¡Advertencia!: Todas las obras del blog le pertenecen a Jorge Leal. Prohibido tomarlas para cualquier fin sin consultar antes al autor. Y en todos los casos se deberá citar la fuente y el autor, y no se podrán usar con fines comerciales.

Buscar en este blog

martes, 31 de enero de 2012

Una historia aterradora

Venía del hospital, de visitar a una tía que estaba internada. Por el camino me encontré
con un conocido, y al comentarle de dónde venía, vi que se puso muy serio.

- ¡A ese hospital no quiero volver ni muerto, ni cruzo frente a él - me dijo.
- Y por qué ¿Qué tiene ese hospital? - le pregunté.
- Lo que tiene es que está embrujado. Si le contara lo que vi…
- Cuente, que me gustan las historias de terror. Le invito un café y me lo cuenta.

Y fuimos hasta un café que había cerca, y allí empezó su relato aterrador:

- Fue trabajando de albañil - comenzó -. La empresa en la que estoy estaba remodelando la
fachada del hospital - hizo una pausa porque una muchacha sonriente vino a servirnos el café,
después continuó - Como te decía, estábamos arreglando la fachada. Yo, en un andamio,
remendaba el borde de una ventana del segundo piso. La ventana no tenía cortina o estaba
descorrida, no sé, lo que sé es que se veía para adentro; era un cuarto chico, con sólo una cama,
y estaba vacía, vacía de gente - nuevamente la muchacha lo interrumpió, “¿Quieren algo más?”
nos preguntó, le dijimos que no, entonces siguió: - En la cama no había nadie, como ya dije,
tenía una sábana blanca, de esas que usan en algunos hospitales.

Seguía con lo mío, y no sé por qué miré de nuevo para el cuarto; y me pareció que la sábana se
movía. Empezó de a poco, pero se fue moviendo más, como si hubiera algo abajo, eran como
unos bultos moviéndose rápido bajo la sábana. Después vi que una parte se fue levantando, y
se asomó la cabeza de una niña, y enseguida la de otra, y la de una vieja, y la cabeza de un hombre.
Siguieron apareciendo cabezas por todo el largo de la cama, una al lado de la otra, y me miraban.
En ese momento me olvidé que estaba en un andamio, me fui hacia atrás y caí; por suerte tenía
puesto el arnés y estaba bien atado, me bajaron después mis compañeros.

La historia me resultó tan terrorífica que me dejó sin palabras.

lunes, 30 de enero de 2012

El auto embrujado

El auto quedó inutilizable, y el accidente ocurrió en una zona tan remota, que sólo lo dejaron
a un costado del camino. En él murió un matrimonio.
Poco tiempo después comenzaron los rumores, y en el único almacén de la zona, los escasos
pobladores se santiguaban al hablar del auto embrujado, título que nadie discutía tras varios
avistamientos de siluetas o ruidos provenientes del vehículo abandonado.
Una noche de luna llena, adolescentes del lugar fueron a pie hasta el auto embrujado,
deteniéndose a unos cincuenta metros de él. Allí comenzaron a desafiarse, para ellos era un
juego emocionante, el que se atreviera a acercarse más ganaba.

No estaba en los planes de Diego el ir hasta el auto, pero como en el grupo estaba Gabriela…
- Yo voy - dijo Diego, y salió rumbo al auto.
Fue con cautela, como midiendo los pasos. Ya al lado del vehículo lo vieron levantar el brazo
en señal de victoria, después giró hacia el interior y se inclinó hacia la ventanilla.

- ¡Eh! ¡Diego! ¿Viste algo? - le gritaron desde el grupo, mas él pareció no escucharlo.
- ¡Diego! Sal de ahí. Ya ganaste, vámonos. - los muchachos se miraban preocupados.

Lo vieron tirar de la puerta y entrar al auto abollado.
- ¡Este diego está loco! - exclamó uno.
- No está loco, los fantasmas lo deben estar controlando - afirmó otro.
- ¿Qué hacemos?
- Vamos todos juntos - y se armaron de valor, arrimándose lentamente.

Cuando estuvieron lo suficientemente, cerca vieron que Diego movía el volante como si fuera
conduciendo. Lo llamaron nuevamente, y al voltear hacia ellos notaron que su rostro era
distinto; tenía unos espesos bigotes y pelo enrulado.
Todos gritaron y se desbandaron aterrados, dejando a Diego solo.
Cuando regresaron acompañados por mayores, él ya no estaba el auto. Lo encontraron por
la mañana vagando por el campo, sonriendo de forma estúpida y babeando.

viernes, 27 de enero de 2012

Carne para el infierno

La noche era horrible, una tormenta gigantesca rugía en el cielo, y llovía tanto que muchas
calles estaban inundadas.
Con equipo de lluvia y botas, caminé por las calles más oscuras, soportando un aguacero
asfixiante; y debido a la poca visibilidad, me creí perdido un par de veces.
Para nuestros planes aquella noche era perfecta, pues no queríamos ser vistos.
Cerca del punto de reunión (una vieja bodega de vinos), vi una sombra cruzar furtiva rumbo
a la bodega. Ya tenía el revolver en la mano cuando me di cuenta que era uno de mis
compañeros.
Toda América Latina estaba en una época de conflictos, y nuestro país no era la excepción.
Un grupo de seis conocidos, planeamos una secreta reunión para decidir qué hacer.

