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martes, 23 de agosto de 2011

Todas las noches

La oscuridad de la noche apenas permitía distinguir algunas formas.
El cielo estaba estrellado pero sin luna. Néstor estaba sentado cerca del
borde de una pequeña laguna, rodeada por un bosque alto y sombrío.
Sabía que estaba pescando pero hacía mucho que no sacaba algo. Solo
esperaba, mirando hacia el agua con infinita paciencia.
La laguna estaba completamente calma, inmóvil, como si estuviera hecha de
un cristal oscuro.

Ya no recordaba cuanto hacía que esperaba. Tenía una sensación vaga,
como un recuerdo borroso, de que estaba allí desde hacía mucho tiempo,
¿cuanto? No lo sabía, solo tenía la seguridad de que estaba pescando.
Desde la profundidad de bosque llegaba el canto enigmático y lúgubre de
un pájaro nocturno, rompiendo el silencio sepulcral que acompañaba a la
oscuridad.

Cada tanto, crujía alguna rama, o se escuchaba el trote de algún animal,
denunciado por las hojas secas que se amontonaban en el suelo del bosque.
A Néstor no le inquietaban esos ruidos, ya estaba acostumbrado.
Tampoco le asustaban los bultos oscuros que se movían costeando la laguna.
Sabía que solo eran animales, aunque no lograra identificarlos con claridad.
Salían de las sombras y avanzaban hasta el borde del agua, caminando con
paso desigual. Recorrían unos metros de costa y volvían a las sombras.

Lentamente la noche comenzó a retirarse ante la avanzada del día.
Entonces, Néstor, se disipó como un humo barrido por el viento.

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