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martes, 28 de febrero de 2012

El pozo de agua

Durante mi niñez me mudé mucho de casa. En una de las casas en que vivió mi familia, en el
fondo había un pozo de agua. La pared circular, o borde, medía como un metro, y tenía una roldana,
y el travesaño que la sujetaba; era un pozo común. Por tapa tenía unas maderas colocadas juntas.
Como era peligroso no me dejaban acercarme a él.
La ventana de mi cuarto daba hacia el fondo, y se veía el pozo. Siempre tuve el sueño pesado, y
apenas caía en la cama me dormía. Una noche, había cenado mucho y no me podía dormir, y entonces fue cuando escuché un golpeteo que venía del fondo.

Fui hasta el cuarto de mis padres y los llamé. Mi padre miró por la ventana de mi cuarto y escuchó
atento. “Viene del pozo - nos susurró a mi y a mi madre -. Puede ser un gato o algo”, nos dijo.
No se me ocurría cómo un gato podría haber apartado las maderas sin caer hasta el fondo, y si había
caído, cómo pudo trepar por la pared lisa y resbalosa del pozo. Seguramente mi padre tampoco lo
creía, ya que fue a revisar con el revólver en la mano, además de la linterna.
Desde la ventana, yo y mi madre vimos como fue sacando las maderas, y después iluminó hacia abajo
largo rato. Terminó sacando todas las maderas pero no vio nada.

A la noche siguiente lo mismo. Los golpes desde adentro del pozo, y las maderas que alcanzaban a
levantarse como si algo las empujara hacia arriba. De nuevo no encontró nada.
Como había empezado a asustarme, me cambiaron de cuarto, para que pudiera dormir, pero fue peor,
porque empecé a tener pesadillas con el pozo. Siempre veía, (en el sueño) que las maderas se abrían,
que caían al suelo, y por el borde del pozo empezaba a asomar una cabeza, y ahí despertaba.
Llegué a odiar al pozo y a la casa, quería irme como fuera. Como éramos casi nómadas, unos meces
después nos fuimos.
Varios años después, mis padres me contaron, que tras la segunda noche de ruidos, indagaron a un
vecino, sin decirle lo que había pasado, simplemente preguntaron por los dueños anteriores, y resultó
que el vecino les dijo que un hombre se había suicidado en el pozo.

lunes, 27 de febrero de 2012

El Diablo y el libro

Fabián no creía en el Diablo, estaba allí sólo por complacer a Angélica. También participaban
en la oculta reunión unos conocidos de Angélica, tres hombres y dos mujeres, todos vestidos
al estilo gótico, con cuero, extraños collares, y tatuajes por todos lados.
Habían encontrado una solitaria casa abandonada, y en su habitación más grande encendieron
velas en los rincones; fuera la noche estaba negra y silenciosa.
En el piso habían dibujado unos símbolos extraños, sacados del Necronomicón, el libro oscuro
que varias veces citara el escritor Lovecraft. Se sentaron en el suelo, en torno a los dibujos y
se tomaron de las manos. A esa altura de la reunión Fabián ya estaba arrepentido de haber ido.
Angélica le apretó fuerte la mano y le sonrió, diciéndole después:

- No temas Fabián. Acuérdate que no crees en el Diablo.

El corazón de Fabián dio un brinco - ¡Me descubrió! Y ahora los otros lo saben.
Mas al mirar a los otros vio que habían caído en una especie de transe; bajaban y subían la cabeza
a la vez que murmuraban algo. Un instante después Fabián advirtió que había algo raro en los
símbolos dibujados en el piso. Al bajar la mirada vio que las líneas que lo formaban estaban
sangrando. De repente un viento helado recorrió toda la habitación, como si un pequeño remolino
hubiera entrado a la casa. Se apagaron todas las velas y la habitación quedó a oscuras.
Fabián sintió que la mano de Angélica era ahora una pata con pezuñas, y escuchó que ella le
susurró al oído:

- ¿Aún no crees en el Diablo?

Fabián dejó escapar un alarido de terror, se levantó y corrió hacia la puerta, que al conservar
parte de su pintura blanca, se distinguía aún en aquella terrible oscuridad.
Apenas salió de la casa ésta comenzó a arder, y las llamas la consumieron completamente.
Ya lejos, Fabián volvió la mirada y contempló la casa envuelta en llamas, y recién ahí se dio
cuenta que llevaba algo bajo el brazo; era el terrible libro que citara Lovecraft, el Necronomicón.

domingo, 26 de febrero de 2012

Los muertos no pueden hacer daño...

Ramón llegó a la empresa donde trabajaba, y Paula, la muchacha que atendía las llamadas, lo
recibió con una gran sonrisa, cosa que lo hizo sospechar.

