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miércoles, 30 de noviembre de 2011

La abuela

Roxana miraba la televisión y bebía una gaseosa, sentada cómodamente en un sofá.
Ya era cerca de media noche, fuera precipitaba copiosamente, y había relámpagos.
Como tenía el volumen bajo, escuchó que unos pasitos pequeños descendían por la
escalera; después un niño pequeño cruzó corriendo frente al televisor.

- ¡Matías! ¿Qué estás haciendo? A esta hora debías estar durmiendo. - dijo Roxana.
- Voy a tomar agua - dijo el pequeño -. Estaba hablando con la abuela y me dio sed.
- ¿Hablando con tu abuela? Pero si tus padres me dijeron que estabas solo. - Roxana
estaba trabajando como niñera, los padres de Matías habían ido a un casamiento.
- Espera que yo te doy el agua. - Mientras le servía lo interrogó:

- ¿Cómo es eso de que hablabas con tu abuela? Sé que no tienes teléfono en tu cuarto,
y aquí no hay nadie más. ¿Estabas soñando?
- No, la abuela está aquí, de enserio, está adentro del armario, y me habla.
- ¡Adentro del armario! ¿Y porqué está dentro del armario? ¡Jajaja! Pobrecita.

Matías terminó de tomar el agua y se pasó la mano por la boca.
- Sí no me crees vamos a mi cuarto.
- Voy a ir porque te tienes que acostar, y no sigas con ese cuento de la abuela, que
queda feo que un niño sea mentiroso. - Subieron la escalera y entraron al cuarto.
Lo subió a la cama y acomodó las sábanas.

- Roxana, ¿no vas a ver a la abuela? - Matías señaló el armario.
- Qué dije sobre los niños mentirosos. - Fue hasta el armario y lo abrió de par en par.
- Viste, aquí no hay nada, sólo ropa tuya, tus calzados, los abrigos…
- Pero… hasta hace poquito rato estaba ahí… hasta le vi la mano.
- ¿Y cómo era la mano? - preguntó Roxana, ya algo asustada, volviéndose hacia él.
- Era como…como toda arrugada y tenía las uñas largas y negras, ¡Ah! Ahí está, se
está asomando de nuevo. Roxana volteó hacia el armario, y vio como entre las ropas
se estiraba un brazo muy delgado y anormalmente largo; y la mano se abría y se cerraba
como intentando agarrar algo.

Con Matías en sus brazos, bajó corriendo las escaleras.
Llamó a los padres del niño y les dijo que vinieran inmediatamente.
Al contarles su historia advirtió que no le creían. Un tiempo después, Roxana se
enteró que Matías desapareció misteriosamente.

martes, 29 de noviembre de 2011

Al borde de la oscuridad

Laura se encontró con una conocida.

- ¡Ah! Pero que constancia que tienes muchacha, sales a trotar todos los días.
- Sí, es que se acerca el verano y hay que estar bien, para la playa. - le dijo Laura.
- ¡Ah! Ni me hables de eso, mira como estoy, desde que tuve a mi hijo…

Se despidieron y Laura siguió trotando. Ya había oscurecido. La noche estaba por demás
cálida, y una tormenta se mantenía lejos en el horizonte.
En la avenida en donde trotaba Laura, había casas con césped en el frente. En muchas de ellas
la gente estaba sentada afuera, agobiados por el calor, y en los jardines los niños perseguían
luciérnagas.
Laura cargaba en la mano una botella con agua. Al final de la avenida, hizo una pausa para
hidratarse. Tenía ganas de seguir, pero hasta allí llegaba el cinturón de la ciudad, lo que
había por delante era una ruta, y aunque estaba iluminada, no había casas por allí, sólo campo.

Mientras se decidía estiró un poco las piernas. Siguió. Las casas y la gente fueron quedando
atrás. Las luces amarillas que iluminaban la ruta, atraían a todo tipo de insectos, volando
en torno a los focos o cayendo contra el asfalto.
Laura llegó al final de las luces. Al borde de la oscuridad, hizo otra pausa para tomar agua,
y entonces escuchó un silbido largo, como los que solían hacer los muchachos al ver pasar
a una mujer bella; seguidamente escuchó una voz, desde la oscuridad.

- ¡Ey nena! Ven aquí, acércate más, más hacia la oscuridad. - La voz no sonaba como
ninguna que hubiera escuchado antes, era masculina, y muy macabra, tanto que infundía
terror. Laura le dio la espalda y comenzó a correr.

- ¿¡No quieres venir!? ¡Entonces yo voy por ti! ¡Iiiaaajajaja! - Apenas la voz maligna
pronunció aquellas palabras, se apagó el último foco de luz, luego el que lo seguía, y otro.
Uno por uno se iban apagando, y la oscuridad avanzaba tras Laura, que corría desesperada.
Alcanzó la avenida justo antes de que la ruta quedara completamente oscura.
En la luz y a la vista de gente, se sentó a descansar en la vereda. Se había salvado.

domingo, 27 de noviembre de 2011

El canto misterioso

Viví como inquilino en un par de piezas, todo un año. La casa de los dueños estaba
en el mismo terreno, en el frente, en el fondo estaban las piezas que mencioné, y justo
frente a estas había un pozo de agua.
Había conseguido un trabajo muy duro, y apenas caía en la cama me dormía profundamente.
A medida que me fui adaptando, mi sueño se hizo más liviano. Durante una madrugada
escuché que alguien cantaba en voz baja, casi en susurros. El sonido venía de afuera.
Me levante y miré por la ventana, la noche era clara, había luna llena.
A mi derecha, a cinco o seis metros estaba la casa de la familia propietaria del lugar, a
mi izquierda había un muro, y también frente a las piezas.

En un primer momento creí que la persona que cantaba -aparentemente una mujer- estaba
detrás del muro, mas al escuchar mejor, me dí cuenta que venía desde el pozo de agua.
El pozo medía como un metro de altura, así que supuse que había alguien escondido
detrás de él. Me pareció algo muy extraño. Que alguien entre a un terreno con intención
de robar o algo así, no sería raro, ¡pero a cantar! Y ¿Una mujer?
De repente me di cuenta, que por el ángulo en que estaba la luna, de haber alguien
detrás del pozo, tendría que ver su sombra, y no la veía; el canto venía de adentro del pozo.

