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lunes, 17 de octubre de 2011

Pablo y el monstruo

Pablo salió de su casa al atardecer. Caminó por el campo, atravesó algunas plantaciones, y
cuando el sol se apagó en el horizonte, alcanzó el borde de un gran bosque.
Recién ahí cargó su escopeta; también llevaba un bolso cruzado en el hombro, y en el bolso,
entre otras cosas, cargaba una potente linterna. Iba a cazar liebres utilizando el método de
encandilarlas con la luz y luego dispararles.
La transición entre el día y la noche fue difusa: Antes de que el sol se ocultara, ya había
asomado la luna llena.

Pablo caminaba con sigilo. A pesar de que la noche era clara; algunas partes del bosque
estaban oscuras debido a las sombras de los árboles. Cualquiera que no conociera aquel
lugar, se perdería fácilmente en medio de tanta fronda; pero Pablo la conocía de sobra.
Anduvo por varios senderos que se conectaban entre si como en un laberinto.
Hizo una pausa en un claro, para tomar agua. Cuando empinaba la botella, escuchó el
crujido de unas ramas; al voltear hacia donde venía el ruido, vio a una silueta muy extraña,
cruzar agazapada entre los troncos de los árboles.

Después de apuntar su linterna hacia aquel lugar y no ver nada, tuvo la certeza de que lo
que allí andaba, estaba oculto detrás de un árbol, y lo estaba asechando.
Salió del claro hacia un sendero. Cada pocos pasos miraba sobre su hombro. Podía escuchar
como lo seguían; cuando paraba, su perseguidor también lo hacía.
Ya al borde del terror, Pablo decidió emboscar a lo que lo estaba siguiendo.
Lo esperó oculto detrás de una enramada. Lo vio salir detrás de un tronco: Caminaba
encorvado y con las piernas abiertas, y hamacaba sus brazos exageradamente; pero lo más
horrible era su cabeza. No sería tan aterradora si estuviera en el cuerpo de un perro, pero
en el cuerpo de un humano, aquella cabeza era algo espantoso.

Cuando estuvo a buena distancia, Pablo le disparó dos veces. Las detonaciones sonaron
como dos cañonazos, retumbaron en el bosque. La criatura cayó hacia atrás, con dos
enormes huecos en su pecho.
Al ver que el monstruo agonizaba, Pablo se atrevió a acercarse más.
Era un Hombre lobo. La sangre le salía de los agujeros como agua que brota de un
manantial, a borbotones. Repentinamente la bestia dejó de respirar, murió.
Observaba a la bestia cuando se le cruzó por la mente un pensamiento que lo inquietó:
“Si se convierte en humano me van a acusar de asesinato; nadie me va a creer que era
un Hombre Lobo, me tomarán por loco” pensó.

En aquella zona vivía muy poca gente, y todos sabían que él cazaba en aquel bosque.
Esperó durante más de dos horas, la bestia seguía igual, no cambiaba.
De a poco su temor fue disminuyendo, y terminó por convencerse de que el monstruo
iba a permanecer así. Después se le ocurrió otra idea: “Un trofeo”.
Regresó a su casa durante la madrugada. La excitación de esa noche no lo dejó dormir,
había vivido una verdadera historia de terror, y tenía la prueba de ello.
Cuando amaneció fue a ver su trofeo. Al abrir el bolso en donde había puesto la cabeza
del monstruo, vio que esta había cambiado, ahora era humana, y su rostro le era conocido,
era un hombre de la zona.

1 comentario:

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