, tomando algo para refrescarme, cuando escuché algunos gritos
que resaltaron sobre la música. Inmediatamente vi una conmoción, algo había
sucedido en la pista.

Un par de empleados del club intentaban apartar a la gente, mientras otros dos
sacaban a la fuerza a un tipo. Se había armado un círculo en torno a alguien
que estaba tendido en el suelo; era Juan, lo habían apuñalado.
El que lo atacó estaba fuera de si, intoxicado con alguna droga.
Fui con el en la ambulancia. Su camisa blanca estaba roja, yo trataba de animarlo:
- !No te me quedes Juan¡, no es tan grave, fue un pinchazo nomás - le decía.
Nos llevaron a un hospital bastante maltrecho y viejo. Cuando entramos la
tormenta había empeorado; había rayos y truenos y llovía copiosamente.

La vieja y alta fachada del hospital era iluminada por la luz blanca de los
relámpagos, la lluvia resbalaba por las paredes grises de aquel edificio.
Quedé afuera de la sala de emergencias. Los corredores estaban silenciosos y
vacíos. Mientras pasaba el tiempo solo algunas personas cruzaron por mi.
Los minutos parecían horas. Fuera la tormenta seguía rugiendo, como un
gigante embravecido, azotando a la ciudad.
No soportaba la espera. Los pensamientos negativos se agolpaban en mi mente.
Comencé a caminar por un corredor, agobiado por las ideas de muerte que
venían a mi, !es que era tanta sangre¡.

Seguí caminando como un autómata, hasta que el sonido de una voz me
hizo estremecer y me volví hacia el. Vi una puerta entreabierta, y asomaba
por ella el torso de una enfermera - !Venga, ayúdeme¡ - dijo la enfermera, y
entró a la habitación, dejando la puerta entornada. Entré y caminé unos pasos.
La enfermera había desaparecido, la habitación estaba vacía, a excepción de
unas camas sin colchón. Repentinamente la puerta se cerró tras de mi, y
seguidamente se apagó la luz. Inmediatamente sentí que me rodeaba una
multitud, y sus manos frías me sujetaban y arañaban por todas partes, de
forma frenética. Me defendí, lancé barios golpes pero solo le di al aire.
Sentí unos dedos fríos hasta en mi cara, intentando abrirme la boca.

De repente se encendió la luz y se abrió la puerta. Ahí fue cuando vi a Juan.
Me había salvado - Hay que salir de aquí - me dijo.
Corrimos por el corredor, cerca de la sala de emergencias dejé de verlo.
Creí que se había quedado atrás, voltee pero no lo vi, había desaparecido.
En ese momento se abrió la puerta de la sala y salió un doctor.
- No pudimos salvarlo. Pedió mucha sangre, lo siento - me dijo el doctor, y
apoyó su mano en mi hombro. Después notó los arañazos que tenia en los
brazos - ¿Cómo se hizo esos arañazos? - en ese momento no pude contestarle.







martes, 30 de agosto de 2011

El cuarto del muerto

Alejandro era un niño malcriado y caprichoso; y el mudarse de casa no lo tenía
feliz. Apenas llegó a su nuevo hogar comenzó a hacer berrinches. Su padre lo
entró a la casa agarrándolo de un brazo. Alejandro trataba de zafarse y pateaba.
- ¡Quiero irme! ¡No quiero estar en esta casa! - gritaba.
Ya adentro de la casa se calmó un poco, pero disgustado, comenzó a criticar
todo lo que veía:
- Esta casa es vieja, tiene olor a viejo, está toda fea - protestaba.

Su madre se inclinó hacia él y lo tomó de la mano - Vamos a conocer la casa.
Seguro que te va a gustar - le dijo - Tiene varios cuartos y cosas lindas.

Alejandro se secó las lágrimas que corrían por sus mejillas. Su madre le limpió
la nariz con un pañuelo, y comenzaron a recorrer su nuevo hogar.
La vivienda era grande y vieja; tenía dos plantas y un gran número de ventanas.
Sobre las lámparas de los corredores se depositaba una fina capa de polvo,
dándole a la luz un tono amarillento, como de efecto sepia, haciendo que
todo se viera mas antiguo.
Madre e hijo caminaban por el corredor y se detuvieron frente a una puerta.

- Esta es la habitación donde vamos a dormir tu padre y yo. Vamos a entrar.

Para lo amplia que eran las habitaciones, las ventanas eran pequeñas, además
sus vidrios eran gruesos y azulados. Esto mantenía a los cuartos en un
constante crepúsculo durante el día, y apenas bajaba el sol se volvían oscuras.
Salieron del cuarto y fueron a la puerta siguiente.

- Ahí está la tuya, al lado de la nuestra, bien cerquita - la madre de Alejandro
abrió la puerta y, vio, por un instante, que sobre la cama había un hombre;
estaba acostado con los brazos cruzados sobre el pecho, como un muerto.
Lo vio por un instante muy corto en el tiempo, después desapareció.
Levantó a su hijo y lo cargó entre sus brazos mientras corría por el corredor.