El instinto me decía que estaba ante algo sobrenatural, y la lógica también. Si hubiera
alguien vivo dentro del pozo, en vez de cantar gritaría por auxilio. Me pareció sensato
esperar a la mañana.
Con el sol asomando por encima de la casa de el frente, fui hasta el pozo y abrí la tapa.
Como sospechaba no había nadie, y el agua era poco profunda.
Los dueños del terreno, siempre que podían no me saludaban, tenía que cruzarme
por ellos para que me dijeran un simple hola, así que nunca tuve oportunidad de
preguntarles qué había pasado en aquel pozo.
El canto sólo se escuchaba cuando había luna llena, no sé por qué.

jueves, 24 de noviembre de 2011

En el sótano

Wilfredo caminaba en círculos por la sala de su hogar. Desde el sótano llegaban unos
ruidos, mezcla de sonidos guturales, gruñidos y alaridos.
Los que venían desde afuera de la casa no le preocupaban tanto, los muros y las rejas de
acero lo mantenían a salvo; por el momento.
Se dejó caer en un sofá, se cubrió las orejas con las manos y lloró como un niño.
Después respiró hondo “Tengo que hacerlo” pensó.
Abrió la puerta del sótano, con el revólver en la mano, y bajó por la escalera.

Buscó con la mirada, la vio escondida detrás de un viejo calentador. Ella lanzó una
especie de gruñido, y se abalanzó con los brazos hacia adelante y la boca abierta.
Su nariz se le había caído, o se la había arrancado, su labio inferior caía hasta el
mentón, al estar medio desprendido por un lado, y casi la mitad de su cabeza
estaba sin pelos.

El disparo le dio justo en la frente, por la parte trasera de su cabeza, salieron volando
trozos de cerebro y una substancia oscura y viscosa.
Wilfredo cayó de rodillas ante el cuerpo de lo que fuera su esposa, llorando.
Ella se había convertido en zombie desde hacía días.
Fuera, una multitud de zombies intentaba ingresar a la casa; los muros aún resistían.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Bajo la luz de la luna

Con un costal en la mano, Eugenio salió a cosechar peras, de noche y sin el consentimiento
del dueño de los árboles.
La luna llena estaba alta en el cielo. Eugenio cruzó la ruta, saltó un alambrado y atravesó el
campo hasta alcanzar los perales.
Bajo los árboles estaba más oscuro, mas alcanzaba a distinguir el contorno de las peras
entre las hojas. Fue llenando el costal con las que estaban más a mano.
La casa del Ramírez, el dueño de las perales, estaba bastante cerca; por eso Eugenio hacía
breves pausas para escuchar, y escudriñaba rumbo a la casa.

Trepó por el tronco y se encaramó en una rama gruesa, a unos tres metros de altura. Desde
allí arrojaba las frutas hacia el suelo, sobre los pastos.
Parado sobre la rama, podía ver una gran porción de campo, bañada por la luz lunar; y desde
esa posición vio a Ramírez, caminando sin ropa.
Eugenio se aferró al tronco, si lo veía iba a estar en problemas, pero, ¿qué hacía Ramírez
tal y como había venido al mundo?
Se detuvo a unos treinta metros de las sombras de los perales, se arrojó al suelo y comenzó
a revolcarse en un charco de lodo. Con horribles espasmos, su cuerpo comenzó a cambiar.

Desde la rama, Eugenio lo observaba aterrado, Ramírez se estaba convirtiendo en un
hombre lobo. Cuando se paró sobre sus piernas-patas, giró su cabeza alargada en hocico,
como olfateando el aire. No era similar a un lobo, más bien tenía rasgos de cerdo.
A Eugenio le temblaban las piernas, se agarró fuerte de una rama; el hombre lobo
volteó hacia él.
Cuando ya no soportaba más el terror que sentía, y estaba a punto de gritar, el monstruo
volteó hacia otro lado y se alejó corriendo, se perdió en el campo.
Media hora más estuvo Eugenio sobre la rama, esperando que el hombre lobo estuviera
muy lejos. Tras ese tiempo se bajó. Con el costal sobre el hombro partió rumbo a su
hogar, con las piernas aún temblorosas.

Durante la tarde siguiente, Eugenio ofrecía las peras a un almacenero del pueblo.
El hombre miró las frutas con cara de desconfiado y preguntó:

- ¿Y de dónde las sacaste? Si se puede saber… - Eugenio estaba abriendo la boca cuando
escuchó una voz detrás de él:
- Yo se las regalé para que las vendiera. - Al voltear vio que era Ramírez.
Ramírez le puso una mano sobre el hombro, Eugenio estaba pálido de miedo.
- Este hombre es mi amigo ¡Jeje! - siguió Ramírez -, esta noche lo voy a ir a visitar.

Cayó la noche y salió la luna. Eugenio esperaba atrincherado en su casa, con la escopeta
entre las manos sudorosas, espiando a través de una rendija de la ventana. Por el campo
avanzaba Ramírez, parado sobre sus piernas-patas.

martes, 22 de noviembre de 2011

El hospital de los miembros

La ambulancia, con las luces y sirenas encendidas, se habría paso por la ciudad. En ella
viajaban Carmelo y Sonia, su esposa. Ya había oscurecido.
El hueso asomaba por la herida que Carmelo tenía en la pierna ¡Fractura expuesta!
Estaban veraneando. Sus dos hijos habían quedado en el campamento, a cargo de una
familia conocida que iba en la misma excursión.

- ¡Viste! ¡Te dije que no te hicieras el futbolista! - le reprochaba Sonia - ¡A tu edad!
- ¿Aparte de lo que me duele la pierna te tengo que aguantar? ¡Por favor mujer!

La ambulancia llegó a un hospital. En una camilla lo transportaron a la sala de
emergencias. Tras la operación lo llevaron a una habitación, allí Sonia se despidió:

- Me tengo que ir. Los pobrecitos deben estar preocupados por vos ¿¡No pensaste en
tus hijos!? - le reprochó.
- Si supiera que me iban a quebrar no jugaba ,¿crees que me gusta estar así? - Sonia
dio un portazo al salir.

Al quedar solo recién comprendió su situación: Estaba muy lejos de su hogar, en una
ciudad que no conocía, y en un hospital viejo y lúgubre.
Durante la madrugada, dos enfermeros entraron a la habitación. Uno de ellos empapó
un paño en cloroformo.

