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viernes, 27 de julio de 2012

Dentro de una morgue

Aníbal ató una etiqueta en el pié de una mujer que estaba en una fila de cadáveres.
Era médico forense. Estaba ordenando unos instrumentos quirúrgicos, cuando en ese momento se abrió la puerta, y un hombre entró empujando una camilla; y sobre ésta iba un cadáver cubierto por una sábana.

- ¡Buenas noches! - saludó Aníbal.
- Buenas noches doctor - lo saludó a su vez el hombre, y continuó -. ¿Cuándo es su cumpleaños doctor?
- El dos de diciembre, falta bastante… - le contestó Aníbal.
- ¡Que lástima! Si fuera hoy ya teníamos el payaso ¡Jajaja! - y dicho esto destapó la parte superior del cadáver que llevaba en la camilla, y era un payaso.

Como Aníbal lo miró muy serio, el bromista creyó que se había sobrepasado y dejó de reír. Entre los dos lo subieron a la mesa de autopsia, y enseguida el camillero se marchó.
La broma no le había parecido pesada, lo que pasaba era que Aníbal le tenía terror a los payasos. Tenía aquella fobia desde que recordaba, y ya adulto no se había podido librar de ella.
El payaso tenía la cara completamente maquillada. Su boca estaba medio abierta y se le veían unos dientes amarillentos.
Aníbal leyó el reporte que venía junto con el payaso. Había muerto electrocutado en un accidente en el circo. Eso explicaba la expresión rara que tenía en la cara, aunque no la hacía menos terrorífica.
Aníbal respiró hondo varias veces y levantó la cabeza.
Soy un médico - pensó Aníbal -. Estoy acostumbrado a ver cadáveres, no puedo temerle a un hombre con maquillaje, es absurdo.

Cuando volvió a mirar al payaso, éste tenía los ojos abiertos, y repentinamente los giró hacia él, después le hizo una guiñada cerrando un ojo y sonriendo.
Aníbal, espantado, empezó a retroceder hacia la puerta; el payaso levantó la cabeza y lo siguió con la mirada hasta que salió de la morgue.
Por el pasillo se cruzó con una enfermera y dijo que se iba porque se sentía mal, y a paso ligero se fue del hospital.
Durante varios días, no supo si su terror hacia los payasos lo había echo alucinar o si era algo más, porque lo recordaba de forma muy clara.   Después se enteró que en la investigación del accidente del payaso, descubrieron que éste era un asesino serial, y que practicaba magia negra.


jueves, 19 de julio de 2012

Apartamento 212

El conserje caminaba por un corredor del edificio. Al pasar frente a la puerta de un apartamento que suponía vacío, escuchó ruidos que venían de su interior.
Era temprano pero ya estaba de noche. En aquel edificio había muchos inquilinos, pero esa noche los corredores estaban vacíos y silenciosos, y la inmensidad del lugar aumentaba la sensación de soledad.
Se acercó a la puerta y prestó atención. Sonaba como si estuvieran arañando las paredes. Se apartó un poco y miró el número; era el 212.   Metió la mano en el bolsillo, sacó su celular y, mientras marcaba el número del gerente del edificio, se alejó por el corredor  para que no lo escucharan hablar.

- ¡Hola!
- Hola, habla Martínez, el conserje…
- Que tal Martínez, ¿Cómo va todo por ahí?
- Bien. Recién terminé de reparar una canilla, era poca cosa.  Lo llamaba para preguntarle si hay nuevos inquilinos en el 212, porque al pasar escuche ruidos, como si hubiera alguien, y como tenía entendido que estaba vacío…
- El 212 sigue vacío. Si está seguro de que se metió alguien llame a la policía, pero sólo si está bien seguro, que puede ser algo que se cayó o algún ruido que vino de afuera.
- Claro, primero voy a echar un vistazo, después lo llamo.
- Bien, estaré esperando.
- Bueno, cuelgo.

