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domingo, 23 de octubre de 2011

Aquelarre

El conductor frenó el camión y miró a Mauricio, estaba dormido. Tenía los brazos
cruzados y había acomodado su gorro para que la visera le cubriera los ojos.
Estaba de noche. La luna iluminaba un paisaje que variaba entre campos y bosques.

- ¡Amigo!
- ¡Sí!, ¿qué? - dijo Mauricio al despertar. Se acomodó el gorro y se enderezó en el asiento.
- Lo puedo llevar sólo hasta aquí - le dijo el camionero - Tengo que dejar el camión en el
estacionamiento de la empresa, y ya estamos cerca, y no nos dejan llevar pasajeros.
- Entiendo. ¡Muchas gracias por traerme hasta aquí! - le expresó Mauricio.

Tomó su bolso y se bajó. Cuando el camión se alejó se dio cuenta que estaba en una parte
de la carretera que no conocía. Giró y miró el paisaje que lo rodeaba, no conseguía ubicarse.
Tuvo la impresión de que el camionero le había mentido. Pensó que era algo innecesario,
podía pedirle que se bajara en cualquier momento, sin tener que inventar algo.
No le dio más vueltas al asunto. Mauricio era un verdadero vagabundo, y cualquier lugar
le daba lo mismo. La noche estaba clara y la temperatura era agradable.
Estaba pensando que hacer, si comenzaba a caminar o acampaba por allí, cuando escuchó
una música, tambores.

Venía de un bosquecillo cercano. Mauricio dudó, pero al final decidió, por curiosidad,
acercarse a ver que ocurría.
Bajo la luna, atravesó el campo que separaba la carretera del bosquecillo; mientras lo hacía
recordó que era el día de brujas, y supuso que lo que acontecía en el bosque era algún
tipo de celebración, algunos “locos” festejando halloween. No estaba del todo equivocado.
Entre los árboles, las llamas de una hoguera formaba rayos de luz, y una multitud de sombras,
se movían de tronco en tronco; y se hacían larguísimas en el suelo del bosque.
Se acercó con cautela y espió, oculto detrás de un árbol caído.

Un grupo bastante grande de gente, vestidas con túnicas negras y capuchas que le cubrían
la cabeza, danzaba al son de unos tambores, en torno a una fogata y a un tronco que
servía de mesa, donde además de velas encendidas, había cráneos humanos.
A Mauricio no le gustó nada lo que vio. Aún estaba agazapado detrás del árbol cuando
escuchó un ruido detrás de él. Sintió que algo le golpeó la cabeza y cayó noqueado.
Cuando volvió en si, estaba sobre el tronco en donde había visto los cráneos, atado de pies
y manos. La música había parado y los que allí estaban habían descubierto su cabeza.
Estaba rodeado de ancianas horrorosas, llenas de verrugas y lunares peludos, Brujas.

Mauricio vio que cada Bruja tenía un cuchillo en la mano, y algunas se relamían y babeaban.

- ¡Déjenme! ¡Suéltenme! ¡Auxilio! ¡Aléjense malditas Brujas! - gritaba Mauricio mientras
las Brujas se le acercaban más y más.

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