El padre de Alejandro escuchó lo que su esposa le relató con cierta incredulidad.
- ¿Estás segura de lo que viste, no te lo habrás imaginado? ¡Un muerto!.
- Se lo que vi. Era un muerto sobre la cama ¡Fue horrible!.
- Está bien, no digo que no te crea. Espero que estés equivocada porque esta
casa me costó mucho. Tal vez no fue nada, viste mal o algo…

Durante cinco noches seguidas Alejandro durmió con sus padres. En el
transcurso de esos días todo trascurrió normal. Su madre terminó
convenciéndose de que había imaginado aquello. A la sexta noche hicieron
que Alejandro durmiera en su habitación. Durante la noche fueron a verlo
un par de veces, el niño parecía dormir tranquilamente.
a la mañana su madre fue a despertarlo:

- Alejandro. Es hora de levantarse dormilón ¡Arriba! - Alejandro se desperezó
y se sentó en la cama.
- ¿Cómo pasaste, dormiste bien?.
- Si. Ahora me gusta mas la casa. No es tan fea.
- ¡En serio! ¡Que bien!. Ahora tienes que lavarte, yo voy a preparar el
desayuno - su madre le dio un beso y salió del cuarto.
Cuando Alejandro quedó solo comenzó a observar el cuarto, después sonrió.
- Claro que me gusta esta casa. Nací y morí en ella.





domingo, 28 de agosto de 2011

La ofrenda del Diablo

Hoy me enteré que Carlos falleció. Al fin quedó libre de su sufrimiento.
Vivíamos en el mismo barrio y éramos amigos desde niños.
Aquel día, aquel nefasto día, caminábamos por el sendero de un bosque
que estaba cerca de nuestro barrio. Ese bosque estaba lleno de árboles de
Pitanga, una pequeña fruta nativa.
El sol ya estaba cerca del horizonte cuando regresábamos con dos bolsas
llenas de pitangas, y un gran puñado deshaciéndose en nuestra boca.

El sendero era angosto y los árboles eran altísimos y de tronco grueso.
Al mismo tiempo vimos algo que llamó nuestra atención. Estaba en un
claro del bosque, a unos metros de nosotros. Era una bandeja grande y
blanca, estaba en el suelo, y sobre ella había comida.
Escupí las semillas de pitanga que tenía en la boca, y señalando la bandeja
le dije a Carlos:
- Que raro, es comida ¿Quién habrá dejado eso ahí?.
En la bandeja había carne asada y frutas. Un enjambre de moscas pululaba
sobre aquellos alimentos que ya desprendían mal olor. Carlos escupió las
Semillas que tenía en la boca, y muy serio me dijo:

- Es una ofrenda. La abuela me habló de estas cosas. Hay gente que deja
estas ofrendas.
- ¿Una ofrenda a quién? - pregunté.
- Es una ofrenda para el Diablo - me contestó una voz que llegó desde los
árboles que estaban detrás nuestro. Volteamos y vimos a un niño,
aparentemente de unos cuatro o cinco años, caminando rumbo a nosotros.
Vestía una especie de túnica blanca, y noté que estaba descalzo.

Vi que cruzó por encima de unas espinas sumamente agudas y duras que
crecen al ras del suelo, pero siguió andando como si no las notara.
No se si fue solo eso lo que me advirtió sobre su naturaleza sobrenatural,
o fue un presentimiento, o tal vez algo mas. Lo que se es que me asustó
muchísimo, y a Carlos también. Corrimos casi al mismo tiempo.
Nos habríamos alejado unos metros cuando vi que Carlos miró hacia atrás.
Lo que vio lo hizo lanzar un alarido de terror. Se que solo volteó
por un instante, pero aparentemente aquel niño, mas bien aquella aparición,
se había transformado en algo tan horrible, que Carlos desde ese día ya no
volvió a ser el mismo. Gritó hasta que salimos del bosque, después quedó
callado, y nunca mas habló.





sábado, 27 de agosto de 2011

Dentro del baúl

Carlos recién llegaba de la escuela. Cuando entró a su habitación para guardar
su mochila, vio que en ella había un enorme y viejo baúl.
Su madre estaba en la cocina, preparando el almuerzo.
- !Que porquería metieron en mi cuarto¡ !Sáquenla¡ - dijo Carlos, muy enfadado.
- A mi no me digas nada. Fue tu padre el que dejó ese baúl en tu cuarto.
Carlos fue hasta la sala, donde su padre leía un libro.
- !Papá¡ ¿Porqué metiste aquella porquería en mi cuarto?.
- ¿Porquería?. Las antigüedades que compro pagaron esta casa. Lo coloqué
en tu cuarto porque la otra habitación ya está llena. Tienes espacio de sobra.
Es solo por un día, o dos cuando mucho.

- Y si lo arrimamos hasta el corredor - propuso Carlos - Ahí hay lugar.
- Se queda en tu cuarto y se terminó. Ahora anda a lavarte las manos.

Carlos almorzó enfadado. A medida que el día fue pasando se olvidó del
asunto. Al llegar la noche recordó que tenía que dormir al lado de aquel
baúl. Durante la cena volvió a insistir:
- Papá. No quiero que esté en mi cuarto. Y si lo sacamos para el corredor.
- Ya hablamos sobre eso, es solo por un día.
- ¿Y que tiene adentro esa cosa?.
- Es mejor que no te lo diga - le contestó su padre.
- Diciendo eso lo vas a asustar - observó la madre de Carlos.

