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miércoles, 30 de mayo de 2012

Tras la ventana

Era una noche tranquila, con poco tránsito. El otoño arrancaba las hojas amarillentas de los árboles, y las desparramaba por la vereda para que el viento jugara con ellas. Entre esa mezquina lluvia de hojas caminaba Álvaro. Regresaba a su hogar tras calentar el cuerpo con unas copas. Andaba con las manos en los bolsillos del abrigo, con la cabeza cubierta por un gorro de lana que bajaba hasta las cejas, y una bufanda que le cubría hasta la boca. 
Como quien presiente algo, giró repentinamente la cabeza hacia una ventana, y quedó mirando directamente a unos ojos claros que se fijaron en los de él.
Por un fugaz instante, mucho más breve que un pestañeo, le pareció ver solamente dos ojos y la oscuridad de la casa como fondo; pero después de esa impresión lejanísima por breve, vio que eran parte del bello rostro de una joven, que lo miró sonriendo.

Como había volteado mientras caminaba, terminó de cruzar frente a la casa sin devolver la sonrisa, además, la primer impresión, la de los ojos sin rostro, le había conmocionado el espíritu, pues basta un pantallazo de algo aterrador para que en nuestra mente se dispare un alarma.
Unos pasos más adelante y ya se lamentaba por no haber sonreído al menos, pero como no era un hombre muy osado no quiso volver. 
A la noche siguiente cruzó por el mismo lugar, casi a la misma hora, y no por casualidad, fue con la intención de verla de nuevo.  Y allí estaba, tras el vidrio de la ventana, y sonreía igual que la noche anterior. Esta vez Álvaro sonrió también y saludó inclinando la cabeza, mas la muchacha no lo imitó, sólo lo siguió con la mirada de igual forma que la noche anterior.

Al sobrepasar la casa lo invadieron las dudas. Se alentaba y desalentaba a si mismo, consideraba una cosa, luego otra, después se decía que era un tonto, ¿por qué darle importancia?…
Al final decidió ahogar sus absurdas esperanzas, principalmente porque se acordó que la noche anterior había cruzado con el rostro casi completamente cubierto; si la muchacha le sonrió fue porque le sonreía a cualquiera, a todo el que pasara. Pero desengañado y todo, a la noche siguiente volvió a cruzar frente a la casa.  Iba caminando lentamente, y al verla la observó con atención, y de repente se dio cuenta de algo. La expresión de la muchacha, el gesto de su cara, era exactamente igual al de las otras noches, era como si estuviera viendo una imagen repetida, y al detenerse comprobó que sus ojos no lo veían a él, ni a nadie, pues sólo era una aparición que todas las noches hacía lo mismo.    

martes, 29 de mayo de 2012

El pasajero de atrás

Mariela pasaba un paño por la mesa del living cuando escuchó que un auto llegaba a la casa.
Fue hasta el garaje y vio que su esposo, que se llamaba Joaquín, bajaba de un auto casi nuevo.

- Qué tal el cochecito que me compré, ¿te gusta? - dijo Joaquín.
- No creí que nos alcanzara para uno tan nuevo - comentó Mariela, y pasó la mano por el reluciente vehículo. Luego volteó hacia su esposo - No habrás quedado debiendo, ¿o sí?
- No, tranquila - le explicó Joaquín mientras la rodeaba con sus brazos - Salió bien barato. Ya sé lo que vas a decirme, pero no te casaste con un tonto, lo hice revisar por un mecánico, ¡está impecable!
- Podrá funcionar bien - objetó Mariela -, pero tal vez tiene algo más, no sé… ahora que lo miro bien, no me da buena impresión.
- Tú y tus impresiones ¡Jaja! No tiene nada malo. El dueño debía necesitar el dinero urgentemente o algo así.  De noche vamos a dar unas vueltas y vas a ver que te va a gustar.

Cuando llegó la noche salieron en su nuevo auto. Su casa estaba en un lugar apartado. Tomaron la ruta rumbo a la ciudad, de la cual se veía solamente un resplandor en el lejano horizonte.
Ella iba muy seria. Él lo notó y quiso iniciar una conversación, pero al mirar de reojo a su esposa, le pareció ver por el espejo retrovisor, que atrás había algo, mas al fijar la vista el asiento trasero estaba vacío.
Ahora él también iba serio, echaba una mirada al retrovisor y volvía a prestar atención al camino que tenía adelante.  
De a poco el resplandor de la ciudad se fue agrandando. Pronto estuvieron entre sus luces. Buscaron un restorán entre los muchos que había. Cenaron casi sin hablar; él pensando en lo que creyó ver en el asiento de atrás, ella buscando una razón a la mala impresión que le causaba el auto.
Cuando volvían por la ruta, de repente Mariela dejó escapar un grito corto, y miró rápidamente sobre su hombro.

- ¡Algo tiró de mi cabello! - dijo Mariela mirando hacia atrás.
- ¿Qué? ¿Te enganchaste el pelo en algo?
- ¡No, algo me jaló el cabello!

