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martes, 27 de marzo de 2012

Un demonio justiciero

Lucas volvió al oscuro callejón. Escudriñó con la vista hasta que dio con la ventana en donde arrojó
el bolso, aquel que arrebatara a una señora. Lo había arrojado allí al creer que los policías lo iban a pescar, pero para su fortuna siguieron de largo.
Utilizando un tacho de basura como escalón alcanzó la ventana. Adentro estaba completamente oscuro, por lo que tuvo que arrojar su encendedor para ver en dónde iba a caer. Saltó, y antes que tocara el suelo la llama se apagó. Tenía una noción del lugar en el que había caído el encendedor,
se agachó y empezó a tantear el suelo. Buscaba por aquí y por allá, a ciegas, al posar la mano sobre algo inmediatamente lo reconoció, apartándose enseguida; había tanteado un pie humano con uñas largas y puntiagudas.

Se levantó de prisa y con el brazo extendido buscó la pared, al hallarla se recostó de espaldas.
Aquella zona no era buena, aparte de rondar por allí ladronzuelos como él, también era frecuentada por cualquier clase de locos y criminales de todo tipo. Que hubiera alguien allí, parado en la oscuridad, ya era algo atemorizante, y sumado a la imagen que Lucas se formó al tantear el pie, nuestro ladronzuelo no pudo menos que temblar de miedo, pues se imaginó un pie apenas humano.
Lucas sacó una navaja, y al sentir que lo rozaron empezó a lanzar golpes a la oscuridad. No le dio a nada ni escuchaba sonido alguno, sin embargo volvieron a rozarlo, esta vez en la cara. Escuchó entonces una risita disimulada, como de alguien que intenta contenerse y ríe por la nariz, y el sonido también parecía salir de un tubo o conducto largo; y Lucas se imaginó que lo que estaba allí tenía trompa, o una nariz enorme, no humana.

En la oscuridad del lugar, sólo se distinguía la ventana. Cuando se siente terror, se pueden hacer cosas extraordinarias. Lucas soltó la navaja, y dando un gran salto alcanzó a agarrarse del marco de la ventana, proeza que en condiciones normales no podría. Mientras trepaba una mano le agarró un pié,
mas entre gritos de terror pudo zafarse, cayendo luego al callejón.
Se levantó algo adolorido pero contento por haber salido de aquel lugar. Se iba a marchar cuando algo le golpeó la cabeza, cayendo a sus pies; era el encendedor, seguidamente desde la ventana voló otro objeto, esta vez era la cartera que había robado, y también le pegó en la cabeza.
A Lucas le pareció sumamente extraño el hecho de que lo que hubiera allí le devolviera las cosas que había perdido adentro. De pronto Lucas se estremeció “¡También dejé la navaja!”, pensó, y en ese instante algo se le clavó en la cabeza, la navaja, y murió allí mismo.

La propiedad embrujada

Los hermanos Rosario y Javier siempre buscaban nuevas aventuras. Se habían mudado a una nueva casa, y los niños estaban felices. En el terreno que adquirieron sus padres había un gran jardín.
Jugaban casi todo el día en el jardín, ya fuera a las escondidas, a cazar mariposas, o a fantasear que andaban en la selva.
Al poco tiempo el jardín los aburrió. Sin que sus padres lo supieran empezaron a investigar los alrededores. No muy lejos de su casa encontraron un sendero que atravesaba unos terrenos baldíos.
Siguiendo el sendero encontraron una propiedad abandonada. El cerco que bordeaba la propiedad
tenía una abertura, y por ella ingresó Rosario y Javier.

Ingresaron a un viejo jardín, ahora dominado por las malezas. Aunque aquel lugar estaba descuidado,
y los pastos les enredaban las piernas, para ellos era más interesante que su jardín, y así se internaron
más y más.
Rosario comenzó a sentir sed. Tirando del brazo de su hermano le dijo que quería regresar, Javier se
había detenido porque vio algo.