- ¿Por qué me va a asustar? ¿Qué hay adentro?.
- Nada…documentos, papeles, nada importante.
- ¿Y porque no querías decir que había? - insistió Carlos.
- Porque estamos cenando, y de ese tema ya hablamos.

La explicación de su padre no lo convenció. A la hora de dormir, entró
a su cuarto y se acercó al baúl. Consideró que era mejor abrirlo en ese
momento, y no pasar la noche asustado, pensando que habría dentro de el.
No tenía candado, lo cerraba un mecanismo simple, unas trabas.
Las abrió al mismo tiempo; la tapa del baúl saltó hacia atrás, con violencia, y
de su interior, surgió con rapidez, como si se pusiera de pie de un salto, un
personaje al que Carlos le tenía terror, un payaso.

El payaso quedó bamboleándose, con los brazos abiertos.
El susto fue tan grande que a Carlos se le paró el corazón. Con su último
aliento alcanzó a gritar, y sus padres lo oyeron. Cuando irrumpieron en
la habitación lo encontraron tirado en el suelo. El payaso aún se bamboleaba.
Era un muñeco impulsado por un resorte


jueves, 25 de agosto de 2011

Asustado por la tormenta

Durante la madrugada, sin encender la luz de la veladora, Mauricio bajó
de la cama y caminó hacia la ventana, la cual daba a la calle.
Fuera se desarrollaba una feroz tormenta. Abrió la cortina de la ventana y
miró hacia la calle. Las luces del alumbrado público, daban un tono
amarillento a la lluvia que caía inclinada por un fuerte viento. Por los bordes
de la calle corría un torrente de agua. Los árboles de las casas vecinas se
sacudían con violencia, y el viento les arrancaba hojas y ramas.

Cada pocos segundos, aquel caos era iluminado por relámpagos, y el
estruendo de los truenos hacía temblar a los muros de la casa.
Cuando sus piecitos descalzos se enfriaron, Mauricio regresó a la cama.
El viento se hizo más fuerte; la ventana comenzó a traquetear como si
la tormenta quisiera entrar a la habitación.

Una luz blanca precedió al estampido ensordecedor de un rayo que pegó
cerca de la casa. Mauricio se cubrió hasta la cabeza, y se tapó los oídos
con las manos. Seguidamente se escuchó otro rayo, y la lluvia aumentó
aún mas su intensidad.
Todo aquel ruido impidió que Mauricio se percatara que alguien había
entrado a su habitación. Se dio cuenta que no estaba solo cuando sintió
que tironeaban su cobija.

Creyó que era su madre, pero al destaparse la cabeza, vio que a su lado
había una silueta enorme y gruesa, muy diferente a la de su madre.
Gritó hasta que se encendió la luz, y reconoció el rostro de su vecina.

- ¡Hay Mauricio! ¡Perdoname que te asusté! Tenía que haber prendido
la luz apenas entré al cuarto. Esta tormenta también me tiene asustada.
Vine a ver si estabas bien, y te di tremendo susto ¡Perdoname! - le dijo
su vecina, evidentemente apenada.

Su madre estaba en el velorio de una tía, y le había pedido a una vecina
que cuidara a Mauricio, el que, asustado por la tormenta, lo había olvidado.



miércoles, 24 de agosto de 2011

Terror en las calles

El viento helado intentaba desarmar su refugio de cartón. Nicolás tiritaba sin parar.
Esa noche los trapos y cartones no eran suficientes para detener el frío. Bien sabía
que se podía morir en una noche así. El mismo había visto a otros vagabundos
amanecer muertos por el frío. Si no buscaba un refugio mejor el iba a correr esa
misma suerte.
Salió del callejón en donde estaba y dobló en una calle, apenas más iluminada
que el callejón, y casi igual de sucia y abandonada.

La noche inclemente había desolado las calles. Hasta las mujeres que rondan en
las esquinas habían faltado a su trabajo. Los perros callejeros dormían arroyados
entre la basura que se acumulaba en las veredas. Nicolás caminaba con los brazos
cruzados y el cuello hundido entre los hombros. Cada tanto llevaba sus manos
hasta la cara para calentarlas con el aliento.
Pasaba frente a un edificio ruinoso cuando escuchó una voz:

- Aquí adentro está mas caliente, si quiere pase - la voz parecía ser de una anciana.
La puerta estaba abierta; dentro estaba completamente oscuro. Nicolás iba a seguir
su camino cuando vio que en la oscuridad se producía un resplandor, y después
creció la luz de una llama, aparentemente una vela. La llama iluminó parcialmente
a una anciana vestida como indigente; estaba sentada al lado de una mesita en
donde estaba la vela. Nicolás desconfió, pero el frío de la calle y la promesa de
un lugar mas caliente, lo hicieron dejar su aprensión. Entró a la casa y cerró
la puerta tras de el.