Joaquín detuvo el auto en un costado de la ruta y se bajó, Mariela hizo lo mismo. Abrieron las dos puertas de atrás y revisaron bajo el asiento, sin encontrar nada. Volvieron a marchar, y al poco rato Joaquín sintió algo. Fue más que una sensación, sintió con claridad que una mano pequeña le daba varias palmadas en la cabeza. Reaccionó agachándose, movió bruscamente el volante y el auto zigzagueó, salió de la ruta y cayó en un profundo barranco.
Los dos murieron en el siniestro, pero el auto no quedó tan mal, y al poco tiempo alguien lo compró.     
  

lunes, 28 de mayo de 2012

Escalera embrujada

Miguel estacionó la moto cerca del edificio y desató las cajas de pizza. Equilibró las cajas en una mano, fue hasta la entrada del edificio y le dijo al portero:

- Hola. Vengo a entregar estas pizzas al departamento quince del noveno piso.
- Pase - dijo el portero -, pero va a tener que subir por las escaleras; están reparando el ascensor.

Miguel quedó parado frente al portero. “¡Nueve pisos por las escaleras!” , pensó. Suspiró resignado y entró al edificio. Al atravesar la sala vio que el ascensor estaba abierto y que un hombre manipulaba el tablero con un destornillador. Abrió la puerta que daba a la escalera y se detuvo apenas la atravesó. La base de la escalera estaba apenas iluminada por una débil lámpara. Unos pocos escalones más arriba y ya estaba oscuro,  pero cerca del descansillo brillaba otra débil luz. “Espero que me den buena propina”, pensó Miguel al comenzar a subir.
Como los escalones y las paredes eran blancos, el ascenso no era peligroso a pesar de la escasa luz, mas el lugar sí era atemorizante. Ningún ruido llegaba hasta allí, los pasos de Miguel apenas sonaban y se perdían en el silencio sepulcral que dominaba todo.

Siguió su ascenso, escalón por escalón, piso tras piso. Llegó al fin a la puerta del noveno, sólo para descubrir que estaba trancada. Forcejeó un poco con el picaporte, tiró de ella, la empujó, pero todo en vano. Golpeó varias veces, esperó un rato, nada, ni siquiera escuchaba algún ruido del otro lado. Nuevamente se resignó, ¡tanto trabajo por nada!
Al volverse hacia la escalera, le pareció que ésta estaba más empinada, mas enseguida sonrió al pensar que solamente era una impresión errada. Bajó cuidadosamente hasta el descansillo y, al ver el otro tramo de la escalera quedó con la boca abierta. Sin dudas estaba mucho más empinada, descendía en un ángulo que se acercaba a lo vertical.

Miguel se recostó a la pared y cerró los ojos. ¡Cómo podía ser! ¿Qué estaba pasando?
Abrió los ojos al escuchar que algo venía bajando por el tramo superior. Levantó la vista hacia el ruido. Una oscuridad absoluta, bien delimitada, como una cortina negra, iba desapareciendo los escalones a medida que bajaba, y oculto en esa oscuridad marchaba algo de andar pesado, y sus pasos hacían vibrar las paredes, y su respiración era casi un gruñido.
Presa de un insoportable terror, Miguel se lanzó escaleras abajo, cayendo enseguida debido a lo empinada que era. Aterrizó de cabeza en el piso de un descansillo, la fuerza de la caída le partió el cráneo, y fue otra víctima más de las escaleras embrujadas de aquel edificio.
     
 

jueves, 24 de mayo de 2012

Hace un año

El monte ribereño estaba silencioso y negro, sumergido en su propia sombra. En el cielo apenas se veían algunas estrellas, y el río estaba oscuro y calmo por la falta de viento.
Iba surcando el río en mi canoa a remos.  Empecé a remar menos cuando consideré que estaba cerca de mi pequeño puerto y, efectivamente lo encontré un poco más adelante.
Salté a tierra y arrastré la canoa hasta la playa. Me eché al hombro la bolsa donde llevaba el fruto de mi pesca, me adentré en el sendero que ascendía partiendo el monte en dos, que estaba oscuro como un túnel. Iba iluminando mi camino con una linterna. Escuché un ruido en un costado del sendero, dirigí el rayo de luz rumbo a esa parte del monte. Mientras barría el lugar con la luz, creí ver el rostro de una mujer abriéndose paso entre el follaje. No vi su cuerpo, sólo su rostro, como si fuera solamente una cabeza. No quise alumbrar de nuevo el mismo lugar. Seguí avanzando, haciendo un esfuerzo por no correr, no quería que me dominara el terror.

Un espantoso escalofrío me recorrió la espalda después de escuchar que chistaban detrás de mi. No escuchaba pasos pero sentía que algo me seguía de cerca. El camino se me hizo larguísimo. No me atrevía a voltear, de hacerlo tal vez hubiera muerto de terror, porque lo que me seguía quería que lo hiciera, y me chistaba muy cerca de la nuca, casi al oído. 
Al cabo de unos aterradores minutos, que me parecieron horas, salí del monte, y al alcanzar el campo sentí que ya no me seguían.

