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sábado, 30 de junio de 2012

La oveja

Cuando el ocaso desparramaba una gran sombra sobre la pradera, Víctor creyó ver a una oveja apartándose de las demás.  Guiaba un rebaño junto a su hermano, que se llamaba Enrique.

- ¡Se nos escapa una! - exclamó Víctor, apuntando con el brazo. Su hermano buscó con la vista sin encontrarla. El sol ya se había ocultado, y la luna apenas iba asomando en el horizonte.
- No la veo, ya está muy oscuro - dijo Enrique.
- Está oscureciendo pero no podemos perderla. La vi correr rumbo a allá. Tú lleva el rebaño hasta el corral que yo la busco -  dicho esto Víctor se apartó, y pronto lo tragaron las crecientes sombras.

Tanteando el camino con su largo bastón de pastor, avanzó forzando la vista entre la incierta luz que le permitía distinguir a duras penas el suelo que pisaba.
La luna terminó de despegarse del horizonte, y quedó entre unas nubes blancas que comenzaban a dominar el cielo. La extensa pradera, llena de ondulaciones, se plateó bajo los rayos lunares, y Víctor pudo orientarse; mas al comprender en donde se encontraba, giró lentamente la cabeza y, allí estaban,
las ruinas del viejo castillo.
Nadie se acercaba a aquel lugar porque se rumoraba que estaba embrujado. Víctor estaba por alejarse, cuando al echar una última mirada hacia las ruinas, vio que una oveja se internaba en ellas. 
Si la abandonaba, para su familia iba a ser una gran pérdida, pues eran muy pobres.  Se encomendó a cuantos santos recordó y caminó hacia el decadente castillo.

Aunque muchos de sus muros se habían derrumbado, la gran puerta de la entrada aún se mantenía en pie, y estaba entornada. Dentro estaba todo oscuro, y desde esa oscuridad salió un balido.
El pastor empujó la puerta con su bastón y escudriñó hacia adentro. Distinguió un bulto blanquecino que se desplazaba por la oscuridad. Respiró hondo, y dando unas zancadas entró a toda prisa, levantó a la oveja, y cargándola en sus brazos salió del castillo.
Una hora después la encerró en el corral de su familia. Al entrar en su casa, Víctor le comunicó a su familia:

- ¡La encontré y la traje! Se metió en el castillo embrujado, pero me armé de valor y la recaté - al escucharlo, sus padres y su hermano quedaron perplejos.
- Si trajiste una oveja no es nuestra - le dijo Enrique -. Al llegar las conté varias veces; no falta ninguna.

Fueron al corral, e iluminándolas con un farol volvieron a contarlas; no había ninguna oveja de más.

lunes, 25 de junio de 2012

La escuela del terror

Antes de utilizarse como escuela, el local había sido usado por un grupo religioso. 
Aparentemente, cuando donaron aquella casona, el estado la aceptó sin hacer muchas preguntas; porque nadie sabe bien a qué religión pertenecían, ni qué hacían allí.
La casa, ahora escuela, está apartada del pueblo, aunque desde el patio se pueden ver las casas, si se sigue con la vista la línea del camino; el resto del paisaje es campo, cerros, y algunos montes que verdean en las grutas, donde casi siempre sobrevuelan cuervos.
A esa escuela asistí yo.  Los pocos alumnos que íbamos allí, y probablemente las maestras también, sentíamos algo raro hacia la escuela, nos daba mala impresión. Recuerdo que en los recreos solíamos hablar de lo aterrador que sería pasar allí la noche, y de sólo pensarlo nos estremecíamos, y volteábamos hacia los ventanales, donde más de una vez alguien creyó ver algo.