- Ahí hay una silla, siéntese - dijo la anciana, con una sonrisa que arrugaba mas
su maltratada cara, y mostraba el abismo de su boca desdentada.
La habitación era muy amplia, y la luz no llegaba hasta sus rincones.
Nicolás miró a su alrededor, aún algo desconfiado, después le preguntó:
- ¿Usted vive aquí?.
- Por ahora. Antes vivía en otra ciudad, en la calle, junto a mi marido - la anciana
se inclinó y levantó una botella de caña que estaba sobre el suelo, y se la
ofreció. Mientras Nicolás empinaba la botella, la vieja siguió hablando:

- La cosa se puso fea en aquella ciudad, sabe, para la gente de la calle. Empezaron
a matar indigentes, los mutilaban y les chupaban la sangre ¡Era horrible!. Yo tenía
mucho miedo, sabe, a que nos pasara lo mismo. Mi marido decía que estábamos
A salvo, que no nos iba a pasar nada, pero yo no le creía, sabe. Un día mi marido
me dijo que era el el que hacía esas cosas. Por eso me vine para esta ciudad.

Nicolás dejó la botella arriba de la mesa. La historia de terror que la anciana
acababa de contarle, lo había asustado un poco. Apenas se atrevió a preguntar:
- ¿Y su marido donde está ahora?.
La anciana, sonrió maliciosamente y apagó la vela de un soplido.
- ¡Ahora el está detrás de ti!.


martes, 23 de agosto de 2011

Todas las noches

La oscuridad de la noche apenas permitía distinguir algunas formas.
El cielo estaba estrellado pero sin luna. Néstor estaba sentado cerca del
borde de una pequeña laguna, rodeada por un bosque alto y sombrío.
Sabía que estaba pescando pero hacía mucho que no sacaba algo. Solo
esperaba, mirando hacia el agua con infinita paciencia.
La laguna estaba completamente calma, inmóvil, como si estuviera hecha de
un cristal oscuro.

Ya no recordaba cuanto hacía que esperaba. Tenía una sensación vaga,
como un recuerdo borroso, de que estaba allí desde hacía mucho tiempo,
¿cuanto? No lo sabía, solo tenía la seguridad de que estaba pescando.
Desde la profundidad de bosque llegaba el canto enigmático y lúgubre de
un pájaro nocturno, rompiendo el silencio sepulcral que acompañaba a la
oscuridad.

Cada tanto, crujía alguna rama, o se escuchaba el trote de algún animal,
denunciado por las hojas secas que se amontonaban en el suelo del bosque.
A Néstor no le inquietaban esos ruidos, ya estaba acostumbrado.
Tampoco le asustaban los bultos oscuros que se movían costeando la laguna.
Sabía que solo eran animales, aunque no lograra identificarlos con claridad.
Salían de las sombras y avanzaban hasta el borde del agua, caminando con
paso desigual. Recorrían unos metros de costa y volvían a las sombras.

Lentamente la noche comenzó a retirarse ante la avanzada del día.
Entonces, Néstor, se disipó como un humo barrido por el viento.

domingo, 21 de agosto de 2011

Hacia el terror

Desde hace muchos años, probablemente desde mi niñez, comencé a sentirme
atraído por el arte. Era algo difuso y no sabía que camino tomar, que rama del
arte sería la que me gustaría, y sobre todo en la cual sería bueno (Aún no lo se).
En mi búsqueda, primero probé con la actuación.
Me inscribí en una clase de teatro. Casi al final del curso, sentí que la actuación
no era para mi. Me lo confirmó el profesor del curso. Cuando estaba eligiendo
quién participaría en la obra, me llamó aparte y me dijo:

- Mire, una obra de teatro no es solo el grupo de actores que participan en ella.
Hay gente que hace otro trabajo y es igual de importante, son parte del
equipo ¿Me entiende?.

Para resumir: el profesor me pidió que ayudara a los utileros.
Después que bajó el telón, al terminar la obra, comenzamos a desmontar la
escenografía. El teatro tenía dos corredores principales unidos por pasillos,
también tenía muchas puertas. Era un lugar muy amplio, y las voces de la
gente que estaba en los camerinos más próximos al escenario, se disipaba
con rapidez al avanzar por el corredor solitario.
Cargaba una mampara, iba a dejarla en el salón de utilería, situado en el
fondo de uno de los corredores, cuando al cruzar frente a una puerta,
escuché el llanto de una mujer.

El llanto se oía por demás lastimoso, me detuve a escucharlo, y vi que la
puerta comenzó a abrirse lentamente.
- ¡No mires para adentro! ¡Salí de ahí! - gritó uno de los utileros mientras
corría hacia mi.
En ese momento pensé que dentro del camerino había una actriz en paños
menores, como decían antes. Estuve tentado a mirar, pero voltee hacia un
lado y avancé por el corredor. El otro utilero cruzó sin mirar y me alcanzó.

- Cuando veas que esa puerta se abre no mires para adentro, ahí hay un
fantasma - me advirtió el utilero.
- ¡Un fantasma!. No me la creo - le dije con aire de incredulidad.
- Es cierto, es el fantasma de una actriz que se suicido en ese camerino.

Permanecí incrédulo, creí que intentaba gastarme una broma. Aún tengo
la costumbre de tomarme casi todo en broma.
Una semana después, cuando bajaron el telón del teatro, tomé la misma
mampara y me dirigí al salón de utilería. Crucé lentamente frente a la puerta, y,
nuevamente, escuché el llanto de mujer. De nuevo la puerta comenzó a abrirse.
Mi corazón comenzó a latir mas fuerte. El porque decidí mirar hacia adentro
no lo se bien. Creo que fue por una mezcla de cosas; curiosidad, arrojo, y
seguramente una gran medida de estupidez.

