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lunes, 30 de abril de 2012

La muñeca asesina

Participaban de la búsqueda policías y voluntarios. Entre todos formábamos una gran línea que iba peinando el campo y las arboledas que se alzaban entre pastizales. Un poco adelante caminaban los policías que llevaban perros. Íbamos revisando el terreno con palos largos. Apartábamos los pastos, mirábamos hacia todos lados, y algunos gritaban el nombre de la niña.
Buscábamos una niña extraviada, que no estaba en su hogar desde la noche anterior. Una pista nos había llevado hasta aquel campo; un hombre de la zona que volvía a su hogar por la noche, creyó ver fugazmente, al apuntar su linterna hacia un pastizal, a dos niñas caminando tomadas de la mano, una muy pequeña, como un bebé. Como el sujeto era supersticioso, creyó que había presenciado algún tipo de aparición; mas cuando se enteró de la niña perdida avisó a la policía.  Como la niña andaba con una muñeca, los policías no tuvieron dudas de que era ella, y supusieron que el tipo había visto mal, y que confundió a la muñeca con un bebé que caminaba; pero ahora sé que él no vio mal.

A nuestras espaldas el sol se estaba poniendo y aún no la encontrábamos. Yo estaba en un extremo de la línea que formábamos, y vi una arboleda cercana que no estaba en nuestro camino. Le dije a los que se encontraban próximos a mí, que iba a revisar aquella arboleda, y me separé corriendo.
Entre los árboles ya estaba oscuro, y sumergido en la tenue luz del ocaso avancé apartando ramas. Al alcanzar un claro las vi; la niña estaba tirada boca arriba, muerta, y a su lado estaba la muñeca, bien parada sobre sus piernas y mirando hacia donde estaba yo.  En ese momento, aunque me dio una impresión sumamente mala, me incliné a creer que la niña la había acomodado de aquella forma, aunque me pareció ver cierto movimiento en la cara de la muñeca, pero había muy poca luz.
Giré hacia donde estaban los otros y grité a todo pulmón, al escuchar que se acercaban corriendo me volví hacia el cuerpo de la desafortunada niña; y para mi sorpresa, la muñeca estaba en una posición diferente, ahora se encontraba tendida en el suelo, como a dos metros de donde estaba parada.

Enseguida los policías tomaron el control de la escena.  Hasta hoy nunca había comentado lo de la muñeca, pues supuse que no me iban a creer, al igual que no le creyeron al tipo que la vio caminando.  

 

sábado, 28 de abril de 2012

Algo pasa en el hospital

Francisco despertó y vio que unas personas vestidas de blanco rodeaban una cama que estaba a su lado.  Se asustó e intentó levantarse. Una de las personas de blanco, una mujer, volteó hacia él y luego se le acercó.
- ¡No intente levantarse! Se le puede abrir la operación - le dijo la mujer. En ese momento Francisco recordó; estaba internado en un hospital. Solía dormir tan profundo que despertaba confundido.
El otro ocupante de la habitación estaba mal, un doctor intentaba revivirlo. El doctor dejó de insistir, se volvió hacia una enfermera y le dijo que anotara la hora del fallecimiento. Le cubrieron la cabeza con la sábana y el médico se marchó con la mirada baja.
Cuando los otros se iban a marchar también Francisco les preguntó:

- ¿No se van a llevar al cuerpo?
- Ahora va a venir alguien para llevarlo a la morgue. Usted quédese tranquilo, sólo será un momento - y dicho esto la enfermera salió de la habitación.
Francisco volteó hacia el cuerpo inerte que tenía al lado. El hombre estaba en la habitación desde el día anterior, había conversado con él unas horas atrás, y ahora estaba muerto.
Francisco ya se había sumergido en las oscuras reflexiones que nos asaltan cuando estamos ante la muerte, pero un griterío que llegó desde el pasillo hizo que girara la cabeza rumbo a la puerta.
Habían pasado los minutos y aún no venían a llevarse al cuerpo.  Algunas personas cruzaron corriendo frente a la puerta; algo pasaba.

