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miércoles, 7 de septiembre de 2011

La casa encantada

Héctor trabajaba en una empresa encuestadora. En esa ocasión estaba en un
pueblo pequeño. A el le tocó trabajar en una calle que se apartaba del pueblo.
La calle era un camino de tierra con una sucesión de casitas humildes en uno
de sus lados, y estaban rodeadas de campo y tierra sembrada.
La gente de los pueblos suele ser conversadora, y en cada hogar demoró mas
de lo que esperaba. Cuando llegó a la última casa, el sol ya había descendido
en el horizonte rojizo que se recortaba por encima de una arboleda lejana.

Al salir de la casa pensó que había terminado su trabajo; pero entonces vio
una luz, y alcanzó a distinguir, entre la oscuridad que ya reinaba, el contorno
de otra vivienda que no había notado. Estaba bastante apartada de las otras, al
final de la calle.
Héctor dudó, lo pensó por unos segundos. Terminó decidiéndose por encuestar
aquel hogar también. Aún era muy temprano y se veía una luz encendida.

Golpeó la puerta y esta se abrió con un rechinido de bisagras desengrasadas.
Una anciana apareció en el umbral: tenía los labios muy finos y contraídos,
arrugados, su mentón era diminuto en proporción a su cabeza, la cual era
sostenida por un cuello delgado y anormalmente largo, su pelo gris, caía en
bucles sobre sus angostos hombros. La anciana llevaba una vela encendida
sobre un portavelas que parecía antiguo.
A Héctor le causó mucha impresión el aspecto de aquella mujer, pero lo
disimuló.

- ¡Buenas noches! - saludó Héctor - Discúlpeme si la molesto. Estamos
haciendo una encuesta. Ya estuve en los otros hogares, son solo algunas
preguntas las que le haré, si usted quiere.

La anciana inclinó la cabeza como aprobando, giró, y con paso lento
caminó hacia la sala de la casa. Héctor la siguió.
La sala era iluminada por unas velas dispuestas sobre una mesa. Una capa
de polvo lo cubría todo: a los muebles, al piso, estaba sobre los sillones, y
hacía arquearse hacia abajo a las abundantes telas de araña.
Héctor estaba por hacer su primer pregunta cuando notó que algo se
movía en lo alto del techo. Miró hacia arriba y vio a un anciano gateando
en el techo. Con la espalda hacia el suelo, se movía sobre sus rodillas y
manos, como si la gravedad no existiera para el.

Héctor salió de la casa dando alaridos de terror. Al escucharlo, la gente
de los otros hogares salió a ver que sucedía. Héctor se detuvo al lado de
la gente, después que se calmó un poco les dijo:
- ¡Vi un fantasma! En aquella casa. La señora me hizo pasar, y, de repente,
vi un fantasma gateando en el techo.

Las personas que lo rodeaban se miraron entre si. Un veterano le puso la
mano en el hombro y le dijo:
- Ahora cálmese, ya pasó. Le creemos, esa casa está embrujada desde hace
mucho, no lo comentamos de miedo a que se rían nuestro. Le comento que
usted vio a dos fantasmas, la vieja que vivía ahí murió antes que su marido.

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