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viernes, 30 de diciembre de 2011

Quiero la muñeca embrujada

Después de cometer su fechoría, Sebastián mantuvo un perfil bajo por varios días.
Esa actitud no era común en él, y sus padres desconfiaron, interrogándole varias veces,
pero el niño se mantuvo firme, y decía que no había hecho nada.
“Nada buenos habrás hecho”, le decía su padre, “Ya nos vamos a enterrar”.
Cuando la cosa se calmó, cuando la mirada desconfiada de sus padres se hizo menos frecuente,
Sebastián se dispuso a gastar el dinero que había robado, “encontrado” según él, sobre una
mesita en el hogar de ancianos donde vivía su abuelo.

Dando saltitos de alegría fue hasta la tienda de antigüedades. No sabía por qué pero le gustaban
las cosas viejas. Camino a la escuela, siempre se detenía a mirar desde afuera, la cara y las manos
pegadas a la vidriera, contemplaba por un rato las cosas de los estantes.
Estaba por entrar cuando vio a Andrés, su enemigo desde hacía tiempo, ya no recordaba por qué.
Los dos intercambiaron unos insultos que horrorizaron a una señora que pasaba por allí. Después
Andrés siguió su camino y Sebastián entró a la tienda, cada uno convencido que había ganado el
duelo de insultos.

El dueño de la tienda de antigüedades, un viejo alto y delgado, más viejo que la mayoría de las
cosas que había allí, examinaba un objeto bajo una lupa. Al notar a Sebastián buscó si alguien
más había venido con él.

- Buenas tardes niño - saludó el viejo - ¿Y tus padres?
- Buenas. Mis padres están en la casa, vine solo, pero tengo plata, que ellos me dieron. - y le
mostró el fajo de billetes que abultaban su bolsillo.
- Bien, pero no revuelvas mucho, mejor, no toques nada. Si te gusta algo me avisas.

Las últimas palabras del viejo Sebastián no las escuchó, ya se había internado en el laberinto
de aparadores, estantes, y muebles.
Buscaba algo pequeño, algo que pudiera atesorar sin que sus padres lo notaran, que pudiera
esconder fácilmente, como a las revistas que tenía.
Allí había todo tipo de cosas: grandes, pequeñas, desde pesados muebles a delicados adornos,
fonógrafos, retratos, y muñecos, muchos muñecos.
Al terminar de bordear un armario, quedó frente a una gran muñeca de madera, de su mismo
tamaño. Tenía puesto un vestido de niña, su cara estaba pintada de blanco, y tanto la pintura
como la madera estaban agrietadas; eran unas grietas diminutas como arrugas, lo que la
hacía parecer una anciana. Tenía pelo blanco y parecía ser humano, sus ojos eran celestes y
muy realistas.

Sebastián la miró con detenimiento. Echó el cuerpo hacia atrás cuando la vio hacer un
movimiento con los ojos. Enseguida la muñeca giró levemente la cabeza hacia él, y levantando
los brazos a la altura de los hombros los extendió apuntando a Sebastián.
Cuando la muñeca dio unos pasitos rápidos hacia él, Sebastián salió como despedido por un
cañón, y de milagro no chocó con algo en su huída.
Al verlo salir el viejo sacudió la cabeza “¡Estos niños de ahora…!”
Por la noche, acurrucado en su cama, Sebastián revivía mentalmente su aterrador encuentro, muy
a su pesar, pues la sola evocación le producía terror.
De repente se le ocurrió algo, y sonrió bajo su frazada.

Durante el día fue nuevamente a la tienda. Sin darle tiempo a que el viejo reaccionara, y lo corriera,
puso el dinero sobre el mostrador, y enseguida dijo:

- Voy a comprar una muñeca que vi ayer. - El viejo le miró de reojo pero tomó el dinero.
- ¿Cuál es la que quieres? - le preguntó.
- Una grande, de madera, que está por allá - y agregó Sebastián -. Yo no la voy a llevar ahora.
Mis padres me dijeron que le diga que la mande a mi casa.
- ¿Y dónde es tu casa? - preguntó el viejo.
- Esta es la dirección - y Sebastián sacó un papel de su bolsillo, con la dirección de Andrés, su
enemigo.