Un frío día de invierno tuvimos una aterradora experiencia, que aún hoy me produce cierto terror al recordarla.
Llovía hacía varios días. Los campos, medio inundados, se teñían del gris de las nubes que parecían bajar hasta los cerros y ocultaban al sol completamente, manteniendo al día bajo una luz de ocaso.
La mayoría de los alumnos faltaron; ese día fuimos sólo cinco. Cerca del final de la clase se desató la lluvia: blanca, compacta, estruendosa, pero sin relámpagos ni truenos, sólo lluvia, y caía de forma vertical, pues en aquel día espantoso hasta el viento se había retirado de aquel paisaje.
La maestra escribía algo en el pizarrón, yo estaba distraído mirando los chorros de agua que caían desde el techó del porche. De pronto, escuchamos unos golpes que resonaron por toda la escuela, y seguidamente una voz ronca y grave que cantaba, y el sonido reverberaba en las paredes, o salía de ellas.  Instintivamente nos agrupamos en el centro del salón, creo que la maestra gritó, o fue un alumno; aquel momento fue terriblemente aterrador.  Aquel canto, que se asemejaba a los cantos gregorianos, fue aumentando en intensidad. No entendíamos lo que decía, parecía ser en latín, o alguna otra lengua muerta, pero mezclado entre aquellas palabras, creí escuchar algo que me produjo más terror.   
Atinadamente la maestra nos hizo salir para el porche, y bajo el estruendo de la lluvia dejamos de escuchar el canto.

Estuvimos en el porche hasta que el padre de uno de mis compañeros fue a buscarnos en su camión.
La maestra también se quedaba en el pueblo.
Después de ese día no hubo más incidentes, aunque los meses que me quedaban por asistir se hicieron largos. Difícilmente podía concentrarme, pues temía que en cualquier momento sonara nuevamente aquella voz, y que volviera a pronunciar mi nombre.     

viernes, 22 de junio de 2012

La mina embrujada

Agazapados en una zona elevada del desierto, Rolando y Bruno espiaron hacia la entrada de la mina.
La noche estaba clara. El cerro en el cual habían cavado la mina, estaba dividido entre una zona iluminada por la luna y otra que permanecía en las sombras. Abajo, en el pie del cerro, una combinación de rocas resplandecientes y sombras, parecían formar un enorme rostro humano, cuya boca abierta era la entrada de la mina. Los dos tuvieron esa impresión pero no lo comentaron.
Ya seguros de que nadie vigilaba el lugar, descendieron medio resbalando por una colina de tierra y rocas sueltas. Atravesaron una zona donde había pilas de maderos, y cruzaron en silencio frente a unas casillas destartaladas que ya comenzaban a inclinarse. Detuviéronse frente a la entrada, que estaba negra de oscuridad. Sacaron de sus bolsos un par de faroles y, después de encenderlos, ingresaron cautelosamente en las entrañas del cerro.

- ¿Será que todavía hay algo de oro? - preguntó Bruno.
- Estoy seguro de que sí - respondió Rolando -. Sé que estaban sacando mucho oro cuando la cerraron.

Solamente veían lo que iluminaban los faroles, y a medida que se internaban más, la oscuridad se iba cerrando tras ellos.  Las paredes del túnel, marcadas por los picos y las palas de los mineros, brillaban de humedad y escurrían hasta el suelo. Algunas gotas caían desde el techo hacia unos charcos oscuros, y aquel leve sonido era amplificado por el túnel hasta convertirlo en un rumor permanente.

- ¿Tú crees que el lugar está embrujado como dicen? - preguntó Bruno, y al hacerlo acercó el farol a la cara de Rolando.
- Estaba tratando de no pensar en eso. Gracias por recordármelo - dijo Rolando con tonó sarcástico - ¡Y aparta ese farol de mi cara, palmazo!

El túnel parecía no tener fin, y su miedo iba aumentando, pero la posibilidad de encontrar oro los hacía seguir. Llegaron a una zona donde el túnel se ensanchaba y se dividía en tres.
Vamos por el del medio - dijo Rolando, mas antes de ingresar en él escucharon un ruido, entonces se detuvieron a escuchar, al tiempo que se miraban sorprendidos.
El ruido avanzaba hacia ellos. El sonido era inconfundible, eran picos y palas golpeando las paredes del túnel, mas no se escuchaban pasos, aunque claramente avanzaba, y lo hacía rápido.
El miedo que los iba inquietando se volvió terror. Regresaron corriendo sobre sus pasos, y el ruido de los picos empezó a seguirlos, y pronto lo sintieron a pasos de ellos; pero al voltear dirigiendo el farol hacia atrás, no veían nada, pues la luz lo detenía.

