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lunes, 31 de octubre de 2011

La casa del campo

Durante la tarde exploramos la costa de un pequeño arroyo. Cazaba nutrias junto a mi
socio de cacería y amigo Martín.
Todo lo que había a nuestro alrededor era campo, diferente tipos de campo, a medida
que avanzábamos. Algunos pastizales pasaban nuestra altura, y bajo nuestros pies había
una capa gruesa de pastos resecos, que dificultaban el andar; y en donde además, cada tanto,
veíamos o escuchábamos alguna víbora deslizándose entre la hierba.
Algunas zonas más bajas estaban cubiertas de cardos, con sus molestas espinas, y en esa zona
atravesamos varios pajonales de afiladas hojas; en donde también abundaban las víboras, que
tanto se alejaban con la cabeza levantada, como se enroscaban en actitud defensiva.

Por el camino colocamos varias trampas, y con la escopeta habíamos obtenido nuestra cena;
un par de patos.
En una loma, cerca del arroyo, divisé una casa, y se lo hice saber a Martín con un geto.
Dejamos de caminar y la observamos. Nuestra actividad, fuera de los arrozales y sin permiso,
es ilegal. No vimos ningún movimiento ni escuchamos que ladrara algún perro, y estaba
bastante deteriorada.

- Está abandonada - observó Martín.
- Sí, se nota que no hay nadie - afirmé -. Vámonos, hay que buscar un lugar donde acampar.

Nuestro plan era acampar y pasar la noche, cuando amaneciera regresaríamos, y por el
camino levantábamos las trampas, con suerte con nutrias en ellas. Ni consideramos pasar
la noche en la casa abandonada. En ése momento no lo comentamos, pero los dos sentimos
algo extraño, como una tristeza, un abatimiento que nos envolvió de pronto, y sin saber
porqué, lo asociamos a la casa. Cuando nos alejamos un poco, la sensación desapareció,
confirmando en parte algo que intuíamos; la casa estaba embrujada.
Un poco más adelante, encontramos una arboleda (principalmente sauces) que rodeaba al
arroyo, en una parte en donde se ensanchaba formando una laguna. Lo único malo del
lugar, era que no estaba lo suficientemente lejos de la casa; pero hasta donde alcanzaba
la vista, no había otro lugar en donde hubiera leña para el fuego.

Acampamos allí. Nuestros patos se asaron lentamente mientras caía la tarde. Después
de nuestra rústica cena, con las estrellas y la luna asomando entre las ramas de los sauces,
nos dispusimos a dormir; al rato escuchamos unos gritos espantosos.
Nos levantamos y nos miramos, los gritos venían desde donde estaba la casa. Eran gritos
de mujer, gritos de terror. En un instante, cruzaron por mi mente un tropel de pensamientos.
Aunque parecía abandonada, bien podía haber alguien en ella, alguien que precisaba ayuda,
o podía haber llegado durante la noche, en contra de su voluntad tal vez. Ante la urgencia
de los gritos tomé mi escopeta, Martín cargó la de él, y con linternas en las manos nos
precipitamos hacia la casa.

La puerta estaba abierta, medio derrumbada hacia un lado. Al entrar pensé que iba a ver
alguna escena horrorosa, pero tras alumbrar hacia todos lados, comprobamos que la
habitación estaba vacía. La casa era pequeña, nos pareció que los gritos venían desde
otra habitación. La adrenalina debía correr como torrentes por nuestras venas. Volteamos
una puerta y entramos, también estaba vacía, y en ese momento los gritos parecían venir
de donde recién acabábamos de estar. Ahí nos dimos cuenta que no había nadie a quien
salvar, la casa estaba embrujada. Cuando fuimos a salir, la puerta que daba al exterior se
había cerrado, pero como estaba media podrida, se hizo pedazos ante las primeras patadas.
Para ese momento los gritos se habían vuelto carcajadas, y reverberaban por todo el lugar.

Levantamos el campamento en tiempo record. Dando un gran rodeo nos alejamos de allí,
dejando atrás trampas y nutrias, y a la casa embrujada.

sábado, 29 de octubre de 2011

La cena peligrosa

Una niebla densa, característica de las noches londinenses, envolvía las calles empedradas.
Las lámparas de aceite permitían que la gente circulara, pero la niebla era tan densa, que
los pocos peatones que se aventuraba en aquellas calles, parecían fantasmas, que
aparecían repentinamente para enseguida desaparecer entre la bruma.
El oscuro carruaje en el que iba Eliot, abandonó las calles del centro de Londres y se
internó en unas callejuelas angostas, donde la niebla mermaba un poco, pero estaban
menos iluminadas.

El conductor tiró de las riendas y el carruaje se detuvo. Eliot bajó y se acomodó el
cuello de su traje. En su mano izquierda sostenía un largo bastón, la galera que coronaba
su cabeza, agigantaba aún más su figura alta y robusta.

- ¿Quiere que lo espere aquí señor? - preguntó el cochero.
- Sí, no creo que tarde mucho. Deséeme suerte Robert - dijo Eliot volviéndose hacia él.
- Que tenga suerte señor, pero no creo que la necesite.
- Nunca está de más Robert… nunca está de más.

Eliot se iba a presentar ante los padres de una muchacha que había conocido recientemente.
Apenas golpeó se abrió la puerta, lo recibió Camila, la muchacha que él pretendía.
Se quitó la galera al entrar, ella sonreía y la colgó en un perchero.

- ¡Eliot! Que alegría. Pasa, mis padres están en la sala.
- Acaso creíste que no vendría, nada podría impedírmelo.

Ya en la sala Eliot se presentó, dando muestras de su refinada educación. Los padres de
Camila lo miraban de arriba abajo, sin mucho disimulo.
Sobre la mesa había una bandeja con una tetera, a parte de eso no había otra cosa. A Eliot
le pareció un poco raro, y sin dudas descortés, el que no le ofrecieran algo, y tampoco le
gustó la forma en que lo miraban.

- Camila me ha dicho que usted no tiene padres - comenzó la madre -. Y tampoco parientes
cercanos ¿Es así?
- Sí señora. Mis padres murieron hace unos años - le contestó Eliot -. Tengo algunos parientes
lejanos pero no tengo contacto con ellos.
- Así que usted vive solo - dijo de repente el padre.
- Tengo varios sirvientes, está la familia de Robert, que es como mi familia…
- Pero sólo son sirvientes - lo interrumpió Camila.
- Sí… - dijo Eliot, dudando. Párale no eran sólo empleados.

Ahora hasta la actitud de Camila le parecía extraña. Aquella actitud inquisidora, parecía algo
más que la simple preocupación de unos padres ante el pretendiente de su hija; algo no
estaba bien.
El padre de Camila se dirigió a ella con un tono de reproche:

- La próxima vez quiero que traigas a alguien que no sea tan grande. A tu madre y a mi no
nos gusta pasar trabajo a la hora de la cena. La próxima vez no seas tan golosa, que alguien
más pequeño es suficiente para los tres.

Camila bajó la cabeza como reconociendo su error, cuando la levantó, su rostro había
cambiado, era horroroso, y en su boca se cruzaban unos largos colmillos. En un pestañear,
sus padres también se habían transformado en horribles monstruos, vampiros.
Eliot no había entregado su bastón al entrar en la casa, otro error de Camila, el bastón
ocultaba una filosa espada. Eliot se levantó y saltó hacia atrás, a la vez que tironeaba de
su bastón y desenvainaba la espada. La situación lo había horrorizado, pero debido a su
entrenamiento (era un hábil espadachín y boxeador) su reacción fue defenderse.
Su largo brazo sumado a la longitud de la espada, le permitió mantener a distancia a los
vampiros que lo atacaban a la vez, mientra gruñían como bestias.

Daba pasos laterales, giraba y blandía la espada con gran habilidad. Los vampiros intentaban
rodearlo y le lanzaban manotazos. Con uno de sus golpes, hizo rodar la cabeza de la
madre de Camila. Su padre se abalanzó de forma alocada, y corrió la misma suerte.
Al ver que Eliot era muy fuerte, Camila volvió a su cara de muchacha hermosa.

- ¡Perdóname! Yo no quería, ellos me obligaron - le suplicó Camila.

Demasiado tarde, Eliot había arremetido con una estocada, y la espada le atravesó la
cabeza, y al salir prácticamente la cortó en dos.

- ¿Cómo le fue señor? - le preguntó Robert al verlo salir de la casa.
- Bueno, te diré que yo no era lo que ellos esperaban, y por eso se quedaron sin cena.

viernes, 28 de octubre de 2011

¡Pablo!

La primera vez, Pablo creyó que lo había llamado uno de sus padres. Se levantó y comenzó a vestirse. Mientras se abotonaba la camisa del colegio, se dio cuenta que aún estaba de noche. Fue hasta la puerta del cuarto de sus padres y golpeó.

-¡Mamá! ¡Papá! ¿Por qué me llamaron tan temprano? -les gritó.
-¿Qué? -preguntó su padre desde el cuarto.
-Es Pablo -dijo su madre-. Dice que lo despertamos.
-Nosotros no te llamamos. Estabas soñando, acuéstate de nuevo -le contestó su padre.

Había escuchado con tanta claridad que alguien lo llamaba, que después de acostarse no pudo volver a dormirse; sabía que no estaba soñando. Unos días después, mientras dormía, nuevamente escuchó una voz que le llamaba: ¡Pablo!
Se sentó en la cama y buscó con la mirada. A pesar de que el cuarto estaba oscuro, como era pequeño y estaba pintado de un color claro, pudo ver que estaba solo.
No se lo comentó a sus padres, lo habló con una compañera del colegio. Ella siempre hablaba sobre temas paranormales, y le decía a todos que su madre era psíquica, sin importarle que se burlaran. “Cuando les pase algo van a creer” solía decir la niña.

-Tienes que poner frente a tu cama un espejo grande, donde puedas verte mientras estás acostado -le aconsejó su compañera cuando Pablo le contó aquello. Estaban en el patio del colegio, sentados en un banco.
-Ah, ¿Y eso para qué sirve? -le preguntó Pablo.
-Si es algo que no puedes ver a simple vista, dice mi madre, lo vas a ver en el espejo.
-¿Y si es algo feo?
-Si es algo feo te vas a morir del susto…¡no, mentira! Las cosas feas no sólo te andan despertando, dice mi madre -le contestó su compañera.

Alegando otras razones, Pablo hizo que sus padres le compraran un espejo grande.
Comenzó a dormir con la luz encendida. Unos días después, durante la madrugada, nuevamente escuchó la voz: ¡Pablo!
Abrió los ojos y miró al espejo. Algo estaba a su lado, inclinado sobre la cama: Tenía el pelo blanco y largo, y la cara llena de huecos negros, lo poco que tenía de piel era gris y arrugada, y no tenía ojos.
Pablo intentó gritar. Al abrir la boca, sintió un dolor terriblemente agudo en el pecho.
Amaneció muerto, con la boca abierta y los ojos desorbitados, fijos en el espejo.