A pesar del mal tiempo, algunas patrullas del ejército recorrían las calles; estaba prohibido
reunirse y andar en grupos.
Hasta que llegó el último permanecimos en la oscuridad. Cuando estuvimos todos encendimos
una vela, y el que conocía el lugar nos guió hasta el sótano donde guardaban los toneles de vino.
Ya en el sótano colocamos la vela sobre un barril vacío, y usamos otros como asiento. Rodeando
la inquieta llama de la vela, comenzamos a hablar en vos baja.
Allí abajo, la tormenta se escuchaba como lejana. A nuestro alrededor la oscuridad se cerraba, y
casi nos envolvía por completo cuando la llama empequeñecía.
En plena discusión la vela se apagó, dejándonos a oscuras, y enseguida escuchamos una voz
potente, llena de ecos, cavernosa, que sin dudas ningún humano podría imitar. La voz dijo:

“¡Pronto serán carne calcinándose en el infierno!”

Con la llama de nuestros encendedores logramos abrirnos camino por la oscuridad y alcanzamos
la puerta. Nos separamos sin decir una palabra, el terror que sentíamos nos lo impedía.
Poco tiempo después mis compañeros cayeron uno tras otro; yo me salvé de las balas del ejército
al huir hacia el monte, pero no creo haberme salvado de la sentencia de aquella voz demoníaca.

jueves, 26 de enero de 2012

La casa de la tía

Fátima contempló el frente de la casa desde su auto, y dudó, pero al fin se decidió y entró.
Cuando era niña no le gustaba ir a aquella casa, la asustaba, teniendo sus padres que
llevarla a la fuerza. En la casa vivía su tía, una anciana excéntrica y solitaria, muy rica y
avara también.
Aunque eran recibidos de mala gana por la anciana, los padres de Fátima la visitaban con la
intención de hacerse merecedores de la herencia de ésta. De nada les sirvió; murieron en un
accidente de tránsito.
La anciana murió años después y sin haber hecho un testamento. Fátima fue hasta la casa para
tomar algunas cosas, antes que otros parientes lo hicieran.
Atravesó lentamente la sala. Todo estaba como lo recordaba, aunque hacía muchos años que
no visitaba el lugar.

Los muebles eran grandes y viejos; una fina capa de polvo opacaba todo, haciéndolo lucir más
antiguo, y cerca del techo se arqueaban inmensas telas de araña, pesadas por el polvo.
Avanzó hasta el cuarto que fuera de su tía. La cama en donde dormía la anciana, tenía el
colchón hundido en el medio, señal de que la dueña había estado postrada sus últimas semanas.
Fátima comenzó a revisar los cajones de una cómoda, buscando joyas.
Tenía la mitad del brazo metida en un cajón, cuando súbitamente sintió que algo le agarró la
mano. Tironeó con fuerza, y vio que lo que hizo presa de su mano, era otra mano, huesuda y
arrugada, toda surcada de venas saltadas.
Fátima emitió un grito muy agudo que reverberó por toda la casa.
Cuando logró zafarse, la mano del cajón quedó tanteando el aire con rápidos movimientos de
los dedos.

Al girar rumbo a la puerta, notó un bulto grande sobre la cama; era su tía, con la apariencia
putrefacta que debía tener en ese momento en el ataúd en que estaba enterrada.

- ¡Fátima, ven a saludar a tu tía! - dijo la aparición, y lanzó una carcajada estruendosa.

Fátima sintió que se iba a desmayar de terror, entonces hizo un esfuerzo y salió de cuarto
tambaleándose. Alcanzó la puerta de salida, pero apenas traspasó el umbral cayó desmayada, y
enseguida una fuerza invisible la arrastró hacia el interior y la puerta se cerró.

miércoles, 25 de enero de 2012

El hospital abandonado

En el terreno del hospital de mi ciudad, había un edificio apartado del principal.
Ubicado como a cincuenta metros del edificio más grande, aquella construcción estaba
abandonada desde que tengo memoria.
Una noche de verano, regresaba de tomar una bebida refrescante, aunque al tomarla siempre
me da calor, por eso también la bebo en invierno… o sea que nunca faltan excusas.
Doblé en la calle que bordea el hospital, porque me acordé que tenía una pequeña deuda en un
Bar situado más adelante; cosa del pasado ya, no porque la haya pagado, sino más bien porque
el cantinero se debe haber olvidado de ella.
Aquella calle estaba oscura, y tuve que caminar mirando al suelo como si hubiera perdido algo.

Al pasar al lado del edificio abandonado, escuché que tosían en su interior. Era la tos de varias
personas, algunas graves, otras con tonos agudos, como de ancianas, y también parecían toser
niños.
Adentro estaba completamente oscuro, y en las ventanas se reflejaban las luces de un barrio
lejano. No sé en que estaba pensando, o por qué lo hice, lo cierto es que me detuve a escuchar,
y apoyé las manos en la ventana tratando de ver algo en aquella oscuridad.
Un auto cruzó por la calle, y la habitación se iluminó por un instante, entonces vi a unas personas
extremadamente delgadas arrastrando los pies por la habitación.
Nada mejor que un buen susto para despabilarte, cuando salí de aquella calle oscura respiré hondo.
Después recordé algo que me habían dicho cuando niño; aquella parte del hospital era usada para
hospedar a los enfermos de tuberculosis.
Lo que vi fueron fantasmas, el edificio seguía abandonado.

martes, 24 de enero de 2012

Al dormir

El sueño de Jacinto se tornó pesadilla. De pronto se vio caminando por un bosque de
árboles muertos. El suelo que pisaba era completamente gris, al igual que el cielo. Las ramas
sin hojas de los árboles terminaban en agudas puntas, como espinas gigantes, y estaban todos
renegridos, quemados; era un bosque muerto.
Hacia donde volteara veía el mismo paisaje tétrico. Sus pies descalzos se hundían en el
suelo, que estaba compuesto sólo por cenizas. Dominaba aquel lugar pesadillesco un silencio
implacable, y nada se movía.