Las paredes temblaban con los golpes, las vigas de madera crujían, y el lugar parecía que se iba a venir abajo en cualquier momento. Rolando y Bruno, en su desesperación, dejaban escapar gritos de terror mientras huían. Al ver el final del túnel se desesperaron más. Creyeron no alcanzarlo gritaron como nunca lo hicieron. A metros de la entrada Rolando tropezó y cayó, rompiendo el farol, que enseguida se apagó pues cayó en un charco. Bruno lo notó, se detuvo y regresó hacia su compañero. Alcanzó a ver que algo lo arrastraba, lo alejaba de la luz rápidamente, y enseguida escuchó el ruido espantoso que producía una multitud de picos y palas mientras despedazaban a su compañero, que lanzaba gritos ahogados en su propia sangre.
Bruno pudo salir del túnel, y enloquecido por el terror, siguió corriendo hacia el desierto, donde desapareció para siempre.
 

jueves, 21 de junio de 2012

Observado

Sebastián dormía en la oscuridad de su habitación. Despertó a medias al sentir que algo saltó sobre la cama. Ni abrió los ojos; su gato siempre dormía con él. Lo sintió desplazarse cautelosamente sobre la frazada, mientras se acercaba a su cara.   Sebastián no le prestó atención; se dio vuelta hacia el otro lado y quedó dándole la espalda, y continuó durmiendo.  
Por la mañana, cuando la luz del día proyectaba sutiles haces de luz por la ventana, Sebastián despertó y se sentó en la cama, se restregó los ojos y bostezó largamente. Giró la cabeza hacia donde creía que estaba su gato, no lo vio, y en ese instante se acordó que su gato había muerto unos días atrás.  Y al mirar unas marcas que halló en la frazada, se dio cuenta que no era un gato lo que había pasado la noche a su lado, y vio que en la almohada habían escrito: “Te estoy observando”. 
 

domingo, 17 de junio de 2012

Objetos embrujados

En aquel lugar había hileras e hileras de depósitos.  Por las noche, Manuel recorría a pie los largos corredores que formaban los depósitos, donde la gente guardaba todo tipo de cosas.
Como todo vigilante llevaba una linterna, cada tanto la encendía e iluminaba los extremos de los corredores oscuros.  De noche era un lugar atemorizante. Casi todo el tiempo había allí un silencio de sepulcro, pero a veces se escuchaba algún ruido; algo que caía dentro de los contenedores, algún mueble descolado por el tiempo y cosas así. Mas entre los ruidos que se escuchaban durante la noche, algunos eran de naturaleza realmente extraña. En una ocasión, Manuel y otro vigilante escucharon la melodía de una guitarra, y una noche, cuando Manuel estaba solo, escuchó que alguien tosía dentro de un contenedor, y al abrirlo a la fuerza, descubrió que en él sólo había una cama vieja.

Después de esa noche, trataba de no prestar atención a los sonidos que salieran de adentro de los depósitos; pero al cruzar frente a uno, escuchó algo que lo hizo salir corriendo en busca de una herramienta para forzar el candado;  había escuchado lo que parecía ser la voz de varios niños.
Regresó junto a otro vigilante, traían una enorme tenaza, de las que usaban para abrir depósitos abandonados. Aún se escuchaba la voz de los niños, que murmuraban algo que no lograba entenderse.
Rompieron el candado y abrieron la puerta, iluminaron hacia adentro con sus linternas, y lo único que vieron fue a unos muñecos horrendos; en todo el depósito había muñecos: grandes, pequeños, medianos, deformes algunos, otros iguales a un niño, y todos tenían los ojos abiertos, y sus miradas eran escalofriantes.

   

viernes, 15 de junio de 2012

No son los cuentos...

La familia de Rodrigo estaba pasando un fin de semana en la casa de un matrimonio amigo.
Durante la cena, debido a una tormenta que se desatara al caer el día, se cortó la electricidad, y  tuvieron que terminar de comer iluminados por velas.
Las intranquilas llamas de las velas animaban a las sombras que se agigantaban en los muros, y las sombras temblaban y se mecían como seres autónomos.
Durante la sobremesa, el dueño de la casa comenzó a hablar de un libro de cuentos de terror que estaba leyendo en esos días.

