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lunes, 12 de septiembre de 2011

La plaza de los fantasmas

Hace un tiempo trabajé en el Municipio de mi ciudad. Por razones que no
vienen al caso, terminé cuidando una plaza, por la noche.
Aquella plaza está ubicada en un extremo de la ciudad, frente al cementerio.
La gente que no es del lugar seguramente no la reconocería como una plaza.
A no ser por algunos bancos y cuatro senderos que terminan en las esquinas
de aquella manzana, no hay nada más que la diferencie de una arboleda o un
bosquecillo de pinos.
Los pinos son altos y delgados, y al cruzar el viento entre ellos, se escucha el
característico rumor que crea ese tipo de fronda, similar a un silbido largo, o
a un aullido lejano y lastimoso.

Al caer la tarde fui hasta el Municipio, y desde ahí me llevaron hasta la plaza.
Allí quedé, vigilando un lugar en donde apenas anda gente durante el día, y
en donde al caer la noche nadie se atreve o desea andar, tal vez por estar tan
cerca del cementerio, y por las historias de terror que se relatan sobre aquel
lugar. Mientras recorría aquellas sombras, trataba de alejar de mi mente a los
cuentos de fantasmas que había escuchado, a los relatos sobre apariciones
y luces extrañas, que supuestamente se veían allí.

Esa noche fue muy ventosa. Lo único que escuchaba era el aullido de los
pinos. Había luna llena; pero cada pocos minutos se ocultaba tras unas nubes
que cruzaban en procesión. Sin un foco que la iluminara, por momentos la
plaza quedaba oscura, apenas se distinguía la silueta de los árboles en continuo
vaivén. Cuando salía la luna, aquel lugar se volvía más atemorizante, y en tres
ocasiones vi fugazmente a siluetas humanas surgiendo de las sombras, que luego
desaparecían repentinamente.

Durante la madrugada me senté en un banco. No se como pude dormirme en
aquel lugar pero lo hice. Desperté repentinamente, exaltado, al sentir que
alguien me sacudía los hombros con fuerza. Al abrir los ojos descubrí que
estaba solo, o mas bien, no pude ver a quien me había despertado. Mientras
giraba hacia todos lados tratando de ver a alguien, una voz aterradora, como
de muchas personas hablando al unísono, me susurró al oído:

- Aquí solo descansan los muertos.

Salí de la plaza huyendo como un niño asustado. Ese mismo día renuncie,
era lo que querían mis superiores.
Ahora se que es verdad lo que se cuenta sobre aquel lugar. Allí estaba el
antiguo cementerio de la cuidad.

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