- ¿Qué van a hacer? - les preguntó - Yo entré por una fractura. ¿Para qué es eso…?

El enfermero le puso el paño en la cara y lo presionó contra la almohada; se durmió.
Después entró en un mundo de oscuridad y sonidos lejanos, casi imperceptibles.
Cuando comenzó a oír mejor, pudo abrir los ojos, y entre penumbras e imágenes
borrosas, vio a unas criaturas vestidas con túnicas blancas, que como animales
devoraban una pierna humana; su pierna. Se desmayó de terror tras lanzar un alarido,
las criaturas se volvieron hacia él.
Cuando despertó nuevamente estaba de día, a su alrededor estaba su esposa y sus hijos,
todos llorando.

- Me dijeron que se complicó durante la noche - dijo Sonia entre sollozos.
Carmelo intentó tantear su pierna; se la habían cortado hasta la cadera.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Bajo el agua

La noche estaba calurosa y húmeda. Ocho muchachos, sentados en el césped de una plaza,
habían terminado sus últimas latas de cerveza, y hablaban todo tipo de tonterías, mientras
las arrojaban hacia los canteros con flores.
Entre ellos estaba Sebastián. Con la cabeza hacia atrás, esperó que cayeran las últimas
gotas de su lata, y tras eructar ruidosamente se le ocurrió una idea.

- Vamos a bañarnos en la piscina del parque. - dijo de repente.
- ¿Qué? - preguntó uno de los muchachos.
- A la piscina del parque, a bañarnos… nadie la cuida.
- Estaría bueno. Este calor ya me tiene medio abombado. - comentó otro.
- ¿¡Más abombado de lo normal!? ¡Jajaja! - gritó uno de sus compañeros.

El parque estaba sólo a tres cuadras. La piscina estaba algo apartada de las luces de la
calle. Mientras unos trepaban la reja otros vigilaban. Agazapados, llegaron hasta el
borde de la piscina. El agua estaba oscura y muy quieta, en su superficie apenas se
reflejaba el resplandor de las luces de la calle más cercana.
Aunque todos dudaron, ninguno se atrevió a decirlo, solamente permanecieron un
instante en silencio, en el borde, buscando en la inmóvil superficie; no sabían qué.
El primero en entrar fue el que estaba más “mareado”, luego los otros lo siguieron.

No querían hacer mucho ruido, y en su estado les costaba mantenerse a flote, entonces
la atravesaron y se agarraron del borde. De repente uno sintió que algo le rozó una
pierna.

- ¿Quién fue el gracioso? - preguntó. Casi al mismo tiempo otro se sacudió.
- ¡Oh! Algo me tocó la espalda. - exclamó asustado. El que estaba en un extremo también
sintió un rose, y distinguió que era una mano.

- ¡Ah! ¿Quién se sumergió? Sentí clarito que fue una mano. - dijo.

Se apartaron del borde para ver bien a los otros, los ocho estaban en la superficie.
Una mano sujetó el pie de Sebastián, y lo jaló hacia abajo.
Se hundió en la negrura del agua, en la oscuridad absoluta, y le pareció que nunca
llegaba al fondo.
La imperiosa necesidad de respirar lo desesperó, agitando los brazos y pataleando trató
de subir, pero la manó no lo soltaba. Tras sacudirse en aquella oscuridad líquida, el agua
entró a sus pulmones, produciendo un ardor de fuego. Abrió la boca y el aire escapó
hacia la superficie. La desesperación disminuyó, y el silencio fue absoluto; se moría.
Sus compañeros habían salido del agua a los gritos, y ya saltaban la reja, llenos de terror.

Como sabían que nadie les iba a creer, dijeron que Sebastián se había ahogado porque
había tomado mucho.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Internado en el hospital

Dos conocidos, embriagados, se trenzaron en una pelea; Damián trató de separarlos, y
accidentalmente le dieron una puñalada. Dio unos pasos vacilantes y cayó sobre la vereda.
Despertó en una habitación de hospital, tras una operación de emergencia.
La primer noche durmió bajo los efectos de la anestesia. Al llegar la segunda noche estaba
Inquieto; le tenía terror a los hospitales.

Una enfermera entró a revisarle el suero.

- Enfermera - dijo Damián -, me gustaría que dejara la luz prendida.
- ¿Qué? No me va a decir que tiene miedo ¡Un hombre grande! - comentó la enfermera.
- No… no es que tenga miedo, es que… no estoy acostumbrado a estar aquí.
- Pues se va a tener que acostumbrar, tiene para varios días más. ¡Buenas noches! - Y al
retirarse apagó la luz.
En la oscuridad, apenas se veía la mesita que tenía al lado de la cama; del otro lado estaba
el soporte metálico que sostenía en alto la unidad de suero, lo demás era todo penumbras.

Sintió un fuerte pinchazo en una pierna, y seguidamente otros más.

- ¡Ay! ¡Dejen de pincharme! ¡Auxilio! ¡Que alguien me ayude! - gritó Damián.

Sentía como le clavaban una aguja, pero no lograba ver quién lo hacía. Se incorporó y tiró
unos manotazos, pero sólo encontró el aire; lo que le clavaba la aguja no era una persona.
Una enfermera entró de repente y encendió la luz, y en ese instante se escuchó que algo
caía al suelo; era una jeringa metálica, de las que usaban antes.
La enfermera y un doctor que se presentó después, le dieron unas explicaciones que no lo
convencieron; mas dejó de insistir cuando lo cambiaron de habitación.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Descansando en una arboleda

Viajero por naturaleza, esta vez Romario se adentró en un camino rural, a pie.
Andaba algo encorvado por el peso de la mochila, y bajo su gorro su mirada no se
despegaba mucho del suelo, como si siempre estuviera pensativo.
Elevó la vista al sol. Las praderas que lo rodeaban estaban llenas de unas flores amarillas, y
un coro de cigarras cantaba a lo lejos. El cielo estaba despejado, completamente azul, y
por él cruzaban golondrinas.
Llegó a un pequeño puente, cerca de él vio una arboleda, la cual crecía en la costa del
arroyuelo que cruzaba bajo el puente. Fue hasta su sombra y se tendió a descansar al pie
de un gran árbol frondoso.