Siguió caminando sin saber a dónde ir, completamente conciente de que estaba soñando, lo
que hacía más angustiosa a la pesadilla; quería despertar y no podía.
Pasaba al lado de un gran árbol negro, cuando una criatura que se escondía detrás del tronco,
que parecía formada por harapos y tiras de tela sucia, dio un gran salto y quedó frente a Jacinto.
La criatura lanzó un grito y lo aferró de un brazo.
Sabía que estaba soñando, pero sentía el agarre de aquella cosa presionando su brazo, y
experimentó un terror tan grande que creyó que iba a morir de miedo.

Despertó súbitamente, sentándose en la cama como su tuviera un resorte en la espalda.
Fue hasta el baño para lavarse la cara, estaba empapado en sudor.
Juntó agua en las manos y se mojó la cara. Al mirarse en el espejo, vio que tenía una marca en el
brazo, estaba colorado y se dio cuenta que le dolía. La marca estaba en el mismo lugar del brazo
donde lo había sujetado la criatura de la pesadilla.
Jacinto se estremeció al pensarlo: “La criatura de la pesadilla era algo más que un producto de
mi mente, o algo me sujetó en la realidad mientras dormía”.

lunes, 23 de enero de 2012

Frente a la escuela

Artemio iba vagando, también en la mente. Sin mucho más que hacer, caminaba por la ciudad
sumida en la noche. Perturbaba su pensamiento algún auto que pasaba o un sonido que lo
hacía voltear, mas enseguida volvía a bajar la cabeza.
Con las manos en los bolsillos del pantalón, medio encorvado, llegó sin darse cuenta a la vereda
de la vieja escuela a la fuera cuando niño.
Entonces llegó a él un recuerdo amargo, y revivió aquel recreo en la escuela, cuando corriendo
imprudentemente, chocó a un compañero haciéndolo caer de cabeza contra un borde del patio;
muriendo su compañero allí mismo.

Junto con el recuerdo sintió que lo observaban, giró la cabeza hacia una ventana, y ahí fue
cuando vio al niño que él había matado.
La aparición lo observaba con una expresión de odio. Una fisura se fue agrandando en la cabeza
de la aparición, brotando de ella sangre y cerebro.
Artemio comenzó a retroceder, sin apartar sus ojos aterrados de la ventana.
Sonó una bocina, inmediatamente un golpe fuerte, y Artemio quedó tirado en la calle, ya sin vida;
lo había atropellado una camioneta.

El frigorífico embrujado

Hacía más de quince años que aquel frigorífico estaba cerrado, por causas desconocidas.
Los nuevos dueños contrataron a Roberto y su equipo para que lo limpiaran, después
vendrían los electricistas y mecánicos a reparar los equipos.
Roberto introdujo la llave en la cerradura, y tras forcejear un poco destrabó los cerrojos;
detrás de él estaban sus empleados, que eran ocho en total. Empujó la puerta abriéndola de
par en par, y un olor nauseabundo brotó de aquel lugar.

- Vamos a dejar que se ventile un poco antes de entrar - les dijo Roberto.
- Ese olor parece ser olor a sangre - dijo uno de los trabajadores.
- A mi también me parece olor a sangre, pero no puede ser, hace más de quince años que esto
no funciona. Debe ser olor a algo más. Esperemos aquí afuera un rato, que se ventile.

Un rato después entraron a un corredor que los condujo a un lugar amplio, ensombrecido.
Por las ventanas altas entraban chorros de luz, y atravesaban el lugar hasta dar en la pared
opuesta, pero el salón era tan basto que gran parte permanecía en la penumbra.
Había unas mesas larguísimas, donde antes cortaban la carne, ahora estaban llenas de polvo
y manchas oscuras.
Roberto le echó una mirada al lugar, luego ordenó a sus trabajadores que comenzaran la ardua
tarea que tenían por delante.
Momentos después uno de los hombres se acercó susurrando:

- Roberto, cuando pasé cerca de aquella puerta escuché voces. ¿Qué hacemos?
- Debe ser gente que se metió, espero que no compliquen, tenemos que sacarlos. Avísale a los
otros, vamos todos juntos. Espero no tener que llamar a la policía.
Al arrimarse a la puerta todos escucharon las voces, Roberto la abrió de golpe.
Vieron un lugar más pequeño, completamente vacío, no tenía otra puerta, las ventanas eran
altísimas y estaban cerradas. Se cruzaron miradas de desconcierto, y uno exclamó:

- ¡Este lugar está embrujado! - apenas dijo aquello, desde el salón más grande llegó un sonido
que todos asociaron a una vaca corriendo, cuyas pezuñas chocaban contra el suelo duro.
Cuando se asomaron nuevamente no vieron nada. instintivamente se juntaron mientras
miraban en todas direcciones.
Roberto aún no sabía qué decir para tranquilizar a sus trabajadores, cuando se escuchó el rugir
de una motosierra, de las que usan para cortar las reses. El sonido parecía venir de un lado,
luego de otro, resonaba en todas partes y en ninguna.

- ¡Vámonos de aquí! - gritó Roberto, y todos se precipitaron hacia la salida.