jueves, 29 de diciembre de 2011

El Terror

Las imágenes de terror se sucedían una tras otra sin que Alonso se inmutara.
Estaba frente a su computadora, mirando imágenes de horror, ya entrada la madrugada.
A su lado, en el suelo, tenía un envase con refresco, y hacía algunas pausas para empinar
la botella.
A veces ponía cara de fastidio, “Esta ya la vi, esto no asusta, esta es una bobada” pensaba
Alonso al ir cambiando las imágenes.
Desvió la mirada de la pantalla al escuchar un ruido, que parecía venir de su cuarto.
Quedó expectante, escuchando, y otro ruido lo estremeció hasta la médula.
Vivía solo y no tenía mascotas. Se levantó, ya con un temblor invisible en las piernas.

Frente a la puerta lo asaltó una duda; ¿Abrir la puerta de golpe, o hacerlo lentamente?
Unos hilos de sudor le corrieron por la frente, y sintió que sus manos estaban húmedas.
Abrió la puerta de golpe y encendió la luz. Con los ojos muy grandes y el corazón golpeando
fuerte su pecho, revisó el cuarto con la mirada; no había nada. Vio sí que la ventana estaba
abierta, y el viento la hacía traquetear.
Se secó el sudor de la frente y respiró hondo “Que susto”. el corazón le siguió latiendo
fuerte, como si quisiera salir de su pecho y arrastrarse lejos.
Volvió a su computadora, para apagarla, mas en la pantalla leyó algo que lo dejó helado:
“Está bajo tu cama”

Lo encontraron muerto con la frente sobre el teclado.

- Seguramente llevaba una vida muy sedentaria - opinó un paramédico.
- Sí, eso lo debe haber matado, su corazón no aguantó - afirmó otro paramédico.
Lo que lo mató en realidad fue el terror, esa entidad que habita dentro de todos.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Escondiéndose

La fiesta transcurría en un salón enorme de una mansión gris, imponente y alta.
La gente formaba pequeños grupos, y en ellos se hablaba fervientemente sobre política, o
se conversaba sobre temas frívolos y aburridos que hacían bostezar. También estaban
los grupos que criticaban a todos mirando sobre el hombro.
Los camareros recorrían el salón con rigidez ceremonial, mientras equilibraban en la mano
bandejas llenas de copas y bocadillos, que la mayoría rechazaba gentilmente.
Los niños que estaban allí, aprovechaban la vastedad del salón para escapar a las miradas
vigilantes de sus padres; y se habían asociado y jugaban por todas partes.

Entre esos niños estaba Franco. Cuando andar bajo las mesas ya no fue tan entretenido,
a alguien se le ocurrió jugar a las escondidas, y la idea fue aprobada por todos con gran
entusiasmo.
Al empezar el juego Franco salió disparado, y tras esquivar a varias señoras dobló en
un corredor. Con una sonrisa en su cara, dobló varias veces, sin prestar atención hacia
donde iba; lo importante era que no lo encontraran.
Se detuvo para recuperar el aliento (la mansión era realmente inmensa). Allí vio una puerta
entornada. Se asomó y miró. En la habitación sólo había un enorme ropero, nada más.

Miraba el inmenso mueble cuando observó que una de sus puertas se iba abriendo, y desde
la oscuridad de su interior salió una manito diminuta, y luego la cara de un niño.

- Ven aquí, aquí nadie te va a encontrar - dijo el niño del ropero, sonriendo extrañamente.
Franco le hizo caso y entró al ropero; nunca más lo encontraron.