Llegaron hasta la habitación verdaderos gritos de terror, y de pasos corriendo frenéticamente, golpes de puertas, alaridos. Fuera del hospital la noche se llenó de bocinazos, sirenas, frenadas, todos esos sonidos se mezclaban con los gritos histéricos de gente que huía despavorida.
Francisco, medio erguido sobre la cama, escuchaba todo aquel caos sin comprender qué pasaba, lo que lo asustaba más.  Creyó sentir olor a humo, y de pronto la luz se cortó, dejándolo a oscuras. Entonces supuso que todo el escándalo era por un incendio. Haciendo un gran esfuerzo consiguió levantarse. Buscó la pared extendiendo los brazos, y al encontrarla caminó vacilante hasta la puerta. Ya había encontrado el picaporte cuando escuchó que alguien atravesaba el corredor a los gritos, diciendo:
- ¡Los muertos han revivido! ¡Nos invaden los zombies! - en ese instante Francisco se acordó de su compañero de cuarto, y al ladear la cabeza escuchó que unos pies descalzos corrían hacia él.       


viernes, 27 de abril de 2012

Cerca del pueblo maldito

Cerca de la carpa, la fogata ardía alargando al cielo estrellado sus lenguas de fuego. Su luz llegaba hasta los árboles que rodeaban el campamento, pero más allá de ellos se extendían negras sombras.
Adentro de la carpa, Leonardo intentaba dormir sin suerte. Estaba boca arriba, con los pies hacia la entrada, que acertadamente había cerrado.
Escuchó algo, no sabía qué. Buscó a tientas la linterna. Sentado, con la linterna en la mano pero sin encenderla, escuchó atentamente, era algo que andaba en el campamento. Oyó ruidos de pasos, y al cruzar frente a la fogata, una silueta agazapada proyectó su sombra en la carpa.
La sombra pasó y los pasos se fueron acercando a la entrada. De repente la tela se sacudió, para luego rasgarse, y entonces algo asomó en la carpa. Era la cabeza de una bruja, horriblemente arrugada y llena de verrugas peludas. La bruja, mirando a Leonardo -que estaba paralizado de terror -lanzó una estridente carcajada, y seguidamente estiró el cuello como si fuera una tortuga, y comenzó a mover la cabeza de un lado para el otro, a medida que su cuello se seguía estirando hacia Leonardo.

El terror que sentía dio paso a el instinto de supervivencia. Después de gritar, Leonardo comenzó a atacar a la bruja, golpeándola con la linterna. La bruja, con el cuello largísimo, se esquivaba como lo haría una serpiente, mientras lanzaba gritos aterradores, pero algunos golpes llegaban a destino.
Finalmente la bruja se retiró, perdiéndose entre las sombras a toda prisa.  
Leonardo salió de la carpa, agitado por el esfuerzo de la lucha.  Después no se apartó del fuego hasta que amaneció, y se marchó con la luz del día.
Cerca del campamento, más allá del bosque, estaban los restos ruinosos de lo que antes fuera el pueblo de Salem. 


jueves, 26 de abril de 2012

El jinete sin cabeza

En una noche de luna, Braulio cabalgó por una pradera desolada, monótona, y sobre todo silenciosa.
Frenó el caballo al alcanzar la orilla del bosque. Delante de él estaba el sendero que lo atravesaba.
Nadie cruzaba aquel sendero solo, porque en él andaban salteadores, asaltantes de los caminos. Además, como en aquel bosque había muerto mucha gente, se hablaba de apariciones terroríficas que te salían al cruce en aquel lugar.
Braulio no se desidia. Su caballo se movía inquieto, respondiendo al estado de su dueño.
Le pareció conveniente atravesar el sendero al galope. Tras un ¡Arre!, el caballo salió galopando, y Braulio le dio una palmada para que corriera más, a la vez que le aflojaba las riendas.

Como el sendero era muy angosto algunas ramas lo azotaban al pasar, pero el seguía azuzando al animal, y la crin del caballo volaba hacia atrás, y la tierra tronaba bajo sus patas.
Repentinamente Braulio sintió que todo daba vueltas, que caía, y al entrar en contacto con el suelo del sendero rodó varias veces. Al quedar quieto quedó con la cabeza de lado, y ahí fue cuando vio que un jinete se le acercaba al galope.
Al ver al jinete sintió un terror pocas veces experimentado por un ser humano; pues vio que el jinete  no tenía cabeza, pero eso no fue lo peor, lo peor fue darse cuenta que lo que estaba viendo no era una aparición, lo que veía era a su cuerpo decapitado, que aún respiraba y se mantenía sentado en el lomo del caballo; había chocado contra un delgado y tenso alambre que colocaran los salteadores.
 