Después de su muerte, su compañera de colegio le contó a cuantos pudo la terrible historia de terror de Pablo:

-Le dije que cuando escuchara aquella voz, nunca mirara a un espejo, es lo que dice mi madre, que no hay que mirar un espejo; pero él no me hizo caso -les aseguraba la niña macabra.

jueves, 27 de octubre de 2011

El trato

Una nube oscura, la única que se veía en el cielo, ensombreció la casa de los López y sus
alrededores más próximos.
Sobre el bosque de pinos que estaba a unos cien metros, del otro lado de la vía del tren,
brillaba el sol; también sobre los campos más lejanos.
Ester, fuera de la casa, lavaba ropa a mano. Levantó la vista hacia la nube, y pensó que si llovía
sólo allí , sus vecinos los iban a envidiar más; pues a pesar de la seca, sus cultivos estaban bien
verdes. Al escuchar el cacareo de una gallina, miró hacia el patio. Leonardo, su hijo más
pequeño, de dos años, sostenía una gallina por el pescuezo, y la estaba matando.

- ¡Leonardo! ¿¡Qué estas haciendo!? ¡Ya te dije que no seas malo con los animales!

La soltó y la gallina cayó al suelo, pataleó un poco más y quedó muerta.
Ester lo levantó en sus brazos, el niño comenzó a llorar.

- Está bien chiquito - le dijo Ester - No te voy a gritar más. Mamá no está enojada, pero ya
te había dicho que no lastimes a los animalitos ¿Verdad?
- Sí mami, no lo hago más.

Después de eso Ester siguió lavando, a la vez que vigilaba a su hijo menor; los otros dos
estaban en la escuela. Miraba a Leonardo jugar en el patio, cuando vio que sobre la vía
del tren había un hombre, mirando de frente hacia la casa.
Como estaba bastante lejos, creyó que el hombre tenía un sombrero o alguna cosa sobre
la cabeza. Al fijar mejor la vista, se dio cuenta que estaba viendo a un Demonio.

- ¡Andrés! - gritó Ester aterrada, su marido estaba dentro de la casa.

Ester sólo desvió la mirada un instante, hacia Andrés que salía de la casa apresuradamente.
Ese instante bastó para que el Demonio desapareciera, y junto con él Leonardo.

- ¡Mi hijo! ¿Dónde está mi hijo? ¡El diablo se lo llevó! - comenzó a gritar Ester.
- No podemos hacer nada. Tienes que tranquilizarte - le dijo Andrés.
- ¿Qué? ¡Te digo que el Diablo se llevó a nuestro hijo! ¡Leonardo!

Ester intentó correr hacia la vía pero Andrés se lo impidió.

- Ya lo sé, pero no podemos hacer nada, era parte del trato - Ester lo miró extrañada y confundida.
- ¿Qué estás diciendo? ¿Qué trato?

Andrés quedó callado y miró hacia un costado, Ester lo sujetó de la solapa.

- ¿Qué trato? ¿Qué hiciste, que hiciste?
- La cosecha se iba a arruinar…estaba desesperado, fue por ustedes, fue por ustedes…yo.
- ¡Vendiste tu hijo al Diablo! - gritó Ester con todas sus fuerzas, y comenzó a golpear el pecho
de su marido.
- ¡No, no! ¡No vendí a mi hijo! Leonardo no es mi hijo…es hijo de él…

Al escuchar aquello Ester cayó desmayada, no pudo soportar el terror que sentía.
De repente todas las gallinas murieron, y se escuchó la carcajada de un niño pequeño.

- ¡Que hice! - gritó Andrés y se hincó en el suelo.

La tienda embrujada

A las diez de la noche llegó Aníbal, los demás empleados de la tienda ya se
habían marchado. Apenas entró fue a buscar sus herramientas de trabajo.
Lo primero que hacía era barrer y aspirar, luego pasaba la estopa, limpiaba
los baños, los vestidores, era una tienda de ropas y debía quedar
Impecable para cuando la abrieran por la mañana.

Trabajar allí era todo un dilema para Aníbal, ganaba bien y era relativamente
sencillo, pero por la noche la tienda era un lugar atemorizante, donde
sucedían cosas inexplicables y aterradoras, Aníbal trataba de renunciar pero
sabía que al ser un hombre sin estudios ni oficio, conseguir otro trabajo donde
ganara igual sueldo sería muy difícil para él.
Estuvo a punto de renunciar después de una noche terrible, en donde vio
moverse un vestido que estaba sobre una mesa; levantaba y bajaba las
mangas y estaba inflado como si adentro de el hubiera un cuerpo.

Hacía barias noches que la tienda estaba tranquila, pero Aníbal no se
confiaba, sabía que allí había algo, y no era nada bueno.
Estaba por terminar la limpieza cuando vio una pila de cajas de zapatos,
sobre ellas una hoja de papel escrita con letras grandes, en ella decía:
“Guardar estas cajas en el depósito. Gracias”
El depósito era el lugar mas “ruidoso” de la tienda, Aníbal le tenía pavor.
Allí guardaban los maniquíes, y cada vez que entraba le parecía que lo
Seguían con la mirada.

Dejó las cajas frente a la puerta, la abrió y encendió la luz lo más rápido
que pudo, volvió a levantar las cajas y entró. Los maniquíes estaban
volteados hacia la puerta, nuevamente le pareció que lo observaban.
Corrían hilos de sudor por su cara, la camisa estaba empapada debajo de
los brazos. Estaba por llegar a los estantes cuando se apagó la luz y escuchó
como la puerta se cerraba con violencia.

Lo envolvió una oscuridad asfixiante, sacó el encendedor que cargaba en el
bolsillo y avanzó adelantando la débil llama. Buscó la puerta y la encontró,
pero delante de ella estaban los maniquíes, habían caminado hasta allí.
Se miraban las manos y giraban sus cabezas lentamente, dirigieron sus
horribles ojos hacia Aníbal y comenzaron a abrir sus bocas.
Cuando abrieron la tienda lo encontraron muerto en el depósito, estaba
horriblemente pálido, y por la mueca de su rostro parecía haber muerto
de miedo.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Dentro del jarrón

Daniela y Agustín esperaban sentados en el sofá de su casa. Una llovizna mansa y gris,
empañaba los vidrios de la ventana; y algunas gotas se deslizaran suavemente por su
superficie, al igual que las lágrimas que corrían por las mejillas de Daniela.
Tocaron el timbre y los dos se levantaron, era el hombre de la funeraria.
Como quien carga a un bebé, Daniela cargó al jarrón que contenía las cenizas de su padre,
depositándolo luego, con extremo cuidado, sobre una repisa.
Agustín posó sus manos en los hombros de su esposa, ella levantó la mirada hacia el rostro
de su marido.

- Ahora tu padre está descansando en paz - dijo Agustín.
- Sí, ahora me siento más aliviada.

Durante la cena comieron poco, no había ánimo. Se acostaron temprano. Fuera seguía
la llovizna triste, y se escuchaba el constante goteo del agua que caía desde el techo.
Ninguno dormía, desde la tarde sentían algo extraño, algo diferente al sentimiento de
pérdida que los embargaba; pero no sabían bien que era.
De pronto escucharon una voz, dentro de la casa. Parecía que alguien rezongaba como
si estuviera molesto, aunque no entendían ni una palabra. Antes de que pudieran reaccionar,
las puertas interiores comenzaron a abrirse y cerrarse solas con rapidez.

Cuando salieron del cuarto, Daniela abrazó a Agustín, a la vez que gritó de terror.
La aspiradora se paseaba por la sala como si alguien la moviera, las sillas se hamacaban, y
un espectro borroso, amorfo, levitaba cerca del techo.
Daniela se desmayó, Agustín la cargó en brazos y salió de la casa.
Cuando ella recuperó la conciencia estaba dentro del auto, en el patio, su esposo estaba a
su lado. Permanecieron en el auto el resto de la noche. Por más que lo pensaron no
entendían porque les estaba pasando aquello, se negaban a creer que era el fantasma del
padre de Daniela; durante toda su vida fue un hombre bueno, y los quería a los dos.

Había amanecido y aún no se atrevían a entrar a la casa, aunque ya no se escuchaban ruidos.
Se sorprendieron cuando vieron llegar al hombre de la funeraria cargando un nuevo jarrón.
Después de disculparse varias veces, el hombre les informó que la funeraria se había
equivocado de jarrón; lo que estaba en la repisa no eran las cenizas de su padre.

martes, 25 de octubre de 2011

Los nueve escépticos

Cuando estudiaba en la universidad, de eso hace ya muchos años,
viví una experiencia sumamente aterradora junto a ocho estudiantes del
mismo centro. Ellos estudiaban psicología y planeaban realizar una sesión
espiritista. En realidad no creían en el espiritismo, la sesión iba a ser
un experimento para demostrar el poder de la sugestión.

Yo no formaba parte de ese grupo, pero había compartido con ellos numerosas
charlas en un café que está cerca de la universidad. Cuando me invitaron acepté,
pensé que podía ser algo divertido, en esa época yo también era escéptico.
La sesión era en la casa de uno de ellos.
En total éramos cuatro hombres y cinco mujeres. Pasamos a una habitación en
donde había una mesa redonda y grande rodeada de sillas.

Dejaron sólo una débil luz prendida para crear el ambiente, una de las mujeres
abrió una caja de madera y sacó una tabla guija, los demás debíamos permanecer
callados y concentrados. La sesión comenzó a la media noche, la mujer con la
tabla guija, seguía las instrucciones de un viejo libro para tratar de contactarse
con algún espíritu. No sé cuanto rato estuvimos expectantes hasta que el puntero
indicador de la tabla comenzó a moverse, o según la teoría de ellos, la mujer
lo movía inconcientemente. Se escuchó una serie de golpes en la única ventana
de la habitación, todos volteamos para ver que era; resultó ser la rama de un
árbol movida por el viento, y supongo que el mismo viento hizo que se cortara
la luz. En ese momento se olvidaron que eran escépticos, evidentemente estaban
asustados, se levantaron y buscaron la puerta, tropezando y chocando entre si.

Yo quedé sentado, la habitación no estaba tan obscura, la ventana era
amplia y se alcanzaban a distinguir las formas, pero como los demás usaban lentes
aparentemente veían menos que yo.
- ¿Dónde está la p… a puerta?
- ¿Alguien tiene encendedor? No veo nada.
- ¡Justo ahora tenía que cortarse la luz de m….a!
La situación me resultaba por demás divertida, pero me puse serio y les dije:

- ¡Ey! Escúchenme, porque no se sientan a esperar a que regrese la luz, la
otra habitación debe estar más oscura y está llena de muebles; esperar aquí
es lo más sensato.
- Tiene razón, las únicas velas que tengo están en la cocina, mejor esperamos
Aquí - dijo el dueño de la casa. El grupo se calmó un poco, y caminando
a tientas volvieron a sentarse.
Todos quedaron callados, observé sus siluetas y noté algo raro, algo no
estaba bien. Al darme cuenta de lo que era, el asustado pasé a ser yo.