De Campo

                                         La Cara
       Al atardecer las zonas altas del campo se doraron y en las más bajas crecieron las sombras. Con el sol ya quemando el horizonte armamos un corral con estacas y cuerdas para que las vacas no se dispersaran por la noche. Gutiérrez, Santos y yo transportabamos unas vacas a la antigua, guiándolas por los caminos y campos. Lo hacíamos así porque era una tropa chica y el lugar de destino no era muy lejano. Pero así y todo un día no fue suficiente porque era ganado muy arisco y demoramos más de lo que esperábamos. Por suerte teníamos un plan por si nos pasaba eso, y al final del día las metimos en una pradera donde teníamos permiso. En ese lugar no había otros ganados ni plantaciones ni nada, y mi padre conocía al dueño, que tampoco vivía allí.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Navidad de terror

En Uruguay, hay una tradición asociada a la navidad; los niños arman muñecos de trapo
(de tamaño realista) rellenos con pasto seco. El veinticuatro de diciembre, al llegar la
medianoche se les prende fuego, previamente se colocan petardos en su interior.
Los muñecos representan a Judas, y así se les llama.


Facundo y sus amigos recorrieron el barrio con su Judas, cargándolo sobre una carretilla.
En las esquinas lo acomodaban para que quedara sentado, entonces pedían colaboración
para comprar los petardos (parte de la tradición).
El veinticuatro amaneció tormentoso. En la parte superior del cielo se apelmazaban nubes
oscuras, y más abajo, cerca de la línea del horizonte, asomaban colosales nubes blancas
como el algodón. Hacia el final de la tarde resonaban truenos por todas partes, y al llegar
la noche unos relámpagos se anticiparon a un aguacero torrencial que sumió a la ciudad.

Durante la cena, la familia de Facundo hablaba a los gritos, para hacerse entender sobre
el estruendo de la tormenta. La luz blanca de los rayos entraba por la ventana, y después
su sonido de cañonazo hacía que todos se estremecieran.
Cerca de la medianoche la lluvia paró de repente, aunque en el cielo siguieron los relámpagos.
Un tío de facundo se acordó del Judas, y sobre un vaso de cerveza dijo entre sorbos:

- ¡Facundo! Trae el Judas… Hay que aprovechar que paró de llover… y prenderlo,
que son casi las doce.

El Judas estaba en el galpón, a unos veinte metros de la casa. Los relámpagos iluminaban
el sendero que pasaba entre unos limoneros y un gran árbol de higos. Facundo caminó
con cuidado, entre los relámpagos la oscuridad se cerraba de tal forma que no veía nada.
Pensó que hubiera sido mejor llevar una linterna, pero ya estaba frente al galpón.
Cada vez se escuchaban más fuegos artificiales, y los relámpagos seguían cruzando por
el cielo, en donde las nubes parecían tener todo tipo de formas, grotescas algunas.
Empujó la puerta del galpón, adentro era una boca de lobo. Recordaba haber dejado
al Judas frente a la puerta, pero unos fogonazos de luz le mostraron que allí no había
nada.

Entró unos pasos hacia la oscuridad. Volteó hacia un ruido sordo, apagado, y la luz
de un rayo reveló algo espantoso; el Judas, como un animal, se iba arrastrando por el
suelo, rumbo a él. Por alguna razón sobrenatural, aquellos brazos y piernas fofas estaban
rígidos, y el Judas andaba sobre ellos como lo hace un perro.
Tras cruzar el sendero corriendo, Facundo entró a la casa a los gritos. Después de tartamudear
lo que había visto, su padre y unos tíos fueron hasta el galpón; el Judas estaba tirado en
el suelo, y ya no se movía.
Lo ataron a una estaca y le prendieron fuego, Facundo miraba desde prudente distancia,
pegado a sus padres. Mientras el muñeco se consumía, le pareció ver que volteaba la
cabeza hacia él.

¡Feliz navidad!
Jorge Leal

viernes, 23 de diciembre de 2011

Conduciendo de noche

Marina conducía su auto por desolados paisajes, oscurecidos por la noche.
El celular sonó dentro de su bolso, y bajó la mirada para agarrarlo. Ese pequeño
descuido bastó para que el auto derrapara, y cayera hacia un barranco oscuro.
El vehículo quedó con las ruedas hacia arriba, mientras Marina yacía inconciente en la
parte interior del techo, tendida a lo largo.
Lentamente recuperó la conciencia. En donde estaba todo era oscuridad, no distinguía
ni una forma, ni un contorno.