- Hola - saludó Ramón - ¿Qué pasa, qué es lo gracioso?
- Ya te lo cuento - le contestó Paula, que estaba sentada tras un escritorio - Adivina en dónde
tienes que trabajar - le dijo Paula mientras colgaba el teléfono.
- No sé, si fuera adivino no trabajaría aquí ¿Dónde?
- En una funeraria. Se les descompuso el aire acondicionado. Aquí está la dirección - y le dio
un papel.
- Eso era lo gracioso. Apuesto que los otros estuvieron bromeando sobre eso ¿No?
- Claro que sí, para eso están los compañeros ¡Jajaja! Los muchachos dicen que no aceptes si te
quieren pagar con un cajón.
- Muy graciosos ja ja. Me voy, alguien tiene que trabajar en esta empresa - dijo Ramón, algo
molesto, no por la broma de sus compañeros, sino porque realmente le temía a los muertos.

Ya en la funeraria, un hombre vestido de traje negro, alto y delgado, lo llevó hasta la habitación
que tenía el problema, en la cual había varios ataúdes. El hombre alto se retiró con paso solemne,
muy acorde a su profesión, y dejó a Ramón solo.
Había caído el sol, y hasta aquella habitación no llegaba ni el más mínimo rumor de la ciudad.
Ramón le echó una larga mirada a los ataúdes que lo rodeaban, y sintió ganas de salir de allí
corriendo. Respiró fuerte varias veces y se armó de valor. Con la mirada buscó el interruptor
del aire acondicionado, y al dar con éste caminó con paso rígido, debido al miedo.

Revisaba el interruptor en el momento que escuchó un ruido que lo paralizó. Al estar frente
a la pared, daba la espalda a los ataúdes, y escuchó el suave rechinar de una bisagra; un ataúd
se estaba abriendo.
Sin atreverse a voltear siguió escuchando, y sintió unos pasos que se le acercaban sigilosos.
Con los ojos cerrados y sin voltear, Ramón repetía mentalmente: “Los muertos no pueden
hacer daño, es mi imaginación. Los muertos no pueden hacer daño…
Al notar que demoraba mucho, el hombre delgado de traje negro, entró a la habitación, y,
encontró a Ramón tirado en el piso, con el cuello mordido y pálido como un papel.
Uno de los ataúdes estaba vacío, y una ventana del lugar estaba abierta; el vampiro había escapado.

viernes, 24 de febrero de 2012

La casa de los ruidos

Lo más extraño que me pasó cuando trabajaba de vigilante, y me pasó muchas veces, fue cuando
vigilaba una cuadra llena de comercios. Los comerciantes me pagaban el sueldo. Yo recorría la
calle de arriba abajo, de noche. Sólo uno de los edificios no era un comercio, era una casa de
familia, y estaba abandonada, yo lo sabía bien, la gente de la zona lo corroboraba. Pero aunque
no había nadie, cuando cruzaba frente a ella escuchaba pasos que venían de adentro, o se movían
las cortinas, o lo que más terror me daba; golpeaban las ventanas como llamándome.

Mis vecinos

Los carteles que dicen “No pasar”, habían impedido que cruzara hacia el bosque.
Me limitaba a pasear por mi diminuta propiedad, bordeando el alambrado que la separa del
bosque. Como hacía poco que me había mudado allí, aún no me aburrían los paseos matinales
por el campo. Salía pisando el rocío que se acumula en los pastos, junto a mi perro, que
siempre iba zigzagueando con la cabeza baja, rastreando perdices o corriendo inútilmente
tras alguna liebre.
Mi perro solía cruzar hacia el bosque, pero enseguida lo llamaba y él venía; mas una mañana
corrió tras una liebre y lo vi perderse entre los árboles. Silbe durante largo rato, escuché, volví
a silbar, y al final salté el alambrado para buscarlo.
Caminé despacio, escuchando, volteando en todas direcciones. El bosque estaba envuelto en
una luz crepuscular, y había mucho silencio. Escuché los pasos de mi perro, y lo llamé con un
silbido corto. Se acercó meneando la cola, con la lengua de afuera, fatigado.

“Cuándo vas a aprender que las liebres son muy rápidas”, dije a mi perro mientras le acariciaba
el lomo. Allí pensé por un momento. Ya estaba en el bosque, por qué no dar un paseo en él.
Estaba casi seguro que no vivía nadie por allí, así que seguí avanzando entre las sombras de
aquellos árboles.
Más adelante divisé un claro, y paré al distinguir un muro; había una casa. Entre los troncos,
vi una pared con ventanas rotas, y por el silencio del lugar supuse que estaba desabitada.
Me fui acercando con cautela, por curiosidad, comprobé que estaba abandonada por el mal
estado de su exterior. Me impresionó el gran tamaño de aquella casa. Parecía más bien un
pequeño hotel. La rodee hasta ver el frente.
Me concentré tanto en la casa, que no me di cuenta que estaba solo; mi perro había quedado atrás.
En el frente hay una gran puerta, y sobre ésta leí una inscripción: “Institución Mental Doctor
Espinoza”. Estaba frente a un viejo manicomio. El sólo saberlo me produjo un estremecimiento,
y lo que escuché a continuación me llenó de terror.