No sé por qué esa noche me sucedió eso, había cruzado por el lugar muchas veces.
Al relatarle mi aterradora experiencia, un conocido me dijo que tal vez es algo que sólo sucede una vez al año, que hay cosas sobrenaturales que surgen en determinadas fechas. 
Hoy sentí la necesidad de escribir lo que me sucedió aquella noche, porque hace exactamente un año que pasó. Está cayendo la noche y me encuentro solo en mi casa y… acabo de escuchar un ruido…

 

miércoles, 23 de mayo de 2012

A salvo dentro de un castillo embrujado

La familia atravesaba un oscuro pasadizo del castillo. Fred iba al lado de Bill, que era su hermano menor y tenía doce años, él  tenía catorce. Un poco adelante iba su padre, iluminando el pasadizo con un farol, su madre caminaba atrás de ellos sosteniendo un candelabro con un par de velas encendidas.
Un rumor constante que venía de afuera, alcanzaba a traspasar los gruesos muros de piedra, y al apoyar la mano contra las paredes se sentía la vibración que producían los golpes y los arañazos de los que asediaban el castillo.
La familia alcanzó una gran puerta, la de la habitación de los niños. El padre entró primero y, extendiendo el brazo que sostenía el farol, lo movió de izquierda a derecha tratando de iluminar todo el lugar. Giró hacia su familia y les dijo:

- Entren niños. No miren directamente a la aparición que está en la esquina; acuéstense y ya.
En una de las esquinas de la habitación había una anciana sentada en una silla, y los siguió con la mirada.
Los niños se acostaron rápidamente y su madre los ayudó a cubrirse con las frazadas. Las dos camas estaban juntas; así se sentían más seguros. Fred miró de reojo hacia la esquina en donde vieran a la aparición, ya no estaba, pero enseguida escucharon una risita que salía de abajo de las camas.

- No le presten atención, no puede hacerles daño, sólo asustarlos - les dijo su padre. La madre de los niños se iba agachando para mirar bajo la cama, su esposo la detuvo al decirle:
- No mires. Sabes bien que es un fantasma, ¿para qué mirar?
- ¡Ah sí! Cierto. Ustedes tampoco miren niños. Acuérdense de lo que les dice su padre.
- Revisen sus linternas - les exhortó el padre -. Traten de no usarlas, hay que ahorrar baterías.

Los niños encendieron las linternas y las apagaron. Tras despedirse sus padres salieron de la habitación y los dejaron en la oscuridad, alejándose por el pasadizo hacia su alcoba.
Acostados en aquella oscuridad aterradora, bien despiertos los dos, escucharon pasos recorriendo la habitación. Bill encendió su linterna y vieron la aparición de un hombre bajo y ancho, que en su cabeza llevaba una peluca negra y enrulada, y tenía la cara blanca.

- ¡Apágala! - le gritó Fred. Bill le hizo caso y volvieron a quedar a oscuras, que era mejor que ver el desfile de apariciones horrendas que rondaban dentro del castillo.

Demoraron pero al fin se durmieron, como todas las noches.  Por la mañana se levantaron a desayunar. Después Bill fue a ayudar a su madre en la huerta que cultivaban en el patio interior del castillo. Fred subió al techo junto a su padre y, desde la baranda de piedra miraron hacia abajo. La horda de zombies aún asediaba el castillo, pero sus gruesos muros y la fosa que rodeaba la puerta los mantenía afuera. Por el momento la familia estaba a salvo dentro de su castillo embrujado.
     

lunes, 21 de mayo de 2012

Peor que un fantasma

Esteban quedó encantado con su nuevo cuarto. Estaba en el segundo piso de la casa, desde la ventana se veía la construcción de al lado, que era una carnicería. Veía de la carnicería una ventana amplia que mostraba una pieza en donde había unos freezer horizontales. Más allá se divisaba el fondo de unas viviendas, luego una sucesión de techos, un naranjo que asomaba por encima de un muro, y extendiendo más la vista, una porción de la ciudad con algunos edificios altos.
Ese día toda la familia estuvo ocupada con la mudanza. Cuando llegó la noche estaban cansados pero felices en su nuevo hogar.
Antes de acostarse Esteban quiso echar una última mirada por la ventana. Levantó la persiana y miró hacia la ciudad, que por estar de noche brillaban en ella millares de luces. Sobre los edificios altos centellaban unas luces rojas, en las calles el alumbrado tenía un tono amarillento.

Esteban fue bajando la vista hacia las viviendas más próximas. La pieza de la carnicería estaba apenas iluminada por un tubo fluorescente que titilaba y se apagaba por instantes. 
A Esteban le pareció ver que la puerta de uno de los freezer se iba levantando de a poco, pero cuando fijó su vista la luz se apagó. Adentro quedó todo oscuro, la ventana reflejaba ahora parte de su casa.
Esteban quedó esperando y, tras unos pestañeos la luz volvió a encenderse. La tapa del freezer se había levantado más, y desde su interior surgió de repente la cabeza de una niña, que estaba blanca como un papel, incluso sus ojos y su pelo. 
Al ver aquello se apartó de la ventana y, estirando el brazo Esteban bajó la persiana de golpe.
Temblando de miedo bajo una frazada, consideró que era mejor no contar lo que vio, pues creyó que se trataba de un fantasma, y sabia que su familia era escéptica respecto a ese asunto. Se guardó aquella experiencia de terror para si y nunca levantaba la persiana de su cuarto. Un tiempo después se enteró de algo terrible, toda su familia, sus vecinos, la ciudad entera se horrorizo ante una noticia que dispersó terror; el carnicero que vivía al lado de su casa era caníbal.
 

jueves, 17 de mayo de 2012

La voz del muñeco

Durante la función el muñeco giró varias veces la cabeza hacia Facundo. Era de esos muñecos que usan los ventrílocuos. Su mirada era atemorizante; sus ojos eran muy realistas y los giraba como una persona. 
Facundo tiró del abrigo de su madre para llamarle la atención.