Antes del apagón, en la habitación había nueve personas incluyéndome a mi,
pero ahora, en la oscuridad contaba diez. Forcé la vista intentando distinguirlos
uno por uno. No logré reconocer la silueta que estaba a mi lado. Tenía el
pelo mucho mas voluminoso que cualquiera de las mujeres que allí estaban,
y su cara era mas blanca. Me levanté y me aparté de un salto, nuestra “invitada”
misteriosa también se levantó, en ese momento fue cuando los demás la
vieron. Por suerte en ese instante volvió la luz, y volvimos a ser nueve.
Desde esa noche hubo nueve escépticos menos en el mundo.

lunes, 24 de octubre de 2011

El dueño de la casa

Todas las veces que fui a su hogar, tuve la impresión, siempre fugaz, de que la foto de su
marido cambiaba de expresión; de una sonrisa a una cara de profundo odio.
No me sentía con la autoridad suficiente para decirle a ella que sacara, que descolgara
aquella foto; después de todo él había sido el dueño de la casa, aunque ya había muerto
hacía muchos años.
Una tormenta violenta, con aguaceros torrenciales, se desató mientras me encontraba
en dicha casa; por la noche.
Entraba a trabajar temprano en la mañana, y ante el riesgo que el camino se inundara,
decidí salir en plena tormenta. La casa está en un lugar bastante apartado, y a no ser
que se corte por el campo, sólo se puede llegar o marcharse de ella por un camino de
tierra, fácilmente inundable hasta con el menor de los temporales.

Me negué rotundamente a usar una capa que ella me ofreció, la capa era del difunto.
Con el viento que había, un paraguas me duraría sólo unos metros sin darse vuelta o
salir volando de mis manos; así que salí a la tormenta sin ninguna protección, y andaba
a pie.
Empapado de pies a cabeza, dependía de los relámpagos para ver por donde caminaba.
De no ser por los alambrados que delimitaban la calle, seguramente me hubiera perdido,
y la mañana me hubiera encontrado caminando quien sabe por donde.
Después de cada relámpago, la oscuridad se apretaba tanto, que me hubiera dado lo
mismo caminar con los ojos cerrados. Sólo escuchaba el estruendo de la tormenta.
Es increíble lo aterradora que resulta una situación así: la vacilación a cada paso, al
no ver por donde vas, la sensación de vulnerabilidad ante la fuerza desatada de la
naturaleza, que te puede matar en cualquier momento.

Llegué a una parte de la calle que estaba completamente inundada. Una serie de
relámpagos iluminó lo que parecía un arroyo embravecido, de unos diez metros de ancho.
Consideré que era muy arriesgado el intentar cruzar aquella correntada, y que debía
regresar a la casa. Apenas pensé aquello, sentí que dos manos, a la altura de los hombros,
me empujaban desde atrás. Caí en la correntada y enseguida el agua me arrastró.
No podía nadar, era una corriente baja pero sumamente fuerte. Sé que giré varias veces
mientras era arrastrado. Por suerte choqué contra el alambrado, de pasarle por encima,
hubiera seguido derivando hacia mi muerte. La fuerza del agua me aplastaba contra
los hilos de acero; pero me las ingenié para escapar, con un gran esfuerzo, y salí del
otro lado de la correntada.

Apenas me puse de pie miré hacia donde supuse que estaría mi agresor, el que me empujó.
No había nadie, ni en el camino ni en el campo, y en ese momento los relámpagos
iluminaban uno tras otro, y allí no había ni un arbusto donde ocultarse.
Ella me llamó por la mañana. Una pesadilla la había dejado angustiada; en el sueño,
veía que su marido, el muerto, me empujaba hacia una correntada, y que yo desaparecía
en la negrura del agua.

domingo, 23 de octubre de 2011

Aquelarre

El conductor frenó el camión y miró a Mauricio, estaba dormido. Tenía los brazos
cruzados y había acomodado su gorro para que la visera le cubriera los ojos.
Estaba de noche. La luna iluminaba un paisaje que variaba entre campos y bosques.

- ¡Amigo!
- ¡Sí!, ¿qué? - dijo Mauricio al despertar. Se acomodó el gorro y se enderezó en el asiento.
- Lo puedo llevar sólo hasta aquí - le dijo el camionero - Tengo que dejar el camión en el
estacionamiento de la empresa, y ya estamos cerca, y no nos dejan llevar pasajeros.
- Entiendo. ¡Muchas gracias por traerme hasta aquí! - le expresó Mauricio.

Tomó su bolso y se bajó. Cuando el camión se alejó se dio cuenta que estaba en una parte
de la carretera que no conocía. Giró y miró el paisaje que lo rodeaba, no conseguía ubicarse.
Tuvo la impresión de que el camionero le había mentido. Pensó que era algo innecesario,
podía pedirle que se bajara en cualquier momento, sin tener que inventar algo.
No le dio más vueltas al asunto. Mauricio era un verdadero vagabundo, y cualquier lugar
le daba lo mismo. La noche estaba clara y la temperatura era agradable.
Estaba pensando que hacer, si comenzaba a caminar o acampaba por allí, cuando escuchó
una música, tambores.

Venía de un bosquecillo cercano. Mauricio dudó, pero al final decidió, por curiosidad,
acercarse a ver que ocurría.
Bajo la luna, atravesó el campo que separaba la carretera del bosquecillo; mientras lo hacía
recordó que era el día de brujas, y supuso que lo que acontecía en el bosque era algún
tipo de celebración, algunos “locos” festejando halloween. No estaba del todo equivocado.
Entre los árboles, las llamas de una hoguera formaba rayos de luz, y una multitud de sombras,
se movían de tronco en tronco; y se hacían larguísimas en el suelo del bosque.
Se acercó con cautela y espió, oculto detrás de un árbol caído.

Un grupo bastante grande de gente, vestidas con túnicas negras y capuchas que le cubrían
la cabeza, danzaba al son de unos tambores, en torno a una fogata y a un tronco que
servía de mesa, donde además de velas encendidas, había cráneos humanos.
A Mauricio no le gustó nada lo que vio. Aún estaba agazapado detrás del árbol cuando
escuchó un ruido detrás de él. Sintió que algo le golpeó la cabeza y cayó noqueado.
Cuando volvió en si, estaba sobre el tronco en donde había visto los cráneos, atado de pies
y manos. La música había parado y los que allí estaban habían descubierto su cabeza.
Estaba rodeado de ancianas horrorosas, llenas de verrugas y lunares peludos, Brujas.

Mauricio vio que cada Bruja tenía un cuchillo en la mano, y algunas se relamían y babeaban.

- ¡Déjenme! ¡Suéltenme! ¡Auxilio! ¡Aléjense malditas Brujas! - gritaba Mauricio mientras
las Brujas se le acercaban más y más.

sábado, 22 de octubre de 2011

El día de brujas

Damián y Humberto caminaban entre las lápidas y panteones del cementerio.

- Justo hoy nos mandan pintar el muro de este cementerio - comentó Damián - ¡Bueno! Yo
no creo en nada, ¡pero justo hoy!
- ¿Y que tiene de especial hoy? - preguntó Humberto.
- ¡Humberto! ¿Dónde vives? ¿En la luna? ¡Hoy es el día de halloween, el día de brujas.
- ¡Ah! No me acordaba. Pero mismo, justo hoy… - Humberto echó un vistazo a su alrededor.

Por un momento los dos miraron hacia todos lados. Densas nubes oscuras, habían ocultado
al sol durante todo el día. De un instante a otro, el cementerio les pareció mas lúgubre. Un
trueno que llegó desde lejos los hizo estremecerse. Humberto señaló hacia arriba con el pulgar.

- Si empieza a llover nos vamos ¿No?
- Sí, pero hasta que no llueva tenemos que seguir. En cualquier momento puede caer el capataz,
y no soy santo de su devoción; así que a trabajar - le contestó Damián.

Mientras pintaban el muro, tenían el cementerio a su espalda, así que cada tanto volteaban y
buscaban con la vista; no sabían qué.

- Se te está chorreando - observó Damián - No cargues tanto el pincel.

Como Humberto trataba, con rápidas pinceladas, de emparejar su trabajo, y Damián lo vigilaba,
sin dejar de hacer el suyo; por un largo rato no voltearon.
Un trueno los estremeció nuevamente, distrayéndoles de su trabajo por un instante.
Voltearon a la vez, y vieron algo que los horrorizó.
Cientos de fantasmas se desplazaban por el cementerio: caminando, deslizándose, o volando.
Atravesaban las lápidas y los panteones, surgían desde la tierra; esqueletos y cuerpos enteros,
algunos más corrompidos que otros. También algunos cráneos, cruzaban volando como
pájaros.

Un rayo calló cerca de allí, y luego comenzó a llover copiosamente. A esa altura los dos
estaban contra el muro, uno al lado del otro. Damián rezaba tartamudeando, Humberto
sólo repetía: - ¡No puede ser, no puede ser!
En un instante los fantasmas habían desaparecido. Se miraron uno al otro y se echaron a
correr. En la salida del cementerio se cruzaron con el capataz, que al verlos tan apurados
les dijo:

- ¡Ey! ¿Que tanto apuro tienen? Por una lluviecita, ni que fueran de azúcar…

viernes, 21 de octubre de 2011

Monstruos en halloween

En una zona residencial, en la noche de halloween, las calles estaban llenas de niños.
En grupos grandes y pequeños, junto a sus padres o hermanos mayores, los niños,
vestidos con motivos de terror, llegaban de casa en casa pidiendo golosinas.
Eddy caminaba por una de esas calles. Al verlo, algunos niños se asustaban.

- ¡Soy un vampiro! - les decía Eddy para asustarlos más, y agitaba la capa negra que
llevaba sobre los hombros como si fueran alas.

Entre la multitud, vio a un niño pequeño caminando solo. Estaba disfrazado tan sólo con
una tela que le cubría toda la cabeza, una capucha; que se notaba que el mismo había pintado
con un color rojo, en un intento por hacerla terrorífica. Al verlo con tan humilde disfraz,
algunos niños se burlaron de él, Eddy lo vio todo desde el otro lado de la calle.
Se acercó al pequeño encapuchado y lo saludó:

- ¡Hola!
- Hola.
- ¿Quieres salir conmigo a pedir golosinas? - le preguntó Eddy.
- Bueno. A mi todavía no me dieron ninguna.
- Mejor vamos hasta mi casa. Mi madre compró montones de golosinas.
- ¿Es muy lejos? - preguntó el encapuchado.
- No, es ahí a la vuelta.

Los dos salieron rumbo a la casa de Eddy. La capucha del pequeño apenas tenía dos
agujeros pequeños para los ojos.

- ¿Cómo puedes ver bien, y respirar a través de esa tela? - le preguntó Eddy.
- No veo muy bien, el aire entra por aquí abajo - el encapuchado mostró lo holgada que
era su “máscara”.
- A sí, entra por abajo el aire, pero si te incomoda mejor te la sacas - le dijo Eddy.
- No. Estoy bien, es mi disfraz.

Se apartaron de la multitud y doblaron en una calle vacía. Eddy paró frente a un portal.

- Esta es mi casa. Vamos por las golosinas.

Entraron y Eddy cerró la puerta. La casa estaba silenciosa. El encapuchado miró en derredor.

- ¿Y tus padres? - preguntó.
- No están.
- ¿Te dejan quedarte solo? ¿Y no tienes miedo?
- No - contestó Eddy.
- ¿Y cuantos años tienes?
- ¡Que preguntón! Tengo doscientos cuarenta años - le contestó Eddy.
- ¿Qué? Nadie es tan viejo, estás bromeando ¡Jaja!… - dijo el niño de la capucha, y seguidamente
se la quitó. Su rostro infantil estaba empapado en sudor. El niño respiró con más libertad.
- Estás bromeando - volvió a repetir.
- No estoy bromeando - dijo Eddy - He conocido a vampiros mucho más viejos que yo.

