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viernes, 16 de septiembre de 2011

En el coche fúnebre

La noche estaba calurosa y soplaban ráfagas de viento cálido. Regresaba a mi casa
caminando. Salí de las luces de la ciudad y avancé por la carretera que cruza por
mi barrio. La noche estaba clara; una luna redonda y pálida me miraba desde lo
alto del cielo, unos nubarrones oscuros la rodeaban, promesas de una lluvia que
no llegaba desde hacía semanas.
De repente un vehículo frenó a mi lado, era un coche fúnebre.

- ¿Te arrimo hasta el barrio? - dijo el conductor, asomándose por la ventanilla.

Era un conocido del barrio, vivía cerca de mi casa, trabajaba en la empresa fúnebre
desde hacía muchos años. No me gustó la idea de viajar en aquel vehículo; pero no
tenía ganas de caminar.

- Vas a llevar a alguien vivo para variar - dije en tono de broma.
- ¡Jaja! Siempre que veo conocidos me ofrezco para levarlos, pero la mayoría no
quiere ¡No se porque será! ¡Jajaja!

- ¿Hay algún finado ahí atrás? - le pregunté.
- Sí, un hombre, lo entierran mañana, en la capital.
- ¿Vas a manejar toda la noche con un muerto ahí atrás?
- Es mi trabajo, estoy acostumbrado. Para mi es lo más natural del mundo.

Ya casi llegábamos al barrio cuando sentí un escalofrío correr por mi espalda.
Miré hacia la ventanilla que había detrás de nosotros y, vi a un hombre con la
cara y las manos apoyadas en el vidrio, mirándonos fijamente.

- ¡Él muerto está vivo! - grité.

El chofer volteó hacia la ventanilla y también lo vio. Frenó bruscamente y se
bajó, yo hice lo mismo. Fuimos hasta la parte de atrás del vehículo y abrimos la
puerta. Nos sorprendimos y espantamos a la vez, al ver que el hombre ya no
estaba. En realidad si estaba, pero muerto y dentro del ataúd, nos cercioramos
de ello. Lo que habíamos visto fue su fantasma.

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