Estaba allí, tendido sobre la hierva, boca arriba, descansando la cabeza sobre su mochila,
y al tener los ojos cerrados, no se dio cuenta que no era el único que descansaba por allí.
Como todo estaba silencioso, un ruido de ramas que se sacudían llamó su atención.
Enderezó el torso hasta quedar sentado y miró hacia arriba, el ruido venía del árbol que
estaba a su lado. Vio que entre las ramas asomaba una carita diminuta, un rostro infantil.
Era un niño, que parado sobre una rama, se sujetaba de otra que estaba más alta.

- ¡Niño! ¡Te vas a caer! ¿Cómo subiste ahí? ¿Y tus padres…? - Romario observó a su
alrededor y volvió a levantar la vista.
- ¡Ey niño! ¿Con quién andas? ¡Ey! No subas más. Quédate ahí que ya subo.

El niño comenzó a trepar más alto todavía, y se perdió entre el follaje de la copa.
Romario comenzó a subir. El árbol estaba lleno de ramas que servían como escalera.
No sólo llegó cerca de la copa, también lo rodeó, mas no volvió a ver al niño.
Estaba encaramado en lo alto, tratando de comprender qué había pasado, cuando al
mirar hacia un claro, desde la altura, distinguió un esqueleto pequeño, medio enterrado
entre los pastos.
El fantasma del niño quería que encontraran sus restos.

martes, 15 de noviembre de 2011

Zombies en el campo de batalla

En el fragor de la batalla, Albert divisó unas ruinas. Corriendo en zigzag trató
de alcanzarlas para atrincherarse. Los cañones tronaban y silbaban las balas.
Albert se abrió camino entre una nube de pólvora y soldados caídos. A pocos
metros de las ruinas sintió un impacto en la espalda, cayó sobre el pasto, al pié
de un monolito rectangular.
Abrió los ojos antes de tener conciencia de que estaba haciendo allí. La conciencia
regresó poco a poco junto con el recuerdo de la batalla. Estaba tendido boca arriba,
a la sombra de aquella piedra rectangular. El rugir de la batalla se oía cada vez más
lejos. Era obvio que uno de los bandos se estaba retirando, no le importaba cual.

Ya no le importaba nada, sentía que le faltaba poco para estar igual que los soldados
que se esparcían por el campo; sin vida.
Al mirar la piedra que estaba a sus pies, vio que tenía una leyenda grabada:
“ EN ESTE CEMENTERIO DESCANSA LA FAMILIA WILLIAMS.
TODO AQUEL QUE NO PERTENEZCA A ESTA FAMILIA NO
HALLARÁ DESCANSO EN ESTE CEMENTERIO ”.
- Pues parece que la familia se va a agrandar - dijo Albert mirando hacia un costado,
en donde había varios cuerpos. Las ruinas eran de una antigua casa, y Albert estaba
Tendido en el cementerio familiar.

Había cerrado los ojos, preparándose para su fin, cuando un ruido lo hizo
voltear hacia un lado, y vio que la mitad superior de un hombre se arrastraba con
vigor. Varios soldados se ponían de pié (los que tenían piernas) los otros se
arrastraban como podían. Algunos no tenían brazos, o tenían sólo uno, por causa
de algún golpe de sable o bala de cañón.
Reanimados, aquellos cuerpos mutilados se alejaban de aquel lugar.
Albert pensó que algo tan grotesco sólo podía ser parte de una alucinación, un
delirio de moribundo, pero después recordó lo que estaba escrito en el monolito,
sobre todo la parte que decía “ Todo aquel que no pertenezca a esta familia no
hallará descanso en este cementerio”. Envuelto en esos pensamientos, cerró los
ojos y expiró. Cuando la tarde llegaba a su fin, Albert caminaba junto a otros
soldados muertos, todos los que habían sucumbido en el antiguo cementerio se
habían levantado para abandonarlo, y ahora recorría el campo de batalla un
ejército de muertos vivientes.

Arte y terror

En la penumbra, aquellas figuras inanimadas, grotescas algunas, parecían moverse lentamente.
Cuando Oliver recorría los salones de la exposición de arte, por las noches, trataba de no
enfocar la luz de su linterna en las paredes, donde estaban los cuadros. Aunque los conocía
de memoria, bajó la luz de la linterna, los retratos adquirían extrañas expresiones; y los
cuadros de paisajes parecían ondular suavemente.
Cuando algún conocido le decía que tenía un buen trabajo, Oliver reía y sacudía la cabeza:
“Si pasaran una noche, sólo una noche vigilando aquel lugar, no pensarían así” solía decir
Oliver.

Había llegado a la exposición unas obras nuevas, y estaban en el último salón; y allí
sonaron unos ruidos apagados pero claros, mientras Oliver hacía su ronda.
Al escuchar los ruidos, sospechó que aquello era parte de las cosas raras que ocurrían
en aquel lugar, pero existía la posibilidad de que alguien hubiera entrado, aunque el
edificio era muy seguro.
Ya en el salón, escuchó unas risitas disimuladas, como de alguien oculto, que al verse
tentado a lanzar una carcajada, trata de sofocarla con la mano.
Tras inspeccionar rápidamente, enfocando en todas las direcciones, comprobó que no se
trataba de un ladrón o intruso.

Al iluminar un cuadro inmenso - una de las nuevas obras - donde se veía una casa ruinosa,
pintada en el lienzo, también vio que por una de sus ventanas, asomaban los pelos de una
cabeza, y cada vez se asomaba más.
Oliver desvió la mirada del cuadro, justo antes que la cabeza mostrara su rostro, y sólo
llegó a atisbar por el rabillo del ojo, aún así sintió un hondo terror, y le recorrió un
escalofrío.
Desde esa noche no llega hasta el último salón, aunque escuche ruidos. Allí se exponen
las pinturas de un artista, que en vida fue por demás excéntrico - loco, dicen algunos - y
era un fanático del terror.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Dentro del ropero

Un ruido, un repiqueteo, mantenía a Joaquín despierto durante la madrugada.
Se levantó y escuchó atentamente, el ruido venía del ropero. Se imaginó una rata
enorme rascando el interior del ropero, y pensó que tal vez por eso los ancianos dueños
de la casona no dejaban que lo utilizara.
Joaquín alquilaba un cuarto en aquella casona. Todo allí era viejo: los muebles, los dueños,
la edificación misma, y hasta el aire parecía ser viejo.
Golpeó el ropero y el ruido paró, pero apenas se acostó comenzó nuevamente.
Algo enfadado, decidió abrirlo como fuera, (estaba cerrado con llave) y liquidar a la
molesta rata.

