¡Advertencia!: Todas las obras del blog le pertenecen a Jorge Leal. Prohibido tomarlas para cualquier fin sin consultar antes al autor. Y en todos los casos se deberá citar la fuente y el autor, y no se podrán usar con fines comerciales.

Buscar en este blog

sábado, 10 de septiembre de 2011

Terror en la orilla del río

Augusto salió de su provisorio hogar y contempló el paisaje que lo rodeaba.
Atrás y a los costados de la casa había campo, por delante estaba el río, a unas
dos cuadras, muy por debajo del nivel de la casa, que estaba situada en una
colina. El rió era bordeado por una franja oscura de monte, y a esa hora de la
mañana, del agua brotaba una bruma tenue, que envolvía monte y río.
El sol apenas despegaba del horizonte, y las nubes que lo cubrían a medias se
teñían de tonos rosáceos, anaranjados, y dorados.

Augusto tenía treinta y cinco años. No era muy alto pero era robusto, de
hombros anchos y espalda enorme. Su cabeza era angulosa, casi cuadrada,
Sus ojos marrones estaban hundidos entre sus abundantes cejas y sus pómulos.

Después de pensar hacia donde iba a ir, acomodó su mochila en un hombro,
después tomó la pesada bolsa en donde había colocado su comida y la cargó
en la espalda. Mientras descendía por el sendero que bajaba hasta la playa,
divisó un bote a remos, amarrado en la orilla.
Pensó que remar iba a ser mejor que caminar por el borde del monte. Subió
al bote y, con algo de dificultad, lo hizo avanzar hacia donde el quería.
Cuando le tomó el ritmo a los remos comenzó a navegar más rápido.

Había recorrido barios kilómetros cuando vio a un hombre acampando
bajo unos sauces. El hombre tenía aspecto de vagabundo, barba y cabello
crecido y desprolijo, y por su mirada se notaba que no era alguien de fiar.
Augusto cruzó sin saludar, el hombre, que estaba sentado, se levantó y
lo siguió con la mirada.
Bajó del bote unos kilómetros más adelante, en una playa de arenas blancas.
Juntó bastante leña y se dedicó a asar su comida. Pasó la tarde comiendo y
descansando bajo la sombra de monte.

Cuando llegó la noche aún tenía bastante carne ahumándose lentamente
sobre una improvisada parrilla de varas verdes.
Estaba por dormirse cuando escuchó un ruido, algo se movía por el monte.
De repente una sombra surgió de entre los árboles, la silueta de un hombre.
Las llamas del fuego alumbraban débilmente; pero Augusto logró distinguir
que era el hombre que había visto acampando en la orilla del rió, el de
aspecto de vagabundo y mirada siniestra.

El extraño se arrimó hasta el fogón y confianzudamente tomó un gran trozo
de carne y se sentó a comerla. Augusto quedó en silencio, el hombre lo
miraba mientras tragaba la carne. De repente el extraño habló:

- Parece que está asustado compañero ¡Jaja! Está tan calladito. Estoy
precisando algunos pesos. Supongo que alguien que tiene para comprar
tanta carne de chanco, también tiene para darle a un amigo ¡jaja!

El hombre tenía claras intenciones de robarle. Augusto señaló hacia la
carne y dijo:
- No es de chancho.
- ¿Y de que es entonces? - preguntó el hombre.
- Es carne de humano, de la pareja que maté ayer. Pasé la noche en su casa
y hoy me largué.

El hombre se dio cuenta que lo que estaba comiendo era un brazo humano.
Augusto se movió con rapidez y blandió su machete, el extraño no tuvo
ninguna chance de salvarse. Augusto era un caníbal implacable.
Cuando amaneció volvió al río. Su ensangrentada bolsa estaba repleta de
su comida favorita.

1 comentario:

  1. Wow excelente giro en la trama, no me lo esperaba. Saludos!
    Atte: Hgo.

    ResponderEliminar

¿Te gustó el cuento?