- ¿Qué quieres? - le preguntó su madre, que estaba sentada a su derecha, del otro lado estaba su padre.
- Quiero irme, vámonos, ¿sí?
- ¡Shh! Ya falta poco - susurró su padre.
    
Terminada la función del ventrílocuo se fueron del teatro. Ya estaba de noche. Facundo caminó de la mano de sus padres hasta que llegaron al auto.
Durante la cena estuvo callado, su padre lo observó atentamente.

- ¿Te gustó la función del ventrílocuo? - le preguntó el padre mientras se servía ensalada.
- No - respondió Facundo.
- ¿El muñeco te dio miedo?
- Sí.
- Pero sabes que el que habla es el hombre, ¿no? Y también hace que se mueva.
- Sí, pero este muñeco se movía solo, y me miraba.
- No, era el hombre, él lo maneja - insistió su padre.
- ¡Bueno! No hablemos más del muñeco - intervino su madre -. Sino de noche va a soñar.

A la hora de dormir su madre lo ayudó a acostarse, lo cobijó y se despidió con un beso en la frente.
Facundo cerró los ojos pero no pudo dormirse. Un rato después escuchó un ruido y miró hacia la ventana; estaba entreabierta y el viento agitaba la cortina. Quiso llamar a sus padres pero no pudo, el terror lo silenció. En la penumbra del cuarto avanzaba lentamente una figura pequeña, era el muñeco.
Se detuvo al lado de la cabecera de la cama y estiró un brazo hacia la cabeza de Facundo; le tapó la boca con la mano y sonrió terroríficamente.
Facundo sobrevivió a todo el terror que le causó el muñeco, pero nunca más pudo hablar; amaneció mudo, y desde esa noche el muñeco del ventrílocuo tuvo una nueva voz.

martes, 15 de mayo de 2012

Mi historia de terror

Narrábamos todo tipo de historias aterradoras y cuentos de terror. Éramos cinco adolescentes rodeando una fogata, arrojando ramitas al fuego y asustándonos unos a otros. Estaba de noche y algunas estrellas brillaban entre las copas de los árboles. No estábamos muy lejos de nuestros hogares; nos encontrábamos en una arboleda algo espesa, que daba la sensación de estar en un bosque, si ignorábamos el ruido de los autos que cruzaban cerca.
Uno de mis compañeros acababa de contar una historia sobre un lugar embrujado.
Con una rama en la mano señalé todo lo que nos rodeaba. Este lugar está embrujado - comencé a decirles -, porque aquí mataron a unas personas, cuando éramos niños.

Terminaba de decir eso cuando escuchamos un crujido, y volteamos hacia las sombras desde donde vino el ruido.  Sonreí al notar que mi cuento estaba haciendo efecto, y se me había ocurrido aquello de la nada, y continué: Los mataron a tiros y los tiraron en la lagunita de ahí - dije señalando hacia una pequeña laguna que había cerca de allí -. Cuando los encontraron todos estaban podridos, sin ojos, y con la boca abierta como si se rieran a carcajadas.

Mientras narraba aquello veía con increíble claridad las imágenes que describía, como si no vinieran de mi imaginación; y me sentí muy asustado.
Escuchamos otro ruido y, cuando giramos la cabeza vimos que unas siluetas humanas caminaban entre los árboles, y eran tan delgadas como esqueletos.
Fui el primero en gritar y largarme de allí a toda prisa, los otros me siguieron. Cuando alcanzamos la calle nos desperdigamos hacia nuestras casas.
Lo realmente extraño, es que mi historia resultó ser real. Sucedió en la época de la dictadura militar, tal cual la conté a mis compañeros, aunque fui a saber de ella años después de aquella noche.   

domingo, 13 de mayo de 2012

Troll

Era la representación de un troll pequeño. Cada vez que Mauricio cruzaba frente al jardín donde estaba la pequeña estatua del troll, volteaba hacia ella, y le parecía que la sonrisa del troll era terriblemente siniestra.
La estatua estaba como adorno en aquel jardín, aunque su cara era horrible: tenía una nariz enorme y desplayada, una sonrisa amplia y aterradora, sus ojos eran pequeños y daban la impresión de seguir los pasos de los que pasaban frente al jardín.
Mauricio tenía que cruzar por allí para ir a la escuela. En esa cuadra, en la otra vereda había un perro agresivo, que a veces andaba suelto, y por eso igual pasaba frente al jardín del terrorífico troll, que a pesar de medir sólo unos cuarenta centímetros de alto, inquietaba incluso a los adultos que lo veían.

Un día nublado de invierno, después de salir de la escuela Mauricio se entretuvo en un ciber, junto a unos compañeros. Como los días eran cortos la noche cayó pronto. Cuando salió del ciber las calles estaban casi desiertas debido a una lluvia fría que trajera la noche.
Aunque caminó de prisa pronto estuvo empapado. El viento cambiaba de dirección y la lluvia lo azotaba desde distintos ángulos, y los árboles de las casas se retorcían, y volaban hojas por todos lados.  El mismo viento hizo que se cortara la luz y la calle quedó a oscuras, volviendo misteriosa a una zona que conocía bien.  Dentro de las casas algunas familias encendieron velas, y Mauricio vio como sus sombras cruzaban frente a las ventanas con cortinas, mientras la lluvia lo seguía empapando.