- Todos los personajes son siniestros - comentaba el anfitrión mientras acercaba una copa de coñac a los labios -. Y las historias transcurren en escenarios lúgubres, y uno se ve transportado, y no exagero cuando les digo que leyendo esos cuentos, más de una vez creí ver que algo se movía en la periferia de mi vista, claro que al voltear no veía nada, estaba sugestionado. Así de bueno son los cuentos.
- Si es así tal vez lo compre - dijo el padre de Rodrigo.
- Yo no lo voy a leer; soy muy miedosa - intervino la madre de Rodrigo, y tras decir eso miró a su hijo, que estaba acoquinado en el extremo de un sofá, observando las sombras que se agitaban alrededor de ellos. Y al notar que su hijo estaba asustado, quiso iniciar un nuevo tema, pero los dueños de la casa y su esposo volvían a los libros de terror.

La tormenta seguía rugiendo, los relámpagos traspasaban las cortinas, y el estruendo de algunos rayos cortaba de golpe la conversación, y todos se estremecían involuntariamente, y se estremecían también las llamas de las velas, y todo en la habitación parecía dar vueltas.
Entre aquel vaivén de sombras, Rodrigo notó que una era diferente, entonces no pudo evitar lanzar un grito al tiempo que señalaba hacia una pared. Los presentes lo miraron alarmados y voltearon hacia donde señalaba, y casi a la misma vez vieron lo que parecía ser la sombra de un bebé, que desplazándose rápidamente, corría por todo el largo de una pared. 
La madre de Rodrigo se tapó la boca con las manos y emitió un grito similar a un chillido. Su padre y el dueño de la casa se levantaron de golpe, la mujer quedó como paralizada y dejó caer sobre la alfombra la copa que sostenía en una mano.  La sombra desapareció en un rincón oscuro, pero tras un instante de suspenso y terror, asomó la cabeza como si los espiara, desatando nuevamente los gestos y los gritos de terror de los que allí estaban.
Después de unos angustiantes minutos volvió la electricidad.  A pesar de la tormenta, Rodrigo y sus padres salieron de la casa, subieron a su auto y se marcharon.



martes, 12 de junio de 2012

Escapar de la muerte

Roger despertó entre los restos de su aeroplano. Volaba sobre el desierto cuando su aeroplano cayó a tierra. Los restos de la nave se dispersaban por muchos metros sobre la arena caliente. Roger estaba dentro de lo que quedaba de la cabina.
Después de un momento de confusión sus ideas se fueron aclarando. Con gran sorpresa comprobó que apenas tenía algunos magullones; había escapado de la muerte.  Salió de la cabina y contempló lo que quedaba de su aeroplano, después dirigió la mirada hacia el desierto que lo rodeaba, y solamente vio desolación bajo un sol quemante. A lo lejos, hacia el oeste, se alzaba una cadena montañosa, y en ella se distinguían unas zonas verde oscuras, que eran bosques.
Buscando entre los restos encontró el bolso que contenía unas botellas con agua, pero la mayoría se habían roto, y sólo dos conservaban el líquido vital.
Utilizando un trozo de una de las alas y una lona, se hizo de una buena sombra, y sentado allí evaluó su situación, mientras sorbía algunos tragos de agua. 

El sol se fue deslizando por un cielo celeste donde no se veía ni una nube. Al final del día, cuando las sombras de los cactus eran larguísimas, el astro rey se unió a un horizonte rojizo, producto del polvo que el viento levantaba del desierto.
Con el frescor del anochecer, Roger juntó todas las cosas que consideró podían serle útiles.
Una luna llena muy pálida y grande, emergió detrás de la cadena montañosa, y hacia ahí partió Roger, cargando sus cosas en la espalda, en una improvisada mochila; mas antes dejó unas marcas que indicaban hacia dónde había partido.
Bajo la luz lunar, que desteñía todo el paisaje, cruzó por una zona rocosa, llena de cactus, después comenzó a adentrarse en un salar.

