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lunes, 19 de septiembre de 2011

El terror está entre nosotros

Durante el día había llovido torrencialmente. La tierra de aquel lugar, amasada por el
trajinar de las maquinarias de construcción; se había convertido en un pegajoso lodo,
que al llegar la noche brillaba bajo las luces de los reflectores.
En aquel terreno donde se iban a construir viviendas, estaba la casilla de Antonio; el
encargado de vigilar todo lo que allí había.
Aquella casilla de tres por dos, construida con las maderas sobrantes de un encofrado,
apenas lo resguardaba de la gélida noche. El viento se colaba entre las rendijas que
se habrían entre la madera. La puerta, media floja, golpeaba continuamente contra el
marco, como si en cualquier momento fuera a salir volando.

Antonio, sentado en un banquillo, sorbía tragos de café mientras leía un libro de cuentos
de terror. Sobre él, pendiendo de un cable, se hamacaba una lamparilla; cuya luz atraía a
un par de polillas que revoloteaban en torno a ella.
A medida que pasaba las páginas, su mente se iba concentrando más en la lectura.
En su imaginación: recorrió páramos desolados, cubiertos por nieblas misteriosas, en
donde habitaban hombres lobo y vampiros. Se paseó por catacumbas y castillos encantados.
Caminó por los oscuros pasillos de casas góticas, en donde había fantasmas.

Repentinamente algo lo distrajo de su lectura. Se estremeció como quien despierta de un
ensueño profundo. Miró a su alrededor. En una de las aberturas de las paredes, en una
rendija entre la madera, vio a un ojo humano; alguien lo espiaba.
Apenas salió de la casilla le golpearon la cabeza con un hierro. Un ladrón esperaba su
salida detrás de la puerta. Él cómplice de este, él que espiaba por la rendija, apareció
después y le dio otro golpe. Los mal vivientes comenzaron a recorrer el lugar.
Antonio quedó tirado sobre el lodo. Lentamente la vida se le escapaba por la herida
abierta en su cabeza.

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