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jueves, 20 de octubre de 2011

La noche de halloween

  
         Escapada De Terror (cuento de halloween)
Era la noche de brujas, y no pensaba quedarme encerrado. En esa época era solo un muchacho y me había portado bastante mal, muy mal en realidad, ahora lo reconozco. Estaba justamente castigado pero no pensaba aceptarlo, no esa noche. Un amigo había organizado una fiesta donde iban a ir todos los de mi clase, y yo no pensaba faltar. Nunca creí que esa escapada fuera a causarme tanto terror.

Durante la cena no les hablé a mis padres, y a su vez ellos hablaban como si yo no estuviera allí. Ni la tele me dejaron mirar, me mandaron a mi cuarto. Mejor para mis planes. Esperé y esperé hasta que dejé de escuchar ruidos en la casa. Se habían acostado. Me cambié y escapé hacia la noche por la ventana. En ese tiempo, en las afueras de la ciudad las zonas pobladas eran como gajos, o tentáculos de la ciudad que se extendían en muchas direcciones, pero entre esas zonas había campos. El lugar de la fiesta me quedaba mucho más cerca si cortaba directamente por el campo, además yendo por allí no corría el riesgo de que algún conocido me viera, y que después la mala suerte hiciera que descubrieran mi escapada. 

Primero salté el alambre de los vecinos que están en el fondo. Antes no lo hubiera hecho porque allí había un perro enorme, que aunque era manso de día, era un celoso guardián de su terreno. Ahí me sucedió la primer cosa rara. Había luna llena y se veía todo casi como de día, menos lo que estaba en las sombras. Cuando pasaba furtivamente, miré hacia la ensombrecida casilla del perro, que estaba bajo de un árbol, y me pareció que algo se movía adentro, y que medio se asomó una cabeza grande que tenía algunas manchas o rasgos claros. Quedé congelado de miedo. No podía ser el perro viejo, pero tal vez habían traído a otro ya adulto. Quedé con la mirada fija en aquella sombra. Me pareció difícil que no me hubiera enterado que habían traído a otro perro, porque la vecina hablaba todos los días con mi madre, además no había escuchado ningún ladrido que viniera de allí. Forcé la vista mirando hacia aquel lugar pero ya no vi más nada. Volver me quedaba unos cuantos pasos más lejos que el otro extremo del terreno, y había una buena distancia hasta la casilla, si en el peor de los casos había otro perro; me convenía seguir. Di un paso y esperé. Ni un gruñido, nada. Ahora me parecía que allí no había nada, ¿pero qué había visto? Me fui de allí bastante extrañado. 

Solo la luna iluminaba al barrio en ese entonces. Salí en una calle de tierra, y doblé en otra que terminaba en el campo. Me detuve en el borde de este. Allá del otro lado, como a un kilómetro, estaba el otro barrio que era mi destino, y en el medio, silencio y quietud. Ese silencio inquietante me hizo recordar algo que había leído sobre halloween. Ahora es una fecha relacionada al terror pero para divertirse, pero originariamente la gente creía que esa noche los muertos podían salir de sus tumbas, como fantasmas, supongo. Dudé más pero al final me decidí y crucé el alambre. A poco de andar por el campo, vi que una sombra descomunal se movía hacia mí, y al levantar la vista, una nube enorme y oscura avanzaba hacia la luna. El paisaje se oscureció bastante pero igual podía ver bien por dónde iba; pero el cambio se hizo sentir en el paisaje. Ahora aquel despoblado lucía más tétrico, mas no lo suficiente como para hacerme volver. Había cortado por allí muchas veces, y sabía que en poco rato más iba a alcanzar las otras casas. Atravesando ese campo había un arroyo, pero tenía varios lugares donde se los cruzaba de un salto. Bajaba la hondonada del cause de este cuando vi algo por el rabillo del ojo.


Nuevamente quedé congelado. En la orilla del arroyo se tambaleaba, ahora gimiendo un poco, un hombre terriblemente flaco que vestía algo como un traje oscuro todo suelto y me pareció que roto. Tenía la cabellera toda desordenada y se movía como si no tuviera mucho dominio de sus piernas, daba un paso, retrocedía, se iba hacia un costado, la cabeza se le inclinaba hacia un lado y hacia el otro por el movimiento del cuerpo, y gemía. “¡Un muerto, un zombi!”, pensé. En ese momento me notó, enderezó hacia mí su cabeza, se tambaleó un poco intentando darle un rumbo a su andar, y salió caminando hacia mí lanzando manotazos al aire. Desanduve el camino a toda carrera, nunca volví a moverme tan rápido a pie. 

