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jueves, 22 de septiembre de 2011

Muerto

Clara se levantó al amanecer. Antes de preparar el desayuno fue a ver como estaba
el Señor Ramírez.
Clara trabajaba como cuidadora. Ramírez, su empleador, era un anciano que estaba
enfermo desde hacía mucho tiempo. Él no tenía familia ni conocidos, y no era extraño
que fuera así. Tenía muy mal carácter, era autoritario, nunca sonreía, y sus ojos celestes
parecían llenos de odio y maldad.
Subió las escaleras y fue hasta la puerta de la habitación en donde dormía el viejo.

- ¡Señor Ramírez! ¿Puedo pasar?

El viejo no respondía. Clara acercó su oído a la puerta, después golpeó nuevamente.

- ¡Señor! ¿Está usted bien? - como no le respondía entró a la habitación.

Ramírez estaba con sus ojos celestes bien abiertos, fijos en algún lugar del techo.
El rostro, más serio que nunca, estaba inmóvil. Su cabeza calva estaba hundida en la
almohada; sus brazos estaban por fuera de las sábanas, que solo lo cubrían hasta la
mitad de su ancho pecho.
Clara se inclinó hacia él y revisó sus signos vitales; no tenía pulso y estaba frío, su
cuerpo ya estaba rígido: Estaba muerto.
El único teléfono que había en la casa estaba allí mismo, en el cuarto del viejo.
Estaba de espaldas a la cama, marcando el número de la Funeraria, cuando escuchó
que una voz espantosa, aterradora, que reverberó por toda la casa, decía su nombre.

- ¡Clara…!

Al volverse vio que él viejo estaba sentado en la cama, y sonreía de una forma
asquerosa. Clara dejó caer el teléfono y corrió hacia la puerta. Lo que ocupaba el
cuerpo del viejo la siguió con la mirada.
Ése día Clara no llamó a la Funeraria. Huyó de allí y fue hasta su casa. Al otro día,
cuando estaba más calmada, hizo la llamada desde su hogar.
Cuando entraron los de la Funeraria, el viejo estaba en la misma posición en que lo
encontrara Clara; mas en su cara seguía plasmada aquella sonrisa asquerosa.

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