Apenas intentó moverse la paralizó un dolor agudo en la espalda: tenía la columna rota.
Incapaz de moverse, permaneció en aquella oscuridad sin saber qué hacer.
El silencio también era absoluto, hasta que escuchó pasos que se acercaban al vehículo.

- Auxilio - clamó Marina, con un hilo de voz. Los pasos parecían humanos.

De repente una mano le aferró un pie y comenzó a jalarla hacia la ventanilla. Pensó que
la estaban salvando, hasta que sintió que le mordieron el pie.

Camino hacia el terror

A cada paso crecía la indecisión de Ramiro, no sabía si volver o seguir avanzando.
Buscaba un pueblo donde vivían unos parientes, pero una encrucijada de caminos lo había
confundido.
El camino por donde iba zigzagueaba por los campos más lúgubres y despoblados que
había visto jamás. En algunas partes se amontonaban algunos árboles, de troncos retorcidos
todos y desprovistos de hojas; y el viento, el constante viento que barría aquellas soledades,
agitaba las ramas de los vetustos árboles y silbaba entre ellas.
Durante todo el día el cielo estuvo cubierto de un gris uniforme de nubes bajas, y al ir
terminando el día comenzó a lloviznar.

Ramiro volteaba a veces con la esperanza de ver alguna carreta. La llovizna estaba
helada, y cada ráfaga de viento parecía herirle las mejillas con un tajo.
Se hizo la noche y Ramiro seguía caminando, calado hasta los huesos y tiritando. La llovizna
y el cielo tomaron un tono amarillento, pues detrás de las nubes estaba la luna llena.
Entre aquella cortina amarillenta, tan fina por momentos como una niebla, creyó distinguir
una construcción, a un costado del camino. A una distancia de un brazo extendido, comprobó
que sólo era un muro, y al seguirlo encontró un portón de rejas.
El viento rasgó por un instante el telón de nubes que cubría el cielo, y la luna brilló; entonces
tras el portón del muro resplandeció un paisaje tétrico: un cementerio.

Entre las lápidas, caminaban arrastrando los pies, los brazos colgando y la mirada baja, unas
figuras humanas, horriblemente delgadas algunas, como esqueletos.
Ramiro estaba casi pegado a la reja, y una de las criaturas se abalanzó hacia él, con la boca
desmesuradamente abierta. Ramiro saltó hacia atrás y la criatura quedó tirando manotazos
a través de la reja.
El pueblo ya estaba cerca de allí. Llegó corriendo, casi enloquecido por el terror.
Al recorrer sus callejuelas, vio que sus habitantes salían de las casas, y arrastrando los pies
avanzaban rumbo a él, y pronto se vio rodeado y sin poder escapar.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Cumpleaños

El cumpleaños se había extendido hasta la noche. Dentro de la casa las personas mayores
bebían algunos tragos y comían bocadillos; afuera, en el jardín, los niños jugaban y corrían
entre los canteros de flores y los árboles.
Además de las luces que siempre había, colocaron unos reflectores más, pero algunas zonas
del jardín igual quedaron entre sombras.
Era el cumpleaños numero cuatro de Isabel.
Cuando sus padres vieron que ya era un poco tarde decidieron partir la torta. Su madre salió
al jardín y gritó:

- ¡Niños! ¡Vamos a partir la torta! Vengan. - los niños corrieron hacia ella y la rodearon con
algarabía.
Buscó entre las pequeñas cabezas mas no encontró la de su hija. Miró más allá de la multitud
de niños y la llamó:

- ¡Isabel…! Vamos a partir tu pastel, ¡Isabel, ven!
- Isabel se fue. - dijo uno de los niños. Otros dijeron lo mismo.
- ¡Cómo que se fue! ¿A dónde? - preguntó la madre, ya algo angustiada, como presintiendo…
- Se fue con el payaso, él se la llevó - afirmó una niña y otros le dieron la razón.
- ¡El payaso! - exclamó horrorizada la madre. No habían contratado ningún payaso.

lunes, 19 de diciembre de 2011

El molesto rechinido

Rogelio tomaba un café en la sala de su casa, mientras leía el diario.
Las persiana de la ventana estaba abierta, y algunos insectos nocturnos trepaban por el
vidrio o chocaban contra él, atraídos por la luz del interior. Más allá del jardín no se
veía nada; la noche estaba sumamente oscura.
Rogelio pasaba las hojas del diario y bostezaba cada vez más seguido. De repente escuchó
un rechinido. Dejó el diario sobre la mesa y miró en torno a él. No era la primera vez que
escuchaba aquel sonido. Sonaba en partes diferentes de la casa, siempre de noche, y aún
no se explicaba qué era.