No voltee hasta que estuve en la calle. No me seguía. Después de ese tremendo susto, creí que cruzar nuevamente el terreno de mis vecinos iba a ser tarea fácil a pesar de aquella fea impresión, porque evidentemente no había un perro. Me equivoqué. Estaba por saltar a mi terreno, cuando escuché que algo venía a la carrera hacia mí, algo de cuatro patas, se notaba por el ruido. Contuve un grito no sé cómo. Cuando miré, no había nada. En vez de en una fiesta, esa noche la pasé temblando de terror. Cuando llegó el día pensé con más tranquilidad. El zombi bien podría ser un disfrazado que también cortaba por allí, que me notó primero y actuó para asustarme, o también podía ser un borracho; pero lo del perro no tenía explicación racional, era algo sobrenatural. Después supe que lo del hombre también lo fue, probablemente. Esa tarde hallaron a un hombre muerto en el arroyo, ahogado, y según el informe policial había muerto apenas comenzada la noche pasada, la de halloween, y yo vi aquello cerca de la medianoche. 

                        
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                            La Noche De Halloween
Fue durante una noche de Halloween. Muchos turistas habían llegado hasta allí porque las fiestas de esa ciudad eran famosas. Solo querían festejar y divertirse, y no sabían que el terror viajaba con ellos. Desde el amanecer todo el cielo había estado nublado y muy bajo, y la gente que andaba en la calle inevitablemente miraba hacia arriba cada tanto porque parecía que iba llover copiosamente en cualquier momento. Los que querían festejar halloween deseaban con todas sus fuerzas que no lloviera y se alegraron al ver que cerca de la noche algunos nubarrones se abrieron para que saliera una luna llena inmensa. Pero la sensación de tormenta no se alejó y en la atmósfera se respiraba una pesadez como de encierro.

Primero se organizaba un gran desfile que duraba hasta la medianoche y después el público se repartía en diferentes fiestas en clubes y hasta en casas particulares. En medio de la algarabía y en el entrevero de los disfraces un turista se puso a vomitar en la calle. Algunos de los que lo vieron se echaron a reír y otros ladearon la cara asqueados. No era algo raro, estaba calor, muy húmedo y circulaban bebidas de todo tipo. Después otro sufrió lo mismo entre el gentío, y casi al mismo tiempo se descompuso uno más, y otro, y pronto fueron un lote. Cuando se enderezaban estaban pálidos como un papel y tenían la mirada perdida. 

El viejo Enrique estaba sentado bajo el porche de su hogar. De lejos llegaba la algarabía del desfile de Halloween. Su vivienda se encontraba ubicada en el cinturón de la ciudad, en una zona alta. El terreno del viejo era tan grande que su casa estaba sola allí y hasta el vecino más cercano era solo un punto de luz en el campo. El resplandor de la ciudad no estaba lejos pero lo ocultaba casi completamente un bosque largo y delgado pero de árboles muy altos. Un sendero bajaba desde la vivienda de Enrique hasta una calle solitaria que seguía hasta la ciudad. La luna llena que asomaba entre los nubarrones iluminaba el sendero y parte de la calle, más allá comenzaba una hilera de árboles y esa parte estaba oscura entre las sombras y la quietud.

Al escuchar que el bullicio aumentó arrugó más su frente mientras negaba severamente con la cabeza desaprobando aquel alboroto. "¿Acaso la gente se estaba volviendo loca?", pensó. A él le gustaba la paz y la tranquilidad en todo momento y no le agradaba halloween ni ningún otro tipo de fiesta ni gentío. Le pareció que era mucho desorden ya pero se consoló pensando que no llegaban hasta allí. Enrique fumaba en una pipa mientras se hamacaba en su chirriante mecedora. Lanzaba al aire y a la luna una bocanada de humo cuando desde su posición ventajosa divisó a un grupo que avanzaba desordenadamente por la calle. Dicho grupo salía de la parte oscura, de donde había árboles. Desde el lugar en el que aparecieron se veía el hogar del viejo y era lo único que resaltaba más allí. Como guiados por una señal siguieron por la calle y doblaron en el sendero que terminaba en su casa.

-¿¡Pero y a estos que bicho les picó!? -dijo enojado el viejo. 