Se acordó del troll cuando ya pasaba frente al jardín. Como estaba muy oscuro no logró ver nada.
Al sobrepasar aquel terreno, a pesar del ruido del viento y la lluvia, escuchó algo detrás de él, se volvió y vio a la estatua del troll parada sobre la vereda, moviendo la cabeza hacia arriba y hacia abajo
como asintiendo, a la vez que lo señalaba apuntando un brazo hacia él.
Mauricio salió como disparado y a los gritos.  Al llegar a su hogar relató a sus padres su aterrador encuentro con la estatua del troll. Su madre le puso la mano en la frente y notó que ya tenía fiebre.
Pasó tan mal esa noche, tuvo tantas pesadillas causadas por la fiebre, que después ni el estaba seguro de haber visto al troll. 
Días después pasó frente al jardín pero el troll ya no estaba, y nunca más lo vio.

jueves, 10 de mayo de 2012

Pesadilla mortal

De pronto me di cuenta que soñaba. Me encontraba en una casa desconocida, en una habitación amplia y vacía. En una de las paredes había una puerta, la abrí y salí a un pasillo todo blanco, que enseguida me recordó a un hospital. Avancé cautelosamente, temiendo que el sueño se volviera pesadilla. Escuché un chirrido detrás de mí, y al volverme vi a alguien aproximándose en una silla de ruedas. Tenía el cuerpo cubierto por una sábana blanca, como si fuera un muerto, la silla se movía sola, y su ocupante estaba inmóvil.
Empecé a correr, y aquella cosa a perseguirme. El pasillo parecía no tener fin, y la silla y su aterrador ocupante casi me alcanzaban.  Seguía corriendo cuando vi una puerta, cuando agarré el picaporte el muerto estiraba sus brazos hacia mí, pasé y la cerré enseguida.  Al girar me invadió un vértigo repentino, y temí caer; pues me encontraba en el comienzo de una escalera. Desde la puerta hasta el primer peldaño no había más de medio metro, y la escalera era terriblemente empinada, y bajaba y bajaba hacia un abismo cuyo fondo no alcanzaba a ver.

El descansillo en donde estaba parado y la escalera eran del ancho de la puerta, los peldaños eran parte de una roca muy lisa y gris, que a los lados se unía con la pared. Me encontraba el borde de una montaña, y estaba acorralado. Con la espalda recostada a la puerta, apenas bajaba la vista hacia el abismo y me invadía un vértigo espantoso. Sabía que sólo era una pesadilla, pero todo era tan real: el viento que me daba en la cara, las nubes grises del cielo, aquella pared de roca que descendía casi vertical.  Pensé que si me arrojaba me iba a despertar. Me arrimé al borde del escalón y me fui inclinando de a poco, pero el miedo me pudo más y retrocedí un paso; era demasiado real.
Sabía que en una pesadilla nada te puede hacer daño, y como el abismo me aterraba más que el muerto de la silla de ruedas, decidí entrar al pasillo y enfrentarlo.

Entré al pasillo, el muerto me esperaba. Se movió bajo la sábana y, lentamente se puso de pié.
Aunque me invadía un terror espantoso, grité y me arrojé hacia él, agarré la sábana y se la quité de un tirón.  No puedo describir lo horrible que era, no encontraría las palabras. El monstruo me lanzó un manotazo hacia la cabeza, desde un costado, bloquee el golpe con el antebrazo, pero era tan potente que sentí un dolor fuerte en el hombro. Retrocedí unos pasos más asustado aún. Si era un sueño por qué sentía dolor.

El monstruo avanzaba hacia mí cuando por suerte desperté.
Ahora sé que algunas pesadillas si pueden hacerte daño. Tal vez la gente que amanece muerta sufrió una pesadilla   
  

martes, 8 de mayo de 2012

Ruidos en el ático

Había comenzado el apocalipsis y ellos aún no se enteraban.  Robin y Amanda prescindían de medios de comunicación, por elección, y su casa estaba en el claro de un bosque, lejos de la carretera.
Hacían las comprar como para todo un mes, y cultivaban una huerta que les proporcionaba casi todo su alimento.
Robin, desde la cama, escuchó un rumor lejano pero creciente que venía del bosque. Se levantó con cuidado; Amanda dormía tranquilamente. Fue hasta la ventana y subió la persiana. La noche era clara, el límite del bosque comenzaba a escasos cincuenta metros de distancia. Robin escuchó con detenimiento, ladeando la cabeza para oír mejor. El rumor crecía sobre el silencio habitual del lugar.
De pronto una figura humana surgió de la espesura, y enseguida otra, y otra, una multitud se acercaba caminando con paso lento.
Robin fue hasta la cama y despertó a Amanda.