Se imaginaba que lo producía el roce de dos materiales duros, pero qué eran no sabía.
Una puerta interior se abrió de golpe, Rogelio volteó hacia ella, y vio que bajo el marco
había una anciana diminuta y jorobada. La anciana le mostró los dientes y los hizo rechinar,
luego comenzó a retroceder sin dar un paso, sólo se deslizaba, entonces la puerta se cerró.

domingo, 18 de diciembre de 2011

En el taxi

Angélica vio el taxi y se abalanzó hacia su interior. La noche estaba fría y ventosa.
Los que andaban en la calle cruzaban encorvados bajo sus abrigos, con las manos
enguantadas dentro de los bolsillos, y cubiertos por bufandas o rompevientos.
Le indicó la dirección y el auto partió. El conductor no la miró en ningún momento,
sólo murmuró:

- Noche fría esta.
- Sí, fría.
- Este invierno se vino con todo - afirmó el conductor.
- Hm, si.

Angélica se sintió hambrienta, y disimuladamente metió su mano en el bolso que cargaba.
En otra parte de la ciudad, un taxista quedó petrificado ante un lugar vacío.

- ¡Me robaron el taxi! - exclamó.

Angélica iba sacando un “sándwich” de su bolso, cuando al mirar a un lado notó que no
iban rumbo a su casa.

- ¡Conductor! Está yendo por otro rumbo ¡Ey! ¿Hacia dónde me lleva?

El conductor lanzó una carcajada y volteó hacia ella. Su cara era igual a la de un murciélago
vampiro.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Correo del terror

Roberto paró frente al enrejado de la entrada y buscón buzón, no había.
Al no haber un buzón, tenía que entregar la carta en la casa, o por lo menos dejarla
bajo la puerta.
Desde el portón de rejas comenzaba un sendero de piedra, que a unos metros se volvía
escalera y subía hasta la casa, que estaba como en un repecho. A los costados del sendero,
se agitaban con el viento unos árboles que el invierno había despojado de hojas. El cielo
estaba completamente gris, y no se veía indicio alguno del sol, que a esa hora ya estaba
cerca del horizonte.

Roberto golpeó las manos, era una manera eficaz de comprobar si había perros. Luego
tanteó la reja, estaba abierta.
El sendero resultó ser más largo y empinado que lo que parecía desde la vereda.
La casa era sin dudas la más vieja de la zona, y también la más descuidada.
Roberto golpeó la puerta varias veces. Como no atendían, se agachó para meter el sobre
por debajo de la puerta, y justo en ese momento se abrió. En el umbral apareció un
anciano alto y muy delgado, de cara descarnada y nariz prominente, doblada hacia abajo.
Era casi calvo, pero los pocos cabellos que tenía eran largos y blancos.

Roberto tragó saliva y dijo:

- Hola. Soy el cartero, tengo esto para usted. - Y le tendió el sobre.
El anciano tomó el sobre con una mano huesuda e inmensa, de dedos larguísimos. Al agarrar
el sobre, el anciano sonrió pero sin mostrar los dientes, sólo su boca se dilató hacia las orejas
y se hizo más fina, al tiempo que su cara se arrugaba más. Enseguida la puerta se cerro de
golpe.

- ¡Señor! - dijo Roberto - Tiene que firmar ¡Señor!