- Allá adelante hay algo, se ve entre las ramas, parece la pared de una casa. Vamos a ver y después volvemos - dijo Javier.
- Bueno, pero después volvemos que tengo sed.
- Yo también tengo sed, y ya debe ser un poco tarde, pero la casa está ahí cerquita - Javier miró al cielo, buscando la posición del sol, mas no lo encontró, aunque el cielo estaba azul y había mucha luz.
Igual siguieron su camino, unos metros más adelante vieron la casa. No era una casa muy grande pero si muy vieja. La contemplaron por un instante, recorriendo su fachada con la mirada. Por casualidad los dos miraban hacia la misma ventana, cuando frente a ella cruzó un espectro blanco, el fantasma de una mujer. Gritaron a la vez y se echaron a correr, tratando de volver por donde habían ido; mas cuando creyeron alejarse de la casa la vieron nuevamente frente a ellos.

Javier iba adelante, separando las ramas de las malezas, atrás iba Rosario, llorando de miedo.
Por cualquier sendero que tomaran, salían siempre frente a la casa, y sus piernitas comenzaron a cansarse, y la sed les resecaba la boca.
Se detuvieron a descansar, fatigados ambos, se miraban con los ojos llenos de terror, no comprendían qué les estaba sucediendo.
De pronto escucharon una voz conocida, la de su padre, éste los llamaba a gritos. Enseguida le respondieron, luego vieron que alguien se abría paso por la maraña de plantas, y finalmente vieron a su padre.

- ¡Papá, nos perdimos, y siempre salíamos en el mismo lugar! - dijo Javier rompiendo en llanto, su hermana se había prendido a la pierna del padre, y sólo lloraba sin decir nada.
- ¡Pero! Cómo van a andar en un lugar así. Puede andar alguna víbora, pero bueno, ahora vámonos a casa. Agarrados de la mano de su padre comenzaron a caminar.
Cuando salieron de la apretujada maleza, ya estaban en el jardín de su casa. Los dos estaban tan contentos de regresar, y estaban tan agotados, que no se dieron cuenta que para llegar a su propiedad debían atravesar varios baldíos, por lo que no era posible salir directamente a su jardín.
Creyendo que entraban a su hogar, y que era su padre el que los guiaba, entraron a la casa abandonada, y nunca más se supo de ellos.

lunes, 26 de marzo de 2012

Detrás de la puerta

No recuerdo por qué mi madre me llevó al hospital, yo era muy niño. Salimos de madrugada, a pie.
Hacía mucho frío, y en la calle apenas andaban algunas personas. Recuerdo que el césped de algunas casas estaba blanco de helada, y las ventanillas de los autos estacionados en la calle, estaban opacas de escarcha.
Al llegar el hospital estaba casi vacío. Ignoro por qué tuvimos que esperar igual, creo que el doctor no había llegado. Nos sentamos en un banco que había contra la pared de un corredor, frente a nosotros había una puerta de color marrón que estaba cerrada.
Enseguida me dio sueño, por haber dormido poco y por el silencio del lugar. Llegaban algunos sonidos apagados: voces, llantos de niños, y algunos pasos que era difícil precisar de dónde venían.

Terminé durmiéndome sentado. Al despertar mi madre no estaba a mi lado. Al hallarme solo miré hacia ambos extremos del corredor, y de reojo vi que la puerta que estaba frente a mí empezaba a abrirse.
Tras la puerta había un monstruo vestido de enfermera. Lo llamo monstruo porque evidentemente no era una persona, y tampoco una aparición.
Inútil sería intentar describirlo detalladamente, era una mezcla de rasgos animales en un rostro putrefacto. Hasta tenía puesto un gorrito de enfermera, y el blanco de su uniforme era impecable.
Aquella cosa me saludó con la mano, yo quedé duro de miedo, y sentí que todos los pelos de mi cuerpo
se erizaban, como si me atravesara una corriente eléctrica.