Eddy se le fue acercando, el niño retrocedió hasta quedar contra la pared.

- ¿Y las golosinas? - murmuró el niño, aterrado, lloriqueando.
- ¿Golosinas? ¡Jajajaja! No me gusta que se las coman, les endulza demasiado la sangre.

jueves, 20 de octubre de 2011

La noche de halloween

Fue durante una noche de Halloween. Muchos turistas habían llegado hasta allí porque las fiestas de esa ciudad eran famosas. Solo querían festejar y divertirse, y no sabían que el terror viajaba con ellos. Desde el amanecer todo el cielo había estado nublado y muy bajo, y la gente que andaba en la calle inevitablemente miraba hacia arriba cada tanto porque parecía que iba llover copiosamente en cualquier momento. Los que querían festejar halloween deseaban con todas sus fuerzas que no lloviera y se alegraron al ver que cerca de la noche algunos nubarrones se abrieron para que saliera una luna llena inmensa. Pero la sensación de tormenta no se alejó y en la atmósfera se respiraba una pesadez como de encierro.

El Hotel

Franco salió al balcón. Frente a él había un hermoso paisaje nocturno.
Estaba en el tercer piso de un hotel. Afirmado en la baranda, contempló todo lo que la
noche clara le permitía ver.
Lejos, en el horizonte, la luna se elevaba por encima de un mar que casi brillaba. A la
izquierda, se veía las luces de un pueblito costero. Hacia la derecha se divisaba el negro
contorno de una montaña que descendía hasta el mar. Al frente, tapaba la vista de la costa
un bosque sombrío, que llegaba hasta el enorme jardín del hotel.
“Que injusta la mala fama que tiene este hotel” pensaba Franco “Hotel de los suicidas,
¿a quién se le habrá ocurrido semejante disparate?”

Franco no se había informado bien, sólo había escuchado un rumor y le pareció algo
absurdo; una leyenda de terror, un cuento para asustar, cosas de los lugareños
supersticiosos.
Seguía apoyado en la baranda, deleitándose con la brisa del mar, que llegaba hasta él después
de cruzar por el bosque, donde hacía que las copas de los árboles se hamacaran suavemente.
Al bajar la vista, vio que en el jardín, cerca del bosque, había algo moviéndose de forma
errática, en un principio; después comenzó a andar en círculos. Era una luz pero no iluminaba
a las plantas que estaban a su alrededor.

La luz comenzó a moverse de forma más compleja, como si danzara al son de una melodía.
Franco la observaba atónito, y no podía dejar de mirarla. De la nada llegó a él una música,
un instrumento de viento. La luz comenzó a elevarse con la música. Levito mientras seguía
moviéndose con armonía, danzando. Pronto alcanzó la altura en la que estaba Franco.
Aquella luz y la música lo hechizaron, y enajenado, danzó junto a la luz, hasta que su cuerpo,
en caída ,dio contra el patio del hotel de los suicidas.

miércoles, 19 de octubre de 2011

La foto del fantasma

El tren llegó a una zona en donde la vía estaba rodeada de bosques. La luz de la
locomotora iluminaba un gran tramo de la vía férrea, la noche era oscura como pocas.

- ¿Es aquí? - preguntó impaciente Gerardo.
- No, falta. Cuando estemos cerca yo le aviso - le contestó Fredy, el conductor del tren.

Gerardo era fotógrafo, en su tiempo libre se dedicaba a investigar y aprender cuanto
pudiera sobre cosas paranormales; principalmente sobre fantasmas.
Había escuchado una historia bastante aterradora, y estaba en la cabina de aquel tren para
obtener alguna prueba de que la historia era cierta; una fotografía.
Gerardo ajustó nuevamente su cámara. Aquella podía ser la foto de su vida.

- Así que pasa justo frente al tren, ¿siempre?
- Ya se lo dije. Todas las veces que la vi son idénticas - le contestó Fredy, sin dejar de mirar
a la vía que tenía por delante - No se afirme ahí - agregó - Manténgase más atrás.

La cabina era pequeña y Gerardo estaba de pie.

- Estamos cerca - dijo de repente Fredy - Prepárese, ya casi es el lugar.

Gerardo apuntó su cámara hacia la porción de vía que era iluminada por el tren.
En aquella parte las ramas de los arbustos alcanzaban a rosar los costados del tren;
formando como un túnel que rodeaba la vía.
De repente apareció, cruzó volando delante de la cabina; era el fantasma de una mujer,
más bien, vestía como mujer ( tenía puesto una especie de camisón, algo muy holgado)
porque su cara era tan horripilante, que difícilmente se podría distinguir su género, además
no tenía cabello.

Gerardo obtuvo su foto, pero sintió mucho más terror del que suponía que iba a sentir.
Hasta la pequeña imagen de la pantalla de su cámara digital, le erizaba la piel.
Unas horas más tarde regresó a su ciudad, y luego a su apartamento.
Apenas entró fue a descargar la foto en su computadora.
Se llevó una gran sorpresa, la imagen del fantasma no estaba en la foto.
Extrañado, comenzó a pensar, a buscarle una explicación “Sé que la capturé” pensaba
“¿Será que lo que capturé fue algo más que su imagen?” Estaba en una habitación bastante
amplia, y escuchó un ruido detrás de él.
Cuando volteó vio al fantasma volando hacia él.

martes, 18 de octubre de 2011

Mi doble fantasma

Ese verano, fue sin dudas el más caluroso que he vivido. Amanecía con un horizonte
rojizo, por el polvo que se levantaba de la tierra reseca; el resto del día el cielo estaba
despejado, y el sol quemaba desde la mañana hasta el ocaso.
En esa época vivía en una zona rural. Mi familia tenía un caballo, pero como casi
siempre lo utilizaban mis hermanos, la mayoría de los días iba a la escuela a pie.
Recuerdo que aquel día, cuando salí de la escuela, a la una de la tarde, el sol estaba
insoportable. Tenía por delante una caminata de cinco kilómetros, por un camino
de tierra rodeado por campo, sin una sombra en donde descansar.

No soplaba ni una brisa, el campo estaba inmóvil; el amarillo del sol parecía teñir
a los pastos, al camino, hasta las piedras estaban amarillentas de luz.
Por el camino siempre veía animales, pero ése día no, sólo yo caminaba por aquella
tierra ardiente. Voltee varias veces con la esperanza de ver el vehículo de algún
conocido, para que me llevara; o de algún desconocido que se apiadara de mí.
Comencé a sentir los latidos de mi corazón punzándome en las sienes, y mi paso
se hizo más lento.
Al cruzar frente al campo de una familia conocida, vi al viejo González, estaba
parado entre las plantas de papa, a unos veinte metros del camino. Cuando levanté
mi brazo y lo saludé no me respondió, sólo se quedó mirándome.

- ¡Don! - le grité - Me da un vaso de agua. ¡Este sol está bravísimo!

Nuevamente no me respondió, pero vi que miró rumbo a su casa, yo lo tomé como
un sí; en el campo nadie te niega un poco de agua, y menos a un conocido.
Su casa estaba a unos cincuenta metros del camino. Golpee la puerta y me atendió
la esposa de González.

- ¡Hola Doña! Me da un vaso de agua.
- ¡Hola! Claro, entra que te sirvo. ¡Pobrecito! Con este sol…

Me hizo pasar y que tomara asiento en la sala. Ya había comenzado a dolerme la
cabeza, y de sentir calor, pasé a sentir frío; me había insolado.
Mientras tomaba el agua la esposa de González me comentó:

- Hoy mi esposo amaneció mal. Llamé a un doctor, ya está por venir. Si quieres
pasa a saludarlo, seguro que le va a gustar verte, está en la cama pero está despierto.

Lo que dijo me confundió. Como iba a estar mal y en cama si acababa de verlo parado
bajo el sol, como si nada. La cara del viejo era inconfundible: Tenía una nariz aplanada y
un bigote enorme, y la piel media colorada de trabajar en la intemperie, además lo conocía
desde que tengo memoria, y lo veía casi todos los días.
A pesar de que me dolía la cabeza, sentí gran curiosidad, y seguí a la Doña hasta el cuarto
donde supuestamente estaba el viejo. Me sorprendí cuando lo vi en la cama. Estaba tan
mal que ni hablar pudo, sólo levantó la mano y sonrió bajo su bigote.
La Señora González no se dio cuenta de que yo estaba insolado; seguramente estaba muy
preocupada por su esposo como para notarlo.

Al salir nuevamente al sol, miré rumbo a la plantación de papas, el doble del viejo, su
“Doppelgänger” estaba parado en el mismo lugar, mirándome. Desvié la mirada y seguí
caminando. Cuando alcancé el camino lo miré nuevamente, y vi que no estaba solo; junto
a él estaba mi doble, mi propio “Doppelgänger” mirándome y sonriendo de forma malévola.
No tengo palabras para describir el terror que sentí al ver a mi doble fantasma.
Eso fue lo último que recuerdo con claridad de ese día. El Doctor que fue a atender al
viejo González, me encontró tirado en el camino.
Demoré días en recuperarme de aquella insolación. Varios años después mis padres se
atrevieron a decirme que estuve al borde de la muerte, de alguna forma ya lo sabía.
Los “Doppelgänger” suelen aparecer como presagio de muerte, González murió
ese mismo día.

lunes, 17 de octubre de 2011

Pablo y el monstruo

Pablo salió de su casa al atardecer. Caminó por el campo, atravesó algunas plantaciones, y
cuando el sol se apagó en el horizonte, alcanzó el borde de un gran bosque.
Recién ahí cargó su escopeta; también llevaba un bolso cruzado en el hombro, y en el bolso,
entre otras cosas, cargaba una potente linterna. Iba a cazar liebres utilizando el método de
encandilarlas con la luz y luego dispararles.
La transición entre el día y la noche fue difusa: Antes de que el sol se ocultara, ya había
asomado la luna llena.

Pablo caminaba con sigilo. A pesar de que la noche era clara; algunas partes del bosque
estaban oscuras debido a las sombras de los árboles. Cualquiera que no conociera aquel
lugar, se perdería fácilmente en medio de tanta fronda; pero Pablo la conocía de sobra.
Anduvo por varios senderos que se conectaban entre si como en un laberinto.
Hizo una pausa en un claro, para tomar agua. Cuando empinaba la botella, escuchó el
crujido de unas ramas; al voltear hacia donde venía el ruido, vio a una silueta muy extraña,
cruzar agazapada entre los troncos de los árboles.

Después de apuntar su linterna hacia aquel lugar y no ver nada, tuvo la certeza de que lo
que allí andaba, estaba oculto detrás de un árbol, y lo estaba asechando.
Salió del claro hacia un sendero. Cada pocos pasos miraba sobre su hombro. Podía escuchar
como lo seguían; cuando paraba, su perseguidor también lo hacía.
Ya al borde del terror, Pablo decidió emboscar a lo que lo estaba siguiendo.
Lo esperó oculto detrás de una enramada. Lo vio salir detrás de un tronco: Caminaba
encorvado y con las piernas abiertas, y hamacaba sus brazos exageradamente; pero lo más
horrible era su cabeza. No sería tan aterradora si estuviera en el cuerpo de un perro, pero
en el cuerpo de un humano, aquella cabeza era algo espantoso.