Buscó en su valija de herramientas y sacó una barra de acero. Haciendo palanca, la forzó
con facilidad, y abrió las puertas de par en par. Creyó que una rata iba a salir disparada de
allí, mas el ropero estaba vacío.
Se inclinó hacia el interior para revisar mejor el fondo, tal vez había un agujero. Estaba en
esa posición cuando sintió la pesadez de una mano posándose sobre su cabeza. Enseguida
la mano comenzó a tirarle los cabellos, lo jalaba hacia el interior del ropero.
Se resistió jalando en dirección contraria, entonces la mano lo soltó, y Joaquín cayó hacia
atrás; las puertas del ropero se cerraron inmediatamente, por lo que no pudo ver al
ser, ( lo que fuera) que lo había tomado de los pelos.

Como había pagado un mes por adelantado, no tenía dinero para irse a otro lugar, y
tuvo que convivir todo ese tiempo junto a aquella cosa que habitaba el ropero. El repiqueteó
que se escuchaba era el sonido de dedos arañando la madera.

domingo, 13 de noviembre de 2011

La loca

Siempre estaba recluida en su casa, pues era algo peligrosa debido a su estado mental.
No sé por qué, aquella mujer se obsesionó conmigo desde que era niño; y por alguna razón
le gustaba asustarme.
Siempre estaba despeinada y pálida, mas su rostro no era desagradable, pero su mirada,
sus ojos claros, eran malignos, y cuando reía su carcajada era espantosa. Hasta los adultos
cruzaban rápido frente a su casa, ella se asomaba por una ventana y veía pasar a la gente
mientras gritaba cosas; insultos o palabras que nadie entendía.
Cuando yo cruzaba por su casa, (vivía en la misma cuadra) con gestos y señas me indicaba
que me iba a matar, y luego largaba una carcajada.

A cualquier hora que cruzara la veía, como si presintiera mi cercanía. Cuando no volteaba
hacia la ventana, escuchaba como golpeaba el vidrio, tratando de llamar mi atención.
Pasaron los años, yo crecí y ella fue envejeciendo. Ya no me intimidaba como antes, y eso
la enfurecía; me mostraba los dientes como una fiera,, mientras se pasaba el dedo por el cuello.
Una noche, regresaba de un baile junto a unos amigos, y había tomado algunas copas. Al verla
en la ventana, sentí ganas de vengarme ¡Me había asustado tantas veces cuando era niño…!

Como por la calle no venía nadie más, hice un acto digno de un borracho.
- ¡Esto es lo que te hace falta! - le grité, mis amigos se echaron a reír. Esa vez ella me
miró con profundo odio, sus ojos parecieron centellar mientras me señalaba.
Desde esa noche su actitud cambió. Al pasar me espiaba por la ventana, apenas se asomaba,
como asechándome.
Como un par de años después murió, tras una larga enfermedad.
Desde su muerte, ocasionalmente oigo que golpean la ventana de mi cuarto, como queriendo
llamar mi atención.

sábado, 12 de noviembre de 2011

Un chistido

Escuchó que desde una arboleda alguien le chistaba, y escudriño en la oscuridad.
Omar caminaba rumbo a su casa, había tomado un camino por donde raras veces
andaba, pero había cenado en la casa de unos conocidos, y al cortar por aquel camino,
evitaba ir por la peligrosa ruta, llena de camiones de carga.
En aquella parte del camino, sólo había pastizales y árboles, y por luz contaba únicamente
con el titilar de las estrellas.
Tras escuchar el chistido se detuvo, e inútilmente trató de distinguir algo entre
las sombras de los árboles.
Había escuchado muchas veces el chistar de lechuzas, y este sonaba diferente.

- ¡Chisss! ¡Chisss! - Escuchó de nuevo desde la oscuridad.
- ¿Quién anda ahí? - preguntó Omar -. ¡Estoy armado! - advirtió, no era verdad.
- ¡Chisss! ¡Omar! ¡Jajaja! - La voz sonaba chillona y áspera a la vez.

La voz era terrorífica, y sumado a que no veía qué se escondía en la oscuridad, la
situación era por demás aterradora, pero lo que lo espantó más fue el escuchar su nombre.

- ¡Jajaja! ¡Omar! ¡Ahí voy…! - amenazó la voz.

Omar se lanzó en una loca carrera. Durante el resto del camino volteó sobre su hombro,
mas no vio que lo persiguieran; aquella cosa había quedado atrás.
Ya en su casa respiró hondo ¡Cuánto terror había sentido!
Estaba trancando la puerta cuando nuevamente escuchó a la voz, estaba detrás de él.

- ¡Chisss! ¡Omar! ¡Jajajaja! ¡Ya estoy aquí… !

jueves, 10 de noviembre de 2011

Teatro de terror

Jaime estaba en la primer fila del teatro, y sin darse cuenta era observado.
Concluida la obra, iba rumbo a la salida, y al mirar a un costado, vio a una muchacha que
le sonreía. La muchacha era tan hermosa, que lo hizo dudar si la sonrisa era para él. Primero
miró si detrás había alguien, después devolvió la sonrisa.
La muchacha tenía puesto un vestido antiguo, con un revelador escote. Era lógico suponer
que era una actriz, y que aún llevaba el vestuario de una obra anterior. La muchacha se le
acercó y saludó:

- ¡Hola! Veo que te gusta el teatro.
- ¡Hola! Sí, me gusta muchísimo, soy un fanático y todo… - dijo Jaime. En realidad era la
primera vez que veía una obra, y le habían regalado la entrada.
- ¿Te gustaría ver el teatro por dentro?
- Claro, ¡me encantaría! - respondió Jaime.

El teatro ya estaba casi vacío. Tras entrar a un corredor, pararon frente a un camerino.

- Este es mi camerino - dijo la muchacha -, si me esperas un rato te muestro lo demás.
- Bueno, te espero aquí mismo.
- No demoro.
- No tengo apuro.