La criatura tenía un brazo hacia atrás, como ocultando algo. De repente mostró lo que ocultaba.
Lancé un alarido de terror al ver que era la cabeza de mi madre. El monstruo la sostenía de los pelos,
y la balanceó de un lado al otro, y la cabeza de mi madre comenzó a reír a carcajadas. De pronto la puerta se cerró, y por el corredor mi madre se acercó corriendo. No puedo expresar la alegría que sentí
al verla bien. Me había dejado un momento para ir al baño.
Un enfermero que escuchó mis gritos se nos acercó. Llorando relaté lo que había visto. Por supuesto que creyeron que lo había soñado. Para demostrármelo el enfermero abrió la puerta, como era de esperarse adentro no había nada, aparte de algunas cajas con utensilios de hospital.
Sé que no fue un sueño; para abrirla el enfermero utilizó una llave, o sea que no pudo abrirse sola, y cuando vi al monstruo, también vi las cajas con utensilios, las mismas que vi después.

sábado, 24 de marzo de 2012

Escuelas embrujadas

Damián se entretuvo revisando los exámenes. Como era nuevo en aquella escuela, quiso ver qué nivel
tenían los alumnos, haciendo un examen sorpresa.
Cuando terminó de guardar todo en su portafolio, la escuela estaba desierta, y fuera ya era de noche; era invierno y los días eran cortos.
En el corredor encontró a un hombre barriendo el piso. Se saludaron, y el hombre que barría le preguntó:

- ¿Usted es nuevo aquí?
- Sí señor. Comencé ayer - le respondió Damián.
- Y qué le parece esta escuela - indagó el barrendero, apoyándose en la escoba como si fuera un largo bastón - ¿Le gusta?
- Sí - dijo Damián echando una mirada en derredor -. Comparada con la escuela en donde trabajé, todas son mejores. Si le contara lo que pasaba en aquella escuela no me creería. Por suerte ahora está cerrada, clausurada más bien, esperando ser demolida.
- ¿Qué pasaba en esa escuela? Cuente hombre, que me dejó con la intriga, y no soy de cuestionar las historias de los demás.
- Bien, que opina si le digo que la escuela estaba embrujada, y que era aterrador trabajar allí.
- Pues diré que me alegro de no haber sido empleado en esa escuela, que sé bien que los lugares embrujados existen, y que las escuelas son propensas a quedar embrujadas.

- ¡Y esta sí que lo estaba! - expresó Damián -. Cuando entré los otros maestros no me dijeron nada.
Los cajones de mi escritorio aparecían abiertos, y si dejaba algo en ellos, aparecían sobre el escritorio.
A veces, cuando el salón quedaba vacío, en el fondo de éste se veía a un niño sentado mirando la pared. Apenas lo veías desaparecía, era como el destello de una imagen, pero créame cuando le digo que era aterrador. A veces los alumnos sentían que le jalaban el cabello, y se culpaban unos a otros;
pero yo sabía lo que era, pues en una ocasión me había pasado lo mismo, cuando me retiraba del salón.
Inevitablemente me enteré que los otros maestros no eran ajenos a lo que allí sucedía, y ya en confianza me confesaron haber tenido experiencias aterradoras, incluso una maestra había muerto de un susto, al ver quién sabe qué. Lo cierto es que la encontraron en un salón, y en él había un muñeco de trapo, que luego se deshicieron de él. Al muñeco lo llamaban Tito, si mal no recuerdo - concluyó Damián.

- Se me erizaron los pelos al escucharlo - dijo el barrendero. Damián se despidió. Había avanzado unos pasos cuando escuchó que el barrendero lanzó una carcajada sonora, y al volverse el hombre ya no estaba, había desaparecido.

viernes, 23 de marzo de 2012

Terror en la tele

Durante la madrugada el cuarto de Estefania se ilumino de pronto; la televisión se había encendido sola. Estefania despertó, y enseguida se sentó a medias en la cama, algo confundida como todo el que es despertado de un sueño profundo.
La televisión estaba frente a la cama. En la pantalla se veía una habitación terrorífica, de paredes de
piedra, y en los rincones colgaban telas de araña, y estaba iluminada por las velas de un candelabro.
A Estefania no le gustaban las películas de terror. Estiró el brazo para tomar el control remoto, que estaba en la mesita de la veladora. Cuando volvió a mirar la tele, en la habitación terrorífica había un
payaso, que a pesar de caminar, lucía como si hiciera tiempo que estuviera muerto.