Carcajadas, comenzaron a resonar una multitud de carcajadas estridentes, desenfrenadas, alocadas.
Carcajadas de mujeres, hombres, niños, ancianos, carcajadas chillonas, roncas, que por más que
quiera nunca olvidaré.
Retrocedí hasta el bosque. El corazón me golpeaba fuerte contra el pecho. Al internarme más
las carcajadas cesaron bruscamente. Al bordear el claro donde está la casa maldita, el manicomio,
encontré a mi perro; estaba erizado y gruñía en dirección a ésta.
Durante varios días aquel hecho me mantuvo intranquilo. Finalmente me estaba convenciendo
que el viejo manicomio, aunque sin dudas estaba embrujado, no representaba ningún peligro para
mí, pues estaba bastante lejos, y sus fantasmas o lo que anduviera allí sólo existían tras sus muros;
pero de repente me di cuenta de algo, de algo aterrador: Aunque había visto muchas liebres, nunca
vi huellas de estas, y siempre huían hacia el bosque…

jueves, 23 de febrero de 2012

De zombies

                                              De Los Muertos
Los dos hombres estaban entre un laberinto de lápidas, nichos y panteones. Uno era joven y el otro veterano. El de más edad miró hacia todos lados como quien está por revelar un secreto:

miércoles, 22 de febrero de 2012

Ya vienen

Delia preparaba la cena cuando escuchó un portazo. En la sala encontró a Wilmar, su esposo,
arrastrando el sillón más grande. Él venía de la ciudad.

- ¿Por qué golpeaste la puerta? ¿Y que haces con ese sofá? - le preguntó a Wilmar.
- ¡No hay tiempo para explicarte! Ayúdame a recostarlo contra la puerta ¡Ahora!

Entre los dos recostaron el sofá a la puerta. Wilmar espió por la ventana.

- Ya vienen. Apaga las luces - susurró Wilmar.
- ¿Quién viene? ¿Qué está pasando? ¡Me asustas!
- ¡Calla!, apaga las luces ¡Por favor Delia!

Apagaron las luces y quedaron a oscuras. Él la tomó del brazo y la hizo agacharse a su lado,
detrás de una mesa.

- Pero dime ¿Quién viene? - insistió Delia susurrando.
- Calla… en la ventana, están rodeando la casa - dijo Wilmar mirando hacia la ventana.

En ese instante cruzaba frente a la ventana la silueta de un hombre. Apoyó las manos en el vidrio
y movió la cabeza intentando ver hacia el interior. También cruzaron otras sombras, y golpearon
la puerta como si hubieran chocado contra ella.
Delia se tapó la boca con las manos para no gritar. Estando allí, agachados, en silencio, fue que
Delia notó que desde la ciudad venía un gran alboroto: gritos, frenadas, sirenas, y algunos disparos.
Mientras preparaba la cena no se había percatado porque escuchaba música.
La silueta se apartó de la ventana y los pasos que rondaban la casa se alejaron hacia la calle.

- Wilmar ¿Qué ocurre en la ciudad? - preguntó Delia.
- No sé bien. La gente enloqueció… se habla de zombies… tal vez es una histeria colectiva…
Un desgraciado me mordió el brazo; me duele mucho, y estoy cansado.
- Vamos hasta el cuarto y acuéstate un rato. Voy a buscar el botiquín.
- Está bien, pero no enciendas la luz; pueden vernos y…
- Bien vamos al cuarto. - Y salieron a tientas en la oscuridad.

Lo ayudó a acostarse; él respiraba con dificultad. Recostada a la pared alcanzó el baño, y a tientas
encontró el botiquín. Regresaba al cuarto cuando vio a Wilmar parado en el corredor.

- No te hubieras levantado, ya lo encontré ¿Wilmar? - Wilmar gruñó en la oscuridad y se abalanzó
hacia ella…

domingo, 19 de febrero de 2012

El ómnibus viejo

Cuando se conduce solo, por caminos apartados que atraviesan zonas despobladas, por la noche, se puede experimentar un tipo de angustia nada agradable; pero cuando vas solo y sientes que alguien o algo te acompaña, es algo aterrador.

sábado, 18 de febrero de 2012

Tras los muros

Sus parientes casi no lo dejaban salir, y tenía prohibido mirar más allá de los muros que
rodeaban el vecindario.
Simón era pequeño y lo trataban como a un niño, pero tenía la impresión de que existía
desde hacía mucho tiempo. Cuando pensaba en ello, consideraba que tal vez el casi
constante encierro al que era sometido, era el culpable de su vaga noción del tiempo.
Su hogar siempre estaba en penumbras, nunca había salido durante el día. De el sol sólo
conocía un delgado haz de luz que se colaba por una fisura de la puerta a determinada hora.
Salía de su hogar cuando había luna llena. Esas noches también salían sus vecinos, los cuales
eran callados y silenciosos como todos los que habitaban allí.