Varias empresas intentaron acondicionar aquel lugar, todas fallaron; y el frigorífico continua
cerrado.

domingo, 22 de enero de 2012

El puente maldito

Bajo aquel puente no corre un río, pasa la vía del tren, y mucha gente murió en él;
ya sea en accidentes o suicidios.
La noche estaba calurosa y húmeda, y ante la falta de sueño salí a dar un paseo.
Caminé por una avenida que se aparta de la ciudad. Al final de ésta doblé hacia una ruta.
Lentamente dejé las luces atrás, mas la noche estaba bastante clara. Desde el campo llegaba
un aire refrescante, con un sutil aroma a pino, que la brisa arrastraba desde un bosque que
no alcanzaba a ver.
Cuando alcancé el mencionado puente, me afirmé en la baranda y miré hacia abajo, entonces
vi a un hombre caminando por la vía.

A pesar de la claridad de la noche, sólo veía su silueta. No era raro que anduviera un hombre
allí, estando tan cerca de la ciudad; pero cuando vi a un grupo de personas salir de abajo del
puente, me pareció un poco raro. En el grupo se distinguía un hombre, una mujer, y dos niños
pequeños, parecía ser una familia.
Andaban lento, uno al lado del otro, el hombre que vi primero iba delante de ellos.
Desde donde estaba, veía un gran tramo de vía, mas al alejarse unos cincuenta metros del puente,
dejé de verlos a todos.
Una sensación extraña me recorrió el cuerpo y se me erizó la piel; habían desaparecido.

Segundos después, desde la sombra del puente, apareció otro hombre, cuya silueta me pareció
muy similar a la del primero. Cuando detrás del tipo vi surgir a la familia, caminando de igual
forma, y a la misma distancia, me di cuenta que eran fantasmas. Es una característica de algunos
fantasmas, repiten las mismas acciones una y otra vez.
Lejos de sentir miedo, me invadió una especie de tristeza, un abatimiento, una falta de energía.
A medida que me alejé del puente fui mejorando. Llegué a mi casa con menos sueño aún, y
tuve que soportar una larga noche de insomnio.

sábado, 21 de enero de 2012

Matías el cazador

Matías se había levantado para ir al baño, y cuando regresaba a su cuarto, una voz lo llamó desde
la chimenea de la sala. Sólo tenía ocho años pero era muy valiente; atravesaba la casa sin
encender ni una luz.
Era de madrugada y la sala estaba oscura, a duras penas se distinguía el contorno de las cosas, y
en el hueco cuadrado y negro de la chimenea, colgaba una cabeza de barba y cabellos blancos.

- ¡Eh! Matías, ¡aquí!
- ¿Quién eres? - preguntó Matías restregándose los ojos.
- Soy Papá Noel.
- ¿En serio?
- Sí. Ven aquí, saluda al viejo Papá Noel.

Matías se fue acercando lentamente. La cabeza colgaba como si tuviera los pies hacia arriba y
adentro de la chimenea.

- Eso es, ven… - decía la cabeza.

Matías se desvió hacia la mesa en donde su padre había dejado el diario del día, después fue
hasta donde guardaban los fósforos.

- Matías, ¿qué estas haciendo? Ven a saludarme.
- No eres Papá Noel.
- Claro que lo soy.
- Claro que no. Eres un monstruo. Sé que me persiguen desde que nací - Matías encendió un
fósforo y prendió fuego el diario -. Cuando sea grande voy a ser un cazador de monstruos.

Dicho esto Matías arrojó el diario encendido a la chimenea. La cabeza se ocultó en el hueco y
se escucharon arañazos y chillidos; los leños resecos comenzaron a arder y crecieron las llamas.
La criatura se derritió y escurrió hasta los leños.

jueves, 19 de enero de 2012

¿No los ves?

Gregorio aguardó impacientemente en la sala de espera. Cuando la secretaria del doctor
le dijo que pasara, se lanzó hacia la puerta del consultorio.

- ¡Doctor, tiene que ayudarme! - dijo apenas entró.
- Para eso estoy amigo. Tome asiento en aquel sillón - trató de calmarlo el doctor, el cual era
psicólogo.

Apenas se sentó, Gregorio comenzó a girar la cabeza hacia todos lados, buscando con la vista
algo que lo tenía preocupado. El psicólogo se sentó frente a él, en un sillón igual.

- Dígame - comenzó el doctor -, ¿por qué vino a consultarme?
- Desde hace un tiempo vivo en el terror, siento terror a toda hora, cada vez que volteo, veo
monstruos, criaturas espantosas ¡Si usted las viera!
- Así que ve monstruos. ¿Qué tipo de monstruos son? ¿Fantasmas, seres infernales…?
- No sé que son, ¡pero le aseguro que son horribles, grotescos! Ahora mismo hay uno detrás
de usted.
- ¿Detrás de mí? ¿Ahora?
- Sí. Está apoyado en el sillón, mirando sobre su hombro. - El doctor hizo un esfuerzo por no
voltear; no podía seguirle la corriente. Simplemente anotó algo en su libreta, y al bajar la cabeza
para escribir, sintió que le respiraban en la nuca.
Enseguida buscó una explicación en su conocimiento en psicología “El paciente me está
influenciando, debe poseer una personalidad dominante, no puedo dejar que eso ocurra”, pensaba
mientras hacía un esfuerzo para no levantarse de un salto.

- Usted está muy ansioso, le voy a recetar unos tranquilizantes para…
- ¡Tranquilizantes! No pienso andar dopado con esas cosas andando por todos lados.
- Tranquilícese, también lo voy a ayudar de otra forma. Tenemos que llegar al fondo de por qué
se imagina esos monstruos.
- ¡Imaginarme! No estoy imaginando nada, ustedes son los que no ven. ¡Mejor me voy!
- ¡Espere, no se vaya! - intentó detenerlo el doctor, pero Gregorio se marchó igual.