Martínez guardo el celular en el bolsillo, sacó la llave maestra que llevaba en el cinturón y, por las dudas, eligió el destornillador más grande que tenía en su caja de herramientas.
Empuñando el destornillador en una mano, abrió la puerta con la otra. Echó un vistazo hacia adentro, estaba todo oscuro.  Sin dejar de mirar hacia la oscuridad, buscó el interruptor de la luz tanteando con la mano. Al iluminarse la habitación vio que las paredes estaban todas arañadas. Avanzó unos pasos hacia adentro. En el piso encontró dibujos extraños: había pentagramas, símbolos, frases escritas en latín, y también había velas casi consumidas que se desparramaban en el suelo. Todo indicaba que allí realizaban algún tipo de ritual.
Martínez miró hacia el techo y vio que también estaba arañado, como su hubieran trepado por él.
Horrorizado por todo aquello, dio media vuelta y quiso salir de allí. Dio un paso hacia la puerta y se apagó la luz, y en ese instante se escuchó un arañazo en la pared, y unos pasos, e inmediatamente una voz aterradora pronunció unas palabras, dijo: “El fin de los tiempos”.

Martínez hizo un esfuerzo para no caer desmayado de terror. Salió del apartamento dando tumbos, después de alejarse unos metros recién pudo correr.
Seguía huyendo por el corredor, cuando de pronto las puertas de todos los apartamentos se abrieron casi a la misma vez, y de ellos salieron los inquilinos, y todos estaban muertos, y ahora eran zombies, y al verlo se abalanzaron hacia él. Esa noche, en ese apartamento, comenzó el fin del mundo.   

miércoles, 18 de julio de 2012

Sólo un cuento

Sentado cerca de la orilla del agua, Antonio observó la laguna que supuestamente estaba embrujada.
La historia que le habían contado sobre el lugar era horripilante, pero estando allí, después de haber evitado el lugar durante tantos años, concluyó que debía ser sólo un cuento de terror, algo inventado.
La pesca era tan buena allí, que tal vez un pescador egoísta había inventado aquella historia de terror para mantener a los otros pescadores lejos de la laguna.
A los lados, a metros de él y en la orilla opuesta, había monte. Los árboles encajonaban a la laguna, que era pequeña pero sumamente profunda. Un arroyo que corría bajo la sombra del monte, se ensanchaba formando la laguna, y más adelante se adelgazaba, y silencioso volvía a correr bajo la sombra del monte.

Al final del día Antonio encendió una fogata. El monte quedó silencioso, la laguna inmóvil, y el aire que se iba enfriando comenzó a enrarecerse.
Llegó la noche. Ni una estrella titilaba en el cielo, pues unos nubarrones grises cubrieron el firmamento, y el monte pareció convertirse en un muro negro y alto que rodeaba casi completamente a la laguna.
Antonio empezó a inquietarse; pero ya era muy tarde cómo para irse. Atravesar el monte de noche es peligroso, está el riesgo de perderse, o de dejar un ojo enganchado en alguna espina, además de las víboras y otros animales.
En aquella oscuridad pronto se olvidó de pescar. Con la linterna en la mano, iluminaba rápidamente hacia donde creía escuchar un ruido.
Repentinamente, desde la laguna llegó un sonido que, en una situación así aterraría a cualquiera; se escuchaba el llanto de varios bebés. Al apuntar la linterna hacia el agua, vio las diminutas cabezas de los bebés sobresaliendo en la superficie. Lloraban cada vez más fuerte y se iban acercando, y ya casi en la orilla estiraron sus bracitos hacia él.