miércoles, 25 de abril de 2012

Algo tomó mi viejo hogar

Algo está ocupando mi antiguo hogar. Regresé a él tras recibir una llamada de un viejo vecino.
En la llamada me dijo que escuchaban ruidos que venían desde la casa, y que su familia temía que algún vagabundo se hubiera metido en ella, y como su hogar estaba muy próximo, me pidió que fuera.
Apenas llegue frente a mi viejo hogar me invadieron los recuerdos. Había crecido allí, y ahora volvía después de muchos años. Bajé del auto y busque las llaves en el bolsillo, pero al mirar hacia la puerta vi que estaba entornada, así que no las saqué. Antes de entrar escuché, estaba silenciosa. Empujé la puerta suavemente y di un paso hacia adentro.
Cuando nos fuimos dejamos muchas cosas inservibles adentro, y allí estaban, algunos muebles destartalados, unas ventanas de madera, trozos de chapas de cartón. Las paredes ahora estaban todas manchadas de humedad, y las recorrían algunas grietas. Atravesé lo que antes fuera la sala y, al pasar frente a mi viejo cuarto, escuché una respiración. 
La respiración sonaba agitada, como de alguien furioso. Tomé distancia y hablé fuerte:

- ¡Hola! Soy el dueño de la casa. No puede estar aquí adentro… - después de decir eso dejé de escuchar la respiración.  Tuve la intención de llamar a la policía, pero, aquel fue mi hogar, y aunque no lo ocupáramos más, sentí que era mi obligación ahuyentar al intruso, además aquel era mi cuarto.
Busqué con la vista y encontré la pata de una cama, la agarré a modo de garrote, me acerque a la puerta, y después de respirar hondo varias veces la abrí de una patada, y salté hacia adentró.
Voltee la cabeza hacia todos lados, con el garrote levantado sobre el hombro y el otro brazo en actitud pugilística. No había nadie, el cuarto estaba vacío, tal cual lo dejáramos. Enseguida fui hasta la ventana; estaba cerrada por dentro.  La luz del día, que entraba por la ventana, iluminaba todos los rincones.
Entonces sentí algo extraño. Aquella era mi casa, pero por alguna razón ya no la sentía así, y no era por el tiempo que había pasado, ni por las manchas de las paredes, era por algo más.
Estaba por salir del cuarto cuando escuché nuevamente la respiración, pero esta vez estaba detrás de mí, sonando furiosa cerca de mi nuca. Salí corriendo sin voltear, atravesé la sala a las zancadas y dejé para siempre lo que antes fuera mi hogar.

martes, 24 de abril de 2012

Donando sangre

Fui a donar sangre para un vecino que se accidentó.  Al hospital lo conocía sólo desde afuera, así que tuve que preguntar en dónde estaba el banco de sangre. Atravesé todo el hospital, y cuando llegué el banco estaba cerrado.  En la puerta habían dejado una nota con los horarios en que habrían. Faltaba una hora para el último turno, entonces decidí esperar.
Me senté en una silla que estaba contra la pared, al lado de la puerta. Era el único que esperaba en aquella parte, y como ya era de noche el hospital estaba casi desierto. Las habitaciones de los enfermos están en el segundo piso, y en el corredor donde me hallaba, que está en el tercer piso, no hay más que algunas oficinas, que a esa hora estaban vacías.
La puerta se abrió a mi lado cuando consultaba el reloj; aún faltaba media hora. Vi salir a un tipo alto y delgado, tenía puesta una bata blanca. Me levanté y le dije para quien quería donar sangre. El tipo inspeccionó el pasillo con la mirada, después me dijo que pasara, casi sin abrir la boca.

Encontré un poco raro el que no me hiciera ninguna pregunta, pero como sé que a esa sangre no la usan enseguida, sino que le hacen exámenes, supuse que tal vez no era necesario.
Me recosté en una camilla. El tipo arrimó un aparato que mete miedo. Tras insertar una aguja en mi brazo encendió el aparato, que con un zumbido inquietante comenzó a bombear mi sangre hacia un sobre plástico que colgaba, que enseguida empezó a engrosar  y a teñirse de rojo.
Me preocupó lo rápido que mi sangre circulaba por el caño que salía de mi brazo, mientras el sobre se seguía llenando, y el aparato que zumbaba; nunca olvidaré aquel sonido.
Comencé a sentir sueño. Mi cuerpo parecía muy liviano, y mis pensamientos se iban diluyendo, y pronto sólo sentí el zumbido.  Recuerdo unas imágenes borrosas, que al evocarlas me producen instantáneamente un hondo terror.