Conocía todo de su vecindario, las fachadas de los otros hogares, los senderos, los árboles
que allí había. Para él, el único misterio del lugar eran las piedras que aparecían
aparentemente solas, como si crecieran de la tierra; sabía que sus vecinos no las colocaban,
y sospechaba que alguien lo hacía durante el día, el inaccesible día.
Lo que había más allá de los muros era todo un misterio, y los sonidos que llegaban hasta
allí le evocaban algo que no llegaba a recordar.
Había un portón, pero siempre estaba vigilado, además rara vez escapaba a la mirada de sus
parientes. Como lo prohibido es tentador, Simón pasaba horas planeando una fuga, sólo
para ver qué había. Una noche lo consiguió, trepó el portón y saltó al otro lado.

Comenzó a caminar, y sintió algo de miedo. Los hogares eran diferentes, había demasiada
luz, y cuando vio a unos transeúntes se llenó de terror.
Tenían la piel muy tensa, casi lisa, y una gruesa capa de carne impedía ver los bordes de
los huesos. Le parecieron repugnantes, su piel no estaba acartonada, y tenían mucho pelo
en la cabeza. Además gritaron de una forma horrible al verlo, y huyeron moviéndose rápido.
Simón nunca había visto a alguien moverse tan rápido, en su vecindario todos andaban lento.
Volvió sobre sus pasos, aterrado, y tras trepar nuevamente el portón, saltó hacia el cementerio
en donde moraba y regresó a la cripta de su familia.

jueves, 16 de febrero de 2012

El amigo

Cuando la policía lo interrogó, Pedro se mantuvo todo el tiempo tranquilo. Ninguna sospecha
recayó sobre él, y la investigación de la repentina desaparición de Gonzalo se desvió en
otra dirección, no obteniendo resultados.
Pedro se enorgulleció de haber mantenido la sangre fría; había matado a Gonzalo, despedazado,
y enterrado sus restos en la profundidad de un bosque remoto, de difícil acceso. Ahora tenía el
camino libre para conquistar a Anabel, la esposa de Gonzalo, su viuda ya.
Haciendo el papel de amigo acongojado, había conseguido que Anabel se echara a llorar en sus
brazos, mientras la visitaba durante una noche de tormenta.
De pronto tocaron a la puerta, y Anabel corrió hacia ella; aún esperaba noticias de su marido.
Observó por la mirilla y volteó hacia Pedro.

- ¡Está aquí! - exclamó llena de alegría Anabel -. ¡Gonzalo está aquí! - y abrió la puerta…

lunes, 13 de febrero de 2012

Los cuatro...

No esperaban encontrar más que huesos; pero abierto los ataúdes se encontraron ante cuatro
cuerpos enteros, con la piel acartonada y gris, y los ojos abiertos y blancos.
Cuatro empleados del municipio ayudaban al sepulturero en la ingrata tarea de remover huesos.
Ante aquel imprevisto los municipales miraron al sepulturero.

- ¿Usted había visto algo así antes? - le preguntó uno de ellos al sepulturero.
- Después de tres años enterrados, nunca. Siempre son un montón de huesos limpios. Este
cementerio es bajo y húmedo, no podrían conservarse así.
- ¿Y qué hacemos? - preguntó otro.
- Pues… llamar a alguna autoridad del cementerio y preguntar, digo yo.

Y los cinco salieron rumbo a la casilla del cementerio, donde había un teléfono.
Regresaron veinte minutos después, y, al ver los ataúdes vacíos, quedaron de boca abierta,
mirándose unos a otros sin entender qué pasaba.
Escucharon un griterío y se volvieron hacia el amplio portón del cementerio. Vieron que por la
calle iba corriendo un grupo de personas, y que los perseguía uno de los muertos.
El sepulturero recordó de pronto a los cuatro jinetes del apocalipsis, y se volvió hacia las estatuas
ecuestres que estaban al pie de las cuatro tumbas. Y el cielo se volvió negro de pronto, y proyectiles
de fuego comenzaron a llover, y desde la ciudad llegaron más gritos; era el fin del mundo…

No creo en brujas; pero...

Sentado sobre una raíz, la espalda recostada a un tronco, esperaba pacientemente, escuchando
los sonidos de la noche.
Desde mi posición, bastaba levantar la cabeza para ver a la luna brillando sobre el follaje
del bosque. Me ocultaba un arbusto, y en una horqueta de él tenía afirmado mi rifle,
apuntando hacia un sendero de liebre que atravesaba un claro del bosque. También tenía una
linterna pequeña asegurada con cinta al rifle, para encandilar a los animales.
No estaba allí para cazar por “deporte”, sino para llevar carne a la mesa en una época difícil.
Sentado, oculto entre los árboles, en silencio, escuché que algo se acercaba por el sendero;
pero inmediatamente supe que no era una presa, pues era mucho ruido para ser una liebre, y
sonaba distinto al sigilo de un ciervo.