La muchacha, tras una nueva sonrisa, cerró la puerta del camerino.
“Ese vestido será falso, pero aquellas no son de cotillón” pensaba Jaime mientras se restregaba
las manos.
Esperaba ansioso frente a la puerta. Al prestar más atención al corredor - antes su vista estaba
fija en el escote - le pareció que el lugar era bastante lúgubre, y al ver que alguien se le acercaba
por el corredor, sufrió una fuerte impresión debido a su apariencia, y retrocedió dos pasos.
Aparentemente era un hombre, pero su cabeza era muy pequeña, al acercarse más, Jaime
vio que era la cabeza de un muñeco, de esos que usan los ventrílocuos.
El hombre cabeza de muñeco, pasó frente a él y saludó con la mano, mirándole a los ojos;
después dobló rumbo a la pared y la atravesó, desapareciendo.

Si su corazón hubiera latido un poco más fuerte, seguramente hubiera muerto de terror, como
le ha sucedido a muchos, pero la juventud de Jaime lo salvó.
Estaba recuperando su ritmo cardíaco, cuando una voz le hizo dar un salto.

- ¿Qué está haciendo ahí?

Al voltear vio que era un hombre normal, con cabeza humana.

- Estoy, estoy esperando a una actriz, está en el camerino - le contestó Jaime.
- Esta parte del teatro no se usa - dijo el hombre, y procedió a abrir la puerta para demostrarlo.

Efectivamente el camerino estaba vacío, lleno de telas de araña y polvo.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Entre zombies

Ramiro, lo que quedaba de él, estaba devorando el brazo de un infeliz, que la turba de
zombies había alcanzado. De repente, mientras tragaba, observó el reloj que el brazo
tenía en la muñeca, un reloj igual al que le regalara su padre; y entonces, recuperó la
conciencia de si mismo, de forma espontánea.
Dejó caer el brazo. Todos los recuerdos llegaron a él, incluso el recuerdo de cuando
se convierto en zombie.
Estaba rodeado de zombies: algunos seguían avanzando por la calle, otros se peleaban
por los últimos trozos de carne, del tipo que habían agarrado; pasaban a su lado, algunos
salían de los edificios, hordas de ellos.

Ahora deseaba no haber recuperado la conciencia. Su situación era aterradora, peor
que cuando huía de los zombies, ahora estaba rodeado por ellos ¿Y si se daban cuenta
que era diferente, que podía pensar? Aquel pensamiento lo aterró aún más, bastaba
que sólo uno de ellos se diera cuenta.
Pensaba en ello cuando uno de los zombies volteó hacia él. Enseguida comprendió
que tenía que dejar de pensar. De alguna forma recordaba como era ser un zombie.
Al dejar la mente en blanco, fue como si el zombie lo perdiera de vista, y después de
lanzar unos sonidos guturales, se unió a la horda que avanzaba por la calle.

Un mar de muertos vivientes lo obligó a marchar junto con la horda. Tenía que
concentrarse para no pensar. Apenas se le cruzaba un pensamiento por la mente, los
que estaban al lado de él giraban, como buscando algo.
Seguía junto a la horda tratando de que no lo descubrieran, moviéndose como ellos,
gimiendo, y haciendo un esfuerzo para no pensar. De a poco se fue separando, hasta
que pudo doblar en un callejón, y se escondió detrás de un contenedor de basura.
Escondido, tuvo tiempo para pensar, la horda se había ido. Se observó las manos y
se palpó el rostro; no estaba tan deteriorado, se había infectado con una mordedura
en el brazo. Se tanteó el pulso, sin dudas estaba muerto.

Comenzaba a pensar que su situación no era tan mala. Podía infiltrarse entre los muertos
vivientes, cuando lo necesitara. Ya no iba a enfermar ni sufriría por una lesión. Prácticamente
era inmortal, sólo si le destrozaban la cabeza dejaría de existir. Seguía calculando su
situación cuando escuchó que detrás de él rechinaba una puerta.
No tuvo tiempo de voltear, un sobreviviente lo vio meterse en el callejón, y al no estar la
horda, decidió dispararle en la cabeza.

martes, 8 de noviembre de 2011

El abismo

Después de llevarse tremendo susto, Walter siguió recorriendo el bosque.
Había recostado su escopeta a una rama, mientras bebía agua de la cantimplora, el
arma había caído, disparándose sola; los perdigones habían dado no sabía donde.
Se internó en una parte enmarañada, que apenas le permitía ver por donde iba.
Al salir de aquel lugar, quedó estupefacto ante lo que tenía frente a sus ojos, o mejor
dicho, ante lo que no veía; pues el bosque había desaparecido, y ante él se habría
un abismo insondable. Un paso más y hubiera caído hacia la negrura del abismo.

- ¡No pude ser! ¿De dónde salió esto?

Walter conocía el bosque de memoria, y sabía que allí no había ningún abismo.
Hasta el Gran Cañón sería insignificante ante tremendo abismo. Se extendía tanto que
que se juntaba con el cielo, donde apenas alcanzaba la vista. Ni mirando desde el borde
de la montaña más alta, se tendría una idea de lo profundo que era; descendía hasta la
oscuridad, como si allá abajo reinara la noche.
Walter se aferró de unas ramas, invadido por el vértigo. Retrocedió unos pasos y
atravesó nuevamente la parte enmarañada. Volvía sobre sus pasos cuando vio algo
aterrador, entonces supo que sucedía, estaba muerto.

Donde se había disparado la escopeta, estaba su cuerpo, tendido en el suelo, la cabeza
destrozada por el disparo.
Repentinamente su cuerpo se movió, se sentó de golpe, y aquella media cabeza sonrió;
después levanto su brazo y lo estiró hacia el frente, indicando que detrás de él había algo.
Walter volteó y vio al abismo, nuevamente estaba en el borde. Ahora, desde la oscuridad
del fondo, brotaban gigantescas llamas, y se escuchaba un sinfín de lamentos y gritos de
terror y agonía.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Una víctima en la noche

Como un depredador sigiloso, se deslizó por callejuelas oscuras.
Mario buscó un lugar ,en donde le fuera fácil emboscar a su víctima; en la noche.
Eligió una arboleda a orillas de un camino. En un extremo, como a cinco cuadras de allí,
brillaban las luces de un barrio; en el otro, a mayor distancia, estaba el cinturón de la cuidad.
En aquel tramo no había ni un foco de luz, y el camino era angosto, ¡un lugar perfecto!
Escondido detrás de un árbol, amparado por la oscuridad de la noche, esperó con paciencia .
En dirección a la ciudad, vio acercarse a una pareja que avanzaba a pie.