Estefania intentó apagar la tele pero no pudo. El payaso empezó a acercarse a la pantalla, y apoyó sus manos como si se apoyara en el vidrio de una ventana. Fijó sus ojos amarillos en los de Estefania y comenzó a sonreír. Acto seguido bajó sus manos, y parte de sus brazos dejaron de verse
en la pantalla. Estefania estaba petrificada de terror, y no podía ni gritar. De pronto, los brazos del payaso salieron de abajo de la cama, de los costados, y se estiraron como serpientes hasta sujetar a
Estefania, que ahí sí gritó con todas sus fuerzas. Y así despertó de la pesadilla, gritando.
La televisión estaba apagada. Se llevó las manos a la cara, como hacen los niños cuando se asustan.
¡Qué pesadilla más horrible! - exclamó Estefanía. Cuando retiró las manos de la cara y abrió los
ojos, la televisión se había encendido nuevamente.

domingo, 18 de marzo de 2012

Noches de brujas

Apenas bajaba el sol y empezaban a crecer las sombras, la gente de la comarca huía hacia sus viviendas echando algunas miradas asustadas hacia el cielo. Las casas estaban separadas por huertas y cultivos de trigo y rodeaban la comarca unas montañas empinadas de cimas blancas y laderas cubiertas de negros bosques.

viernes, 16 de marzo de 2012

Camino al infierno

Aquella sesión espiritista había salido terriblemente mal. Las luces se apagaron de pronto, y los que
rodeaban la mesa se desbandaron a los tropiezos por la habitación, pues de alguna parte, llegaba
un sinfín de gritos y lamentos; algunos gritos no eran humanos. Todos sintieron que se encontraban
en un lugar mucho más amplio que la habitación en donde estaban, y en la oscuridad los rozaron cuerpos fofos y peludos, y algunas manos intentaron detenerlos.
Aquel momento de terror sólo duró un instante, las luces volvieron a encenderse, y todos se miraron
horrorizados.
Después de esa noche, los que integraron la sesión comenzaron a morir uno tras otro. Ahora Manuel,
quien había precedido la sesión, la cual fue idea de él, asistía al velorio del penúltimo integrante.

El velorio era en la casa del difunto. En la sala se encontraba el ataúd, y la habitación estaba
iluminada por velas, cuyas llamas se hamacaban inquietas debido a una corriente de aire que se filtraba por la ventana. Fuera bramaba el viento, y estaba de noche, y en la oscuridad los árboles se agitaban en torno a la casa.
Manuel fue hasta el ataúd, el cual estaba abierto. Al mirar el rostro del difunto, lo vio abrir los ojos
y girarlos hacia él. En ese instante la ventana se abrió de par en par, entonces una ráfaga de viento
entró en la casa, apagando las velas con rapidez y volteando cosas a su paso.
Manuel recordó la sesión, volviendo a sentir un hondo terror, y en la oscuridad alguien le susurró al
oído: “Ya vienen por ti”.

miércoles, 14 de marzo de 2012

La foto del payaso

Esteban estaba por abrir la puerta que da a la calle, cuando de repente escuchó una risita burlona.
Se volvió hacia el corredor por donde había venido, y escuchó con atención; sólo había silencio.
Los alumnos y las maestras se habían retirado, y las sombras de la noche ya envolvían el patio de la
escuela. Los salones que durante el día rebosaban de inquietos niños, ahora estaban vacíos e inmóviles en la penumbra, aunque algo insano saturaba el aire, y la temperatura había descendido.
Esteban era el director de aquella escuela. Aunque ahora no escuchaba nada, estaba seguro de haber
oído una risita disimulada, como de alguien que se burla a espaldas de uno.
Volvió sobre sus pasos y empezó a revisar los salones. El aire estaba tan frío que su aliento se veía
como si fuera una bocanada de humo.

