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jueves, 20 de octubre de 2011

El Hotel

Franco salió al balcón. Frente a él había un hermoso paisaje nocturno.
Estaba en el tercer piso de un hotel. Afirmado en la baranda, contempló todo lo que la
noche clara le permitía ver.
Lejos, en el horizonte, la luna se elevaba por encima de un mar que casi brillaba. A la
izquierda, se veía las luces de un pueblito costero. Hacia la derecha se divisaba el negro
contorno de una montaña que descendía hasta el mar. Al frente, tapaba la vista de la costa
un bosque sombrío, que llegaba hasta el enorme jardín del hotel.
“Que injusta la mala fama que tiene este hotel” pensaba Franco “Hotel de los suicidas,
¿a quién se le habrá ocurrido semejante disparate?”

Franco no se había informado bien, sólo había escuchado un rumor y le pareció algo
absurdo; una leyenda de terror, un cuento para asustar, cosas de los lugareños
supersticiosos.
Seguía apoyado en la baranda, deleitándose con la brisa del mar, que llegaba hasta él después
de cruzar por el bosque, donde hacía que las copas de los árboles se hamacaran suavemente.
Al bajar la vista, vio que en el jardín, cerca del bosque, había algo moviéndose de forma
errática, en un principio; después comenzó a andar en círculos. Era una luz pero no iluminaba
a las plantas que estaban a su alrededor.

La luz comenzó a moverse de forma más compleja, como si danzara al son de una melodía.
Franco la observaba atónito, y no podía dejar de mirarla. De la nada llegó a él una música,
un instrumento de viento. La luz comenzó a elevarse con la música. Levito mientras seguía
moviéndose con armonía, danzando. Pronto alcanzó la altura en la que estaba Franco.
Aquella luz y la música lo hechizaron, y enajenado, danzó junto a la luz, hasta que su cuerpo,
en caída ,dio contra el patio del hotel de los suicidas.

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