Pasando entre sombras y luz de luna, avanzaba lentamente una persona; una mujer anciana,
distinguí, y llevaba una cabra de tiro. Paró en el claro que estaba a unos cinco metros de donde
me encontraba. Era una anciana encorvada y temblorosa, de largos cabellos blancos, y estaba
vestida de negro.
La vi girar en todas direcciones como cerciorándose que nadie la veía. Volteó hacia donde estaba
yo pero sólo un instante, y siguió buscando con la mirada; el arbusto y la sombra de un árbol me
ocultaban bien.
Seguidamente comenzó a murmurar algo al tiempo que agachaba y levantaba la cabeza, como
hacen algunos al rezar. La cabra se había acostado sobre sus patas delanteras, y parecía muy
tranquila. De pronto la vieja buscó entre su ropa negra y sacó un cuchillo reluciente, lo acercó
al cuello de la cabra y la sacrificó.

Hasta ese momento sólo estaba curioso, creyendo que espiaba a una vieja loca, pero de a poco
empecé a sentir miedo.
Cuando la cabra dejó de patalear, la vieja se fue agachando hasta quedar arrollada, y se cubrió
la cabeza con los brazos. Estuvo así unos minutos y de repente se irguió con rapidez.
Al levantarse, parte del cabello le cubrió la cara, y enseguida me dio la espalda, pero fugaz y
parcialmente alcancé a distinguir que había rejuvenecido, y sus cabellos, aunque seguían siendo
claros, ahora eran rubios. Había llegado encorvada y temblorosa, y se marchó bien erguida y
caminando elegantemente.
Me fui de allí un rato después, lleno de terror por lo que acababa de ver; una ofrenda al Diablo.
La necesidad me hizo volver al bosque durante el día. Pasé por el claro donde estaba la cabra
sacrificada y, vi que el cuerpo estaba descompuesto y lleno de gusanos, a pesar de llevar pocas
horas de muerta.

domingo, 12 de febrero de 2012

La cabaña del terror

La cabaña está lejos de la playa, hundida en el bosque, donde el viento suspira constantemente entre los pinos.

Después de ahorrar durante varios veranos, Lucía y Felipe pudieron salir de vacaciones, y por ser la más económica alquilaron dicha cabaña. Llegaron temprano en la mañana, cuando el bosque aún estaba sombrío y cubierto por una bruma fantasmal. Mientras desempacaban las maletas que llevaban en el auto no paraban de sonreír.

viernes, 10 de febrero de 2012

Una nueva familia

Esteban golpeó la puerta y le gritaron desde adentro: “Pasa Esteban, está abierto”.
Entró y vio a Leonardo, que era su primo, parado en medio de la sala.

- ¿Y esta es la forma de recibir a tu primo? Ni sales a la puerta - le reclamó Esteban.
- Disculpa, ¡jeje! Cierra la puerta y ven aquí ¡Tanto tiempo sin verte! - se disculpó Leonardo.
- Ni tanto tiempo que hace - y se dieron un abrazo, después Esteban preguntó:
- ¿Cuál es el asunto urgente por el que me llamaste? Y ahora que me doy cuenta, ¿Por qué
tienes las cortinas cerradas a esta hora?
- Es que estoy terriblemente asustado. Toma asiento y te lo cuento - respondió Leonardo.

Se acomodaron en dos sofás enfrentados y Leonardo comenzó:

- Hace uno días, durante una madrugada, estaba acostado y escuché que afuera caminaba alguien.
Parecía que iba contra la pared. Silenciosamente fui hasta el cajón donde guardo mi arma. Seguí
escuchando los pasos hasta que se detuvieron, y desde ese punto empezaron a sonar unos ruidos
apagados, que apenas escuchaba; algo golpeaba apenas la pared y subía por ella.
Los muros de la casa son lisos, hasta resbalosos se podría decir, y no tienen dónde sujetarse.
La imagen de alguien trepando la pared con sus manos y rodillas, me produjo un largo escalofrío.
¡Cómo podía ser posible algo así! Los pasos que sonaron en el techo confirmaron lo que me
estaba imaginando; alguien había subido rápidamente por la pared.
Salí de la casa esperando sorprender al invasor sobre el techo. Apunté hacia lo alto y busque, pero
no vi nada, rodee toda la casa en vano.

La noche siguiente la pasé vigilando, espiando por la ventana, escuchando atento, el arma entre
las manos sudadas; una noche horrible, mas no escuché los siniestros pasos, ni que treparan por
la pared. Al llegar la otra noche yo estaba cansado, había dormido unas horas durante el día
pero no es lo mismo. Terminé durmiéndome. Desperté al escuchar un traqueteo, algo que se
golpeaba una y otra vez. Al abrir los ojos vi que la ventana estaba abierta. Me levanté de apuro
y la cerré; pero ya era demasiado tarde, el merodeador ya había entrado.
En la oscuridad lo vi avanzar hacia mí con los brazos extendidos y la boca desmesuradamente
abierta; era un vampiro. No pude hacer mucho para defenderme, era muy fuerte, me arrojó
contra la pared y perdí la conciencia. Desperté ayer, convertido en vampiro.
Quise que vinieras para convertirte en uno de nosotros. No es algo tan malo, me siento poderoso.
Podemos salir como antes, pero ahora a portarnos realmente mal. Luego transformaremos al
resto de la familia. Puedes hacer que tu esposa y tus hijos sean inmortales…