El suelo infértil del salar, todo resquebrajado y plano, resplandecía con los rayos lunares, y no había en él ni el menor rastro de vida; y era el dominio de la muerte.
Al levantar la vista hacia las montañas que eran su destino, vio que más adelante, en medio de la soledad del salar, se erguía un árbol. Al acercarse vio que el árbol no tenía hojas; era un árbol muerto, y muerto también estaba el hombre que recostaba su espalda en él.   Recostado al tronco había un esqueleto, el esqueleto lo miró y levantó un brazo señalando algo. Roger, invadido de pronto por un terror enloquecedor,  miró hacia donde señalaba el esqueleto, y vio que la muerte, vestida con harapos negros, se deslizaba hacia él con sus brazos extendidos como para apresarlo. Y apenas lo tocó una de sus manos huesudas, Roger cayó muerto sobre el suelo del salar.

  

lunes, 11 de junio de 2012

La muñeca embrujada

Durante la noche, en una zona residencial, Gastón se desplazó furtivamente entre sombra y sombra. Cruzaba rápidamente por las partes iluminadas, y al alcanzar la sombra de alguno de los tantos árboles que había en aquella avenida, se detenía y vigilaba su entorno con la mirada. Gastón era muy precavido porque no quería volver a la cárcel.
Llegó a la propiedad que era su objetivo. El muro era bajo; lo saltó sin dificultad. Caminó cautelosamente por un jardín marchito. Al divisar la casa se escudó tras un arbusto y espió por un momento; no había señales de que alguien estuviera en la casa, tal como esperaba, pero nunca se es demasiado precavido.
Se coló por una ventana. Adentro era todo oscuridad. Encendió su linterna y la apuntó hacia todos lados; estaba en un cuarto donde había una cama y un armario polvoriento. Al revisar los cajones del armario sólo encontró papeles y algunos objetos sin valor. Abandonó la habitación y caminó por un corredor hasta llegar frente a otra puerta.

Apenas ingresó a esa otra habitación, hizo que el haz de luz la recorriera, mostrando lo que había allí.
También era un cuarto y, al enfocar la cama vio que alguien estaba acostado en ella, alguien pequeño. 
Inmediatamente apagó la linterna y quedó inmóvil, escuchando, intentando controlar su respiración para no hacer ni el más mínimo ruido, y así no despertar a aquella persona. ¡Persona! Y en su mente visualizó lo que vio momentos antes. Aunque no estaba del todo seguro, volvió a encender la linterna y, efectivamente, lo que había visto no era una persona, era una muñeca.

Tenía el tamaño de una niña pequeña, a juzgar por su cabeza y el bulto que generaba bajo la frazada, pues estaba cubierta hasta la cabeza. Tenía los ojos claros y sonreía mostrando dos hileras de dientes puntiagudos y pequeños.
Gastón se acercó a la cama y se inclinó para verla mejor.

- ¡Maldita muñeca aterradora! - dijo Gastón -, creí que eras alguien,¡vaya susto que me diste!
- !Me voy a comer tu cara! - hablo la muñeca de pronto y volteó hacia él. La voz de la muñeca sonaba con mil reverberaciones; era una mezcla de voces masculinas y femeninas de distintos tonos.

Gastón saltó hacia atrás, y al retroceder hacia la puerta vio como la muñeca se destapaba al sentarse con un brusco movimiento, para enseguida gatear con rapidez sobre la cama.
Cuando salió al corredor, la muñeca endiablada corría tras él. Entró al cuarto que tenía la ventana abierta y cerró la puerta de un golpe, lo que le dio tiempo para alcanzar la ventana y saltar hacia afuera.  Al atravesar a toda prisa el jardín marchito, echó una mirada sobre su hombro, y vio que la muñeca estaba parada en el portal, y que detrás de ella, desde la oscuridad, iban surgiendo otros muñecos.       

viernes, 8 de junio de 2012

Pasos entre la niebla

Junto con la noche llegó una niebla espesa que se posó sobre el pueblo.
Después de abandonar una fiesta, Pablo atravesó el pueblo a pie, envuelto entre los fantasmas de la niebla. Los pocos peatones que se apresuraban para llegar a sus destinos, y así escapar de la noche fría, aparecían de pronto entre la niebla, para desaparecer enseguida, aunque sus pasos se escuchan un buen trecho. Las luces de los autos, que avanzaban lentamente, se reducían a dos puntos amarillos, vistos desde la distancia, y apenas cruzaban por Pablo, pasaban a ser dos puntos rojos que pronto se borroneaban y desaparecían también.
Al tomar la ruta y alejarse de la claridad del pueblo, la niebla se cerró más sobre él, pero como había luna llena alcanzaba a ver sus pies y el borde de la ruta.
Al alcanzar la zona más despoblada, donde no llegaba ni el más mínimo rumor del pueblo, escuchó que caminaban detrás de él. Sin detenerse, giró un poco los hombros y miró hacia atrás, y vio que una cabra negra lo seguía de cerca.