- ¿Qué quieres, qué hora es? - dijo Amanda medio dormida.
- Levántate, que se acerca una banda de vagos borrachos, o vándalos.
- ¿Vanda de vagos? ¿Aquí? - preguntó Amanda, ahora completamente despierta. Con una seña el le indicó que callara, y juntos fueron hasta la ventana.
Al verlos ella se cubrió la boca para no gritar, y  retrocedió asustada.
- Esos no son vagabundos - observó Amanda, con un temblor en la voz. Robin siguió mirando por la ventana. Lo que veía eran zombies, y no dejaban de salir del bosque, eran cientos.
Bajó la persiana y fue hasta Amanda, que ahora se agarraba la cabeza con las manos, la agarro de los hombros y le dijo en voz baja:

- Tenemos que irnos. Toma la caja del dinero y algún bolso, yo voy a buscar la escopeta.
- Sí, hay que irse, me quiero ir, ¿qué tiene esa gente?
- ¡Shh! No sé. Busca el dinero de la caja.

Algunos zombies alcanzaron la casa y comenzaron a emitir sonidos guturales, gemidos, y los que estaban más lejos volteaban hacia los gemidos y cambiaban su rumbo; todos se acercaban a la casa.
Al intentar huir por el fondo vieron que estaban rodeados. Los zombies empezaron a romper puertas y ventanas, Amanda dejó escapar un grito. - ¡Vamos al ático! - le dijo Robin. Bajaron la escalera desplegable y subieron. Los zombies entraron en tropel, se chocaban, volteaban cosas y se abrían paso por todo el interior de la vivienda.

En la oscuridad del ático los dos quedaron en silencio. Abajo los zombies se apiñaban cada vez más, hasta que apenas se movían de tan apretujados que estaban.
Pasaron las horas, llegó el día, y los zombies seguían en la casa. Terminó ese día y los sucedieron otros más.
Sin agua ni comida, y sin poder salir de allí, al final los dos perecieron casi al mismo tiempo.
Tras esto los zombies comenzaron a retirarse, hasta que la casa quedó vacía, entonces en el ático comenzaron a sonar ruidos.  
  
   

sábado, 5 de mayo de 2012

Sonidos de terror

En el amplio salón, el péndulo del reloj oscilaba con un tic-tac, y las agujas casi marcaban las doce de la noche. Bajo el inmenso candelabro colgante, Robin y Samuel esperaban expectantes. Con sus aparatos para grabar sonidos encendidos, alternaban sus miradas entre el reloj de pared y su entorno.
La casa en donde se encontraban tenía una apariencia que infundía terror: sus muebles antiguos estaban cubiertos de polvo, en los rincones las arañas bajaban y subían por sus telas, y en las ventanas había oscuras cortinas, y en las paredes grandes retratos. Además de todo eso la casa tenía la reputación de estar embrujada. Entre los hechos sobrenaturales que según testigos ocurrían allí, sobresaltaba un horrendo grito que se escuchaba a media noche; Robin y Samuel estaban allí para grabarlo, los dos eran investigadores de lo paranormal.
El reloj marcó la media noche. Un sudor frío les corría por la frente, aunque estaban inmóviles, parados en el centro del salón. Tras un rato de intensa expectativa se miraron entre si.

- Ya pasan de las doce - dijo Samuel.
- Sí, y la casa está más silenciosa que una cripta - comentó Robin mirando su reloj de pulsera.
- Tal vez es por la luz - opinó Samuel -. Cuando escuchan el grito la casa está a oscuras.
- Puede ser. ¿Probamos?
- Yo opino que si, pero vamos juntos hasta el interruptor.
- Es lo que yo iba a proponer.

Y así fueron juntos y apagaron la luz. Ni bien quedó oscuro el salón, resonó por la casa un grito espantoso, reverberó por todos lados; y se escuchó diferentes pasos acercándose a toda prisa por los corredores que desembocaban allí. No sonaban como pasos de personas, se oían como garras y pezuñas avanzando pesadamente por el piso, y la casa temblaba como si chocaran las paredes en su prisa, por ser muy grandes o deformes, o ambas cosas.
Sólo soportaron aquel terror unos segundos, y encendieron la luz, y todo volvió a estar silencioso.
Tomaron sus equipos a toda prisa y se largaron de aquella casa maldita.
Cuando revisaron las grabaciones, se dieron cuenta que no tenían nada; habían cometido el error de conectar sus equipos a la corriente de la casa, y al apagar la luz bajaron la llave general.
  

viernes, 4 de mayo de 2012

La vieja aterradora

Todos le teníamos miedo a doña Dorotea. La muy amargada -por no decir malvada - odiaba especialmente a los niños, y vigilaba su patio como un perro guardián. En su terreno tenía unos inmensos árboles frutales: manzanos, durazneros, naranjos, higueras, y bastaba mirarlos un rato para que la vieja saliera de algún lado amenazando con un palo o una escoba. Las frutas crecían, maduraban y se pudrían en los árboles, y la vieja que no regalaba ni una, y no hay nada más tentador para un niño que algo prohibido, y el barrio era muy humilde.

Parecía que no dormía aquella vieja, pues había frustrado varias incursiones nocturnas a su huerto.
Un día gris de invierno la vieja murió. Al otro día, un grupo de amigos nos reunimos cerca de la casa de la vieja. Jugamos a las canicas un rato mientras espiábamos disimuladamente hacia todos lados.
Cuando la calle estuvo despejada, me pasaron una bolsa de arpillera y me metí al huerto por un hueco que había en el tejido.
Mientras cosechaba, los otros hacían que jugaban, y cuando alguien se acercaba por la calle me hacían una seña convenida, y yo me ocultaba donde podía, luego volvía a la recolección. 