Esteban lo escuchaba horrorizado. Apenas Leonardo se movió, Esteban huyó hacia la puerta, mas
no le dio para alcanzarla, y la boca desmesurada de lo que fuera su primo se cerró en su cuello.

miércoles, 8 de febrero de 2012

La mano de la muerte

Leandro se durmió sentado en el suelo, con la espalda contra la pared, al lado de una
ventana grande tapiada con madera.
En la parte baja de la ventana, las maderas que la tapaban comenzaron a abrirse, y entre el
espacio que se iba formando fue surgiendo una mano delgada. La mano comenzó a tantear
todo lo que estaba a su alcance, y dio con la cara de Leandro. Éste despertó con un grito al
sentir el contacto de aquellos dedos fríos y malolientes en su rostro. Se levantó de un saltó
y se volvió hacia la mano; la habitación estaba oscura pero la vio perfectamente, la mano
tanteaba desesperadamente el lugar donde él tenía la cabeza.
Desenvainó el machete que cargaba en la cintura y la cortó de un golpe; afuera se escuchó
un quejido y retiraron el muñón que quedó sobresaliendo entre las maderas.

Leandro espió por una separación de las maderas. Ya estaba por amanecer, y un grupo
de zombies rondaba las inmediaciones de la casa, gimiendo bajo la tenue luz crepuscular.
Vio que a uno le faltaba parte del brazo, era el que le había tanteado la cara.
Sin perder tiempo, clavó una madera en el lugar que el zombie había roto.
Ya hacía dos semanas que estaba sitiado en su casa. Como había puesto barricadas y
reforzado las aberturas con maderas, los zombies aún no habían podido entrar, y con
infinita paciencia rondaban la casa, gimiendo y tambaleándose.
Después de aquel susto, Leandro abrió una lata de conservas, se la estaba comiendo cuando
escuchó algo que sonó como música para sus oídos; eran disparos.

Afuera, soldados del ejército abrían fuego contra los zombies, que iban cayendo uno a uno.
Leandro empezó a retirar la barricada de la puerta, desclavó algunas maderas, al salir dos
soldados ya iban rumbo a él.

- ¡Qué alegría verlos! ¡Ya empezaba a creer que estaba perdido! - les dijo Leandro, eufórico.
- Señor - dijo uno de los soldados acercándose más a él -, ¿con que se lastimó la cara?
- ¡Es un arañazo! - exclamó el otro soldado - ¡Apártate de él! - Leandro se tocó el rostro.
- Sí, es un arañazo, no me había dado cuenta - les dijo con un hilo de voz. Los soldados le
apuntaron a la cabeza.
- ¡Esperen por favor! Quiero ver el amanecer - les suplicó Leandro. Caminó unos pasos hasta
quedar de espaldas a ellos y frente al sol que iba encendiendo el horizonte con rayos anaranjados.
Después escuchó una detonación y nada más.

lunes, 6 de febrero de 2012

Detrás de las puertas

Hacía rato que Alfredo sentía que lo observaban. Estaba acostado en su cuarto y era
de madrugada. Como no se atrevía a abrir los ojos, repasaba su habitación mentalmente
a la vez que aguzaba el oído; estaba seguro que alguien lo vigilaba.
Finalmente se animó y miró hacia la puerta y, vio que terminaba de cerrarse, también
escuchó un ruido en la puerta del ropero.
Empuñando su viejo trofeo de fútbol como un garrote, revisó el ropero, no había nada.
Siguió con la casa, nada, ni una señal de que alguien hubiera entrado.
Desvelado, preparó café y se sentó a beberlo en la cocina. Estando allí nuevamente
experimentó la sensación de que lo miraban, y por el rabillo del ojo alcanzó a ver que
la despensa tenía la puerta entornada, mas al voltear se cerró de golpe.
Después le ocurrió lo mismo con la puerta corrediza de la mesada.

No sabía qué pasaba, pero decidido a no pasar otra noche de terror. Durante el día sacó
todas las puertas: las del ropero, de la despensa, la corrediza de la mesada, las de las
habitaciones, todas, y las tiró fuera de la casa.
Al llegar la noche se paseó por toda la casa, no ocurrió nada extraño. Después se acostó,
pero permaneció despierto, atento. Hacia la madrugada el sueño lo fue venciendo,
entonces cerró los ojos. Despertó al escuchar unos ruidos. Unos seres de pesadilla,
grandes algunos y otros pequeños, pero todos horribles, salían de los lugares que ya no
tenían puertas. Arrastrándose algunos, bamboleándose otros, los más deformes, salían
de la despensa, del ropero, de las habitaciones, he iban rumbo a Alfredo.
Para algunos seres las puertas son barreras.

