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jueves, 25 de agosto de 2011

Asustado por la tormenta

Durante la madrugada, sin encender la luz de la veladora, Mauricio bajó
de la cama y caminó hacia la ventana, la cual daba a la calle.
Fuera se desarrollaba una feroz tormenta. Abrió la cortina de la ventana y
miró hacia la calle. Las luces del alumbrado público, daban un tono
amarillento a la lluvia que caía inclinada por un fuerte viento. Por los bordes
de la calle corría un torrente de agua. Los árboles de las casas vecinas se
sacudían con violencia, y el viento les arrancaba hojas y ramas.

Cada pocos segundos, aquel caos era iluminado por relámpagos, y el
estruendo de los truenos hacía temblar a los muros de la casa.
Cuando sus piecitos descalzos se enfriaron, Mauricio regresó a la cama.
El viento se hizo más fuerte; la ventana comenzó a traquetear como si
la tormenta quisiera entrar a la habitación.

Una luz blanca precedió al estampido ensordecedor de un rayo que pegó
cerca de la casa. Mauricio se cubrió hasta la cabeza, y se tapó los oídos
con las manos. Seguidamente se escuchó otro rayo, y la lluvia aumentó
aún mas su intensidad.
Todo aquel ruido impidió que Mauricio se percatara que alguien había
entrado a su habitación. Se dio cuenta que no estaba solo cuando sintió
que tironeaban su cobija.

Creyó que era su madre, pero al destaparse la cabeza, vio que a su lado
había una silueta enorme y gruesa, muy diferente a la de su madre.
Gritó hasta que se encendió la luz, y reconoció el rostro de su vecina.

- ¡Hay Mauricio! ¡Perdoname que te asusté! Tenía que haber prendido
la luz apenas entré al cuarto. Esta tormenta también me tiene asustada.
Vine a ver si estabas bien, y te di tremendo susto ¡Perdoname! - le dijo
su vecina, evidentemente apenada.

Su madre estaba en el velorio de una tía, y le había pedido a una vecina
que cuidara a Mauricio, el que, asustado por la tormenta, lo había olvidado.



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