Los miró desde las sombras cuando cruzaron frente a él. Mario, como muchos asesinos, era
un cobarde, y no tuvo el valor para atacar a dos personas a la vez.
Un rato después, distinguió que alguien, con paso lento, se movía hacia él. Era una figura
alta y delgada, vestía una prenda negra y larga, y algo del mismo color cubría su cabeza.
Mario supuso que era una mujer, su andar era muy peculiar.
Al acercarse más, Mario, cuchillo en mano, se abalanzó hacia su supuesta víctima.
La primer puñalada dio en el aire, también la segunda. Mario no comprendía qué estaba
pasando, hasta que la supuesta mujer descubrió su cabeza.

Era una calavera de cuencas vacías. Debajo de la ropa negra, una túnica en realidad,
sólo había huesos; era la Muerte.
Un instante después, lo encandilaron unas luces, y escuchó varias voces de alto; la
Policía lo había emboscado.
Horrorizado por la terrible visión de la muerte, caminó hacia las luces, con el cuchillo
en la mano; entonces una serie de detonaciones puso fin a su vida.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Lectura terrorífica

Los integrantes de un club de lectura, se habían reunido una noche en la casa de uno de
ellos, una señora que vivía en el campo, cerca de la ciudad.
Habían leído un libro de cuentos de terror. Comentaban la historia que les había parecido
más terrorífica, un cuento sobre el Diablo.
La anfitriona les servía té y masitas. Sin ningún ruido que lo anunciara, una de las ventanas se
abrió de golpe, y entonces asomó una cabeza alargada, de grandes ojos oscuros.
Algunas tazas volaron por el aire, y el griterío fue general, la mayoría eran mujeres. Uno de
los hombres, que se había levantado como un resorte, creyó identificar al dueño de la cabeza.

- ¡Es un caballo! - gritó - ¡Fuera! Cálmense todos, sólo es un caballo ¡Fuera!

La cabeza los miró a todos, después se retiró. Comenzaban a calmarse cuando uno prestó
atención al ruido de los pasos que se alejaban; no se escuchaban cuatro patas andando, se
distinguía claramente que eran dos.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Un espíritu malo

No le gustaba estar allí, no sabía porqué, pero no le gustaba. Al ser un niño, Fabricio tuvo
que acatar a sus padres, los cuales habían decidido pasar el fin de semana en aquella casa.
Vivía allí un matrimonio amigo, y pasaban por un momento difícil, doloroso, y los
padres de Fabricio querían apoyarlos, hacerles compañía.
Él no comprendía que pasaba. Ante la menor protesta lo miraban con un gesto de reproche,
en cambio los dueños de la casa querían consentirlo, y la mujer cada tanto sollozaba, o buscaba
el hombro de su marido; recientemente había muerto su único hijo, un niño.

Después de la cena, los dos matrimonios conversaban en la sala, sentados en sillones enfrentados.
Fabricio estaba sentado en un sillón individual, los brazos cruzados y mirando hacia el suelo con
cara de disgustado.
Levantó la mirada al escuchar que le chistaban, y volteó hacia el origen del sonido.
Una puerta que daba al jardín estaba algo abierta, y en el marco apareció una mano pequeña,
seguida por el sonriente rostro de una niña, de piel pálida y pelo negro medio rizado; cuyos
ojos eran completamente negros.
Siempre sonriendo, lo invitó a que se acercara, con un gesto de la mano. Como hipnotizado,
Fabricio se levantó y la siguió; sin que los demás lo notaran.

Un rato después, la primera en notar su ausencia fue su madre, y lo buscaron con la vista
mientras lo llamaban.

- ¡Fabricio! Ya es hora de acostarse ¡Fabri! - lo llamó su madre.

Al ver la puerta abierta, los dueños de la casa se miraron horrorizados ¡La piscina!
Los cuatro corrieron hacia el jardín, y vieron llenos de terror, como el cuerpo sin vida de
Fabricio flotaba bocabajo en el centro de la piscina; el niño de la casa había muerto de igual
forma.

Miedo en el corredor

En mi niñez, cuando tenía diez años, concurrí junto a mis padres a una solemne
celebración en la iglesia del barrio. El templo estaba completamente repleto,
en un descuido de mis padres me escurrí disimuladamente entre la gente, y
desaparecí a su mirada vigilante.

En ese entonces yo era hiperactivo. Me gustaba esa palabra, sentía que de alguna
forma me excusaba, que explicaba todas las travesuras que realizaba y planeaba
Continuamente: “No soy incorregible, soy hiperactivo”.
La gente estaba concentrada en sus cantos, desaparecí tras la puerta que da a la
sacristía sin que alguien lo notara. Con ansias de explorar lo prohibido, tantee el
picaporte de la puerta, la que daba hacia la casa de retiro; estaba abierta, y sin pensarlo
entré y me envolvió su atmósfera fría.

Me desplacé por un pasadizo angosto, las ventanas altas y delgadas eran de vidrio
escarchado, y la luz del día se filtraba tenue, similar en intensidad a los primeros
momentos del crepúsculo. Con cada paso, los cantos del templo se fueron apagando,
como si el silencio de aquel lugar fuera mas fuerte que cualquier sonido exterior.
Transversal al pasadizo había un corredor mas amplio, en el había sucesivas puertas,
que por la corta distancia entre ellas, era lógico suponer que eran habitaciones
de reducido tamaño, lo que había detrás de estas.
Es difícil explicar porque seguí avanzando por la penumbra de aquel tétrico lugar.
Recuerdo que sentía una difusa sensación, más bien era como un conocimiento
vago, de que al regresar sobre mis pasos, y darle la espalda a aquel corredor, causaría
que algo que allí habitaba me persiguiera.

Caminé temeroso por el ala derecha de aquel interminable corredor. Cada vez que
cruzaba frente a una puerta, la imaginaba abriéndose repentinamente, y que detrás
de ella surgía algo aterrador. Al llegar al final del corredor giré para volver; apenas
había avanzado un par de pasos cuando me estremecí, un lento y fuerte
escalofrío corrió por mi espalda, y tuve la seguridad de que algo estaba detrás de mi.
El corredor se inundó de los alaridos que yo lanzaba mientras corría, al doblar hacia
el pasadizo, vi que la puerta que estaba al final de este se abrió; y distinguí la silueta
del sacerdote. Crucé por el como un viento, unas cuantas zancadas más y estaba
fuera de la iglesia.