Llegaba al final del corredor cuando desde el último salón brotó el estruendo de una carcajada, y
Esteban se estremeció al reconocerla: Era la carcajada de aquel payaso que muriera en la escuela.
Había animado una fiesta escolar durante varias horas, cuando de pronto cayó al suelo y comenzó
a convulsionar. Los niños creyeron que era parte de su espectáculo, y se echaron a reír, y hasta
algunos comenzaron a imitarlo arrojándose al piso. Sólo una maestra advirtió la angustia en los ojos
del payaso, pero ya era demasiado tarde; murió allí mismo, entre las risas de los niños.
Enseguida de la carcajada, la aparición del payaso asomó la cabeza y una mano, y lo saludó con un gesto, para luego saltar hacia el corredor. Se elevó en el aire y se abalanzó volando rumbo a Esteban,
al tiempo que lanzaba su risotada aterradora.

Esteban corrió hacia la puerta, con la aparición volando tras él. Salió a la calle como una exhalación y no paró hasta llegar a su auto, no volteando en ningún momento.
Ya en su casa, pasado el momento de terror, Esteban reflexionó largamente sobre el asunto.
Concluyó que haciéndole un homenaje al payaso, tal vez su espíritu dejaría de rondar por la escuela. Después de un acto solemne, durante el recreo, se colgó en un salón la foto del payaso. También hizo
bendecir a la escuela, y aparentemente el problema se solucionó; mas algunos alumnos afirman, que
a veces la foto del payaso hace alguna morisqueta, o guiña un ojo.

lunes, 12 de marzo de 2012

Tito 2

Mirta terminó de servir la cena y fue a buscar a Laura, su hija, que estaba en su cuarto.
- ¡Laura, está lista la cena! - anunció Mirta frente a la puerta del cuarto. Adentro se escuchó
que alguien murmuraba algo, y no era la voz de Laura.

- ¡Laura! ¿Qué estas haciendo? ¿Y esa voz? ¿Es del teléfono? ¡Laura!
- ¡Mamá, estoy jugando con mi muñeco! ¡No me molestes!
- ¡Pero qué! Esa no es forma de contestarle a tu madre. Voy a entrar - y abrió la puerta.

Laura estaba sentada en el suelo, y frente a ella, en igual posición, estaba Tito, el muñeco
de trapo, aquel que antes fuera propiedad de una escuela.
A pesar de que era de trapo, de tela, el muñeco estaba sentado con la espalda bien recta, eso le
llamó la atención a Mirta, entonces preguntó: - ¿Cómo hiciste para que el muñeco quede así, sin
caerse?
- Yo no hice nada - le contestó Laura -. Él se acomodó solo - Mirta la miró con un gesto de descreimiento.
- Vamos a cenar que se enfría la comida - dijo después.

La esperó en la mesa, y como Laura no iba fue a buscarla nuevamente, esta vez algo enojada.
Abrió la puerta de golpe, y sin entrar al cuarto dijo en voz alta.
- ¡Pero… ya te dije que fueras a cenar! - Laura la miró con lágrimas en los ojos.
- ¡Tito no me deja! - sollozó la niña. Seguidamente el muñeco volteó con rapidez hacia Mirta.
La cabellera de lana de Tito se erizó, y su boca pintada se transformó en una real, y con una voz
aterradora el muñeco gritó: ¡Fuera de aquí! Y una fuerza invisible cerró la puerta, dejando a Mirta
en el corredor, gritando desesperada. Adentro Laura también comenzó a gritar.

jueves, 8 de marzo de 2012

Escapando del hospital

La enfermera que estaba en la ventanilla de la farmacia del hospital, le echó varias miradas
cómplices a Fernando. Cuando no hubo nadie allí, Fernando se arrimó a la ventanilla.
La enfermera buscó detrás de unas cajas, y le dio una bolsa pequeña pero llena de medicinas.

- Salí del hospital lo más rápido que puedas - dijo la enfermera -, pero sin levantar sospechas.

Fernando asintió con la cabeza y salió caminando rápido por el corredor.
Aquellas medicinas se iban a vender bien en la calle, sólo tenía que salir de allí; pero estaba nervioso.
Los hospitales siempre lo habían inquietado, y ahora estaba cometiendo un delito.
Un guardia de seguridad apareció de repente por un pasillo transversal, Fernando se paralizó. El guardia miraba hacia el otro lado, Fernando vio que estaba frente a una puerta, y sin pensarlo entró.
La habitación estaba completamente oscura, apenas entraba algo de luz por debajo de la puerta.
Intentó escuchar los pasos del guardia arrimando la oreja a la puerta; mas sólo escuchó sus propios
latidos. Creyó conveniente esperar un rato.