Tras perder del todo la conciencia, desperté en una habitación del hospital, con mi brazo conectado a otro tubo, pero este introducía sangre a mi cuerpo.
Les explicaron a mis familiares y luego a mí, que quien me atendió en el banco de sangre no era un funcionario del hospital, que debía ser algún loco, y que lamentablemente no habían podido capturarlo.
Por las imágenes borrosas que recuerdo, creo que el tipo era un vampiro, pues lo vi con el caño que salía de mi brazo en la boca, succionando mi sangre, y también recuerdo verlo saltar por la ventana.
 

domingo, 22 de abril de 2012

Pesadilla zombie

Una luna tétrica, de esas que recortan figuras de lobo en las montañas, y llenan las noches de aullidos, encendía la bruma que envolvía al cementerio cual mortaja. Por esa bruma se movían figuras lentas y torpes, avanzando entre las lápidas y criptas.
En la casilla del cementerio, el sepulturero, iluminado por una vela, empinaba una botella de vino barato. Bajó la botella y se limpió la boca con la manga del roído abrigo. Creyó escuchar algo, un ruido que venía de afuera. Apoyando las manos sobre la mesa se levantó con un quejido; su espalda encorvada nuevamente le recordaba lo viejo que era. 
El vidrio estaba empañado y algo sucio. Volvió a usar su manga multiuso, y con movimientos circulares limpio el vidrio, para luego escudriñar hacia afuera.
Vio una escena que había visto muchas veces en sus pesadillas; los muertos salían de las tumbas, andaban por todo el cementerio, caminando algunos, arrastrándose otros, tambaleándose, andando sobre sus manos los que perdían las piernas; una escena de terror.

Se apartó de la ventana y pegó su espalda a la pared - ¡Hay Dios mío, esto no puede estar pasando! - susurró el viejo con los ojos cerrados; mas al abrirlos seguía allí. Se arrojó hacia la mesita en donde ardía la vela, y estirándose hacia la llama la apagó con los dedos; pero ya era demasiado tarde, un zombie ya se recostaba a la ventana, aplastando contra el vidrio a un gusano que le salía de la mejilla. 
El viejo volteó hacia un chirrido, era el zombie arañando la ventana. Intentó moverse en la oscuridad y tropezó con una silla.
Despertó en la oscuridad. - ¡Estúpidas pesadillas! - refunfuñó el viejo; mas cuando intentó levantarse se dio cuenta que estaba en el suelo; se había desmayado por el golpe. Los zombies aún estaban allí, y estaban a punto de entrar a la casilla.   

viernes, 20 de abril de 2012

Con el terror a custas

El ómnibus se había retrasado y la noche iba envolviendo el paisaje. Manuel esperaba el ómnibus sentado a un costado de la ruta, dándole la espalda, mirando hacia el horizonte donde desapareciera el sol. Delante de él se extendía una llanura arenosa matizada por arbustos achaparrados, que al caer la noche se veían como bultos desparramados por aquí y por allá.
Cada tanto giraba la cabeza hacia un lado, con la esperanza de ver la luz del ómnibus, pero ni un vehículo transitaba aquella ruta en ese momento, y hacia donde se volviera no se veía ni una luz de hogar rural; nada, sólo el mismo paisaje oscurecido, mudo, y arriba algunas estrellas.
Nuevamente echó un vistazo rumbo al extremo por donde debería aparecer su transporte, y esta vez vio algo que se le acercaba avanzando por el costado de la ruta. Era la figura de una niña o una mujer muy pequeña, completamente blanca de pies a cabeza. Caminaba rígida, con pasitos cortos pero apurados.

El terror lo paralizó completamente, y se le fue acercando más y más.
Estaba de espaldas a la ruta, y aquella cosa cruzó a su lado. Al verla de cerca notó que no tenía rasgos, sólo boca, una boca grande cómo la de un sapo.  Manuel giró lentamente la cabeza hacia el otro hombro, y se espantó al darse cuenta que la cosa no había seguido su camino; estaba detrás de él. 
Inmediatamente sintió que unos brazos pequeños le rodeaban el cuello. Ahora el terror lo hizo salir corriendo. Se internó en la llanura a los gritos, con aquella cosa diabólica colgada a su cuello, lanzando gritos también. Y así Manuel corrió hacia la locura, perdiéndose en la oscuridad.

lunes, 16 de abril de 2012

La mansión del horror

Durante la cena los huéspedes relataron todo tipo de cuentos de terror, principalmente de fantasmas y apariciones. Rodeaban una larga mesa de roble. Toda la mansión era iluminada por candelabros de velas o lámparas de aceite, para darle un toque más tenebroso.
Los anfitriones narraron varias historias como para helar la sangre en las venas, y todos los presentes, en algún momento voltearon sobre el hombro, o se sobresaltaron al ver de reojo la mano de algún sirviente que, ubicado detrás de ellos, retiraba o depositaba un plato.
Todos sentían una mezcla de entusiasmo y miedo, y abrigaban la esperanza de ver una aparición o un fantasma. Habían pagado para pasar la noche en una mansión embrujada.