A medida que la puerta se iba abriendo, experimenté, repentinamente, un
terror súbito y atroz. Antes de ver algo cerré mis ojos, y escuché como el
llanto se oía cada vez mas cerca. Lo que estuviera delante de mi, ya estaba
a menos de un paso. Sin abrir los ojos, di unos pasos lateralmente.
Al alejarme de la puerta escuché como esta se cerraba, solo entonces abrí
los ojos. Ahí terminó mi carrera en el teatro.

Nunca creí que mi búsqueda del arte fuera ha llevarme hacia el terror.



viernes, 19 de agosto de 2011

Así comenzó la plaga zombie

Esteban manejaba su coche por una calle con poco tránsito. Al escuchar su canción
favorita, subió el volumen del radio, y se distrajo solo por un instante, pero ese
momento de desatención fue suficiente para que una camioneta lo chocara desde
un costado.
Primero escuchó un ruido como de estallido, después que todo giraba, y las fuerzas
del choque sacudían su cuerpo para todos lados. Inmediatamente experimentó un
intenso dolor, el mas fuerte que sintió en su vida, hasta ese momento.
Se desmayó, calló en la inconciencia, en la oscuridad, en el silencio absoluto.

Mientras los bomberos lo rescataban, escuchó algunos sonidos que parecían
llegarle desde muy lejos, mas su mente aún no los procesaba.
Despertó en la sala de emergencias de un hospital, cuando le cortaban la ropa.
Una enfermera que lo advirtió le avisó al doctor:
- Doctor, creo que está conciente.
El médico le examinó las pupilas.
- Quédese tranquilo. Ahora lo vamos a sedar.

Esta vez sintió que se empequeñecía. Le parecía que su ser, ahora diminuto, se
refugiaba en una región oscura de su cerebro, y que todo su cuerpo era un
gigantesco recipiente vacío.
En el lugar en donde estaba, el tiempo y las nociones de espacio no tenían
sentido. El mismo pasó a ser parte de la oscuridad, como si se hubiera disuelto
en ella. Repentinamente la oscuridad comenzó a disiparse, como un cielo
nublado que se abre. Las imágenes de un paisaje desértico y árido llegaron a
el, y luego comenzó a volar sobre ese paisaje.

Era una tierra ardiente, quemada por un sol implacable. Los árboles, resecos,
se resquebrajaban. Por el cause seco de los arroyos, cruzaban remolinos de
arena. Llegó hasta los muros de una ciudad de piedra, tan estéril como el
desierto que la rodeaba, y de apariencia antigua. Era un lugar en un pasado
lejano, olvidado por la historia.
Todos sus habitantes estaban muertos, pero algunos de ellos estaban de pie,
caminando sobre sus ruinas, y la carne de los que no se movían era su alimento.
En un instante, Esteban paso de observarlos a ser uno de ellos.
Se alimentó de los restos de los caídos y vagó por la ciudad, rodeado de
otros muertos vivientes.

Despertó nuevamente. Estaba en la morgue; una sábana cubría su cuerpo.
Un doctor que practicaba una autopsia, no advirtió que Esteban se había
levantado, y se le acercaba por detrás.
Así comenzó la plaga zombie.



jueves, 18 de agosto de 2011

Afuera anda algo

- ¿Qué fue ese ruido? - susurró Marcela.
- ¿Qué? Yo no oí nada - le contestó Bruno, medio dormido.
Estaban en un camping, dentro de una carpa. La noche era oscura. El bosque
que los rodeaba se mecía con el viento que cruzaba aullando entre los pinos.
A unos treinta metros había una laguna. Pequeñas olas chocaban contra la orilla,
produciendo un constante ruido a agua, inalterable en sus variaciones.

- Ahí está de nuevo. Alguien está rondando la carpa. Escucho como una
respiración agitada.
- Yo no escucho nada, a no ser el viento, debe ser lo que oyes, el viento.
- No es el viento, es una respiración agitada - insistió Marcela.
- Entonces es una pareja !Jeje¡. No somos los únicos en este campamento.
- No bromees. Afuera anda algo.
- Está bien, voy a salir a mirar.
- !No¡ mejor no salgas.
- Si no salgo vas a seguir con esto toda la noche, te conozco. Alcánzame la
linterna. Espero que no sea un zorrillo, si me orina…

Bruno salió de la carpa, y jamás regresó.
A partir de ahí Marcela vivió días espantosos. La búsqueda de la policía duró
dos semanas; no encontraron ni el menor rastro de Bruno, había desaparecido.
Marcela estaba en su casa, pensativa, cuando escuchó que golpearon la puerta.
Como ya era de noche no la abrió, observó por la mirilla: Vio algo que la hizo
apartar la cara de la puerta con gesto de terror. Luego reflexionó por un
instante, volvió a mirar, y después abrió la puerta.