El miedo a ser descubierto lo había hecho entrar allí, y al ir disipándose ese temor, pues tal vez el guardia ya se había ido, recordó su miedo a los hospitales. Ahora estaba en una habitación oscura, e
ignoraba qué había en ese lugar. Nuevamente asustado, con el pulso acelerado, quiso salir.
Buscaba el picaporte cuando escuchó pasos en el corredor. Tenía que esperar un poco más, así que
quiso ver qué había en la habitación, pues el terror de no saberlo era peor: eso creyó él.
Llevaba una caja de fósforos, y al encender el primero vio que estaba en una habitación muy pequeña.
Había un par de estantes metálicos, y en ellos sábanas empaquetadas, nada más. El fósforo se extinguió, encendió otro para no estar en la oscuridad, y apenas creció la llama, la cabeza de un anciano salió de pronto de la oscuridad, y con un soplido apagó el fósforo.

Fernando fue a gritar, pero de su boca abierta en toda su extensión, tan sólo escapó un quejido, y cayó
agarrándose el pecho.
Lo encontraron muerto unas horas después. Estaba pálido como un papel; había muerto de miedo.

martes, 6 de marzo de 2012

La casa de los desaparecidos

Artemio contempló la horrible casa desde la vereda de enfrente. A esa hora de la noche y en
esa parte de la ciudad no andaba ni un alma.
Artemio se secó el sudor de la frente con una mano, con la otra cargaba el bolso donde llevaba
el dinero. Cruzó la calle corriendo, y tras mirar nuevamente para ambos lados, empujó el portón
de rejas, y entró al sombrío jardín que rodeaba el sendero que terminaba en la puerta de la casa.
La casa tenía la típica fachada que se asocia a los lugares embrujados, y el jardín era apenas menos
tenebroso, y en él se enredaban todo tipo de malezas y plantas trepadoras, y tras esas plantas cuatro
ojos vigilaban a Artemio.

Frente a la puerta dejó en el suelo el bolso con el dinero, como le habían indicado en la nota de
rescate; su esposa había desaparecido, y tras eso recibió una nota donde detallaban cómo debía pagar
el rescate. También le habían indicado que tenía que entrar a la casa, así que abrió la puerta y avanzó
unos pasos en las tinieblas del interior. La puerta se cerró tras él, y enseguida escuchó algo similar a
una exhalación, a un suspiro fuerte y prolongado, que reverberó en la oscuridad. Seguidamente unas
luces con tonos azules y rojos comenzaron a danzar en lo alto; eran fuegos fatuos, luces malas. Algunas se movían describiendo círculos, otras oscilaban de un lado al otro, tenían el tamaño
de un balón de fútbol, o el de una cabeza, si se quiere, y eran muchas, y cada una producía un lastimero sonido, mucho mas tétrico que el del viento silbando entre los pinos.

De repente las luces se dispersaron y desaparecieron, mas enseguida surgieron unas apariciones, desde
varios puntos, y lentamente avanzaron hacia Artemio extendiendo sus brazos descarnados. Sus gritos
se escucharon desde fuera, y entre las enramadas del abandonado jardín, se abrieron paso dos personas; la esposa de Artemio y su cómplice. Tomaron el bolso y ella dijo:

- Es el crimen perfecto, los que entran ahí desaparecen para siempre.
- Sí, perdóname por dudar. Ahora vámonos de aquí, que este lugar me aterra - expresó el hombre que era su cómplice.
Para su sorpresa y horror, al traspasar el portón de rejas, no salieron a la vereda de la calle, salieron a
un lugar oscuro, y enseguida escucharon como una exhalación, y los fuegos fatuos comenzaron a danzar en lo alto. Entonces ella exclamó llena de terror: - ¡La casa nos atrapó también!