Al detenerse la cabra también se detuvo, para luego retroceder y perderse en la niebla. Mas cuando avanzó, la cabra hizo lo mismo, y volvió a verla sobre su hombro, y notó que la cabra tenía algo raro en su cara, en su mirada. Entonces Pablo siguió caminando sin voltear y comenzó a rezar.
Se le erizó la piel al escuchar que el ruido que producía aquello que lo iba siguiendo,  ahora sonaba como algo que caminaba en dos patas; y de sólo imaginar la apariencia monstruosa que había adquirido aquella cosa, casi se desmaya de terror. Pero siguió, aunque con las piernas temblorosas, y no paró de rezar.
De un momento a otro ya no lo seguían, y pudo regresar a su hogar.
Según dicen, esa cabra es el mismo Diablo, que se le aparece a algunas personas para que después éstas relaten su aterrador encuentro, y así la gente siga creyendo en su existencia.

lunes, 4 de junio de 2012

El canto del Diablo

Nuevamente el motor del auto comenzó a tener problemas. Esta vez Wilmar conducía de noche por una carretera apartada de todo.
El vehículo empezó a andar a tirones hasta que se detuvo completamente. Wilmar recostó la cabeza en el volante. - ¡No, me hagas esto ahora, en medio de la maldita nada!
Después levantó la cabeza, respiró hondo y buscó la linterna. Al salir cerró la puerta con rabia.
Antes de abrir el capó iluminó los alrededores. Estaba rodeado de bosque. Los árboles se agitaban con furia, crujían y rechinaban mientras soportaban  un viento frío que pasaba gimiendo como un ente rabioso. Miró hacia arriba y vio que unas nubes blancas cruzaban velozmente sobre una luna delgada.
Al examinar el motor enseguida identificó el problema, cuando creyó haberlo reparado lo probó; funcionaba.
Fue a cerrar el capó y, apenas lo bajó escuchó algo.  Se le erizó la piel y empezó a girar apuntando la linterna hacia donde volteaba; no identificaba de dónde venía el sonido, que parecía ser el canto de unos niños.

Al iluminar una porción de bosque los vio.  Eran tres niños pequeños vestidos de blanco. Caminaban rumbo a él tomados de las manos. Sus caras eran normales, pero sus sonrisas eran por demás diabólicas, y sus miradas delataban una gran malicia; no eran niños.
Wilmar subió al auto y arrancó. Vigiló el retrovisor por un buen rato pero no volvió a verlos; mas en su mente se seguía repitiendo la canción. Trató de pensar en otra cosa, de sacársela de su cabeza, cada vez la escuchaba más fuerte. No entendía lo que decía, eran palabras en un lenguaje que no conocía, pero estaban allí, taladrando su mente, volviéndolo loco.
Súbitamente se le ocurrió una idea. Frenó el auto y buscó en la guantera.
¡El revolver! ¡Con el ruido que hace tiene que parar ese canto infernal! - deliró Wilmar. Se recostó el caño a la cabeza y se disparó.    

domingo, 3 de junio de 2012

Terror en el corazón

Adrián se quitó la camisa y se acostó en la camilla. Su madre había quedado afuera de la habitación por pedido del doctor. 
Mientras el doctor ajustaba el aparato de hacer electrocardiogramas, una enfermera adhería al cuerpo de Adrián unos electrodos conectados a cables. Cuando estuvo todo listo el médico se acercó y le dijo:

- Ahora quiero que quedes tranquilo y que no te muevas. ¿Ves esas rayitas que se están dibujando en la cinta de papel?, esas rayas representan tus latidos. Nosotros vamos a salir y te vamos a dejar un rato solo, ¿está bien?
- Sí - contestó Adrián. El médico volvió a mirar el aparato y salió junto a la enfermera.