El doctor lo vio atravesar a grandes pasos la sala de espera, para después dar un portazo al salir
a la calle. Regresó a su consultorio pensativo “Que caso extraño”.
Se iba asentar en el sillón cuando notó unas marcas en la parte alta del respaldo; eran las marcas
de unas manos, que con sus uñas casi había desgarrado el cuero del asiento.

miércoles, 18 de enero de 2012

El experimento

Azada en mano, Alonso le echó una mirada al jardín que tenía que limpiar; le pareció poca cosa. También advirtió que el pasto estaba crecido en los senderos que iban hacia la casa; esto le pareció un poco raro, pues según los que lo habían contratado allí vivía gente y habían abandonado la propiedad hacía solo dos días atrás. Volteó rumbo a la casa y vio que una cortina se agitaba como si alguien lo espiara por la ventana.

lunes, 16 de enero de 2012

Peligros imaginarios

En un duelo de espadas que duró poco, Francisco derrotó a cinco adversarios a la vez.
Al verse derrotados, los cinco caballeros huyeron hacia el bosque, y para perseguirlos hasta
los límites de su territorio, francisco cruzó la cerca del jardín, por un espacio estrecho entre
las maderas; y con gritos de victoria entró al bosque sombrío.
Todo pasaba en la imaginación de Francisco. Desde que su madre le había leído un cuento
de caballeros medievales, rara vez soltaba su espada de plástico, y continuamente lo
asaltaban peligros imaginarios, que siempre terminaba derrotando a golpe de espada.

Dejó la persecución de los caballeros para luchar contra un dragón, una rama que le azotó la
carita al apartarla. Aquel enfrentamiento imaginario también duró poco, y Francisco quiso
regresar a su casa; pero se había adentrado al bosque más de lo que le parecía.
El día ya se iba extinguiendo, las sombras del bosque se iban cerrando, y él que no regresaba
a su hogar.
Encontró un lugar en donde el terreno descendía hasta un arroyuelo, bajó hasta él para saciar
su sed. Se arrodilló para beber el agua, al levantarse vio a una bruja espantosa a su lado.
La bruja lanzó una risotada levantando la mirada hacia el cielo y sacudiendo la cabeza; entonces
Francisco comenzó a huir. Corría por la fronda con la bruja a punto de alcanzarlo, gritando él
y su perseguidora. Tropezó en una raíz expuesta y se golpeó la cabeza, quedando inconciente.

Despertó atado a un árbol. Un gran número de gatos se paseaban por allí, y vio que la bruja
afilaba un cuchillo a la luz de un farol.
La bruja era en realidad una loca que tenía su refugio en el bosque. Aquella mujer desequilibrada
criaba muchos gatos, y se había quedado sin comida para alimentarlos…

domingo, 15 de enero de 2012

Un fantasma

Sin alejarse mucho de su camión y de la ruta, Hernán buscó leña con la linterna; encendió un
fogón y puso agua a calentar para hacerse café.
Generalmente paraba en algún restaurante para camioneros o alguna fonda, pero cuando andaba
en algún lugar muy remoto, acampaba bajo cualquier arboleda cercana a la carretera.
La noche estaba oscura, y donde la luz del fuego no alcanzaba reinaba una honda y silenciosa
oscuridad. Desde esa oscuridad escuchó un grito. Hernán, que estaba sentado sobre un tronco
atizando el fuego, se puso de pie alarmado y encendió la linterna.

Vio que algo avanzaba hacia él atravesando unos matorrales. En un primer momento le pereció
que era algo sin forma, una especie de mancha clara, mas al acercarse más a la luz del fuego
distinguió que era una mujer vestida con un camisón largo y amplio.

- ¡Auxilio! - gritó la mujer - ¡Me quiere matar!

Y Hernán vio que detrás de ella corría un hombre con algo brillante en su mano; un puñal.
La mujer fue a colocarse detrás de él, como buscando su protección. Hernán tomó un leño
encendido, y usándolo a modo de garrote intentó golpear al hombre. El leño no le dio a nada,
y el hombre desapareció como un espejismo; era un fantasma. Cuando se volvió hacia la
mujer ésta también había desaparecido.

jueves, 12 de enero de 2012

La criatura de al lado

En un primer momento el sonido le pareció un llanto de bebé. Omar se acercó más a la
pared y prestó atención. Ahora le pareció que era el grito de un animal; pero no podía
identificar qué animal era.
El sonido venía de la casa de su vecina, la vieja Mackey, una anciana que todos decían
que era bruja, y que adoraba al Diablo.
Desde esa vez, comenzó a escuchar todas las noches los mismos sonidos, mezcla de
llanto de bebé con gritos y gruñidos de animal.
La pared más próxima a la casa de la vieja tenía una ventana alta. Omar supuso que
desde ella podría ver, sobre el muro, la ventana de su vecina.

Afirmó una escalera a la pared y subió los peldaños. Tal como suponía se veía la ventana
de la casa de la vieja, y allí estaba ella, inclinada sobre una cuna negra.
Mackey era una vieja decrépita y encorvada, y en la cara tenía lunares inmensos y peludos.
La vio inclinarse más y levantar en brazos a una criatura pequeña como un bebé, pero de
rasgos horrendos. Tenía la cara colorada y arrugada, y sus ojos eran negros como la noche
más oscura; sus brazos-garras se agitaban con velocidad, y al abrir la boca le relucieron
unos dientes retorcidos y puntiagudos.
La criatura notó que la observaban y giró la cabeza en dirección de Omar, que, al intentar
bajar a toda prisa, resbaló en un peldaño y cayó de espalda.