A Enrique no le gustaba que la gente entrara en su propiedad, y mucho menos iba a tolerar a un grupo de disfrazados borrachos; a la distancia parecían eso, gente disfrazada para Halloween, gente normal haciéndose pasar por monstruos: pero estos bajo los disfraces ahora eran verdaderos monstruos. Sin importar el disfraz que tuvieran, todos estaban muertos; era una horda de zombies y apuraban el paso hacia él tropezando y pechándose entre ellos.

Los ruidos que habían llegado desde la ciudad no eran la algarabía del desfile, eran los gritos de terror de los ciudadanos que eran atacados por los zombis que cada vez eran más. Primero atacaron los que se enfermaron, luego los que habían sido atacados se levantaron enseguida vueltos zombies y atacaban a otros. Pronto la ciudad fue tomada por los zombies. Enrique intentaba detenerlos cuando se dio cuenta de lo que eran pero fue demasiado tarde. La horda lo rodeó y se cerró sobre él. Entre sus gritos se escuchaba el castañeo de una multitud de dientes masticando. Y eso mismo estaba pasando en varias ciudades del mundo. Los que muchos temían se había vuelto realidad, y no era casualidad que fuera justo esa noche.
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                       Al Lado Del Circo
Hasta esa noche, nunca le había tenido miedo a los payasos. Sé de gente que les tiene miedo, y hasta un nombre tiene esa fobia. Pero para mí era una tontería, bueno, ni era algo en lo que pensara. Cuando escuché que iba a llegar un circo al pueblo, en un terreno que está pegado al mío, en el fondo, lo más que creí es que me iban a molestar con el ruido. Y así fue, eso y más. Las funciones no terminaban muy tarde pero me desvelaban, después me costaba dormir, y tenía que levantarme temprano. Cuando llegó la tercer noche ya me tenían harto. Y tenía que dormir mejor, ya estaba bajando el rendimiento en el trabajo. 

La música del circo, esa música horrible, que ahora me causa como un malestar cuando escucho algo parecido, se apagó como a la una de la madrugada. Por un rato escuché el ruido de vehículos que pasaban por la calle de la esquina, los coches del público que se iba. Pero después volvió la calma que normalmente hay en las noches en el pueblo. Igual no me podía dormir. Ya sintiéndome bastante desesperado, se me ocurrió que si salía un rato al fresco de la noche eso me iba a dar sueño. En el fondo del terreno tengo un banco de madera que está frente a un naranjo grande. Ahí estaba oscuro, porque aunque en un costado hay una calle, está muy mal iluminada y además el naranjo, que es mucho más alto que los muros, proyectaba su sombra hacia el banco. Me senté allí, en la oscuridad. Como el pueblo es chico el aire todavía es puro. Cerré los ojos y le presté atención a los pocos ruidos que resaltaban por momentos entre silencio y silencio. Había pocos ladridos de perros en las cercanías, aunque los que ladraban desde lejos lo hacían furiosamente. Cada tanto pasaba algún coche, una moto, sonidos pasajeros que aumentaban y después disminuían desde diferentes distancias, perdiéndose hacia varios lados. Me imaginaba calles cercanas, los límites del pueblo, y más allá de este, los campos que a esa hora estaban negros. De repente escuché algo que no venía de lejos. Abrí los ojos, era en el naranjo. Era un ruido leve, de alguna rama que se agitaba, después se movía otra que estaba cerca. Algún pájaro nocturno, calculé. El ruido fue escalando hacia la copa del naranjo hasta que repentinamente un ave pequeña salió volando y enseguida se perdió en la oscuridad.

Estar atento a eso hizo que me concentrara en mi entorno más próximo, y ahí fue cuando escuché algo que venía del lugar donde estaba levantada la carpa del circo, de una parte cercana a mi terreno. El sonido tenía que pasar por el muro del fondo, que es el más alto, pero distinguí como voces raras. Digo raras porque sonaban como a gruñidos pero que decían algo, aunque yo no lo entendía. Sonaban a la vez algo susurrantes y cavernosas, con algún que otro chillido mezclado. Lo que me vino a la mente escuchando aquello, fue que no era gente ni animales, sino algún tipo de criatura extraña, varias de ellas. Pero inmediatamente se me ocurrió que no podía ser eso. Lo que fuera, había picado mi curiosidad. Me levanté y fui caminando lentamente hacia ese muro. 

Los escuché con más claridad. Refunfuñaban, gruñían, chillaban bajo, y entre todo eso cada tanto se mezclaban voces cavernosas que tenían como un tono autoritario. Me imaginé que esas voces intentaban poner algo de orden sobre aquello. Entonces los sonidos sonaban más bajo, no sin algún que otro gruñido como de protesta, pero pocos segundos después volvían a lo mismo. Por otros ruidos más sutiles todavía, como de succión y crujidos de huesos, imaginé que las criaturas estaban comiendo, dándose un festín asqueroso de carne.

