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miércoles, 26 de octubre de 2011

Dentro del jarrón

Daniela y Agustín esperaban sentados en el sofá de su casa. Una llovizna mansa y gris,
empañaba los vidrios de la ventana; y algunas gotas se deslizaran suavemente por su
superficie, al igual que las lágrimas que corrían por las mejillas de Daniela.
Tocaron el timbre y los dos se levantaron, era el hombre de la funeraria.
Como quien carga a un bebé, Daniela cargó al jarrón que contenía las cenizas de su padre,
depositándolo luego, con extremo cuidado, sobre una repisa.
Agustín posó sus manos en los hombros de su esposa, ella levantó la mirada hacia el rostro
de su marido.

- Ahora tu padre está descansando en paz - dijo Agustín.
- Sí, ahora me siento más aliviada.

Durante la cena comieron poco, no había ánimo. Se acostaron temprano. Fuera seguía
la llovizna triste, y se escuchaba el constante goteo del agua que caía desde el techo.
Ninguno dormía, desde la tarde sentían algo extraño, algo diferente al sentimiento de
pérdida que los embargaba; pero no sabían bien que era.
De pronto escucharon una voz, dentro de la casa. Parecía que alguien rezongaba como
si estuviera molesto, aunque no entendían ni una palabra. Antes de que pudieran reaccionar,
las puertas interiores comenzaron a abrirse y cerrarse solas con rapidez.

Cuando salieron del cuarto, Daniela abrazó a Agustín, a la vez que gritó de terror.
La aspiradora se paseaba por la sala como si alguien la moviera, las sillas se hamacaban, y
un espectro borroso, amorfo, levitaba cerca del techo.
Daniela se desmayó, Agustín la cargó en brazos y salió de la casa.
Cuando ella recuperó la conciencia estaba dentro del auto, en el patio, su esposo estaba a
su lado. Permanecieron en el auto el resto de la noche. Por más que lo pensaron no
entendían porque les estaba pasando aquello, se negaban a creer que era el fantasma del
padre de Daniela; durante toda su vida fue un hombre bueno, y los quería a los dos.

Había amanecido y aún no se atrevían a entrar a la casa, aunque ya no se escuchaban ruidos.
Se sorprendieron cuando vieron llegar al hombre de la funeraria cargando un nuevo jarrón.
Después de disculparse varias veces, el hombre les informó que la funeraria se había
equivocado de jarrón; lo que estaba en la repisa no eran las cenizas de su padre.

3 comentarios:

Gissel Escudero dijo...

¡Ah, la pucha! ¡Encima era un fantasma desconocido! :-D Si yo fuera un fantasma, también me enojaría si me hubieran mandado a la casa equivocada ;-)

Jorge Leal dijo...

O tal vez sólo era un espiritu malo. El final es abierto. Gracias por comentar.

Anónimo dijo...

chido esta bueno y si yo tambien me ubiiera molestado pero ubiera sido mejor no haber asustado a en una casa ajena

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