Se desmayó por el golpe. Estaba recuperando la conciencia cuando en su confusión creyó
sentir unas manitos pequeñas recorriendo su rostro. Se incorporó de golpe al tiempo que
se le escapó un grito de terror. Buscó girando la cabeza pero estaba solo. Al mirar hacia
lo alto de la ventana, vio a la criatura saludándolo con la mano y mostrando los dientes
retorcidos y puntiagudos, después se apartó de la ventana.

martes, 10 de enero de 2012

Asechado

Mauricio desayunó entre bostezos, había dormido poco y mal.
Atiborró de manteca un pan mientras reflexionaba sobre la extraña pesadilla que había tenido.
No recordaba ninguna imagen terrorífica ni nada parecido, solamente recordaba la sensación,
clara, inconfundible, de que alguien o algo estaba con él en la habitación. Lo sintió rodear
la cama e inclinarse sobre él, sobre su rostro, a pesar de que no sintió su aliento, su respiración;
mas tenía la seguridad de que aquella cosa estaba a centímetros de su cara, observándolo
detenidamente.
Consideró, aunque le pareció poco probable, que alguien realmente hubiera estado en su cuarto.
Terminó de tragar el desayuno y revisó toda la casa, especialmente las puertas y las ventanas.

Al no encontrar ninguna señal de invasión se sintió más aliviado “¡Estúpida pesadilla!” pensó.
Camino al trabajo se cruzó con una muchacha Gitana.

- ¿Le adivino la suerte joven? - le preguntó la Gitana.
- No gracias. Yo no creo… ¡Bah! Léamela, total… - Cambió de opinión porque la Gitana era
muy bonita. Ella le tomó la mano y enseguida quedó muy seria, luego pareció aterrada.
- ¿Qué vio? No me diga que malas noticias.
- Lamento decirlo pero sí, son malas noticias. Hay un ser demoníaco que lo está asechando.
Conozco a una mujer que puede ayudarlo, puede encontrarla en … - Mauricio la interrumpió.
- ¡Oh! Sí, y apuesto que esa mujer me ayudará por cierto precio, claro. Bueno, yo no soy tan
ingenuo. Tome esto - y le dio un billete -. Que tenga buen día.
- ¡Espere! - le gritó la Gitana, pero Mauricio se marchó.

Esperaba para cruzar la calle cuando sintió que una mano se apoyó en su espalda y lo empujó
con fuerza, y un camión lo envistió de frente.
Los que estaban por allí le dijeron a la policía que él se arrojó solo; a su lado no había nadie.

lunes, 9 de enero de 2012

Un alma en pena

Era una de esas noches oscuras, que sólo pueden darse en lugares muy apartados.
Íbamos a caballo. Me acompañaba mi amigo Sandro y su primo Javier.
Confiábamos en la vista y la orientación de los animales, nosotros no veíamos casi nada.
Javier, que vive en la zona, en algunas partes escudriñaba la oscuridad y decía reconocer por
dónde íbamos.
A veces escuchábamos el rumor de un arroyo, o el trote de algún vacuno o caballo.
En determinado momento escuchamos el ladrido de un perro, y los caballos se inquietaron.
Mientras Javier tranquilizaba al suyo, nos dijo con la voz media entrecortada.

- Nos desviamos bastante, estamos cerca de una casa embrujada. Esos ladridos son de un
alma en pena.
- ¿¡Un alma en pena!? - dije - Donde nosotros vivimos le llamamos perros, ¿verdad Sandro?
- ¡Cierto! - me contestó Sandro, y lanzó una carcajada burlona que era muy común en él.
- No jueguen con eso. Vámonos de aquí.

El ladrido se mezclaba con un aullido lastimoso y largo. El caballo que montaba tenía un
manchón blanco en la cabeza, y distinguí que la agachaba y la subía al tiempo que giraba.
De pronto los aullidos y ladridos cesaron, y lo que escuchamos a continuación nos erizó la
piel. Comenzó a resonar, fuerte y claro, una carcajada idéntica a la de mi amigo Sandro;
diría que era la misma carcajada, como si algo la copiara a la perfección.
Venía del mismo lugar donde se escuchaba al perro, estimo que a una distancia aproximada
de cien metros o menos.
A duras penas dominamos a los caballos y nos largamos de allí al trote.
Ahora sé que un alma en pena o poseída puede manifestarse de diferentes formas, e imitar
sonidos o voces.

sábado, 7 de enero de 2012

El culpable

Abel nunca fue un hombre religioso, recuerdo que solía decir: “Yo no creo en nada”, entre
risas; y jamás iría a un psicólogo por cuenta propia; por eso me contó su historia de
terror. Fue como un regalo en honor a nuestra amistad, “Sí te sirve para un cuento, tómala”,
me dijo Abel, refiriéndose a su historia.
Estábamos en su casa, sentados en sillones enfrentados, afuera llovía a cántaros, y la noche
había caído temprano debido a los nubarrones que parecían querer aplastar a la ciudad.
Me sirvió un vaso de whisky, y comenzó a relatar su historia mientras veía los hielos derretirse
en el de él.

