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jueves, 27 de octubre de 2011

La tienda embrujada

A las diez de la noche llegó Aníbal, los demás empleados de la tienda ya se habían marchado. Apenas entró fue a buscar sus herramientas de trabajo. Lo primero que hacía era barrer y aspirar, luego pasaba la estopa, limpiaba los baños, los vestidores, era una tienda de ropas y debía quedar impecable para cuando la abrieran por la mañana.
Trabajar allí era todo un dilema para Aníbal, ganaba bien y era relativamente sencillo, pero por la noche la tienda era un lugar atemorizante, donde sucedían cosas inexplicables y aterradoras.
Aníbal trataba de renunciar pero sabía que al ser un hombre sin estudios ni oficio, conseguir otro trabajo donde ganara igual sueldo sería muy difícil para él. Estuvo a punto de renunciar después de una noche terrible, en donde vio moverse un vestido que estaba sobre una mesa; levantaba y bajaba las mangas y estaba inflado como si adentro de el hubiera un cuerpo.
Ahora hacía varias noches que la tienda estaba tranquila, pero Aníbal no se confiaba, sabía que allí había algo, y que no era nada bueno.

Estaba por terminar la limpieza cuando vio una pila de cajas de zapatos, y sobre ellas una hoja de papel escrita con letras grandes, en ella decía: “Guardar estas cajas en el depósito. Gracias”.
El depósito era el lugar mas “ruidoso” de la tienda, Aníbal le tenía pavor. Allí guardaban los maniquíes, y cada vez que entraba le parecía que lo seguían con la mirada.
Dejó las cajas frente a la puerta, la abrió y encendió la luz lo más rápido que pudo, volvió a levantar las cajas y entró. Los maniquíes estaban volteados hacia la puerta, nuevamente le pareció que lo observaban.

Corrían hilos de sudor por su cara, la camisa estaba empapada debajo de los brazos. Estaba por llegar a los estantes cuando se apagó la luz y escuchó como la puerta se cerraba con violencia.
Lo envolvió una oscuridad asfixiante, sacó el encendedor que cargaba en el bolsillo y avanzó adelantando la débil llama. Buscó la puerta y la encontró, pero delante de ella estaban los maniquíes, habían caminado hasta allí. Se miraban las manos y giraban sus cabezas lentamente, dirigieron sus horribles ojos hacia Aníbal, y comenzaron a abrir sus bocas.

Cuando abrieron la tienda lo encontraron muerto en el depósito, estaba horriblemente pálido, y por la mueca de su rostro parecía haber muerto de miedo. 

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