Adrián estaba naturalmente asustado, pero de a poco comenzó a calmarse. Mas su calma no duraría mucho. De pronto se apagó la luz y quedó inmerso en una oscuridad cerrada. Inmediatamente escuchó pasos en el interior de la habitación, salían de un rincón que un instante atrás estaba vacío.
Lo que avanzaba en la oscuridad se detuvo al lado de la camilla, y Adrián sintió que aquel ser se inclinó hacia él.  Por alguna razón no podía gritar aunque sentía mucho terror.
Su corazón chocaba contra su pecho cada vez con más fuerza. De pronto la luz se encendió y, vio que a su lado había una enfermera fantasmal que no tenía cara, y que inclinada hacia él movía la cabeza como quien  busca algo que no encuentra, o como quien trata de rastrear un olor.
Su corazón dio un último salto y se detuvo. En el aparato comenzó a sonar un alarma. El doctor entró de golpe y detrás de él la madre de Adrián; pero ya era demasiado tarde. 
Ya lo habían llevado a la morgue cuando el doctor seguía examinando el resultado del electrocardiograma. El aparato había registrado el poder del terror, que puede matar fácilmente.    

sábado, 2 de junio de 2012

Alimentando a los inquilinos

Hace unos años trabajé como albañil en una cuidad turística. El sueldo era bueno, pero los alquileres eran carísimos. Buscando un lugar económico, terminé alquilando un cuarto en una pensión vieja.
Todo era viejo en aquel lugar, incluyendo a los inquilinos. Había dos matrimonios de ancianos y una señora que vivía sola, que también era vieja. El dueño del lugar era tan viejo que su apariencia asustaba un poco, pues su piel era como una máscara que no se ajustaba a la carne, además que sus orejas eran enormes y puntiagudas. 
Los pasillos de la pensión eran angostos y siempre estaban en penumbra, y en sus paredes había hileras de retratos, de esos que parecen mirarte de reojo.  La única lámpara de mi cuarto apenas iluminaba el lugar, y como colgaba del techo, a veces se mecía con la corriente de aire que entraba por la destartalada ventana; y aquel balanceo de la luz parecía dotar de movimiento a las manchas de humedad que prosperaban en las paredes. 

Las primeras noches que pasé allí, apenas caía en la cama y me dormía porque estaba muy cansado.
Cuando me acostumbré a las jornadas mi sueño se fue haciendo más liviano, aunque a la vez empecé a sentirme más débil. Una noche, estando despierto en la oscuridad de mi cuarto, escuché que alguien abría la puerta sigilosamente. Me levanté y di unas zancadas hasta la llave de luz. Cuando el cuarto se iluminó el intruso ya iba escapando hacia el pasillo. Era el dueño de la pensión, y en una mano tenía una jeringa enorme. El pasillo era una boca de lobo por lo oscuro que estaba, y aquel viejo endemoniado corrió por él como si fuera un atleta, a juzgar por la velocidad con que se alejó el ruido de sus pasos.
Enseguida tranqué la puerta con una silla, tomé mis cosas y salí por la ventana, atravesé un patio interior y, con dificultad, porque me sentía bastante débil, trepé un muro y salté hacia la calle.

Me alejé varias cuadras y esperé el amanecer sentado en un banco público.
Pensando en el asunto, aunque la sola idea me llenaba de terror, consideré que probablemente el viejo había entrado a mi cuarto otras noches, y como tenía una jeringa con aguja, con temor me revisé los brazos, y mis temores se confirmaron; tenía marcas de pinchazos. 
Creí conveniente consultar a un doctor. Tras varios exámenes resultó que estaba bien, solamente tenía un poco de anemia, y mientras el doctor me daba los resultados me preguntó si por alguna razón había perdido sangre en esos días.
Al saber que me habían sacado sangre, recordé algunas cosas que me habían parecido extrañas. El dueño del lugar y los inquilinos nunca salían de la penumbra de la pensión, y las  pocas veces que pasé por ellos, tuve la impresión de verlos relamerse mientras me seguían con la mirada.