- Por muchos tiempo ni siquiera la noté - comenzó -. Tú sabes el tipo de mujeres que me gustan,
y aquella muchacha no tenía ninguno de los atributos que me hacen voltear. A ti tampoco te
llamaría la atención, creo que eso no fue mi culpa, la muchacha era un palo vestido, y no era
muy bonita de cara.
Un día voltee hacia su casa, no sé por qué, y la vi sonriéndome, con sus brazos apoyados sobre
el muro. La saludé, como saludo a tanta gente, pero aparentemente lo tomó como una señal
o un gesto de que me interesaba en ella.
Cada vez que pasaba ella estaba allí, sonriendo, y me miraba directamente a los ojos, como lo
hace una mujer enamorada - Abel vació su baso y quedó mirándolo a tras luz, después siguió:

- En esa época pasaba por una “buena racha”, tú me entiendes, y aquella muchacha sin gracia
no estaba en mi lista, mas intuí que era “nueva” y eso siempre es un atractivo para el hombre
depredador.
Quiso el destino, la mala suerte o lo que sea, que me cruzara con ella en un paseo. Lo que pasó
después fue culpa mía, no tengo excusa. El asunto es que ella pensó, tal vez yo se lo dije en
algún momento, no lo recuerdo, que íbamos a ser novios, y seguramente se ilusionó mucho.
Cuando se encontró con mi indiferencia se derrumbó; aparentemente era muy sensible.
Se suicidó unos días después, se ahorcó en un árbol de su casa.

Tal vez no me creas lo que te diré ahora, pero desde ese día la veo… la veo muerta, pendiendo
del cuello. Siempre pasa de noche, generalmente en mi habitación. A veces sólo aparece un
instante, otras veces recorre toda la habitación, flotando sobre el piso, la cabeza hacia un lado,
por el cuello roto, pero siempre sonriendo. Se pasea para atormentarme, rodea la cama, flotando,
con los ojos casi desorbitados ¡Es horrible amigo!
Y bien ¿Crees que me merezco este castigo? - me preguntó finalmente.

- Absolutamente sí - le respondí, él bajó la cabeza, como admitiendo su culpa.

Ahora me arrepiento de haber sido tan duro; pocos días después mi amigo se suicidó.

viernes, 6 de enero de 2012

La capilla de los muertos

Después del ocaso, desde las casitas vecinas desparramadas entre campos y cultivos, salieron
pequeños grupos y tomaron rumbo a la capilla del pueblo.
Se unía en matrimonio una pareja del lugar. El templo pronto estuvo lleno. Las palabras del
Cura resonaban en la vieja construcción, que ya tendría grabada en sus grietas la voz de bajo
del religioso.
En plena misa, la puerta del templo se abrió de golpe, todos voltearon como un rebaño
asustado. Con asombro vieron a el viejo López trancar la puerta con la trava de madera, y
reforzarla con la pala que traía, que estaba ensangrentada. López era el sepulturero y guardián
del cementerio.
El viejo recostó su espalda a la puerta, para trancarla también con su propio cuerpo.

Su melena blanca estaba más desprolija que de costumbre, y recorrió con la mirada las caras
de los que lo observaban.

- ¡Ya vienen! - gritó el viejo - ¡Se levantaron todos! ¡Los muertos se levantaron!

Algunos iban a comenzar a reír, pensando que el viejo estaría borracho, y que tantos años en
el cementerio le habían pasado la cuenta; pero enseguida la puerta comenzó a sonar y temblar;
la empujaban desde afuera.

- ¡Ayúdenme! - gritó nuevamente López - ¡Traigan esos bancos! Hay que evitar que entren.

El hedor que llegó hasta ellos y la situación aterradora hicieron que algunas mujeres se cayeran
desmayadas, incluyendo a la novia.
Las viejas bisagras de la puerta parecían que en cualquier momento iban a salir volando.
Algunos miraron por la unión de las maderas, cada vez más separadas, y comprobaron que
López decía la verdad; afuera había muertos andantes.
Enseguida cundió el pánico. Algunos comenzaron a tapiar la entrada con los bancos, otros
sólo rezaban. Alguien se acordó de tapiar la puerta de la sacristía. Volcaron una mesa y
bloquearon también aquella entrada, justo antes que los muertos llegaran a ella.

Las barricadas resistieron bien. Los zombies se paseaban por las inmediaciones, y desde
algunas casas lejanas llegaba el sonido de disparos de escopetas.
Un hombre vio que López lucía muy mal, estaba tirado sobre un banco. Cuando se inclinó
para revisarlo, el viejo lo tomó de los hombros y le arranco parte de la cara de un mordisco.
Antes de entrar a la capilla un zombie lo había mordido.

miércoles, 4 de enero de 2012

Aquello

Los dos se irguieron hasta quedar sentados en la cama y escucharon con atención.

- El ruido viene del sótano sí - susurró Wilmar.
- Te dije que venía del sótano, ¡viste! - dijo Cecilia, la esposa de Wilmar.
- No hables fuerte. Voy a ver que es, puede ser el calentador que hace ruido, es lo más
seguro, ya está viejo. Vos te quedas aquí. No vayas a salir atrás mío que me vas a matar
de un susto.

Y en la oscuridad se colocó sus pantuflas, con no poco trabajo, y salió del cuarto.
Cecilia quedó expectante, sentada en la cama, en la oscuridad.
Desde el sótano sonaron unos ruidos fuertes, de golpes contra la pared y otros ruidos
más apagados. Cecilia se tapó la boca con las manos para no gritar.
Poco rato después se abrió la puerta, y la figura de Wilmar se recortó tras ella; cerró la
puerta y fue a acostarse sin decir una palabra.