Cuando estuvo a buena distancia, Pablo le disparó dos veces. Las detonaciones sonaron
como dos cañonazos, retumbaron en el bosque. La criatura cayó hacia atrás, con dos
enormes huecos en su pecho.
Al ver que el monstruo agonizaba, Pablo se atrevió a acercarse más.
Era un Hombre lobo. La sangre le salía de los agujeros como agua que brota de un
manantial, a borbotones. Repentinamente la bestia dejó de respirar, murió.
Observaba a la bestia cuando se le cruzó por la mente un pensamiento que lo inquietó:
“Si se convierte en humano me van a acusar de asesinato; nadie me va a creer que era
un Hombre Lobo, me tomarán por loco” pensó.

En aquella zona vivía muy poca gente, y todos sabían que él cazaba en aquel bosque.
Esperó durante más de dos horas, la bestia seguía igual, no cambiaba.
De a poco su temor fue disminuyendo, y terminó por convencerse de que el monstruo
iba a permanecer así. Después se le ocurrió otra idea: “Un trofeo”.
Regresó a su casa durante la madrugada. La excitación de esa noche no lo dejó dormir,
había vivido una verdadera historia de terror, y tenía la prueba de ello.
Cuando amaneció fue a ver su trofeo. Al abrir el bolso en donde había puesto la cabeza
del monstruo, vio que esta había cambiado, ahora era humana, y su rostro le era conocido,
era un hombre de la zona.

domingo, 16 de octubre de 2011

El mundo mágico de Laura

Desde aquella vez, cuando después de la cena, salió al jardín junto a sus padres, y se
deleitó con el aire fresco y húmedo de la noche, mezclado con el aroma de las flores;
Laura comenzó a salir al jardín por las noches.
Apenas terminaban de cenar, ella insistía para que la acompañaran; y de la mano de su
madre, recorría el sendero más próximo a la casa, que estaba rodeado de plantas y flores.
Cuando sus padres se negaban, por estar muy oscura la noche, la niña salía por la ventana
de su cuarto; y caminaba entre las sombras del inmenso jardín.

Laura era una niña muy especial, vivía en su propio mundo.
Le gustaba soñar despierta. Mientras caminaba por los senderos, se imaginaba que estaba
en un mundo mágico, y que por las plantas trepaban y saltaban pequeños duendes; y creía
que las mariposas nocturnas que por allí volaban, eran hadas.
Una noche, vio que alguien más caminaba por el jardín.

- ¡Hola! - la saludó.
- Hola ¿Quién eres? - preguntó Laura.
- Soy el guardián de este mundo mágico.
- ¿En serio?
- Sí. ¿Quieres recorrer un lugar que nunca viste? Un lugar secreto.
- ¡Sí!
- Entonces dame la mano y vamos.

Laura le dio la mano y se fue junto con él. El “guardián” era un loco asesino que la estaba
asechando y la escuchó hablar sobre un mundo mágico.

sábado, 15 de octubre de 2011

Vagando por la noche

Un par de perros saltaron el muro de una casa y salieron a ladrarle; Guillermo siguió
su nocturno paseo sin prestarles atención. La noche, negra, y aquellas calles no estaban
iluminadas; e hileras de árboles las bordeaban por un lado, haciendo que la oscuridad
fuera casi absoluta. Guillermo siguió vagando, como si fuera una sombra más, invisible
entre aquellas tinieblas.
En algunas casas, cada tanto, se encendía una luz, y Guillermo veía que alguien se asomaba
por la ventana, buscando la causa de que su Perro ladrara tanto.

Al llegar a una parte más abierta, donde no había árboles, vio que alguien se le acercaba
caminando en dirección contraria a la de él. Era una silueta ancha y baja, y avanzaba de
forma errática; para un lado y para el otro, e iba murmurando algo.
Guillermo siguió avanzando en forma recta. El otro caminante, se abrió hacia un costado,
y luego enderezó rumbo a Guillermo.
En vez de chocar con el extraño, Guillermo lo atravesó, pasó a través de él.
El otro caminante paró, un escalofrío recorría su cuerpo, y sintió un súbito terror.
El hombre estaba borracho y no se explicaba que le había pasado. Él no había visto a
Guillermo, nadie lo veía, pues era un fantasma, sólo los perros presentían su presencia
y salían a ladrarle.

jueves, 13 de octubre de 2011

Escribiendo un cuento de terror

Hace poco, me uní a un pequeño grupo de escritores noveles, principiantes, aunque todos
tienen más experiencia que yo. En el grupo somos tres hombres y cuatro mujeres.
Mediante mensajes de texto, acordamos reunirnos en la casa de uno de los integrantes.´
Una tormenta amenazó durante todo el día; se desató una media hora antes de la reunión,
que era a las nueve de la noche.
En los pocos metros que recorrí desde el taxi hasta la casa, casi me empapo totalmente.
Los demás ya habían llegado. Franco, el dueño de la casa (una construcción tipo “Chalet”
similar a un pequeño castillo) me recibió y lo seguí por un par de salones y un corredor.

Finalmente llegamos a la habitación en donde estaban los demás. Era amplia, justo
a la mitad tenía una gran chimenea, y esa noche estaba encendida. Unos leños enormes
chisporroteaban mientras se consumían lentamente, y la luz que producían se desparramaba
por casi toda la habitación. Aparte de aquella luz, sólo había un par de velas iluminando
de forma peculiar los rostros de mis compañeros, que estaban sentados en torno a la mesa
en donde estaban las velas. Saludé y me senté. En la mesa también había un montón de
cuadernos y un par de termos con café. Rosario, una de las muchachas, me sirvió una taza.

Lo de no encender la luz eléctrica me pareció una exageración, pero no lo comenté.
La reunión era para escribir, entre todos, un cuento de terror. Para mí, el aspecto, lo
grande de aquella casona, y la tormenta que rugía afuera, eran más que suficientes para
inspirarnos. El viento hacía que unas ramas delgadas azotaran a la única ventana que
había en la habitación, y a veces sonaba como si alguien arañara los vidrios.

- Vamos a comenzar - dijo Franco - ¿Elegimos un tema o tiramos ideas hasta que nos
guste alguna?
- Elegimos un tema - le contestó Fabiana, otra de las muchachas, y continuó - A mí
me gustaría, yo propongo, escribir sobre…

La interrumpió un ruido fuerte que escuchamos, venía desde otra habitación; sonó
como si objetos metálicos chocaran entre si. Todos volteamos hacia Franco.

- ¿Y eso? ¿Hay alguien más en la casa? - le pregunté.
- No, tal vez fue el Gato - me contestó Franco.
- El Gato está aquí, recién me rozó - dijo una de las muchachas, no distinguí cual, en
ése momento miraba hacia la puerta. Miramos bajo la mesa y allí estaba el Gato.
- Vamos a ver que anda ahí - invité a Franco.
- No vale la pena, ahí está la cocina, seguramente fue una Rata.
- ¡Ratas! - exclamó Rosario.
- A veces andan, como la casa es muy grande…

Por un rato estuvimos expectantes, escuchando; después seguimos con lo nuestro.
La luz de la chimenea comenzó a disminuir, los leños estaban rojos. Las velas chorreaban
cera, y sus llamas bailoteaban para todos lados. Fuera seguía la lluvia, arreciando contra
los muros de la casa.
Por momentos nadie hablaba, cada tanto alguien rompía el silencio con alguna idea.
Fue en uno de esos momentos de silencio, cuando de repente una de las muchachas gritó.
Vi que señaló rumbo a un rincón; en los extremos de la habitación apenas llegaba
algo de luz. Cuando miramos hacia donde señalaba, vimos a una silueta, una sombra,
caminando entre aquella penumbra, andaba con paso solemne, lentamente.

No sé si sólo las mujeres gritaron, hubo un gran griterío. Vi que Franco corrió hacia el
interruptor de la luz; yo tomé mi silla y la levanté para arrojársela a la sombra. Antes de que
la tirara se encendió la luz, y la sombra desapareció.
Siempre creí que si me cruzaba con algún hecho sobrenatural, actuaría de otra forma; pero
sólo atiné, al igual que los otros, a salir lo más rápido que pude de aquella casa, incluso
Franco se retiró de allí junto con nosotros y su Gato, y pasó la noche no sé donde

Por si se preguntan qué pasó con el cuento de terror; el cuento es éste…

miércoles, 12 de octubre de 2011

Restos de animales

Los perros aullaron de repente, y se escuchó un gran alboroto en el gallinero.
Anselmo se tiró de la cama y corrió hasta donde estaba su escopeta.

- ¡Estas comadrejas! ¡Hoy no se salvan! - exclamó Anselmo mientras buscaba los cartuchos.

Le pareció raro que sus perros aullaran en vez de ladrar. Sin pensarlo más salió de la casa.
Era una noche de luna. Cruzó corriendo por el jardín. El gallinero estaba detrás de unos
naranjos. Las aves revoloteaban y chocaban contra el tejido de alambre, y cacareaban
enloquecidas. Cuando Anselmo vio lo que causaba el alboroto, soltó la escopeta y se
santiguó.

- ¡Hay Dios mío! - y se hizo la señal de la Cruz.

Una procesión de fantasmas salía desde un galpón cercano y rodeaba el gallinero.
Algunos no estaban completos, sólo eran un torso o una cabeza flotando en el aire;
otros eran cuerpos enteros, también había esqueletos vestidos con harapos. Avanzaban en
fila desde el galpón, levitando o caminando. Algunos, los que tenían brazos, voltearon
hacia Anselmo y lo señalaron, después apuntaron hacia el galpón.
Anselmo sintió que se le iban las fuerzas, nunca había sentido tanto terror. Calló al suelo
y se arrastró por unos metros en dirección a la casa. Cuando logró levantarse corrió
como un loco, aplastando a su paso plantas y flores del jardín.

Estuvo el resto de la noche vigilando por la ventana, suplicando que los fantasmas no
entraran a su casa.
Por la mañana llamó por teléfono a la única persona a la que podía contarle lo que vio
sin que lo tomara por loco; su Hermana. A ella le interesaba todo lo relacionado con
situaciones paranormales.
Durante la tarde llegó su Hermana acompañada por una Médium.
Fueron hasta el gallinero, inmediatamente la Médium sintió algo.

- Esta energía no debería estar aquí - dijo la Médium - Allí es más fuerte ¿Qué hay allí? -
preguntó señalando hacia el galpón.
- Ahí guardo cosas, el alimento para los animales…- le respondió Anselmo.

Apenas entraron la mujer señaló una enorme bolsa que estaba sobre unas maderas.

- ¡Esos son restos humanos! - exclamó la Médium.
- No puede ser. Eso es alimento para aves a base de restos de animales, es…¡ Oh Dios
mío! ¡Utilizan restos humanos…! - dijo Anselmo horrorizado.

martes, 11 de octubre de 2011

El llanto

Emilio dejó el diario sobre la mesa y escuchó con atención; se oía el llanto de un bebé.
Creyó que tal vez era la tele, o la radio; a veces su esposa se olvidaba de apagarlas.
Cuando entró al cuarto el llanto había cesado; los aparatos estaban apagados. Abrió la
ventana y miró hacia afuera; la ventana daba a la calle, y a esa hora, cerca del medio día,
estaba llena de personas que iban y venían. Concluyó que había escuchado a un bebé
que alguien cargaba por la calle, alguna madre que cruzó por allí.