Si bien en ningún momento vi lo que me perseguía, recuerdo con claridad la aterrada
cara del sacerdote, y que sus ojos desmesuradamente abiertos miraban algo que
estaba detrás de mi, y que apenas pasé la puerta la cerró con violencia.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Solo entre la bruma

Marcelo, en su bote a remos, surcaba el río envuelto en una bruma nocturna.
Con la luna sobre su cabeza, remaba con cautela, haciendo pausas para orientarse.
El monte ribereño se levantaba a los lados del río, y su fronda ennegrecida por las
sombras, asemejaba dos altos muros que rodeaban al río.
Cargaba algunos comestibles que había comprado en el pueblo, y la noche lo había
agarrado aún en su bote.
Conocía aquellas costas como la palma de su mano, pero la bruma engañaba su vista, y
más de una vez creyó que remaba por un lugar diferente, en alguna ramificación del río.
En una parte angosta, la bruma se hizo más espesa, y la costa y el monte desaparecieron
bajo su manto borroso. Allí comenzó a sentir una sensación conocida, pero en las
condiciones que se encontraba, aquella sensación era por demás terrorífica, pues a pesar
de que estaba solo, sentía que había alguien detrás de él, en el bote; pero no se atrevía
a voltear.

La bruma despejó un poco, entonces volvió a ver la rivera, y más adelante divisó unas luces, y
escuchó voces: estaba cerca de un caserío, un asentamiento de pescadores.
En la costa distinguió a unos conocidos, los saludó levantando el brazo, como iba bastante
asustado, tuvo miedo de que la voz le saliera rara, temblorosa. Los conocidos lo saludaron
a su vez. Los había sobrepasado un poco, cuando le gritaron algo que lo erizó de súbito
terror; le dijeron:

- ¡Tengan cuidado con la niebla!

martes, 1 de noviembre de 2011

Hospital

Con la noche como cómplice, rodearon el edificio hasta que encontraron una ventana por
donde entrar. Emiliano y Jaime, tras saltar la ventana, se encontraron en medio de
un corredor oscuro.

- Así que esto era un hospital - dijo Jaime mirando hacia un extremo del corredor.
- ¡Shh…! No hables fuerte que este lugar tiene como un eco - dijo Emiliano - Ya te dije
como diez veces que esto era un hospital.
- ¿Y será que hay algo que valga la pena?
- Y yo que sé, supongo que sí, sino ni me molestaba… - susurró Emiliano.
- Es que me da un poco de miedo - admitió Jaime.
- ¡Shh…! Anda por ese lado, yo voy por este.
- ¿Qué, tengo que ir solo?
- ¡Shh…! No seas miedoso. Sólo es un viejo hospital abandonado ¡Miedoso!

Los dos ladrones se separaron, y linterna en mano avanzaron cautelosos.
Jaime llegó a un salón amplio, una sala de espera. Tanteó todas las puertas, estaban cerradas.
Se dirigía al corredor, para pedir ayuda a Emilio, que era un experto en cerraduras, cuando
delante de él cruzó una camilla, deslizándose sola con rapidez, y, sobre ella, con los ojos
bien abiertos, estaba la cabeza de Emiliano. La camilla atravesó todo el salón y se perdió
en la oscuridad de otro corredor.
De repente, todas las puertas que estaban cerradas se abrieron, y avanzando trabajosamente,
salieron al salón todo tipo de espantos: Enfermeras con cara de demonio, niños pequeños,
esqueletos, y ancianos en sillas de ruedas. Jaime quedó paralizado, lanzando alaridos de
terror, mientras los espantos se le acercaban estirando sus brazos.

Cuando el Diablo anda suelto

Mientras íbamos en el camión, se sentía que el viento estaba fuerte, y al llegar al bosque
había aumentado su intensidad. El trabajo de leñador ya es difícil en condiciones normales,
y el viento que soplaba la hacía aún más peligrosa.
Los árboles eran unos colosos que se elevaban hasta alturas de vértigo, y estaban tan
apretujados que sus copas se juntaban, dejando al bosque en un constante crepúsculo.
En algunas partes las subidas te quitaban el aliento, y en otras el terreno descendía hasta
el fondo de unos oscuros barrancos, por donde serpenteaban arroyuelos oscuros.
Éramos diez hombres, todos con experiencia, eran muchos los bosques que habíamos
talado; pero aquel lugar (Lo conversamos varias veces) era mucho más inquietante, y
nos mantenía mucho más alerta que otros bosques.

Caminamos entre aquellas sombras hasta que llegamos al claro que habíamos abierto
durante las otras jornadas.
El rugido del viento agitando las copas, se entreveró con el de nuestras motosierras, y
después de un rato, cayó al suelo el primer coloso, he hizo temblar la tierra.
Algo que mi abuela me decía cuando era niño, a modo de advertencia, cuando me veía
partir rumbo al monte, me vino a la mente de forma súbita, como si lo hubiera escuchado
en ese momento “Los días ventosos el Diablo anda suelto”.
Cuando recordé aquello, miré hacia un costado, y allí estaba, acostado de lado sobre
un tronco, la cabeza apoyada en una mano y mirando hacia nosotros.
Supongo que aparece con la forma que quiera, esa vez era un viejo cuyos rasgos no
tenían nada en particular, a excepción de sus ojos, que brillaban como dos brazas.

Recuerden la vez que sintieron más terror (Verdadero terror, no el simple miedo)
multipliquen esa sensación por diez, y tendrán una idea de lo que sentí al ver al
Diablo.
Sé que todo pasó en un instante, no escuché los gritos de mis compañeros, sólo
sentí que me jalaban hacia atrás, y enseguida cayó un árbol en donde estaba.
De ese instante no recuerdo mucho más, por un momento perdí la conciencia.
Tres de mis compañeros fueron aplastados por el árbol que casi me mata a mi también.
Sé que aquello fue obra del Diablo, lo que no sé es quien me salvó la vida, pues
según mis compañeros no fue ninguno de ellos.