lunes, 5 de marzo de 2012

Un misterio

Sus padres no les habían prestado el auto, así que al terminar la fiesta se alejaron del pueblo
a pie, con el lucero del alba brillando frente a ellos, y la luna menguante a sus espaldas.
Rafael y Esteban, que eran hermanos, tomaron el camino que lleva a su casa, camino que está
bordeado de altos árboles, y en todo su largo es de tierra y piedras sueltas.
Caminaron largo rato en silencio, uno al lado del otro, pensativos, hasta que Esteban digo:

- Aquella muchacha rubia, la que estaba sentada al lado de los Pereira, me miró casi toda la noche.
- Creí que me miraba a mí - repuso Rafael volviéndose hacia su hermano.
- Puede ser. A mi me pareció que era a mí. ¡Bah! Era a mi, siempre fui el más bonito ¡Jajaja!
- ¡Ah sí! A ver como te queda la cara después de que te zurre.
- ¡Como si pudieras! - lo desafió bromeando Esteban. Y los hermanos se lanzaron unos manotazos
y rieron. Después siguieron caminando, sonriendo ambos.

Atravesaban la parte más oscura, donde el camino dobla y las sombras de los árboles se entrecruzan.
Allí escucharon el llanto de una mujer, y se detuvieron a escuchar, mirándose entre si primero, y
luego escudriñando las sombras que los rodeaban. Por más que voltearon no pudieron identificar
de dónde venía el lastimero sonido, y volvieron a enfrentar sus miradas.

- Debe ser un alma en pena - susurró Rafael.
- Pero y si no es. Y si es una mujer que necesita ayuda - susurró Esteban.
- No creo, para mí que es un alma en pena. Vámonos de aquí.

De pronto el llanto se hizo más fuerte, y parecía venir de todas partes. Esta vez los hermanos se
echaron a correr. Creyeron escuchar el llanto hasta que llegaron a su casa.
Llegó el día y su miedo se disipó. Fueron pasando los días, y los hermanos hablaban entre sí casi
a diario sobre lo que les había ocurrido en el camino. También recordaban a la muchacha de la fiesta,
y cuando iban al pueblo esperaban verla; pero no la vieron nunca más. Y resultó que al indagar sobre
ella nadie la conocía, ni recordaban verla en la fiesta.

domingo, 4 de marzo de 2012

En la parte oscura de la ciudad

Sandro consiguió su dosis, y buscó un lugar donde autodestruirse sin que nadie lo molestara.
Con sus pasos flojos se adentró en oscuras callejuelas. En aquel mundillo reinaban las sombras, y
rondaban por allí los que buscaban su cobijo, por diferentes razones.
Caminó por el medio de la calle; por allí rara vez cruzaba algún auto. Pasaba a veces alguna
patrulla policial, mas nunca se detenían, aunque vieran sombras huyendo agazapadas, o brillara
alguna luz en los edificios abandonados.
Sandro se detuvo frente a la fachada de un edificio ruinoso. Giró en todas direcciones, tambaleándose;
no quería que lo vieran entrar, quería estar solo, pues no pensaba compartir.

Apenas empujó la puerta ésta se abrió, y la cerró apenas pasó. Torpemente buscó el encendedor
revisando sus bolsillos. Iluminando sus pasos con la llama del encendedor, atravesó un corredor
mugroso y entró a una habitación que ni se molestó en revisar; solo se sentó recostado a la pared ,y
comenzó su ritual de autodestrucción, que ya necesitaba febrilmente tras unos días de abstinencia.
Al rato sus pensamientos se diluían, viajaban, se mezclaban en un carnaval de imágenes, de sonidos
nunca escuchados, se perdían en un mundo de ideas informes, de colmillos, dientes puntiagudos…
- ¿¡Colmillos!? - gritó Sandro y se estremeció. Veía colmillos y ojos brillantes, y estaban allí, en la habitación, y se iban acercando, y eran muchos.

Intentó levantarse, pero sus fuerzas sólo dieron para que se arrastrara. Cerca de la puerta, manos como
garras, de uñas largas y curvas, hicieron presa de él, luego vinieron las mordidas, seguidas por los ruidos de succión, y los gritos de Sandro.
Aquellas callejuelas oscuras estaban infectadas de vampiros, y cada vez eran más, y la gente de la
ciudad lo ignoraba, pues no quería mirar hacia esa parte, y no les importaba lo que le pasara a gente como Sandro.

viernes, 2 de marzo de 2012

La habitación

Yolanda corrió por el pasillo hasta encontrar a otra enfermera. Se había recibido recientemente
y aún no conocía bien el hospital.