Regresó a leer el diario. Un poco después llegó Patricia, su esposa, regresaba de hacer
las compras.
Durante el almuerzo Emilio le comentó:

- Hoy me pasó algo curioso, si te lo cuento te vas a reír.
- ¿Qué te pasó? - le preguntó Patricia mientras se servía ensalada de una fuente. Emilio
hacía a un lado unas verduras que no le gustaban, Patricia lo vio.
- ¡Si no comes esas verduras no hay más milanesas!
- Está bien, me las trago, pero bajo protesta. Te cuento lo que me pasó; escuché el llanto
de un bebé y estaba seguro que venía del cuarto, se oía bien cerca…

En ese momento Patricia tomaba jugo, y al escuchar aquello se atacó de una repentina tos
que la hizo escupir lo que tomaba.
Emilio se levantó para ayudarla, ella no paraba de toser.

- ¿Te ahogaste? Trata de respirar ¡Calma!
- Sí…ya me pasó…me dio tos…ya estoy bien.

Después de eso el día pasó normalmente. Ya estaba de noche cuando volvió a suceder
algo extraño; nuevamente se escuchó un llanto de bebé, esta vez los dos lo escucharon.
Estaban mirando el informativo, las luces estaban apagadas, sólo el televisor iluminaba
la sala. Patricia se asustó mucho, comenzó a temblar de terror; el llanto era claro y fuerte.
Emilio estaba desconcertado, no se explicaba que pasaba.

- Voy a revisar el cuarto ¿Será que alguien entró…? - dijo Emilio.
- ¡No, quédate aquí! ¡Tengo miedo! Creo que es…es él… - Patricia no terminó su frase, su
esposo ya iba rumbo al cuarto.
Entró al cuarto y encendió la luz. Estaba revisando todo cuando escuchó que Patricia lanzaba
unos alaridos de terror. Al llegar a la sala la vio tirada en el piso: Estaba boca arriba, y sobre
su vientre había un ser pequeño, un bebé deforme, cubierto de sangre, y con increíble rapidez
arañaba y mordía el vientre de Patricia. Al ver a Emilio aquel ser salió corriendo y desapareció
tras el sofá.
La cargó en sus brazos y la llevó hasta el auto, ella sangraba mucho.

En el Hospital, tras una larga espera, vio a un Doctor que salía de la sala de operaciones.

- ¿Cómo está mi esposa? - le preguntó Emilio al Doctor.
- Está fuera de peligro, se va aponer bien; pero le tengo malas noticias: Perdió al bebé.
- ¿Estaba embarazada?
- ¿No lo sabía? Tenía algunas semanas - le dijo el Doctor - Y hay algo más que tal vez
usted no sepa. No hace mucho su esposa se hizo un aborto.

Frente a un cementerio

Regresaba de una corta excursión a un pueblo turístico. Ya estaba de noche y transitábamos
por un camino desolado, cuando el ómnibus en el que íbamos se descompuso.
Había recorrido aquel camino muchas veces y lo conocía bien. Al mirar por la ventanilla me
di cuenta en donde estábamos. La noche estaba clara, reconocí al enorme eucalipto que está
justo frente a un viejo cementerio.
Mientras el Chofer y su ayudante intentaban reparar el ómnibus, la mayoría nos bajamos.

- ¿Qué hay ahí atrás? - escuché que un niño le preguntaba a su Madre, y señalaba el muro
del cementerio. Era la única construcción que había por allí, lo demás era todo campo.
- No sé, una casa supongo - le contestó la Madre.
- Lo que hay ahí es un cementerio abandonado - dijo un Señor de repente.
- ¡Un cementerio! ¡Ay que miedo! - exclamó una muchacha.
- ¡Si por aquí no hay ningún pueblo! - dijo un hombre que recién terminaba de empinar una
botella, que seguramente tenía algo más fuerte que un refresco. El hombre continuó:
- ¡Un cementerio en medio de la nada! ¡Jaja! ¿A quién se le ocurrió semejante…?
- ¡Ey! - lo interrumpió el mismo Señor que había dicho que el lugar era un cementerio
- ¡Tenga más respeto! Estamos frente a un Campo Santo.

Vi que el tipo de la botella se agachó y levantó una piedra, después avanzó unos pasos y la
arrojó por encima del muro. Lo que siguió fue algo aterrador.
Inmediatamente comenzó a caer una lluvia de piedras, alcancé a ver que las arrojaban desde
el cementerio. La mayoría chocó contra el ómnibus, otras cayeron en el camino. A mi no me
dio ninguna, pero otros no fueron tan afortunados y resultaron lesionados.
Hasta la gente que estaba adentro comenzó a gritar, aunque no sabían que pasaba; algunos
entraron, otros nos refugiamos tras el ómnibus.
Aquello sólo duró un instante, y por suerte él Chofer ya había solucionado el problema y
nos marchamos de allí.

Paramos en un pueblo, frente a un Destacamento Policial, él Chofer iba a hacer la denuncia.
Cuando bajamos se dio cuenta que había un pasajero menos, faltaba el hombre que arrojó
la piedra, el de la botella. Al mirar a los demás noté que faltaba alguien más; el Señor Mayor
que le reclamó más respeto al tipo de la botella tampoco estaba. Según él Chofer no faltaba
nadie más, y también aseguró que en el ómnibus no iba ningún Señor Mayor.
Casi todos habían visto a aquel Señor, pero nadie recordaba verlo en el ómnibus, solo había
“Aparecido” frente al cementerio.
Al de la botella lo encontraron muerto; pero no estaba en el camino, estaba en el cementerio.

lunes, 10 de octubre de 2011

Noche de insomnio y terror

Como aún no tenía sueño encendió la televisión. Silvana estaba medio sentada, con
parte de su espalda recostada al espaldar de la cama.
Cambiaba de un canal a otro; a esa hora de la madrugada había pura anuncios.
Encontró un canal en donde estaban dando una película de terror. Dejó el control
remoto a un lado y se cruzó de brazos; la película parecía ser buena.
El film la atrapó tanto que comenzó a asustarse. Buscó el control para cambiar de canal;
lo había dejado sobre la cama, a un lado de ella, cerca de su cintura, pero no lo encontraba.

Levantó la sábana, buscó bajo la almohada, miró hacia el piso. De repente la tele saltó a
otro canal, y al siguiente, y continuó. Silvana, horrorizada, se preguntaba qué estaba
pasando, de pronto escuchó una risita entrecortada, como si alguien se tapara la boca
para que no lo escucharan reír; el sonido venía de abajo de su cama.

domingo, 9 de octubre de 2011

Bajo la cama

Mario abrió un Portón de rejas y atravesó un jardín vetusto, lleno de enredaderas.
Detrás del jardín estaba la casa; una vieja edificación renegrida por el tiempo, y tan
descuidada como el jardín. Algunas grietas recorrían todo el largo de su fachada.
Mario golpeó la puerta; una mujer de mediana edad salió a recibirlo.

- ¡Buenas tardes! Soy Mario, ustedes llamaron a un Electricista…
- ¡Sí, lo estábamos esperando! Es la luz de uno de los cuartos, no anda. Pase por aquí.

Mario la siguió. Cruzaron por un salón en donde había siete ancianos: Dos de ellos
estaban sentados en un sofá, una señora caminaba lentamente, con la ayuda de un bastón;
otro miraba por la ventana, un matrimonio conversaba bajo, y un anciano estaba sentado
en una silla, con la mirada lánguida fija en un lugar cualquiera.
Aquella casa era un hogar de ancianos. Mario saludó al pasar, sólo la pareja le respondió;
los otros estaban sumergidos en sus recuerdos y añoranzas.

- Aquí está el cuarto - le dijo la mujer, la cual era Dueña del Ancianato. Enseguida la
mujer se retiró, se fue a otra parte de la casa.

Lo primero que sintió Mario fue un olor penetrante, después notó que el cuarto estaba
muy frío, eso le pareció algo extraño; la piel se le erizó enseguida.
En el cuarto había un armario, una cama y una mesita con una veladora.
Como la persiana estaba cerrada, el cuarto estaba bastante oscuro. Encendió su linterna
y comenzó a buscar el problema.
Revisó la llave. Estaba todo bien, la luz encendía. Miraba hacia la lámpara cuando escuchó
una voz y la luz se apagó.

- ¡La muerte viene por mi! ¡Pero no me va a encontrar! - dijo la voz.

Mario se arrinconó contra la puerta. Algo que estaba bajo la cama se había asomado
parcialmente. Enfocó la linterna hacia aquel bulto que se movía.
Era el torso de una anciana, la anciana lo miró por unos segundos, después se metió
completamente bajo la cama.
El corazón se le aceleró tanto, debido al terror que sintió, que creyó que se iba a
desmayar. Cuando recuperó un poco el aliento se agachó y miró bajo la cama; la
anciana ya no estaba; había visto un fantasma.

Mario fue hasta el salón en donde estaban los demás, allí estaba la Dueña del lugar.

- ¿Puro repararlo, ahora funciona? - le preguntó la mujer.
- Sí, funciona…lo arreglé.
La anciana que caminaba con bastón se dirigió a ellos:

- La luz andaba bien. Es María la que la apaga - la anciana se acercó a Mario.
- Ella es un fantasma - le susurró al oído. La dueña hizo un gesto indicando que la
anciana estaba loca.

viernes, 7 de octubre de 2011

El camino del viñedo

Una amiga me había invitado a cenar en su Casa. Ella vivía con sus padres y sus tres
hermanos. Durante la cena sus hermanos no me sacaron la vista de encima; los tres
estaban serios, con cara de pocos amigos, supongo que creían que les correspondía
oficiar de “Guardianes” de su hermanita.
Sus padres, un poco menos hostiles, conversaron bastante y hasta rieron con mis
ocurrencias y anécdotas.

La Casa estaba rodeada por viñedos. Un camino de unos diez metros de ancho, se
habría paso entre las vides hasta llegar a una calle rural; el camino tendría unos
doscientos cincuenta metros de largo.
Después de una sobremesa corta, sus padres comenzaron a bostezar; enseguida
entendí el mensaje. Me levanté y les dije:

- Estuvo muy rica la comida. Tengo que caminar bastante, así que mejor me voy ahora.

Cuando me marché toda la familia salió al frente de la Casa.

- Papá, si me prestas el Auto lo arrimo hasta su Casa - dijo mi amiga.
- La noche está lindísima, seguro que él quiere irse a pie ¿Verdad? - le contestó el Padre
y me miró.
- Sí, la noche está linda, me voy a pie. ¡Que pasen bien!

El camino que cortaba el viñedo no era recto; no me había alejado mucho cuando
dejé de ver la casa. La noche era clara, había Luna llena. Soplaba algo de viento y
las vides se agitaban y producían un rumor muy particular, como si sus hojas fueran
de papel.
Como por la mitad del camino, comencé a escuchar un silbido, alguien silbaba una
canción. Las vides tenían hojas sólo en su parte superior; creí que si me agachaba
vería las piernas del silbador, el sonido venía de cerca. Sólo vi los delgados y retorcidos
troncos de las vides, y las estacas que las sujetan. Aquel sonido venía desde el lado
derecho del camino, y de un instante a otro venía del lado izquierdo.

