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lunes, 24 de octubre de 2011

El dueño de la casa

Todas las veces que fui a su hogar, tuve la impresión, siempre fugaz, de que la foto de su
marido cambiaba de expresión; de una sonrisa a una cara de profundo odio.
No me sentía con la autoridad suficiente para decirle a ella que sacara, que descolgara
aquella foto; después de todo él había sido el dueño de la casa, aunque ya había muerto
hacía muchos años.
Una tormenta violenta, con aguaceros torrenciales, se desató mientras me encontraba
en dicha casa; por la noche.
Entraba a trabajar temprano en la mañana, y ante el riesgo que el camino se inundara,
decidí salir en plena tormenta. La casa está en un lugar bastante apartado, y a no ser
que se corte por el campo, sólo se puede llegar o marcharse de ella por un camino de
tierra, fácilmente inundable hasta con el menor de los temporales.

Me negué rotundamente a usar una capa que ella me ofreció, la capa era del difunto.
Con el viento que había, un paraguas me duraría sólo unos metros sin darse vuelta o
salir volando de mis manos; así que salí a la tormenta sin ninguna protección, y andaba
a pie.
Empapado de pies a cabeza, dependía de los relámpagos para ver por donde caminaba.
De no ser por los alambrados que delimitaban la calle, seguramente me hubiera perdido,
y la mañana me hubiera encontrado caminando quien sabe por donde.
Después de cada relámpago, la oscuridad se apretaba tanto, que me hubiera dado lo
mismo caminar con los ojos cerrados. Sólo escuchaba el estruendo de la tormenta.
Es increíble lo aterradora que resulta una situación así: la vacilación a cada paso, al
no ver por donde vas, la sensación de vulnerabilidad ante la fuerza desatada de la
naturaleza, que te puede matar en cualquier momento.

Llegué a una parte de la calle que estaba completamente inundada. Una serie de
relámpagos iluminó lo que parecía un arroyo embravecido, de unos diez metros de ancho.
Consideré que era muy arriesgado el intentar cruzar aquella correntada, y que debía
regresar a la casa. Apenas pensé aquello, sentí que dos manos, a la altura de los hombros,
me empujaban desde atrás. Caí en la correntada y enseguida el agua me arrastró.
No podía nadar, era una corriente baja pero sumamente fuerte. Sé que giré varias veces
mientras era arrastrado. Por suerte choqué contra el alambrado, de pasarle por encima,
hubiera seguido derivando hacia mi muerte. La fuerza del agua me aplastaba contra
los hilos de acero; pero me las ingenié para escapar, con un gran esfuerzo, y salí del
otro lado de la correntada.

Apenas me puse de pie miré hacia donde supuse que estaría mi agresor, el que me empujó.
No había nadie, ni en el camino ni en el campo, y en ese momento los relámpagos
iluminaban uno tras otro, y allí no había ni un arbusto donde ocultarse.
Ella me llamó por la mañana. Una pesadilla la había dejado angustiada; en el sueño,
veía que su marido, el muerto, me empujaba hacia una correntada, y que yo desaparecía
en la negrura del agua.

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