La curiosidad se trasformó en miedo, y el miedo en terror. No era gente ni animales. Si supiera que en el circo había fieras, tal vez no me hubiera impresionado tanto, pero había escuchado cuando anunciaban la función, y no hablaban nada de animales, y ese día una compañera de trabajo que había ido con sus hijos lo había confirmado, no tenían animales. La función eran diferentes actos tontos, todos hechos por payasos, hasta el anunciador era un payaso. No sé cuánto tiempo quedé allí, escuchando, tal vez solo un minuto o dos pero me pareció mucho más. Lo que estuviera ocurriendo pasaba muy cerca, a pocos metros, por eso de pronto temí que de alguna forma notaran mi presencia. Retrocedí lentamente un paso, dos, y cuando iba a dar el tercero, sonó bastante fuerte una de las voces autoritarias, los otros ruidos se apagaron de golpe y todo quedó en silencio, en un silencio aterrador. ¡Se dieron cuenta que estoy aquí! Pensé alarmado. Seguidamente uno arañazos subieron muy rápidamente por el muro, tan rápido que cuando miré hacia arriba un payaso ya me miraba desde el borde del muro. Digo un payaso porque tenía el clásico maquillaje de payaso, pero aquella cara no era la de una persona, solo se parecía a una pero todos sus rasgos eran monstruosos. Y al instante se asomó otro, y otro, todos horripilantes. Corrí rumbo al interior de mi casa creyendo que alguno me iba a saltar en la espalda. Cuando cerré la puerta vi que nada me seguía. Pero no podía quedarme allí, no me sentía seguro. Eran un lote los que estaban del otro lado, o tal vez ya en mi propiedad, y no quería quedarme para que me atraparan.

 Llamar a la policía no era una opción. Estaba seguro de que en aquel terreno había algo muy raro pero deduje que no podría probarlo.  Durante la función los payasos no podían haberse mostrado tan monstruosos, lo que significaba que podían cambiar. Y podía ser que no me diera tiempo para llamar, y si llamaba después y no encontraban nada, me tomarían por loco. Seguí hasta donde tengo el auto y me largue de allí. Me detuve recién en la plaza, en la parte más iluminada y cerca de la jefatura y el hospital, donde había gente a esa hora. Cuando llegó la mañana todavía no sabía bien qué hacer. Pensé que si regresaba a casa podía haber uno adentro. Pero después, algo envalentonado por el sol y la circulación de gente, no me gustó la idea de que alguna de aquellas cosas se paseara por mi casa. Pero antes de volver pasé por la armería y me compré un machete. El dinero que por suerte tenía en la guantera del coche no me dio para otra cosa.

 Al final no me sirvió de nada, porque cuando llegué a mi barrio lo primero que noté es que ya no se veía la carpa. Esos días había resaltado sobre todas las viviendas y ahora ya no estaba. Di una vuelta por la manzana. Habían levantado todo y no había ni un remolque, nada. Solo lo trillado que quedó el terreno indicaba el paso del circo. Igual cuando revisé mi hogar fue un momento tenso, pero no encontré señales de que hubieran entrado, aunque afuera sí encontré algo que me heló la sangre. Enganchado en una espina del naranjo, había un volante del circo, y en él habían escrito a mano con palabras grandes “Nos vemos el año que viene”. Pero no soy el único que le teme al circo y a sus payasos, porque resultó que en esos días desaparecieron montones de mascotas, principalmente perros y gatos, y naturalmente las sospechas recayeron en la gente del circo, y así empezaron los rumores que después terminaron en miedo.   

13 comentarios:

  1. ES TENEBROSO NO MUCHO PERO SI

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  2. ESTA HISTORIA SI QUE ASUSTA Y ESTA MUY BUENA

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  3. es interesante y tenebrosa a la vez perfecta para asustar

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  4. Respuestas
    1. Puede ser. Hasta mis autores favoritos tienen cuentos que no me gustan. En el blog hay un montón de cuentos, tal vez halles alguno que sea de tu agrado. Saludos.

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  5. yo solo escribo relatos de terror pero mezclados con erotismo xD

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    1. Hola. Es una buena combinación. Yo no publico nada así aquí porque son cuentos para todo público y entran muchos escolares, pero alguna relato así he escrito también. Saludos!!

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