El silbido era extraño, reverberaba como si el silbador estuviera en un lugar cerrado y
con buena acústica, no en medio de un viñedo.
Estaba por echarme a correr cuando vi las luces del Auto; mi amiga se había impuesto
a su Padre y había tomado el Auto. Cuando subí ya no escuchaba el silbido.
Ya íbamos por la calle, cuando ella, al notarme muy callado, me preguntó:

- ¿Escuchaste o viste algo raro cuando ibas por el camino?
- Escuché un silbido que me heló la sangre en las venas, todavía estoy temblando.
- ¡Ay perdón! No te había dicho nada porque no me ibas a creer. Mi familia no me
cree, no se porqué, sé que también ellos han escuchado ese silbido, pero dicen que
me lo imagino. Suena igual a lo que silbaba un tipo que murió en el viñedo.
- ¿Un tipo murió en el viñedo? - le pregunte.
- Sí, el trabajo un tiempo allí. A mi no me gustaba mucho, siempre me miraba.
- ¿Y tu familia notó que el tipo te miraba?
- Supongo que si.
- Y un día apareció muerto en el viñedo - le dije.
- ¿Qué quieres decir con eso? No estarás insinuando que mi familia…
- ¡No, no, claro que no!

jueves, 6 de octubre de 2011

En una habitación de Hospital

Fabricio hacía su ronda. Como ya era muy tarde, casi la medianoche, aquella parte
del Hospital estaba silenciosa y desolada. Le parecía algo inútil vigilar esa parte del
Hospital; pero como era su trabajo, recorría una y otra vez aquellos pasillos tan
inquietantes.
Repentinas corrientes de aire recorrían el lugar; y tanto abrían como cerraban
una puerta de golpe. “Puertas mal diseñadas, pestillos muy cortos y muy sensibles”
Fabricio siempre le encontraba una explicación, quería creer que era sólo eso; de
otra forma no podría recorrer aquellos pasillos solitarios , aterradores.

Llegó a una parte donde acostumbraba volverse. Más adelante había una habitación
vacía, en donde había escuchado ruidos que desafiaban sus explicaciones. Siempre
que podía, evitaba cruzar frente a ella, se volvía antes.
Esa noche no pudo: escuchó un portazo a sus espaldas, y que dos personas conversaban.
Era un par de doctores. Fabricio continuó sin voltear. A pocos pasos de la puerta miró
hacia atrás, los doctores ya se habían retirado.

Tuvo la intención de volverse; pero quedó parado en el lugar. No podía seguir teniendo
miedo a una habitación vacía. Decidió hacer lo que nunca había hecho; mirar el interior
de la habitación.
Sacó su Llave Maestra y la abrió. Cuando entró y encendió la luz, vio algo que le puso
los pelos de punta, un escalofrío le subió por la columna.
Sobre una Mesa larga, estaba el cuerpo despellejado de un hombre: No tenía piel y en
algunas partes los músculos estaban separados de los huesos.

- ¿Qué está haciendo aquí? - escuchó Fabricio detrás de él. Se volvió con un grito.
Un Doctor estaba en la Puerta - ¿Qué hace aquí? - preguntó nuevamente.
- ¡Ufff…! ¡Que susto que me dio! - dijo Fabricio, enseguida pensó en una excusa.
- Escuché un ruido y entré a revisar - le respondió. No era del todo mentira, otras
noches si había escuchado ruidos.
- Tal vez el ruido vino de otro lado - dijo el Doctor - Le aseguro que ése que está
ahí ya no hace ruidos; es un cuerpo disecado, lo usan los internistas para estudiarlo.
- Sí, me habré equivocado, no vuelvo a entrar aquí.

El Médico asintió con la cabeza y se marchó. Fabricio apagó la luz, y cuando estaba
cruzando el umbral, escuchó una serie de crujidos. Al voltear, alcanzó a ver en la
oscuridad, que el hombre disecado había levantado la cabeza y miraba rumbo a él.
Cerró de un portazo y le echó Llave.

Los muertos que no están en un cementerio no descansan: Ya sea que sus restos
estén en algún lugar agreste, fosa sin nombre, o mesa de Hospital.

A Wilmar le gustaba el terror

Wilmar no sabía porqué lo hacia, lo único que tenía claro era que le gustaba matar gente.
Una noche, se las ingenió para abrir la ventana de un hogar. Con mucho sigilo, fue
revisando las habitaciones de la Casa. Primero escuchaba pacientemente, después abría
la puerta con el mayor de los cuidados.
Por lo que alcanzó a distinguir en la penumbra, en aquel hogar vivía una sola persona.
Por debajo de la puerta de uno de los cuartos, vio algo de luz, y escuchó que alguien
roncaba. Abrió la puerta lentamente y espió. Allí estaba la dueña de la Casa: Estaba
durmiendo en un Sillón, era una anciana, sobre la falda tenía un par de agujas de tejer y
una prenda de lana a medio terminar.

La anciana se había dormido mientras tejía. Antes de apuñalarla, Wilmar la despertó;
le gustaba ver el terror que le causaba a sus víctimas. Hecho su “Trabajo” salió de la Casa.
Durante la madrugada siguiente, Wilmar, mientras estaba acostado en su cama, escuchó
un tintineo metálico, era un sonido débil, apenas audible.
Encendió la luz y buscó en la habitación.
- ¿De dónde viene ese maldito ruido? - maldijo Wilmar mientras buscaba.

De repente se le ocurrió algo: “Las agujas de tejer” pensó. Sabía que ya había escuchado
un sonido similar, sonaba igual a cuando su Madre tejía. Entonces recordó a la anciana
de la noche pasada, y a las agujas que tenía sobre su falda.
Ahora él sentía miedo, y no era agradable, no era divertido como cuando lo sentían sus
víctimas.
El sonido fue aumentando. Parecía venir de todos lados y de ninguna parte.
Cada vez era más claro; dos agujas metálicas chocando entre si, chirriando al rozar una
con otra.
Wilmar se acostó y se cubrió las orejas con la Almohada. Estuvo así largo rato. Cuando
se destapó las orejas, con la esperanza de que el ruido hubiera parado, sus ojos se abrieron
hasta casi desorbitarse, a la vez que habría la boca y dejaba escapar un quejido. Sus manos
se aferraron a las sábanas y comenzó a patalear. Una Aguja, fría y aguda, penetraba
lentamente por su oído, perforando tímpano, hueso, y cerebro.

miércoles, 5 de octubre de 2011

El Infierno de Javier

Javier regresaba de una fiesta. Cuando bajó del Taxi miró su reloj; eran las cuatro
de la madrugada. Al tantear el bolsillo en donde guardaba las llaves de su Casa,
levantó la vista hacia una de las ventanas del segundo piso, y, por una fracción de
segundo, vio que algo cruzaba delante de la ventana.
Como dentro de su Casa estaba oscuro, y lo que vio fue tan fugaz, pensó que
probablemente su vista lo había engañado; además había bebido bastante.
Por las dudas, apenas entró fue directo a su oficina, donde guardaba un Revólver.

Terminaba de serrar el cajón en donde tenía el arma, cuando escuchó pasos que
se acercaban por el corredor; los pasos sonaban lentos y pesados. Se detuvieron
frente a la puerta de la oficina. La perilla de la puerta comenzó a girar
lentamente, a Javier le temblaban las manos mientras apuntaba.
La puerta se abrió un poco, entonces asomó una cabeza que parecía salida de una
pesadilla: Tenía unas orejas enormes y flácidas, los ojos saltones y blancos, su
nariz eran dos agujeros enormes por donde chorreaban líquidos amarillentos, y
su boca, un abismo negro lleno de dientes retorcidos y sanguinolentos.

En un instante, Javier pasó de estar en su oficina, gritando de miedo y disparándole
a la criatura, a estar nuevamente en el Taxi, el cual se había detenido frente a su Casa.
“¡P…a pesadilla!” pensó Javier mientras se bajaba del Taxi. Cuando fue a sacar sus
llaves, miró hacia la ventana del segundo piso.

- Aquí tiene su cambio - dijo el taxista. Javier volteó hacia el Taxi.
- Quédese con el…¡Oh! ¡No puede ser! - dentro del Auto estaba el monstruo de su
pesadilla. Javier corrió rumbo a la puerta, pero paró en seco antes de llegar a ella;
en el umbral estaba nuevamente el mismo monstruo, esta vez vestido como una
mujer. - ¡Amor, ya estaba preocupada, te estaba esperando…¡Jajajaja! - dijo el
monstruo, y al reír abría tanto su descomunal boca, que la parte superior de su
cabeza caía hacia atrás.

Una alarma alertó al Enfermero que vigilaba los monitores.

- Este paciente tiene el ritmo cardíaco muy elevado - observó el Enfermero.
- Sí, un poco, pero está dentro de lo normal - repuso el otro Enfermero que estaba en
la habitación. Los dos monitoreaban los signos vitales de Javier y de otros pacientes
comatosos.
- ¿Usted cree que sueñan, que pueden tener pesadillas? - preguntó el primero.
- Espero que no. Debe ser horrible tener pesadillas y no poder despertarse.

martes, 4 de octubre de 2011

La Mano Fantasma

“Se salvó de milagro” comentaban los doctores que lo atendieron. Camilo sufrió un
grave accidente automovilístico. Volvió a tener conciencia varios días después.
Lentamente las sensaciones y los sentidos regresaron a él. Lo primero que escuchó
fue la conversación de dos mujeres que hablaban cerca de él; dos enfermeras.

- ¡Pobre hombre! ¡Bueno! Dentro de todo tuvo suerte; pero cuando se entere que…
- ¡No siguas! - la interrumpió la otra Enfermera - Creo que está despierto.

- ¿Dónde estoy? - murmuró Camilo - ¿Porqué no veo?
- Está en un Hospital - le contestó una de las enfermeras - Usted sufrió un accidente.
No puede ver porqué le aplicaron injertos de piel en la cara; en unos días le sacan el
vendaje y entonces podrá ver, sus ojos están bien. A primera hora de la mañana viene
el Doctor, él le va a informar más sobre su estado. Ahora trate de descansar.
- ¿Qué hora es? - preguntó Camilo.
- Son las ocho de la noche. Ahora trate de descansar.

Escuchó los pasos de las enfermeras alejándose, después que se habría la puerta, y
seguidamente la cerraban con cuidado.
No podía ver ni moverse, y al estar bajo los efectos de calmantes, dormía y se despertaba
en intervalos. En uno de los momentos en que había despertado, sintió que
una mano le aferraba el brazo derecho. Le pareció que era una mano bastante pequeña;
la de una enfermera, supuso.

- ¿Quién está ahí? - preguntó Camilo. Enseguida sintió como la mano le soltaba.
No le respondieron. Después de unos segundos sintió nuevamente el contacto de aquellos
dedos fríos y pequeños, rozando su brazo derecho; acariciándolo desde el codo hasta su
mano. Luego sintió que le rascaban el brazo, como haciéndole cosquillas.
intentó apartar el brazo pero no podía moverlo, estaba paralizado.
Comenzó a sentir cada vez más terror: no sabía quién estaba a su lado, o qué estaba a su
lado; jugando con su brazo derecho.

Finalmente se desvaneció. Volvió en si al escuchar la voz de un hombre que intentaba
despertarlo.