La puerta se abrió nuevamente, y tras ella el anciano tenía cara de enfadado, y su mirada
era terrorífica. Roberto quedó petrificado al ver que aquella mano inmensa se estiraba
hacia él.
En ese mismo momento, el viento despejó las nubes en el horizonte, y los últimos rayos
del sol, dorados como oro, llegaron hasta la casa; entonces el brazo del anciano se retrajo
con rapidez y la puerta volvió a cerrarse.
Roberto bajó hacia la calle a toda prisa.
A la carta la habían enviado desde Transilvania.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Marisa

Marisa despertó de un sueño profundo. Estaba en su cama, la habitación estaba oscura.
Giró lentamente la cabeza al notar que había alguien más en la cama. Era un hombre de
cabellos claros y rostro pálido, tan blanca era su piel, que incluso en aquella oscuridad
se notaba que sonreía ampliamente mientras la miraba.
Aterrada ante aquella presencia extraña, Marisa intentó levantarse, y cuando sus pies
ya tocaban el suelo, sintió una mano sobre su hombro.
Tras lanzar un grito de terror, tomó el adorno de porcelana que había al lado de la
portátil, y girando hacia el hombre con rapidez, lo golpeó varias veces en la cabeza.

Al notar que ya no se movía, corrió hasta el interruptor y encendió la luz.
Al verlo bien, sintió algo sumamente raro, y entonces recordó: aquel era su nuevo
novio. La sangre corría a raudales por sus cabellos rubios, y ya no respiraba.
Ocasionalmente, Marisa sufría pérdida de memoria.
Se llevó las manos a la cabeza y comenzó a dar vueltas por la habitación.

- ¿Porqué me pasa esto? ¿¡Porqué a mí!? - se lamentaba Marisa.

Se secó las lágrimas y quedó seria - No es mi culpa. - dijo entre sollozos.
Decidida a no ir presa, o terminar en una institución mental, comenzó a pensar
cómo librarse de la situación. Lo primero que le vino a la mente fue conservar el cuerpo.
“¡El freezer!” pensó. Tenía un gran freezer horizontal en la cocina.
Lo envolvió en la sábana y lo bajó a tirones de la cama, después lo arrastró hasta la cocina.
Cuando abrió el freezer, vio algo terrible, que la hizo recordar: no era la primera vez
que le ocurría algo así: el freezer ya estaba casi lleno.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Los fantasmas de un hospital

En los hospitales normalmente andan los que van a curarse, los que curan, y los fantasmas que quedaron atrapados allí. 

Romualdo limpiaba el piso de una sección del hospital. Vestía un largo guardapolvo azul y empujaba un carrito donde llevaba los implementos de la limpieza. Como era de noche, el hospital estaba mayormente silencioso y los sonidos llegaban a él como ecos lejanos e irreconocibles.

lunes, 5 de diciembre de 2011

En la soledad de la carretera

Finalmente el auto dejó de andar. Rodrigo lo estacionó a un costado de la carretera, y
durante un rato se reprochó su descuido - ¡Cómo pude olvidarme de llenar el tanque!
La luna llena estaba en la cima del cielo, y al bajar contempló cuanto le rodeaba.
Por un lado había una extensa plantación de maíz, y en el otro una pradera que se perdía
en el horizonte.
El celular no tenía señal, lo cual no era raro en un lugar tan apartado.
Mientras resolvía qué hacer, resoplaba furioso consigo mismo, y volteaba la cabeza
hacia la ruta que tenía por delante, y después hacia el otro extremo, para girar nuevamente.

Entre tanta frustración, se le ocurrió algo que lo hizo sonreír: había cometido un error, pero
por primera vez en muchos años, su esposa no se lo iba a echar en cara, pues estaba dentro
del baúl, muerta, asesinada por él.
Aún sonreía cuando escuchó unos golpes que venían del interior del baúl.
Se quedó petrificado. No podía estar viva, no después de lo que le había hecho, ¡era
Imposible! Se movió con pasos rígidos, debido al miedo, intentaba abrir el baúl cuando
escuchó la voz de su esposa, desde su interior.

- Rodrigo, querido, estoy un poco incómoda aquí ¡Jajajaja! ¡Imbécil!

Rodrigo se cubrió las orejas con las manos - ¡No, no puede ser! - gritaba -. ¡Estás muerta!