- ¡Hay un paciente que necesita ayuda! - dijo Yolanda, un poco agitada por haber corrido - En la
habitación no funciona la luz. Escuché que alguien se quejaba, y entré… tuve que buscarlo en la
oscuridad, parece ser un hombre… no tiene pulso y está frío, aunque se mueve…
- Está bien, vamos a ver, y tranquilízate que seguramente no es nada. Hiciste bien en avisar - le dijo
la otra enfermera con cierto aplomo; tenía muchos años como enfermera, y casi nada la afectaba.

Yolanda la guió hasta la puerta de la habitación, la otra enfermera la miró muy seria y le preguntó:

- ¿Estás segura que es aquí?
- Sí, fue aquí. Vamos a entrar - contestó Yolanda. Su compañera la detuvo tomándola del brazo.
- No entres. Esta habitación está vacía. Por las noches siempre se escuchan cosas ahí dentro, pero
no hay nadie.

jueves, 1 de marzo de 2012

Escapando hacia el terror

Había escapado de la cárcel, y amparado por la noche evitó un caserío que estaba cerca de la vía
del tren. Desde el caserío ladraron unos perros, cosa que lo puso nervioso, pero el tren ya estaba cerca, y su ruido ahogaba los ladridos.
Francisco se adentró en un matorral, y a pesar de la oscuridad, las espinas de los arbustos, y los
pastos que le enredaban los pies, pudo llegar hasta el tren, el cual había desacelerado en la curva.
Saltó dentro de un vagón abierto y se arrastró hasta un rincón, en la oscuridad.
Deseó tener un encendedor o algo con que iluminar el lugar en donde se hallaba, por lo menos
para ver qué había allí. No se atrevió a pararse, fue andando sobre sus rodillas y manos hasta que
dio con un obstáculo. Fuera del traqueteante tren la noche era oscura, mas dentro del vagón no se
veía ni las manos. Con la precaución del que no ve, Francisco fue tanteando hasta hacerse una idea
de lo que había allí.

Concluyó que eran cajones, le resultó algo lógico, era un tren de carga. Tanteó varios de ellos, y notó
que su largo excedía por mucho su ancho, y eran de madera lustrada, y el no estar apilados unos sobre
otros indicaba que su carga era valiosa, o delicada al menos; Francisco sonrió en la oscuridad.
Siempre tanteando buscó la forma de abrir uno, ilusionado con encontrar algo de valor.
Alcanzó a descorrer la tapa de uno, y cerca de un extremo introdujo su mano en el cajón.
Un terror súbito, como una descarga de electricidad, le arrancó un grito y retiró la mano velozmente;
había palpado una nariz y una boca, un rostro humano. Rápidamente se dio cuenta que los cajones
eran ataúdes, y que seguramente en todos ellos habría muertos.
Se arrimó al borde de la puerta; prefería saltar a quedarse allí, rodeado de muertos.
Alcanzó a ver que enseguida de la vía comenzaba un alto pastizal, algo que podía amortiguar la caída.
Tomaba impulso cuando sintió unos dedos fríos rozándole el cuello por detrás.

Lanzó un nuevo alarido de terror y saltó. Cayó sobre los pastos, rodó, y tras unas vueltas quedó tendido sobre la hierba. El tren terminó de cruzar frente a él y se alejó con su traqueteo, perdiéndose
en la oscuridad.
Francisco se levantó, y algo adolorido se alejó de la vía aplastando pastos, malezas, y sombras.
Más adelante el terreno se volvió menos duro, y escudriñando distinguió un sendero. Lo siguió hasta
que una reja oxidada le impidió el paso. La costeó unos metros hasta que alcanzó un portón que estaba
entreabierto. La oscuridad se había cerrado más, y por un rato caminó casi a ciegas.
En el cielo se apartaron unas nubes, y el débil resplandor de las estrellas le permitió ver que caminaba por un viejo cementerio.