domingo, 5 de febrero de 2012

La fiesta del terror

En medio de la fiesta, Javier buscó una explicación a tan rara ilusión óptica, porque eso
tenía que ser, una ilusión óptica; pues se negaba a creer que los retratos del salón fueran tan
grotescos como los veía.
De las muchas personas que había allí, comiendo, bebiendo, y conversando en grupos, no había
visto a nadie sorprenderse o comentar algo sobre los retratos que colgaban en las paredes.
“Tal vez - pensó - es el candelabro araña, que con sus cuentas de cristal distorsiona
la luz, creando un efecto raro”. Pero lo que lo desconcertaba era el por qué sólo él lo veía.
Mientras tanto la fiesta seguía: la gente sonreía, hablaba, tomaba, comía pequeños bocadillos
que había sobre las mesas, y algunos se paseaban por la bastedad del salón. La mansión en
donde transcurría la fiesta era inmensa y gótica, casi como un castillo.

Un grupo de sirvientes llegó desde un corredor cargando de a cuatro unas bandejas enormes.
Las depositaron sobre las mesas ceremoniosamente. Todas las bandejas tenían tapas, eran sin
dudas el plato principal. La gente fue volteando rumbo a las mesas en donde estaban éstas, y
por las dudas el dueño de la mansión reclamó la atención de todos.

- Señoras, Señores, he aquí el plato principal - dijo en voz alta, he hizo un gesto indicando a los
empleados que destaparan las bandejas.
Al ver lo que estaba sobre la mesa la gente exclamó un ¡Oh! General, y aplaudieron.
Javier sintió ganas de vomitar; en las bandejas había restos humanos asados, rodeados con
verduras, y la cabeza de un hombre tenía una manzana en la boca, como si fuera un cerdo.
El dueño de la casa volvió a pedir la atención de todos, y señalando a Javier dijo:

- También tenemos, para los que gustan de la carne fresca, un invitado humano, que ahora
mismo me está mirando con cara de estar aterrado ¡Jajaja! - Se escucharon risitas por todo el
salón, y todos fueron volteando hacia él, entonces Javier vio que todos lucían ahora como los monstruos de los retratos.

sábado, 4 de febrero de 2012

Estoy aquí

Fabián despertó con un grito. Las sábanas se le pegaban al cuerpo, al pasarse la mano
por la frente comprobó que estaba empapado en sudor. El cuarto permanecía oscuro.
Estaba pensando que sólo había sido una terrible pesadilla, mas al escuchar el clic de
una lámpara colocada sobre una mesita, vio al monstruo de su pesadilla saludándolo
con la mano.

Entre el fuego

La casa de Hernán estaba en la cima de un pequeño cerro, y desde el balcón se divisaba una
lujosa zona residencial que se extendía allá abajo.
Después de la cena salió a balcón, y apoyado en la baranda contempló por costumbre cuanto
alcanzaba a ver desde allí. En contraste a la oscuridad que envolvía los cerros que casi
amurallaban aquella parte de la cuidad; las hileras de casas brillaban como las luces de un árbol de navidad.
Las luces de las calles, de las viviendas, de los jardines, y hasta de las piscinas, daban a la zona
una claridad de día, aunque era bien entrada la noche.
Súbitamente, un resplandor le llegó desde la derecha, y al girar la cabeza se estremeció al ver
que todo un cerro había comenzado a arder. Como un ser vivo, el fuego fue bajando rumbo a
la zona poblada.
Hernán rara vez se desprendía de su celular. Estaba por llamar a emergencias cuando otros resplandores súbitos lo horrorizaron más.

Todas las cimas que rodeaban a la ciudad estaban incendiadas, y el fuego extrañamente
crecía hacia abajo.
Pasaron segundos para que comenzara a arder toda la cuidad. Torbellinos gigantescos de
fuego ascendían en espiral hacia el cielo, que se había vuelto negro.
El rugido del descomunal incendio se mezclaba con el griterío de miles de personas.
Hernán no podía creer lo que veía; pero un viento caliente lo sacó de su estupor, y asustado
salió del balcón y se precipitó escaleras abajo en un loco descenso.
La casa misma se vio envuelta en llamas, y los vidrios estallaron, y Hernán alcanzó la puerta
del sótano segundos antes de que el fuego inundara todo.
En el sótano había otra puerta que daba a un túnel de concreto reforzado, Hernán lo atravesó
a los gritos; las llamas habían bajado hasta el sótano.
Abrió una última puerta, ésta sumamente gruesa, era la puerta de su búnker.

Millonario y algo paranoico, mando construir un búnker, y edificó sobre él.
Lleno de terror pero a la vez contento de estar vivo, lanzó una serie alaridos de victoria.

- ¡Estoy vivo! ¡Jajajaja!