- !Bruno¡ - exclamó Marcela. El estaba en el portal.
Su aspecto era aterrador. La piel de su cara estaba gris, y colgaba por los
costados, como si se le fuera a caer.
- Vine a decirte lo que andaba fuera de la carpa - dijo repentinamente Bruno.
Marcela quedó algo confundida, demoró unos segundos en preguntar:
- ¿Qué era lo que andaba afuera?.
El se llevó la mano a la cara, y seguidamente se quitó la piel, como una máscara.
- !Era yo¡.




miércoles, 17 de agosto de 2011

El viejo

- Me voy despidiendo - dijo Facundo al levantarse de la mesa - Estuvo todo
muy lindo. Espero que cumpla muchos años mas vecino, aunque creo que ya
tiene mas años de los que dice, pero bueno…- bromeó Facundo.
- Puede ser que se me olvidara alguno, los viejos olvidamos cosas !Jeje¡ - dijo
el cumpleañero.
Los invitados eran todos parientes o vecinos de la zona. La casa estaba a unos
metros de un camino rural, y era la única en varias cuadras a la redonda. El campo
predominaba en aquel paisaje, donde se alternaba alguna que otra plantación con
pequeños bosques de eucaliptos.

Ya era casi medianoche. La luna iluminaba desde lo alto del cielo. Facundo decidió
ahorrarse unas cuadras de caminata, y entonces, en vez de tomar el camino, salió
cortando campo. El ruido del cumpleaños, que aún seguía, se fue apagando
hasta desaparecer en el silencio que ronda por los campos y envuelve el paisaje en
inquietante quietud.
Facundo era un hombre supersticioso, pero a la vez valiente, y depositaba su
confianza en sus “Amuletos de la suerte”, su pistola y su puñal.

Se internó en un sendero que dividía un bosquecillo. Por la mitad de su recorrido
escuchó el crujido de una rama, y al volverse vio la silueta jorobada de un
hombre, cargando una gran bolsa sobre su hombro, que atravesaba en diagonal
el sendero. “El viejo de la bolsa” pensó Facundo, y sintió un escalofrío trepándole
por la espalda.
La bolsa que cargaba el viejo se iba moviendo, y de ella brotó un sonido similar a
un llanto. “Se está llevando a un niño”. Aquel pensamiento hizo que reaccionara;
sacó su pistola y disparó varias veces, tratando de no darle a la bolsa.

El viejo calló al suelo, luego se arrastró un par de metros, gimiendo, después
quedó quieto. Lo que llevaba en la bolsa se liberó; era un cordero.
El viejo no era el monstruo que según el folclore, anda por las noches buscando
niños traviesos para llevarlos en su bolsa; solo era un vagabundo robando un
cordero.



viernes, 12 de agosto de 2011

Hasta la última gota

Ni una estrella asomaba en el cielo nocturno. Richard atravesaba aquella noche
negra, conduciendo su auto por una carretera apartada de todo.
Terminaba de cruzar por una zona baja, cubierta de bruma, cuando vio algo que
brillaba en un costado de la carretera. Eran las luces traseras de un auto.
Estaba volcado en una canaleta.
Richard bajó de su coche, linterna en mano. En el vehículo había dos cuerpos,
eran dos hombres.

Estaban muertos, pálidos y con los ojos blanquecinos, como nublados.
Richard notó algo raro en aquellos cuerpos, pero antes de que razonara que era,
escuchó un gemido débil que lo hizo voltear hacia la oscuridad.
Había otro cuerpo, tirado sobre el pasto. Por la cabellera Richard distinguió
que era una mujer.
Toda aquella escena era algo impactante, pero al enfocar directamente la cara
de la mujer, sintió como los pelos se le ponían de punta.

Unas oscuras ojeras rodeaban sus ojos, los cuales estaban inyectados de sangre.
Tenía una nariz achatada, y sus fosas nasales eran muy amplias. La mujer
sonreía, dejando ver unos dientes ensangrentados y puntiagudos. Era delgada,
mas el abdomen estaba notoriamente hinchado. Repentinamente volteó hacia
el, y sonrió aún mas, y aquellos ojos enrojecidos comenzaron a seguirlo.
Richard retrocedió hasta su auto, estaba a punto de arrancar pero se detuvo.

“¿Qué estoy haciendo?. No puedo abandonar a esa mujer. Seguramente su
apariencia es debido al accidente, claro, es eso, debe tener hemorragia en
los ojos, y se habrá lastimado la nariz. Tiene que ser eso” pensó Richard.
Volvió a donde estaba la mujer pero no la encontró.
- ¿Señora, donde está? - Richard giraba y buscaba con la linterna.
Escuchó un crujido detrás de el. Antes de que pudiera voltearse, sintió
como le aferraban los brazos, y seguidamente la cabeza de la mujer asomó
por encima de su hombro.

Aquella boca de dientes puntiagudos se cerró sobre su cuello.
Antes de sucumbir, Richard se dio cuenta que lo extraño en la escena de
aquel accidente, era la falta de sangre, no había manchas en los cuerpos
ni sobre el auto. En ese momento comprendió a que se debía el abdomen
hinchado de la mujer, o lo que fuera aquello. La había sorprendido mientras
descansaba, repleta de la sangre de sus víctimas.


domingo, 7 de agosto de 2011

El monstruo

Después de varios kilómetros dando tirones, el auto en el que viajaba David y
su padre dejó de andar.
- !En donde nos viene a fallar el maldito auto¡ !en medio de la nada¡ - dijo el
padre de David, que se llamaba Miguel.
Habían estado pescando durante todo el día, y se hicieron al camino ya entrada
la noche. El auto se detuvo en un camino apartado, en una zona despoblada.
A los lados del camino comenzaba un bosque. Era una noche clara de luna.

