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miércoles, 24 de agosto de 2011

Terror en las calles

El viento helado intentaba desarmar su refugio de cartón. Nicolás tiritaba sin parar.
Esa noche los trapos y cartones no eran suficientes para detener el frío. Bien sabía
que se podía morir en una noche así. El mismo había visto a otros vagabundos
amanecer muertos por el frío. Si no buscaba un refugio mejor el iba a correr esa
misma suerte.
Salió del callejón en donde estaba y dobló en una calle, apenas más iluminada
que el callejón, y casi igual de sucia y abandonada.

La noche inclemente había desolado las calles. Hasta las mujeres que rondan en
las esquinas habían faltado a su trabajo. Los perros callejeros dormían arroyados
entre la basura que se acumulaba en las veredas. Nicolás caminaba con los brazos
cruzados y el cuello hundido entre los hombros. Cada tanto llevaba sus manos
hasta la cara para calentarlas con el aliento.
Pasaba frente a un edificio ruinoso cuando escuchó una voz:

- Aquí adentro está mas caliente, si quiere pase - la voz parecía ser de una anciana.
La puerta estaba abierta; dentro estaba completamente oscuro. Nicolás iba a seguir
su camino cuando vio que en la oscuridad se producía un resplandor, y después
creció la luz de una llama, aparentemente una vela. La llama iluminó parcialmente
a una anciana vestida como indigente; estaba sentada al lado de una mesita en
donde estaba la vela. Nicolás desconfió, pero el frío de la calle y la promesa de
un lugar mas caliente, lo hicieron dejar su aprensión. Entró a la casa y cerró
la puerta tras de el.

- Ahí hay una silla, siéntese - dijo la anciana, con una sonrisa que arrugaba mas
su maltratada cara, y mostraba el abismo de su boca desdentada.
La habitación era muy amplia, y la luz no llegaba hasta sus rincones.
Nicolás miró a su alrededor, aún algo desconfiado, después le preguntó:
- ¿Usted vive aquí?.
- Por ahora. Antes vivía en otra ciudad, en la calle, junto a mi marido - la anciana
se inclinó y levantó una botella de caña que estaba sobre el suelo, y se la
ofreció. Mientras Nicolás empinaba la botella, la vieja siguió hablando:

- La cosa se puso fea en aquella ciudad, sabe, para la gente de la calle. Empezaron
a matar indigentes, los mutilaban y les chupaban la sangre ¡Era horrible!. Yo tenía
mucho miedo, sabe, a que nos pasara lo mismo. Mi marido decía que estábamos
A salvo, que no nos iba a pasar nada, pero yo no le creía, sabe. Un día mi marido
me dijo que era el el que hacía esas cosas. Por eso me vine para esta ciudad.

Nicolás dejó la botella arriba de la mesa. La historia de terror que la anciana
acababa de contarle, lo había asustado un poco. Apenas se atrevió a preguntar:
- ¿Y su marido donde está ahora?.
La anciana, sonrió maliciosamente y apagó la vela de un soplido.
- ¡Ahora el está detrás de ti!.


7 comentarios:

Anónimo dijo...

La historia es buenísima. ¿si pudiera contar lo que pasó después?
Bueno felicidades por tu historia

Anónimo dijo...

Quien es el autor...porfa la historia esta muy buena pero necesito saber el autor..si eres tan amable de decirme te lo agradeceria :D

Jorge Leal dijo...

Yo soy el autor de este y de todos los cuentos que están en el blog.
Mi nombre es Jorge Leal.
Saludos!.

Emiliano dijo...

Era tan sólo una trampa, pobre Nicolás.

Anónimo dijo...

Muchas gracias Jorge...felicidades sigue asi! :D

Monteolimpo dijo...

Tienes excelente redacción y una capacidad increíble de atraparnos en tu literatura en tan pocas líneas...

Hace unos pocos días estoy siguiendo tus creaciones, son bastante interesantes, es más, hoy me voy de campamento con mis amigos Scouts, y no dudaré en recopilar algunas de tus historias y contarlas, ¡Será un honor! Bendiciones.

Jorge Leal dijo...

Gracias por el comentario Monteolimpo.¡Siempre listo!.

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