Entre los huéspedes estaba Augusto. Las historias terroríficas lo impresionaron bastante, y mientras comía quedó varias veces con una cucharada a medio camino de la boca, congelado por el suspenso.
Había ido solo . Cuando llegó la hora de acostarse los huéspedes se despidieron deseándose una noche de terror.
Augusto dejó una vela encendida y se acostó vestido; si tenía que huir de aquel cuarto no verían en paños menores.
Los minutos fueron pasando, luego una hora, dos, tres, y nada de ver un fantasma. Con la vista recorría el cuarto de punta a punta, y ni un fantasma se dignaba a aparecer delante de él.
Finalmente se acomodó de lado y se durmió. Durante la madrugada un intruso silencioso empujó una ventana abierta y entró al cuarto. Augusto despertó al sentir algo raro en la espalda. Al abrir los ojos vio que al lado de la cama había un gato, mirándolo fijamente.

El gato arqueó el lomo y se erizó al tiempo que abría su boca y mostraba sus colmillos, lanzando esa especie de siseo característico de un gato asustado. Seguidamente se echó a correr, saltó sobre un mueble y alcanzó la ventana por donde había entrado, desapareciendo enseguida en la oscuridad tras un nuevo salto.
El gato no lo impresionó, lo había visto paseándose por la mansión junto a otros gatos, que eran las mascotas del lugar. Así que simplemente cerró los ojos y trató de volver a dormir.
De repente recordó una de las historias de los anfitriones. En ella afirmaban que los gatos reaccionaban ante los espíritus malignos. Entonces Augusto evocó la imagen del gato, y en su repaso mental se dio cuenta que el animal, que en un primer momento lo miraba a él, desvió su mirada levemente. Augusto estaba acostado de lado, y lo que asustó al gato estaba sobre la cama, acostado junto a él.

sábado, 14 de abril de 2012

Ecos del pasado

El edificio tenía mucha historia, y dentro de sus muros se conservaban ecos del pasado. Alguien lo compró para utilizarlo como colegio. Era una edificación sumamente grande, con muchos corredores intrincados e inmensos salones abovedados. De las altas ventanas colgaban oscuras cortinas que cubrían gran parte de la pared. Las pesadas puertas rechinaban al moverse, y sus quejidos resonaban en los lúgubres corredores.

Marco estaba como maestro suplente y aún no conocía bien el lugar. Mientras caminaba por un corredor revisaba unos papeles, al levantar la vista vio que estaba en un área del edificio que no conocía. El lugar era tan grande que sólo algunos salones eran usados para dar clases, los otros permanecían vacíos.
Al intentar volver se dio cuenta que estaba perdido. Consultó su reloj y comenzó a caminar rápido.
El ruido de los niños llegaba como un rumor lejano, y parecía venir desde todos los corredores.
Acababa de pasar frente a una puerta cuando ésta se abrió con un largo rechinido, Marco giró hacia ella. Desde el interior oscuro del salón salió una mujer vestida de monja, en la mano sostenía un porta- velas con una vela encendida. La mujer miró hacia un extremo del corredor y luego hacia el otro, como buscando algo, pero su mirada en ningún momento se posó en Marco, como si no lo viera.

La mujer no tenía nada raro en su aspecto, sin embargo a Marco se le erizó la piel. Paralizado, la vio entrar a la habitación y cerrar la puerta, que volvió a rechinar.
Marco siguió andando con una sensación rara en el estómago y un leve temblor en las piernas, volteando sobre su hombro y mirando todo con los ojos muy grandes. Se sintió más aliviado al alcanzar la parte en donde estaban los niños y los demás maestros.