- Voy a revisar el motor, espero que sea algo fácil. No salgas del auto, que
ya refrescó, si te resfrías después tu madre me cae encima.
- Papá, ¿Y si no lo puedes arreglar?.
- Si no lo arreglo no pasa nada, dormimos en el auto y seguro que mañana
alguien cruza por aquí y nos ayuda.
Mientras su padre revisaba el motor, David miraba a su alrededor. El bosque
iluminado por la luna, tenía un aspecto aterrador. Entre las ramas cubiertas de
hojas, en los troncos nudosos, y en las sombras, parecían formarse siluetas y
caras monstruosas.

David se estremeció ante la aparición repentina de una cabeza por demás
grotesca, que se asomó entre unas ramas, y después de sonreír con una boca
enorme, le hizo un guiño con un ojo.
- !Papá¡ !un monstruo¡ - gritó David con todas sus fuerzas.
- ¿Qué pasó, que viste?.
- !Allí esta, me está mirando¡ !que se vaya¡.
Miguel buscó con la vista y la vio; sus orejas no estaban a los lados, estaban
en la frente, y caían hasta casi tocar unos ojos pequeños. Tenía hocico y una
nariz enorme, la boca era como un abismo, ancho y negro.

Miguel quedó paralizado, mirando aquella cabeza. Después de un momento
de terror, creyó reconocer aquellos rasgos.
- !Es un cerdo¡ !que susto me dio, bicho de m…¡. David, no te asustes, es
un cerdo, mírale las orejas, y la nariz.
- Si es un cerdo porque se está riendo, mira como hace con la boca - observó
David, llorando. A su padre también le pareció que sonreía, pero quiso
convencerse de que solo era un animal. Tomó una piedra y se la arrojó cerca.

- !Fuera¡, !ah¡ !salga bicho¡ - gritó Miguel. La cabeza desapareció entre el
follaje - Viste, era un cerdo, ahora se fue. No pude arreglar el auto, hay que
pasar la noche aquí.
- ¿Y si el chancho vuelve?.
- No va a volver, lo asusté. Yo duermo aquí, vos dormís en el asiento trasero.
David estuvo despierto un par de horas, pero al final el sueño lo terminó
venciendo.
Despertó al escuchar que golpeaban la ventanilla.
- !David, despiértate ¡ salí del auto, ven, nos vamos.
- ¿Adonde vamos papá?.
- Encontré una casa aquí cerquita, vamos, dame la mano.

David le dio la mano y se adentraron en las sombras del bosque.
En el interior del auto quedó el cuerpo de Miguel, aquella criatura lo había
asesinado, y ahora vestía como el.
- Papá, ¿porqué te pusiste el sombrero?. No se te ve la cara, !papá¡.

sábado, 6 de agosto de 2011

La cama embrujada

Ya había oscurecido cuando Víctor llegó a la casa de subastas.
Iba rumbo al depósito cuando se cruzó con los hombres que cargaban las cosas.
- ¿Cómo andan muchachos, hubo mucho trabajo hoy? - preguntó Víctor.
- Bastante si. Trajimos unos muebles antiguos de una casa, !como pesan esos
muebles¡, son todos de madera maciza - le contestó uno de los hombres.
- Antes los hacían como para que duraran - observó Víctor.
- Cierto, ahora son todos de madera enchapada. !Nos vemos mañana¡.

Todos los empleados de la subasta se marcharon, Víctor era el vigilante del
local. Solo algunas luces iluminaban el depósito, los demás salones quedaban
a oscuras. En el depósito había todo tipo de cosas: Desde electrodomésticos
usados hasta obras de arte, pero principalmente había muebles, y entre ellos,
Víctor vio una cama. Era muy grande y hasta tenía el colchón, que parecía
muy viejo, y estaba todo manchado.

Durante la madrugada, mientras tomaba un descanso y se servía una taza
De café, escuchó un ruido, en el depósito.
Con tantas cosas apiladas, no era raro que algo se cayera, normalmente
escuchaba ruidos, pero siempre investigaba, era su trabajo.
Las estanterías producían muchas sombras, y solo la mitad de las luces
permanecían encendidas. Víctor avanzó sosteniendo la linterna en
una mano, con la otra acariciaba la cacha de su pistola.

Al acercarse a la cama, notó que sobre ella había movimiento. Eran dos
bultos que se movían, dos figuras humanas, retorciéndose con sobrenatural
rapidez. Al enfocarlas con la linterna, las figuras se volvieron hacia el.
Eran dos ancianos, estaban sentados sobre la cama, tenían los ojos blancos y
la cara muy delgada, eran casi esqueletos.
Víctor retrocedió lentamente, los fantasmas dejaron de mirarlo, y comenzaron
nuevamente a retorcerse, como si convulsionaran.