- ¿Qué pasó, qué fueron esos ruidos? - le preguntó Cecilia. Él volteó hacia el otro
lado sin contestar. Ella fue a insistir y lo sujetó por el brazo, y ahí fue cuando notó que
aquello no era su marido, ni siquiera era humano.

martes, 3 de enero de 2012

El Engendro

Una madrugada tormentosa, Paola tuvo el peor de los despertares.
Rayos que abarcaban todo el cielo tempestuoso iluminaban su cuarto por la ventana.
Apenas abrió los ojos, vio que desde un rincón oscuro cercano al techo, descendía volando
lentamente un ser diminuto, parecido a un recién nacido pero de rasgos grotescos, monstruosos.
Aquel ser se detuvo como a dos metros de ella, y comenzó a danzar extrañamente, en el aire.
Movía los brazos enérgicamente como si dirigiera una orquesta, y agitaba las piernas, y las
levantaba.
Paola no pudo mover ni un dedo, estaba completamente paralizada.
Sin poder hacer nada, vio como aquel ser fue descendiendo luego hasta llegar a la altura de
su vientre, después la saludó con la mano y sonrió con su boca enorme, y seguidamente se
fue hundiendo en su abdomen hasta desaparecer; en ese momento Paola se desmayó de terror.

Cuando despertó había amanecido. Durante el día se convenció de que sólo había sido una
pesadilla.
Unos días después comenzó a sentirse mal. Tras unos exámenes un doctor le dijo que estaba
esperando un bebé.

Atrapados en la escuela

Después de sonar el timbre, los niños salieron de sus salones e inundaron el corredor.
De a poco la escuela se fue quedando silenciosa. Cuando el director serró la puerta de salida,
además de silenciosa la escuela quedó en penumbras.
Sólo Juan quedó en ella, oculto en el baño. Se había escondido para evitar una pelea. El más
fuerte de la clase lo había retado a pelear a la salida, en la calle. Como no se le ocurrió algo
mejor, se escondió en el baño. Esperó pacientemente hasta que estuvo seguro que todos se
habían retirado.

Pensaba salir por una ventana que daba a la calle. Salió al corredor y giró la cabeza escudriñando
la penumbra. Tanteando la pared fue avanzando lentamente. Fuera ya se había hecho noche.
Pasaba frente a la puerta de un salón cuando esta se abrió de golpe, entonces un montón de
brazos pequeños como el suyo, salieron de la oscuridad y traspasaron el marco de la puerta, y
todos a la vez manotearon el aire como buscando algo.
Tan rápido como aparecieron, se retrajeron hacia la oscuridad del salón, y la puerta se cerró.
Juan descubrió que era más valiente de lo que pensaba, pues otros podían haber enloquecido
al ver aquello. Salió a la calle y corrió hasta su casa.

Tiempo después se enteró que en la escuela había ocurrido un incendio, hacía muchos años
atrás, y que una clase entera había quedado atrapada en un salón, y todos habían muerto.

lunes, 2 de enero de 2012

Vivo frente a una casa embrujada

La casa está justo frente a la mía, pasando la calle, y ahora sé que está embrujada.
Cuando vi partir a sus dueños, a mis vecinos, no pude evitar sacudir la cabeza ¡Que ignorancia!
pensé. Se iban de allí porque decían que estaba embrujada.
La mujer de la casa vivía hablando de fantasmas en los almacenes, que veían esto, o escuchaban
aquello; yo hacía un esfuerzo para no echarme a reír ¡Fantasmas!
La casa quedó desabitada por largo tiempo.
Un día, pintaba el frente de mi hogar cuando una pareja se acercó a mí.

- ¡Buenas tardes! - saludó el hombre - Veo que usted pinta bien.
- Buenas tardes - le contesté -. Trato de que no se chorree mucho, no es que pinte tan bien.
- Para mi está bien. Dentro de unos días vamos a ser vecinos, compramos la casa de ahí
enfrente - me dijo el tipo sonriendo.
- Ah sí, que bien, cuanta más gente en la zona mejor, mejor para el comercio.
- Sí. Mire, nos gustaría que pintara nuestra casa. No conocemos a nadie por aquí, y contratar
a un pintor sería un poco complicado para nosotros, porque tendríamos que darle la llave y…
Usted entiende, ¿no? Como usted es vecino, para nosotros sería más fácil.

No soy pintor, pero un dinero extra no me venía mal, así que acepté el trabajo.
Había entrado a la casa muchas veces cuando era niño, tras entablar amistad con el hijo de los
primeros dueños. En la familia había una anciana, muy viejita y encorvada, que por lo que
decían nació allí. La anciana solía preparar un postre, tipo crema, aromado con canela, que
a mi me gustaba mucho.
Crucé la calle cargando un par de tachos y algunas brochas. Apenas entré a la casa, sentí
un olor a canela. Salí para afuera y olfatee el aire girando hacia todos lados, el olor no venía
de afuera.
Enseguida recordé el postre de la anciana (la memoria del olfato es muy poderosa), entonces
tuve la precaución de dejar las herramientas afuera, podía sentir que algo no estaba bien.

Atravesé la sala y el corredor que lleva hasta la cocina, y allí vi a la anciana, de espaldas a mí.
No creo que sea el fantasma de aquella mujer dulce (así la recuerdo), creo que es algo más.
Tal vez hay espíritus que se posesionan de otros espíritus, no sé, no soy un experto en el tema;
lo que sí sé es que cuando la anciana se volvió hacia mí, vi que su cara tenía rasgos demoníacos.
Lo que sentí es muy difícil de explicar, y la palabra terror no sería suficiente.
Salí de la casa con esa cosa, lo que fuera, pisándome los talones, y apenas salí se cerró la puerta.
A los nuevos dueños les inventé una excusa. No quedé muy bien con ellos, igual no vivieron
allí ni tres días, así que no me importó mucho.