De repente el baúl se abrió, y de él salió la mitad superior de su mujer. Caminando con las
manos se le fue acercando.
Había retrocedido hasta la mitad de la carretera, y desde allí vio como su auto, el torso
de su mujer, y la ruta misma se iluminaban; cuando volteó hacia la luz, el camión estaba
a metros de él; un instante después sintió como se aplastaba contra el parachoques.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Mientras duermes

Natalia se durmió sentada frente al espejo. El día había sido tan agotador, y había
madrugado tanto…
Allí era dónde se desmaquillaba, en un rincón de su cuarto, en su solitaria y silenciosa
casa, donde vivía desde hacía poco.
Un viento nocturno soplaba sin cesar, mientras precipitaba una llovizna muy fina.
En una noche como esa, en la calle no andaba ni un alma, y casi no cruzaban vehículos.
Cuando el cuello la incomodó despertó, pero en el instante en que aún no abría los
ojos, en ese estado donde la conciencia está adormecida; creyó sentir que unos dedos
recorrían su cabeza.

Al abrir los ojos vio horrorizada que lucía otro peinado. Recorrió el cuarto con la mirada,
fugazmente vio a una señora mayor, a una anciana, parada a su lado, pero enseguida
dejó de verla.
Después de muchas noches de terror, en vela, asustada; al no tener más encuentros
con el fantasma, pudo dormir tranquila nuevamente.
El tiempo pasó. Tras otro día agotador, volvió a dormirse sentada, durante una noche
ventosa y con llovizna; pero esta vez lo hizo en la cocina, donde tenía un pollo a medio
deshuesar.
Al ir despertando sintió el filo de un cuchillo deslizándose por su cabeza.

jueves, 1 de diciembre de 2011

La casa entre los árboles

Mientras dábamos vueltas por el bosque, estaba convencido que mi primo se había perdido.
Estaba visitando a mis tíos maternos. Al hijo de ellos, a mi primo, se le ocurrió ir a pescar
a una laguna, que según él conocía.
El bosque en donde andábamos parecía interminable. Bajo nuestros pies había una capa
de agujas de pino, sólo en algunas partes el suelo estaba despejado, y a diferencia de los
lugares que acostumbro, allí sólo se escuchaba el silbido del viento entre los pinos.
En el costado de un sendero divisamos las ruinas de una gran casa.

- ¡La laguna está cerca! - exclamó contento mi primo - Ahora me orienté, está del otro
lado de esa casa abandonada.
- ¡Casa abandonada! Más que casa son unas ruinas. - observé.

Caminamos un poco más y llegamos a la laguna. Desde la orilla se podía ver, entre los
árboles, parte de las ruinas.
Apenas nos instalamos se hizo de noche. Terminé juntando leña a punta de linterna.
Como no picaba nada comenzamos a charlar en torno a la fogata. Íbamos agregando
ramas y hablando de los temas que son inevitables cuando se juntan dos hombres:
deportes, anécdotas, mujeres, y televisión, y todos los temas en algún momento
desembocaban en mujeres. De programas de TV pasamos a hablar de películas de
terror. Recordamos escenas escalofriantes, discutimos sobre que monstruo podría
más; si un hombre lobo, si un vampiro, y cosas así.

Sí realmente podemos influenciar el ambiente que nos rodea, tal vez ayudamos a
lo que vaga por las ruinas aquellas; porque mientras hablábamos comenzamos a
escuchar voces. Nos callamos y prestamos atención, las voces claramente venían
de las ruinas, y vimos unas luces dar vueltas por el lugar.
No se entendía lo que hablaban, mas parecía ser varias personas. Unas luces medio
verdosas recorrían la ruina, al parecer iban por todas las habitaciones, pues iluminaban
desde varios agujeros y ventanas.
Salir al bosque sería sólo para perderse, así que aguantamos allí. Durante el resto
de la noche, juntamos cuanta leña había a nuestro alrededor, y hasta talamos un
arbusto, para mantener nuestro campamento bien iluminado.

A la mañana partimos. Al cruzar por las ruina, echamos un vistazo a su interior,
a través de una pared medio derrumbada. Adentro estaba completamente lleno de
pastos y malezas, y no vimos que estuvieran aplastados, no había señales de que
alguien hubiera andado por allí. Las luces verdosas eran fuegos fatuos, luces malas.