En otro tiempo, cuando el lugar era un convento, una monja escuchó pasos andando por el corredor. Tomó un porta-velas y salió al corredor; no había nadie, pero creyó sentir una presencia, entonces volvió a su cuarto.

miércoles, 11 de abril de 2012

Filmando una casa embrujada

Alfredo esperaba frente a la casa desde que había anochecido. Tenía su cámara de filmar lista, funcionando en visión nocturna.
Estaba en una zona abandonada tras varias crecientes. Eran varias manzanas desabitadas, ganadas por la naturaleza. Las calles estaban llenas de basura y escombros que el agua había arrastrado. Los que antes fueron jardines bien cuidados, ahora eran una maraña de malezas descontroladas.
Ya nadie andaba por allí, ni siquiera las pandillas que rondaran en el lugar los primeros tiempos.
Las historias de casas embrujadas se fueron haciendo más numerosas, y en poco tiempo ni los más osados se atrevían a internarse en aquellas calles.
Alfredo estaba allí para filmar los numerosos fenómenos paranormales que supuestamente ocurrían en algunas viviendas. La que le interesaba más era la que ahora estaba filmando, era la de mayor fama, aunque al pasar las horas comenzó a dudar; o era todo mentira, o se había equivocado de casa.

Alfredo estaba en la calle, apuntando su cámara hacia las ventanas. En un momento dado creyó ver que algo se movía en el interior; mas al enfocar mejor descubrió que era una cortina volando con el viento.
Recién ahí reparó en el clima, el viento estaba fuerte y se respiraba un aire húmedo; estaba por llover.
La luz de un relámpago iluminó todo y la siguió un trueno. Comenzó a llover bruscamente. Alfredo andaba a pie, era la única forma de meterse en aquellas calles llenas de escombros. Cubrió la cámara con su abrigo y, girando buscó con la vista algún lugar donde guarecerse.
La puerta de la casa que se encontraba frente a la que vigilaba estaba abierta, y tenía una gran ventana. Desde allí podría seguir filmando hacia la de enfrente, hacia la embrujada.
Adentro estaba terriblemente oscuro. Tuvo que utilizar la cámara para guiarse en aquella oscuridad.

Encontró una silla y la acomodó frente a la ventana, limpió el vidrio y siguió su vigilancia, ahora cómodamente sentado y a salvo de la lluvia. Permaneció expectante durante un rato, si realmente estaba embrujada tal vez se manifestaría algo con la tormenta. Pasaron los minutos y nada, sólo veía a la cortina movía con el viento.
Nuevamente se le cruzó la idea de que tal vez se había equivocado de casa. Pensaba en el asunto cuando se dio cuenta de su error; sí se había equivocado de casa, la embrujada era la que estaba enfrente, la casa en donde él se encontraba ahora.
De pronto algo lo agarró por detrás y una cabeza espantosa se posó sobre su hombro, y la casa se llenó de gritos y carcajadas aterradoras.

martes, 10 de abril de 2012

Sobre el puente

Regresábamos de acampar, y caminando por la vía del tren llegamos al puente cuando ya era noche.
Éramos cuatro amigos, y esa era una de las tantas salidas que habíamos hecho juntos.
Una luna redonda alumbraba los durmientes y las piedras. A unos cuantos metros del puente ya se escuchaba el rumor del agua que corría allá abajo. Aquel puente está construido sólo para que pase el tren. No tiene barandas donde agarrarse, y entre los durmientes está el vacío; una caía de al menos treinta metros. Allá abajo el agua corre veloz entre enmarañados sarandíes y sauces que se inclinan hacia el arroyo. En los costados, como a dos metros de los rieles, hay dos gruesas vigas que son parte de la estructura que sostiene al puente.

Mis amigos comenzaron a cruzarlo, yo quedé atrás, atándome los cordones. Los durmientes se veían perfectamente, y la oscuridad que había abajo ayudaba a no marearse; peor era cruzar durante el día, pues es inevitable mirar hacia abajo porque hay que caminar por los durmientes, y como ya dije, entre ellos no hay nada.
Comencé el peligroso cruce bastante confiado, mis amigos iban adelante, en silencio, concentrados en cada paso. Había avanzado un buen trecho cuando me di cuenta que los durmientes estaban mojados por el rocío de la noche, lo que los hacía algo resbalosos. No sé cuantos años tienen aquellas maderas;
algunas crujían al pisarlas, tal vez sólo era una impresión falsa, pero me parecía que se cedían, que se hundían algo bajo mi peso, como si fueran a colapsar en cualquier momento.