Apenas amaneció llegó el dueño de la subasta. Víctor estaba en un pequeño
patio interior, hacía barias horas que estaba allí.
- !Buen día Víctor¡.
- Buen día señor.
- Hoy va a ser un buen día. Tengo varios artículos interesantes que se van a
subastar muy bien. ¿Viste la cama que llegó ayer?.
- La vi si - dijo Víctor.
- En esa cama se mató un matrimonio de viejos, creo que se envenenaron.
Hay un montón de locos que pagan cualquier cosa por algo así.
- Entonces espero que la vendan hoy mismo - dijo Víctor.

viernes, 5 de agosto de 2011

Los hermanos

Inspirados por un programa televisivo de supervivencia, los hermanos Jaime y
Aníbal, decidieron tener su propia aventura.
A sus padres no les pareció buena idea, pero como los dos ya eran mayores,
la aventura se puso en marcha.
Su padre los llevó en camioneta hasta la orilla de un monte. Un rato después,
caminaban entre una espesa fronda verde oscura, intrincada y silenciosa.

- ¿No hay pájaros en este monte?, no creí que fuera tan silencioso - dijo Jaime.
- Es cierto, no se oye nada, también creí que sería algo mas lleno de vida, que
abría mas ruido o algo.
Los dos se detuvieron a escuchar. Sobre sus cabezas el monte formaba una
cúpula de ramas enmarañadas. El suelo era una mezcla de lodo oscuro y
hojas descompuestas, y por todas partes había ramas. Los árboles exponían
sus raíces retorcidas, y luego las hundían en aquella tierra oscura.

Su marcha se hizo lenta y penosa. El sol se fue escondiendo detrás de un cerro,
las sombras se fueron apretando hasta cubrir cada centímetro de suelo.
- Hay que buscar en lugar para acampar - dijo Aníbal - Es temprano pero ya
está oscureciendo.
- No quiero pasar la noche en este lugar, ¿y si volvemos al camino?.
- Jaja…!miedoso¡ hay que seguir. Además ya no nos da para dar vuelta,
¿Cuánto demoramos para llegar hasta aquí?.
- Claro, nos agarraría la noche, bueno, entonces busquemos algo, un refugio
natural - dijo Jaime.

Como el paisaje seguía invariable, y la noche estaba cada vez mas cerca,
decidieron acampar en aquel lugar. Armaron la carpa y juntaron leña.
Cuando la oscuridad se hizo completa, ya tenían el fuego encendido.
- Ahora si estamos como en el programa, sentados al lado del fuego.
Que lástima que no casamos algo, para comer como en el programa.
Comentó Jaime, su hermano hacía un buen rato que estaba callado.

- La verdad es que no me gusta ese programa - mientras Aníbal hablaba, las
llamas del fuego iluminaban una mueca extraña en su rostro. Hizo una breve
pausa y volvió a hablar - Te voy a decir porqué quise venir a acampar. La
verdad es que pienso matarte.
Si Aníbal hubiera dicho eso en otra situación, seguro que Jaime se echaría a reír,
pero la mueca de su rostro, sus ojos brillando ante la luz de la fogata, hicieron
que Jaime se levantara.

- ¿Porqué dices eso?. No es gracioso - alcanzó a hablar Jaime, titubeando.
-¿Porqué?…porque siempre fuiste el favorito de mamá y papá. Siempre te
dieron los mejores regalos, te trataban mejor, siempre tuve la impresión de
que sobro en la familia, !te odio¡ - Aníbal sacó un cuchillo de su mochila.
Jaime retrocedió unos pasos, y al hacerlo tropezó y calló, Aníbal se abalanzó
sobre el. La luz del fogón iluminó aquella escena aterradora, macabra.

Aníbal se irguió, su ropa estaba teñida de rojo, sus ojos casi desorbitados, y
su cara exhibía una sonrisa lunática. Entonces el monte se llenó de carcajadas.

jueves, 4 de agosto de 2011

Una aparición

La lluvia había cesado, pero el agua aún corría por las calles.
El reloj de Andrade marcaba las once y media de la noche, su ronda aún no
terminaba. El mal tiempo mantenía a la gente en su hogar. Por encima de las
luces de la ciudad, la tormenta se estremecía entre relámpagos.

Andrade siguió caminando, cubierto por una capa impermeable. Bajo la sombra
de su gorra de policía, sus ojos inspeccionaban los pórticos oscuros, los corredores
que separaban las casas, y en especial las edificaciones abandonadas que abundaban
en aquella calle.
Fue al cruzar frente a una casa ruinosa que alguien, o algo le chistó:
- !Psss…psss¡.
Andrade volteó hacia una ventana. La ventana daba hacia la oscuridad, y desde
aquellas tinieblas, emergió el pálido rostro de una muchacha, que sonreía de forma
macabra. Andrade notó que solo era una cabeza, flotando en la oscuridad,
meciéndose hacia los lados, subiendo, acercándose y alejándose de la ventana, con
movimiento pendular.

Cuando consiguió apartar sus ojos de aquella macabra escena, se santiguó y se
marchó lo mas rápido que pudo, seguro de que aquello era una aparición.
Un día después, cuando llegó a la jefatura, se enteró de una noticia terrible.
Habían matado y decapitado a una muchacha, en la casa abandonada por donde
el cruzó. Lo que vio no fue una aparición, era la cabeza de la muchacha sostenida
por la mano del asesino, oculto en la oscuridad.