Arrastrando la bolsa llena de frutas, me dirigía al cerco de tejido, cuando al pasar bajo un naranjo sentí que una mano se apoyaba en mi hombro, para luego arañarme hasta la espalda. Instantáneamente recordé las manos huesudas de la vieja Dorotea y sus uñas largas. Más que un grito lancé una especie de chillido, por el terror que sentí; corrí y crucé el tejido no sé como. Al mirar hacia atrás vi que una rama del naranjo, llena de espinas, aún se balanceaba, y pensé que me había enganchado en ella, además en el huerto no había nadie. A pesar del susto no solté la bolsa, y mis amigos, que habían huido al escuchar el grito, enseguida regresaron para compartir el botín.

El arañazo de la espalda me ardía terriblemente, por eso tuve que inventarle un cuento a mi madre para justificar la herida. Como no era raro que me lastimara me llevó a un doctor sin indagar mucho.
Recuerdo que al revisar la herida el doctor se miró con la enfermera, y después la enfermera apareció con un policía. Un rato después, mi madre, el policía y el doctor, me preguntaban quién me había arañado, pues según la experiencia del doctor, la herida la había producido la mano de una persona, y no una rama con espinas.    
   

jueves, 3 de mayo de 2012

Cine de terror

El frío y el viento habían despoblado las calles, y sólo Barry caminaba por la noche helada. De pronto se encontró frente al viejo cine que frecuentara en su juventud, y para su sorpresa, pues creía que estaba cerrado, algo de luz escapaba de su interior.
Al entrar, a Barry le pareció un poco raro que no hubiera portero ni nadie que cobrara la entrada.
Llegó a la escalera del palco y desparramó una mirada por las filas de asientos. Sólo había un puñado de espectadores sentados por aquí y por allá, mirando en silencio hacia la pantalla, en donde se proyectaba una vieja película de terror.
Barry se sentó en  la primer butaca de la fila, la vieja butaca rechinó bajo su peso, y uno de los espectadores giró el rostro momentáneamente hacia él, y volvió a mirar la película. Barry quedó con los ojos fijos en aquel espectador, pues le pareció ver que la cara de la persona era una calavera descarnada.
Como a su edad no confiaba mucho en lo que veía, y la luz temblorosa de la pantalla era engañosa, se dedicó a mirar la película.

Transcurría una escena en un cementerio aterrador, por donde se paseaba una bruma espectral.
Súbitamente, de las criptas y panteones, empezaron a salir unos muertos andantes, y unos esqueletos se irguieron de pronto levantando la tierra de las tumbas.
En la escena, los muertos vivientes empezaron a avanzar hacia una dirección común, hacia la pantalla. Barry no daba crédito a lo que veía; ahora los muertos parecían estar del otro lado de un gran vidrio, y hasta apoyaban sus manos en la pantalla.
Aquello ya era demasiado raro para él. Se levantó para irse, y en ese momento todos los espectadores voltearon hacia él, y vio que lucían igual que los muertos de la película.
Barry no aguanto tanto terror; se agarró el costado izquierdo del pecho y cayó sentado sobre la silla. Tras una larga expiración quedó con los ojos fijos en la pantalla, y el cine volvió a quedar a oscuras.  

El doctor y los monstruos

Manolo entró al consultorio de la mano de su madre. El psicólogo los invitó a sentarse, Manolo no saludó, solo miraba hacia un costado con cara de fastidio. Su madre comenzó a explicar por qué estaban allí.
- Mire doctor, mi hijo, Manolo, ve cosas, y se asusta mucho. Hace un tiempo que no duerme bien. De noche despertamos escuchando sus gritos de terror, ¡yo ya no sé qué hacer!
- Para eso estamos los profesionales señora, hizo bien al traerlo - dijo el doctor, y continuó -. Me gustaría hablar a solas con Manolo, usted espere afuera, y no se preocupe que sólo vamos a conversar.

La madre salió, el niño seguía mirando hacia un costado, serio, con el seño fruncido.
- Sabes Manolo, yo tengo un hijo como de tu edad - dijo el doctor. 
- Y a mí que me importa - dijo Manolo.
- Eso no es muy educado de tu parte - observó el doctor -. Lo que te quiero contar es que él también ve cosas que lo asustan, casi todos los niños tienen miedo a algo, el mío creía ver cosas dentro de un ropero, y, ¿sabes cómo solucionamos ese problema?
- No, cómo - y Manolo volteó hacia el doctor.
- Bueno, fui con él, de noche, que es cuando veía las cosas, y abrimos el ropero y revisamos todo, y así le mostré que no había nada. Si me contaras lo que ves te voy a ayudar también.
Manolo bajó la mirada y comenzó a restregarse las manos nerviosamente.