Por la mitad del puente, el pie que tenía apoyado resbaló, cuando el otro aún no había alcanzado el durmiente. Caí pero tuve la suerte de hacerlo hacia adelante, por lo que pude aferrarme a un durmiente, mis piernas quedaron colgando en el vacío. Grité, mis amigos se volvieron y enseguida fueron a rescatarme. En ese momento fue cuando experimenté el verdadero terror, no por estar cerca de la muerte, sino porque algo me agarró de los tobillos.
Usaba medias cortas y además debían estar bajas, porque sentí el contacto de dos manos sobre mi piel.
Eran manos frías y grandes, pues me rodeaban todo el tobillo.
Arriesgando su vida mis amigos consiguieron subirme. Sentí el agarre de aquellas manos hasta que me subieron. El resto del puente lo cruzamos juntos.

Aquellos segundos, aquellos instantes que se hicieron largos para mí, fueron lo más aterrador que he vivido. De lo que no estoy seguro, es de que si lo que me agarró los tobillos era algo maligno, porque en ningún momento me jaló hacia abajo.

lunes, 9 de abril de 2012

El armario embrujado

Los ruidos venían de un armario viejo que usaban para guardar herramientas. Pablo trabajaba solo en el taller. Se había quedado para adelantar unos trabajos atrasados. Era un taller mecánico muy amplio, de ventanales altos y puertas corredizas. Pablo estaba limando una soldadura sobre un banco de mecánica. Escuchó un ruido ahogado, tenue, levantó la cabeza y recorrió el taller con la vista, después siguió limando. Al escucharlo de nuevo, esta vez más fuerte, dejó la lima sobre el banco y prestó más atención.

domingo, 8 de abril de 2012

La mansión

Andrés se paró en medio de la sala y contempló la opulencia de la mansión: Las dos escaleras alfombradas que se iban curvando hasta llegar al segundo piso, el candelabro araña que colgaba en lo alto, lleno de cristales relucientes, los jarrones antiguos que estaban contra una pared, los tapices, los costosos sofás, las mesas de maderas exóticas. Ahora que todos sus parientes estaban muertos todo aquello era de él. Andrés abrió los brazos y giró como un niño que quiere marearse. ¡Todo esto es mío! Gritó Andrés, y su voz hizo eco en la mansión.
Sus parientes estaban muertos, pero eso no impidió que fueran hasta allá, y cuando un ruido lo hizo voltear hacia una ventana, los vio a todos allí, casi recostados al vidrio, observándolo.

La gran puerta que daba al exterior se fue abriendo lentamente. Andrés salió disparado escaleras arriba, sus parientes muertos ya ingresaban por la puerta, pechándose entre si en su prisa por alcanzarlo. Andrés acababa de despedir a todos los empleados, así que nadie escuchaba sus gritos mientras corría buscando refugio. Desesperado, sintiéndose acorralado ya, subió hasta el techo. Desde allí escuchó una multitud de pasos subiendo por la escalera. Se paró en el borde del techo y miró sobre su hombro, ya habían alcanzado el techo. ¡No crean que me van a agarrar! Gritó Andrés y saltó.
Fue cayendo mientras agitaba los brazos y las piernas y gritaba a todo pulmón. Dio contra el empedrado del patio y murió instantáneamente. Inmediatamente la mansión quedó vacía y en silencio.

viernes, 6 de abril de 2012

Noche clara y aterradora

Ana se levantó de la cama y caminó por la penumbra sigilosamente. Abrió la ventana del cuarto de par en par. Su flamante esposo dormía cubierto hasta la cabeza. Ana no entendía cómo podía dormir así con aquel calor, y al pensarlo se dio cuenta de lo poco que conocía a su marido.
Él le llevaba muchos años, había pasado por tres matrimonios y tenía un hijo casi adulto. Ella era una muchacha de ciudad y aún no se adaptaba a su nuevo hogar, el cual estaba en una zona rural.
Apoyada en el marco de la ventana suspiró hondo, y tendió la mirada al campo iluminado por la luna llena. Cerca de allí había un árbol frondoso, medio sumergido en su propia sombra. Allá lejos se recortaba una línea de bosque, y como un fondo claro un cerro arredondeado. Una nube delgada y blanca iba cruzando por el cielo bajo, en donde las estrellas estaban diminutas y borrosas.
Desde aquella posición, alcanzaba a ver el muro y la ventana del cuarto del hijo de su esposo. Un movimiento la hizo voltear rumbo a esa ventana, y vio que por ella asomaba la cabeza de lo que parecía ser un perro grande. Lo vio saltar hacia afuera y caer sobre sus dos patas traseras, y en esa posición comenzó a caminar.