- ¡Camilo! Bien, veo que ya despertó. Soy el Doctor González. Bien, eh…le quería
informar que, debido a sus lesiones…

- ¿Quién estaba aquí? - le preguntó Camilo - Había alguien, me agarraba el brazo derecho.
- Usted estuvo solo, aquí no había nadie, las enfermeras no se quedan en las habitaciones.
Usted debió sonarlo, nadie le tomó el brazo…
- ¡Le digo que aquí había alguien! Estaba jugando con mi brazo derecho.
- Camilo; eso es imposible: Le amputamos todo el brazo derecho el mismo día del accidente.

lunes, 3 de octubre de 2011

La historia de Claudio

Claudio invitó a sus compañeros de clase a pasar la noche en su casa.
Después de cenar fueron hasta el cuarto de Claudio. Se sentaron formando una
ronda y comenzaron a hablar de cuanto tema se les ocurría.

- ¿A quién le gustan las películas de terror? - preguntó uno de los niños.
“A mí” respondieron todos. Desde ése momento la conversación giró en torno a temas
de terror. Cada uno tenía una historia que contar, según ellos eran verídicas.

- A mi Abuelo, el que vive en el campo - comenzó uno de los niños - Una vez se le
apareció una mujer vestida de blanco, que salió de adentro de un pozo de agua…
- Eso lo viste en una película - lo interrumpió uno de sus compañeros.
- No…¿En cuál película? Capaz que le copiaron a mi Abuelo - al oír aquello todos
se rieron. “Mentiroso” le dijeron, y uno le propinó un almohadazo en la cabeza.

- Si no me creen esa, no me van a creer lo que le pasó a un Tío mío cuando estaba
en el Ejército. Un extraterrestre lo persiguió por la selva…
- Esa es parecida a “Depredador”.
- Entonces no cuento más.

Claudio los observaba mientras sonreía. Sus compañeros se daban almohadazos y se
empujaban.

- Tengo una historia que contar - dijo Claudio de repente - Esta si que los va a asustar.

Los demás se prestaron a escucharlo. Claudio los miró uno a uno y comenzó:

- Había una familia que hacía dinero vendiendo niños, los llevaban para otro país.
Esa familia tenía un hijo. Ese hijo invitaba a sus amigos a su casa y después nunca
más se sabía de ellos.
- ¿Y qué le decían a la Policía después? - preguntó uno de sus compañeros.
- Inventaban que habían asaltado la casa y se los habían llevado - le contestó Claudio.
- Después de un tiempo se mudaban - siguió Claudio.

- Esa historia no asusta nada, puras pavadas…
- Seguro que después vas a estar asustado - afirmó Claudio - Ahora espérenme que
tengo que ir al baño - dicho esto salió del cuarto.
Cuando notaron que demoraba demasiado intentaron abrir la Puerta; estaba cerrada.
- ¡Claudio, ábrenos la Puerta, queremos salir! ¡Claudio! ¡Claudio!

domingo, 2 de octubre de 2011

La Biblioteca Embrujada

Ariel nunca había entrado a aquella Biblioteca. Cerca de la puerta, detrás de un escritorio,
había una Señora; tenía en el rostro una expresión de fastidio, mezclada con un aire de
desdén, de desprecio hacia algo, hacia su trabajo tal vez.

- ¡Hola! - saludo Ariel - ¿En que parte están los libros de Filosofía?
La mujer ni se inmutó, lo ignoró, ni siquiera lo miró. “¿Qué le pasa a esta loca?” pensó
Ariel. Como la mujer lo seguía ignorando, fue a buscar los libros por su cuenta.
Los encontró al lado de la sección de “Cuentos de Terror”, al final del pasillo.
Allí mismo había una Mesa y unas sillas. Se sentó a hacer un resumen.
Un ruido lo distrajo de su tarea, al levantar la vista vio como un libro que estaba en un
Estante, se movía lentamente, como si alguien lo empujara.

Se levantó y fue a mirar el otro lado del estante, allí tenía que estar el que lo empujaba;
pero no había nadie. Cuando regresó a sentarse, vio que el Libro que se había movido
ahora estaba sobre la mesa. Miró hacia todos lados, ya algo asustado.
El Libro se había movido desde la sección de cuentos de terror; Ariel leyó su título,
se llamaba: “La Biblioteca Embrujada”.

El alma del Diablo

El Padre Romario enganchó el Caballo a la Carreta. Su Sotana negra se confundía con
las sombras de los pinos que rodeaban la Capilla. A esa hora de la noche el pueblo ya
estaba dormido, silencioso.
Encendió un Farol y lo colgó en un costado de la Carreta; sin aquella luz le iba a ser
imposible dar con el sendero que llegaba hasta la Casa en donde solicitaban su servicio:
La noche era muy oscura.
Media hora antes, un jinete había llegado hasta la capilla. El Padre Romario despertó
al escuchar que golpeaban la puerta. El jinete le informó que Carrasco, un hombre de
la zona, agonizaba, y la familia quería que le diera la Unción.

Por el vaivén de la vieja Carreta, el Farol se hamacaba para todos lados. El camino
estaba rodeado de árboles, y sus sombras alargadas se movían al compás del vaivén
del Farol.
Un viento fuerte sopló de repente, levantando arena y hojas; instintivamente Romario
cerró los ojos por un instante, cuando los abrió vio que alguien estaba sentado a su lado.

- ¡Por Dios! - exclamó Romario. Aquella repentina aparición lo había asustado.
- Prefiero otras expresiones de asombro, como por ejemplo: ¡Diablos! Esa me gusta
más, pero está bien, usted es un hombre que le sirve a ése…al que nombró recién.

Lo que dijo aquel extraño, más su inexplicable aparición, no le dejaron dudas a Romario;
el que estaba sentado a su lado era el mismísimo Diablo.
La luz del Farol lo iluminaba desde un costado, tenía apariencia humana, la de un hombre
anciano; la sombra de un sombrero ocultaba sus ojos.
El Padre Romario tanteó el bolso donde llevaba agua bendita.

- Eso no le va a servir de nada - dijo el Diablo - Le caería un árbol encima antes de que
pudiera tocar ese frasco; además sería muy mala educación de su parte ¡Aún no me
he presentado!
- ¡Ya sé quien es usted! ¡Es él Diablo!
- Cierto. Ahora a los negocios. El alma de Carrasco me pertenece, me la vendió hace
diez años. Si le da la Unción puede arruinar mi contrato, otros curas no lo harían;
me reiría de ellos, no tienen el verdadero poder ¡Si supiera cuantos de sus colegas
terminan en mi Casa! ¡Se asombraría! Pero usted es diferente, con usted no me arriesgo.
- ¿Y qué pretende hacer para detenerme? - preguntó Romario.

- ¡Ah! Puedo hacer muchas cosas: A usted, a su Carreta, o a su Caballo. ¡Nunca va a
llegar! ¡No puede salvarlo! ¡Carrasco va a arder en el infierno!
- Puedo hacer una cosa - dijo Romario - Le ofrezco mi alma a cambio de la de Carrasco.
- No me gusta que se salga con la suya, pero su alma es demasiada tentación ¡Acepto!

Él Diablo sacó un pergamino y se lo entregó - Firme aquí - le dijo.
Apenas Romario firmó, el pergamino y el Diablo desaparecieron.
- Perdóname Señor, pero tenía que salvar el alma de Carrasco.
Cuando llegó a la Casa golpeó la Puerta, las luces estaban apagadas. Escuchó los pasos
de alguien que se acercaba. Detrás de la puerta apareció Carrasco, con cara de dormido.
- ¡Padre Romario! ¿Qué está haciendo aquí? - preguntó Carrasco.
En ese instante Romario comprendió que había sido engañado por él Diablo.

sábado, 1 de octubre de 2011

Las noches de Luna

Cerca de un camino y lejos de todo, en medio del campo; está la Casa donde
vivió David.

El techo de chapa de la humilde vivienda reflejaba la luz lunar que llegaba desde lo
alto del cielo. En su oscuro interior, David se paseaba de un lado para el otro; esperaba
ansioso el regreso de sus padres. Su pequeña figura iba desde su cuarto hasta la
sala, pasaba por la cocina y regresaba a su cuarto.
Desde el camino llegó un aullido, y se escuchó el trote de unos caballos; David se
asomó por la puerta. Dos jinetes y un Perro cruzaban por el camino.

- ¿Qué le pasa a éste Perro? - preguntó uno e los jinetes: El animal no paraba de aullar.
- Le está aullando a un fantasma - le contestó el otro, señaló hacia la casa y continuó:
- Esa casa está embrujada… ¡Allí está el fantasma! ¡Se está asomando por la puerta!

Talonearon sus caballos y se alejaron galopando.
David los vio alejarse y volvió a recorrer su casa. Atravesaba las paredes y flotaba
por las habitaciones mientras esperaba a sus padres, que nunca llegaban.

La Tormenta

Tormentas como aquella pasan cada dos o tres años, no son muy comunes.
Desde que comenzó el día el cielo estaba nublado. El aire estaba cargado de humedad.
Bandadas de patos y garzas volaban en formación, huyendo de la tormenta.
Desde niño aprendí a interpretar a la naturaleza, y todo indicaba la inminencia de un gran
temporal.
Reforcé el gallinero y el galpón. Como mi casa está en una zona alta y bastante
desprotegida, sabía que el viento iba a ser un problema. De la huerta coseché todo lo
que pude, aunque estuviera un poco chico o verde; presentía que la tormenta la iba a
destruir: No me equivoqué.

Al final de la tarde el cielo estaba verdoso, y el viento comenzó a soplar. Algunas goteras
enormes, aisladas y cálidas, precedieron a un aguacero cerrado, estruendoso. Enseguida
comenzaron a caer rayos, y el estruendo de los truenos se hizo continuo.
Observé por la Ventana el desarrollo de la tormenta. Vi pasar volando a parte de mi huerta.
Mis dos perros estaban dentro de la Casa, sentados a mi lado, algo asustados.
Cuando se hizo la noche me alejé de la Ventana y me senté a leer un libro. Fuera seguían
los relámpagos, los truenos, la lluvia torrencial, el viento.

No podía concentrarme mucho en la lectura, la tormentazo no me dejaba.
Mis perros estaban arroyados, dormitaban junto a mis pies. Repentinamente los dos
despertaron, se levantaron bruscamente y miraron hacia la Ventana, enseñando los colmillos.
cuando voltee, vi, que en la Ventana había tres fantasmas; tenían la cara contra el vidrio y
me estaban mirando directamente.
Inmediatamente los reconocí, era una familia de la zona: Una pareja y su hijo. Estaban flotando
en posición horizontal, bajaban levemente y volvían a subir, también se movían hacia los lados.
Me levanté y recosté mi espalda a la pared, mientras los seguía viendo.

De repente, detrás de ellos surgieron unos seres oscuros, no sabría definirlos de otra forma.
Sus siluetas no eran humanas, eran cinco o seis, y todos eran diferentes en sus deformidades.
Aquellos seres agarraron a los fantasmas entre sus manos- garras y se los llevaron, se elevaron
y después desaparecieron.
La tormenta había derrumbado uno de los muros de su Casa, habían muerto aplastados.
Aunque he estudiado e indagado bastante; todavía no se que eran los seres que se llevaron
sus almas, supongo que eran demonios; pero por lo que sé hasta ahora, no actúan de esa
forma.
Hoy me senté a escribir lo que vi aquella noche porque presiento que se aproxima una
tormenta igual. Ya escucho los truenos; comenzó a llover…