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domingo, 18 de septiembre de 2011

Rafael y él Diablo

Sentado en la vereda, con la espalda recostada contra la pared, Rafael mendigaba
alguna limosna; mas la gente de aquel pueblo cruzaba sin mirarlo, o lo miraban de
soslayo, con desprecio.
Había llegado hasta allí buscando trabajo. Desgraciadamente para él, aquel pueblo
estaba integrado por una comunidad cerrada, donde los extraños no eran bienvenidos.
Tras unos días a la intemperie y de pasar hambre, ya no le quedaban fuerzas para
marcharse de allí, el pueblo estaba en una zona remota, lejos de todo.

Rafael aún era joven, pero la vida ya le había marcado arrugas sobre su rostro
huesudo. Tenía los labios muy finos y la piel curtida por el sol de innumerables
jornadas de trabajo rural. Sus ojos eran de color negro, al igual que su cabello
desordenado y largo.
Dejó de mendigar, era inútil, nadie se apiadaba de su situación. Comenzó a caminar
sin tener una idea hacia donde iba, un destino. Así vagó por las calles por largo rato.
Siguió una procesión que iba rumbo al cementerio. Tal vez allí, en aquella situación,
la gente le daría algo, al estar más sensible.

No podía estar más equivocado. Lo sacaron a empujones, lo echaron del cementerio.
Cerca del cementerio había una arboleda, allí fue Rafael, a descansar un rato.
Estaba sentado contra un tronco, cuando repentinamente, un hombre apareció delante
de el. El hombre estaba vestido de traje: sus zapatos brillaban de relucientes, en las
mangas tenía gemelos de oro, también su cinturón era de oro, todo en él lucía
impecable, y sonreía simpáticamente. En una mano sostenía una bandeja con una
tapa brillante.

- ¿Tiene algo para darme? Por favor - dijo Rafael.
- Claro que si mi amigo - le contestó el hombre, y le extendió la bandeja.

Rafael abrió la tapa y vio que en ella había un enorme pollo asado, acompañado
con papas y otras verduras. Comenzó a devorar el pollo mientras el hombre lo
observaba sonriendo. El extraño señaló hacia el cementerio y dijo:

- Esa gente si que lo trató mal, nadie se merece un trato así. Sabe lo que haría yo,
iría de noche y robaría las joyas de la muerta que están colocando en la cripta.

Rafael lo escuchaba hablar mientras seguía comiendo. El hombre continuó:

- Esa mujer era rica, la más rica del pueblo, seguramente debe estar llena de joyas.
Si yo fuera usted las tomaría, por lo que le hizo la gente de este pueblo.

Rafael había bajado la vista para agarrar una papa, cuando la levantó el hombre
ya no estaba a su lado, caminaba entre los árboles hasta que se perdió de vista.
El consejo de aquel extraño le daba vueltas por la cabeza, como si lo siguiera
oyendo una y otra vez. Cuando calló la noche y salió la luna, fue hasta el
cementerio y buscó la cripta en donde habían sepultado a la difunta.
La puerta estaba sin candado. Adentro estaba sumamente oscuro. La llama
de su encendedor lo ayudó a bajar por la escalera de piedra hasta el frío piso
de la cripta, en donde encontró velas a medio consumir.

Una corriente de aire que entraba por un respiradero (Una ventana pequeña en el
techo de la cripta) hacía que la llama de la vela se inclinara y temblara, y todas
las sombras que producía parecían danzar en torno a ella, se agigantaban y
empequeñecían.
No fue difícil para Rafael encontrar el ataúd más nuevo. Lo abrió. La mujer
tenía los brazos cruzados sobre el pecho, su abdomen ya estaba algo hinchado, y
su piel estaba gris. Tal como había dicho él extraño, tenía barias joyas: pulseras,
anillos, collares. Rafael se las quitó. Cuando fue a salir, descubrió que la puerta
estaba trancada. La empujó, la pateó; pero la puerta no se abría, estaba atrapado.

Durante el primer día permaneció callado, intentando destrabar la puerta.
Al segundo día comenzó a gritar desesperado, nadie parecía oírlo.
El hambre comenzó a hacer estragos en su cuerpo y en su mente.
Al tercer día abrió nuevamente el ataúd. Con una navaja comenzó a cortar
la carne de la muerta, y a comérsela con voracidad. Afuera de la cripta, él
extraño vestido de traje reía de forma perversa.
Unos días después, Rafael mordisqueaba unos huesos, cuando vio que la puerta
se abrió. Salió al exterior. Su piel estaba gris, descolorida, sus ojos estaban
blanquecinos, nublados, y parte de su cabellera había caído, dejando ver su cuero
cabelludo.

Allí estaba el extraño de traje, sonriendo. Puso su mano sobre el hombro de
Rafael y lo acompañó hasta la salida del cementerio.

- Allá tiene mucha comida amigo - dijo el extraño y señaló hacia el pueblo.

Convertido en zombie, Rafael avanzó por el camino. El hombre lanzó una
carcajada macabra y desapareció.

1 comentario:

  1. Que cuento tan excelente de veras me gusto estoy tratando de leer todos tus cuentos pero son muchos voy desde los ultimos a los primeros pero que gran imaginacion, felicidades.

    Wilfred

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