- Yo veo un monstruo que aparece cuando está oscuro, en cualquier lugar. Apenas lo veo pero me doy cuenta que me está mirando. A veces es sólo una cabeza flotando en el aire, a veces está abajo de la cama, y se asoma de repente cerca de mi cara.
- Entiendo que te asustes, pero ese monstruo no existe, es sólo tu imaginación.
- No es mi imaginación. Si apagamos la luz ahora él va a aparecer, y usted mismo lo va a ver.
- No creo que sea conveniente algo así, es… ¿Qué vas a hacer? - Manolo se levantó y corrió hasta la llave de luz y la apagó. Ya había anochecido y las persianas estaban bajas; el consultorio quedó completamente oscuro.
- ¡Manolo! Enciende la luz ¡Manolo! - pero el niño no respondía. El doctor se levantó para ir hasta el interruptor, mas en aquella oscuridad vislumbró algo, y quedó quieto. Como a dos metros de él, había un ser oscuro con algunos rasgos claros, y algo en su cara se movía, como si cambiara su expresión. Tenía la altura de un hombre y sus brazos estaban abiertos, en una actitud amenazante, y se hamacaba hacia adelante como si fuera a abalanzarse en cualquier instante. 
De repente la luz se encendió, e inmediatamente el doctor intentó disimular el terror que experimentaba.

- No vuelvas a hacer eso, tienes que hacer caso a los mayores - dijo el doctor, volviendo a sentarse.
- ¿Y? ¿Lo vio, vio al monstruo? - preguntó Manolo.
- No vi nada porque no hay nada que ver, es tu imaginación.
- ¡Pero estaba ahí, frente a usted!
- No había nada. ahora siéntate y escúchame. Cuando creas que ves algo, sólo mira hacia otro lado, y no le des importancia, y te aseguro que dejarás de asustarte, sólo haz la prueba, créeme va funcionar.
- En serio.
- En serio. Ahora ve a llamar a tu madre que le voy a decir que estás bien.
Cuando el niño salió, el doctor suspiró hondo; no había sentido tanto terror desde que viera aquella cosa dentro del ropero de su hijo. 

miércoles, 2 de mayo de 2012

Detrás de la puerta

Al pasar frente a una casa, la puerta de ésta se abrió de golpe. Eduardo y Jaime iban conversando, el ruido los sorprendió y ambos giraron la cabeza hacia la puerta. Nadie salió de la casa, que estaba completamente oscura.  Siguieron caminando sin interrumpir su conversación, y casi se olvidaron del asunto. Pero a la noche siguiente, al pasar frente a la casa, nuevamente la puerta se abrió de golpe. Esta vez los dos se detuvieron, y desde donde estaban escudriñaron hacia el interior. Se miraron entre si y siguieron, volteando varias veces sobre el hombro. En la cuadra siguiente Eduardo dijo:

- Ayer también se abrió esa puerta.
- Sí, me acordé en seguida. Pero viste que parece que en la casa no hay nadie, que está abandonada.
- Está descuidada sí, pero alguien tiene que haber - repuso Eduardo -, sino quién abre la puerta, porque no se abrió sola.
- Sí, parece como que alguien la tira hacia atrás, viste que se abre toda de golpe. ¿será algún invasor?
- Quién sabe, puede ser.

Y los dos siguieron caminando rumbo a su trabajo. Ese mes les tocaba horario nocturno.
Además de trabajar juntos eran vecinos. A la hora de salir para el trabajo se volvieron a encontrar. Después del saludo Jaime le dijo:

- A que no sabes de que me enteré.
- Claro que no, ni que fuera adivino.
- Bueno, la casa aquella, la de la puerta que se abre, está embrujada. Me lo dijo mi tío que antes vivía por esa zona. Las casas de al lado y enfrente también están abandonadas, parece que nadie aguantaba vivir por allí.
- ¡Jaja! Me estás haciendo un cuento - comentó Eduardo.
- Te juro que no. Pregúntale a mi tío, y mis viejos también saben de eso, incluso me dijeron que no crucemos más por ahí.
- Está bien, te creo. Pero eso no es una prueba de que está embrujada. Puede ser que algún loco se mete de noche y trata de asustar a la gente que pasa, ¿no es lo más lógico?
- Hmmm… puede ser. Y qué hacemos entonces, ¿Cruzamos igual?
- Claro, vas a tener miedo.

Alcanzaron la cuadra de la casa, que como otras veces estaba pobremente iluminada y desierta, pero otras noches no le prestaron atención. Cruzaron mirando hacia la casa, la puerta se abrió otra vez.
Jaime quiso seguir pero Eduardo lo tomó del brazo.

- ¡No te asustes! No te das cuenta que es un tipo el que la abre - dijo Eduardo, y volteando hacia la puerta gritó lo siguiente: - ¡Porqué no sales de ahí, pedazo de idiota! ¡Que igual entro ahí y te doy unas patadas! ¡A quién te crees que vas a asustar!

Apenas terminó de decir eso, de la casa salió volando algo que aparentaba ser una anciana calva, de orejas grandes y puntiagudas. Iba volando con los brazos extendidos hacia ellos y gritando. Fue algo muy rápido; tomó a Eduardo con sus manos arrugadas, y con la misma velocidad que salió, lo arrastró hacia la adentro, y apenas traspasaron el umbral la puerta se cerró.
Jaime me alejó dando alaridos de terror. Regresó después con la policía. A Eduardo lo encontraron muerto, estaba blanco como un papel, y tenía una expresión de terror fija en el rostro.