Por radio se enteró que los incendios eran a nivel mundial, todo el planeta ardía en llamas; era
el fin del mundo.
En unas horas cesaron las señales de radio, y por más que intentó sólo escuchaba estática.
Pasaron los días, las semanas, y en su soledad Hernán se estaba convenciendo de que era el
único hombre vivo en la tierra.
Tenía lo necesario para estar allí largo tiempo, mas casi enloquecido por la soledad decidió
salir. Del sótano sólo había quedado un hueco, y de la casa solamente quedaban cenizas.
Trepó por lo que antes era una pared y caminó sobre los restos de lo que fuera su hogar.
Al alcanzar un punto ventajoso miró hacia abajo, y vio que ahora la tierra era el infierno.
Un demonio que pasaba cerca volteó hacia él, y el infierno se regocijó ¡Aún queda un humano!

viernes, 3 de febrero de 2012

El grito demoníaco

Una nube oscura y baja proyectaba su sombra sobre la solitaria casa.
La rodeaba una plantación de maíz reseca, amarillenta, que el viento hacía crujir.
Recorrí el sendero que cortaba el vetusto maizal en dos y llegué hasta la puerta. Estaba
por golpear cuando unos gritos que vinieron del interior me hicieron retirar la mano.
Nunca escuché gritos semejantes y espero no escucharlos nunca más.
El grito de un cerdo cuando presiente que lo van a matar, mezclado con el bramido de
un león, sería algo aproximado a los gritos que resonaban en aquella casa.
Trataba de imaginarme qué podría producir aquel sonido tan aterrador, cuando al ver que la
puerta se abrió de golpe, salté hacia atrás, temiendo que alguna bestia me saltara encima.

Se asomó un hombre de mediana edad, cabello canoso y marcadas ojeras, y me examinó
con la vista de pies a cabeza.

- ¡Buenas tardes! - saludé - Soy el electricista que usted llamó - vi que miró la caja de
herramientas que yo cargaba. Ante la mirada inquisidora del tipo, y los gritos horrendos
que venían de adentro, sentí ganas de irme.
- Si vine en mal momento puedo venir otro día - le dije. En realidad pensaba no volver.
- Está bien, pase - habló por fin el hombre. Me hizo seguirlo hasta la sala, y se volvió
hacia mí, entonces señaló con el brazo el lugar de donde evidentemente venían los gritos.
- Es mi madre - dijo -. Está enferma de la cabeza, por eso los gritos.

Y se quedó mirándome como intentando adivinar si le había creído. Para salir de la situación
por demás incómoda, miré hacia una lámpara y dije:

- Si me puede indicar dónde está la caja de fusibles, para empezar a trabajar…
- Por aquí, sígame.

Cruzamos frente a la habitación de donde venían los alaridos, que me seguían pareciendo de
un animal, de una mezcla de ellos.
Mientras hacía mi trabajo el tipo estaba parado a corta distancia, vigilando todos mis
movimientos.
A pesar de los fuertes gritos, se escuchó el ruido del motor de un vehículo acercándose a la
casa; entonces el tipo salió dejándome solo.
Aunque los gritos me asustaban, pudo más mi curiosidad. La puerta estaba a pocos pasos, y
fui a ver qué había en la habitación. Miré por el agujero de la llave, y vi que sobre una cama
había una anciana atada de pies y manos a las patas de la cama. La anciana se agitaba y temblaba
velozmente, a la vez que emitía aquel grito inhumano.
De pronto la anciana me miró, sus ojos estaban inyectados en sangre, o eran rojos.

Me aparté de la puerta justo antes que el dueño de la casa apareciera con un par de sacerdotes.
Me dijo que me fuera, que ya no iba a necesitar mi servicio. Mientras eso los sacerdotes se santiguaban y murmuraban oraciones aferrados a sus biblias.
No necesitó decirme más para que me fuera de allí casi corriendo.

jueves, 2 de febrero de 2012

Bajo el puente

David y Romina daban un paseo nocturno por una avenida bordeada de árboles.
Caminaban juntos, cruzándose miradas tiernas y riendo con cada ocurrencia.
La avenida por donde iban es atravesada por un puente, y al estar cerca vieron que las
últimas luces estaban apagadas, y bajo el puente estaba completamente oscuro.

- Que oscuridad - comentó Romina.
- Sí, pero el tramo es corto, y en esta zona no hay nada que temer - dijo David.

Se fueron adentrando en las tinieblas, a cada paso veían menos. Bajo el puente sólo divisaban
las luces de la avenida que estaba más adelante; de su entorno próximo no veían nada.
Sabían de la proximidad del otro al escuchar sus pasos, pero de repente comenzaron a sonar
otros pasos junto a los de ellos, como si alguien más avanzara a su lado.
Corrieron hasta salir de la sombra del puente y voltearon al alcanzar la luz.
Romina respiraba agitada por la carrera y el susto, y David dijo:

- ¡Diablos! Que susto. Cuando escuché que caminaban a tu lado tuve miedo, por suerte
encontraste mi mano; no pensaba soltarte la mano hasta llegar a la luz, pero se me resbaló.
- David - dijo Romina con su cara evidenciando el terror que sentía -. Quien anduviera ahí
estaba en medio de los dos, los pasos que sonaban a tu lado no eran los míos, y yo no te di
la mano.

Un auto que avanzaba por la avenida iluminó bajo el puente, y los dos vieron que no había
nadie.