Ana sintió que un escalofrío le recorrió la espalda. Se tapó la boca para no gritar, y con los ojos llenos de terror observó como la criatura se alejaba rumbo al campo. Pronto la criatura se perdió tras una loma.
Ana fue a despertar a su marido. Le gritó y lo sacudió pero éste no se movía, entonces lo destapó, y al hacerlo él se irguió con rapidez hasta quedar sentado, y Ana ahora sí gritó de terror; su marido también era un hombre lobo.

martes, 3 de abril de 2012

El viejo satánico

Desde el apartamento salía un olor nauseabundo, y ya todos los vecinos creían que el dueño estaba muerto. Se formó una reunión espontánea entre los vecinos. En ella decidieron que era mejor golpear primero antes que llamar a la policía. Nadie quería quedar mal con el dueño del apartamento, pues era un hombre con una fama terrible. Todos sabían que adoraba al Diablo y que en su apartamento hacía rituales. Por ese motivo nadie quería ir a golpear su puerta. Después de una larga discusión, Diego se ofreció diciendo: - Yo voy. Que tanto miedo le tienen a un viejo.
Dicho apartamento estaba en el último piso. Como el ascensor no andaba diego fue por las escaleras.
En aquel piso el único apartamento ocupado era el del viejo satánico, por lo que el conserje nunca se molestaba en ir hasta allí.
De las lámparas del corredor sólo funcionaba una y estaba titilando. Diego avanzó lentamente, el lugar estaba silencioso, mas al acercarse a la puerta del viejo comenzó a escuchar un rumor.

A pasos de la puerta el rumor se había vuelto un claro murmullo, como si hubiera varias personas en el apartamento. Diego prestó atención al sonido pero no distinguió ni una palabra, murmuraban en un idioma que él desconocía. También había ruido de movimiento, de pasos andando por el apartamento.
Diego pensó en volver, pues parecía que el viejo tenía invitados, y resultaba obvio que no estaba muerto, pero decidió golpear porque el olor persistía.
Golpeó la puerta un par de veces, nadie respondió. Adentro seguía el mismo ruido: los pasos, las voces. Iba a golpear nuevamente cuando la puerta se abrió de golpe, entonces Diego vio algo tan aterrador que nunca volvió a ser el mismo. Sentado en un sofá estaba el cadáver putrefacto del viejo, acomodado en aquella posición por sus invitados, los cuales danzaban en torno al sofá, ya fuera dando saltitos sobre sus patas, o moviéndose en círculos mientras agitaban sus deformes y aterradoras cabezas de demonio.
Cuando Diego bajó estaba completamente loco, y terminaron internándolo. La policía retiró el cadáver del viejo, pero en el apartamento persistió el olor, y desde esa vez nadie va hasta el último piso

domingo, 1 de abril de 2012

El hueco

¿Un hueco? Gastón se acercó para cerciorarse. Retornaba a pie a su casa por el viejo camino, que esa noche estaba iluminado por la luna llena. No corría ni la más mínima brisa. Todo parecía congelado por los rayos de la luna: los árboles, los pastizales, todo estaba quieto y mudo, más silencioso de lo normal.
En una parte del camino, en un costado de éste, se alza un blanco paredón de piedra, un terraplén natural, y allí fue que Gastón vio al hueco. Era arredondeado, de unos cuarenta centímetros de ancho, y estaba en una parte casi vertical del paredón, como a un metro y medio del suelo.
Enseguida se acordó de una historia que le habían contado unos muchachos. Un grupo de amigos andaba cazando armadillos. Al volver por el viejo camino, avanzada la noche pero clara por la luna llena, habían visto un hueco en el paredón, según ellos los perros le gruñeron, y por eso no se atrevieron a acercarse. Gastón no se había creído la historia, pues al pasar de día no se veía ningún hueco.

Gastón deseó haber llevado una linterna para ver que tan profundo era. Como no tenía una se acercó más, y en la oscuridad del hueco creyó ver algo que se movía.
De repente, desde la oscuridad salió una mano enorme, se estiró con rapidez hacia Gastón y lo agarró por la cabeza, y al retraerse lo metió en el hueco. Lo último que pasó por el hueco fueron sus pies, y como iba pataleando cayó al suelo uno de sus zapatos; eso fue lo único que encontraron de Gastón, un zapato frente al paredón.