Aunque casi enloquecido de terror, Antonio se dio cuenta que no era a él a quién se dirigían, sino a algo que estaba detrás de él; y al voltear, la aparición de la cruel madre de los bebés, la que al tenerlos los arrojaba en la laguna como ofrenda al Diablo, lo empujó y lo hizo caer al agua.
Alcanzó a tragar algo de agua pero pudo salir. Tosiendo, aterrado, al borde de la locura, se internó en el monte, y a pesar de las ramas y las espinas que se cruzaban a su paso, se alejó de la laguna, y luego de una odisea que le llevó casi toda la noche, regresó a su hogar.
Y desde esa vez, Antonio contó su historia a todo el que pudo, aunque algunos no le crecerán, pues desconfiaban que tal vez era sólo un cuento para que no fueran a pescar allí.    

martes, 17 de julio de 2012

En una sesión espiritista

La sesión espiritista se había alargado, intencionalmente. Al pasar los minutos, la incredulidad fue dando paso a la curiosidad, y ésta al miedo.
Cinco personas y la médium, que se hacía llamar “Madame Guísele”, estaban sentados en torno a una mesa redonda, tomándose las manos. Una bujía de gas (que era lo que se usaba en aquella época), iluminaba apenas la sala en que se hallaban.
La médium, concentrada, bamboleaba la cabeza con movimientos circulares. Los presentes la seguían con la mirada, se miraban entre ellos, y escudriñaban la habitación forzando la vista, que a pesar de sus esfuerzos no alcanzaba a distinguir todo lo que había allí por la pobre iluminación.

¡Si hay algún espíritu aquí que se manifieste! - dijo de pronto Madame Guísele, con una voz que parecía no ser de ella.

Uno de los dos hombres que participaban de la sesión, vio que una figura salía desde un rincón oscuro. Era un figura femenina, blanca y delgada. Se desplazaba con un aire solemne, sin hacer ruido.
Cuando una de las mujeres la vio se le escapó un grito, los otros voltearon hacia donde ella miraba y se aterraron también. La delgada figura blanca, giró sobre si misma con un movimiento fluido, siguió caminando solemnemente y desapareció en el mismo rincón oscuro del que saliera.
Los presentes se levantaron; la médium apoyó sus antebrazos en la mesa y dejó que su cabeza cayera sobre ellos, casi como si se hubiera desmayado. 
Sin perder demasiado la compostura, pero evidenciando que no querían pasar un segundo más en aquel lugar, los presentes tomaron sus abrigos y sombreros para marcharse rápidamente, echando una última mirada hacia la habitación al pasar por la puerta que daba a la calle.
Un instante después, Madame Guísele levantó la cabeza y sonrió satisfecha.

¡Si que le dimos un buen susto! ¡Jajaja! Verdad Raquel - dijo Guísele en voz alta. Raquel era su cómplice; se maquillaba, se vestía de blanco y caminaba por la habitación aparentando ser una aparición.

Hice que la sesión durara más para “ablandarlos”. Discúlpame por haberte hecho esperar tanto Raquel. ¡Raquel! - la llamó Guísele, pero Raquel no contestaba.
En el rincón oscuro había una puerta secreta. Como su cómplice no respondía, fue a ver qué le pasaba. Atravesó la puerta y la encontró tirada. Intentó hacerla reaccionar pero no pudo; Raquel había muerto apenas había comenzado la sesión. 

    

martes, 10 de julio de 2012

Brujerías

Mientras caminaban por el bosque, el guía volteó varias veces y buscó con la mirada.
Rolando estaba cacería, con él iba un guía llamado Pascual. Atravesaban un bosque muy denso. Llevaban sus rifles al hombro pues aún no encontraban huellas. Cruzaron por algunos claros inundados de luz, y se adentraron entre tupidos arbustos que crecían bajo la sombra de los árboles.
Rolando notó que el guía estaba algo nervioso.

- ¿Pasa algo? - le preguntó Rolando - No estamos perdidos, ¿O sí?
- No, claro que no, vamos bien. Pero para serle sincero, aunque no quiero que se asuste, hace rato que siento que nos siguen, y que nos espían.

Rolando echó una mirada al bosque que los rodeaba. Entre una maraña de hojas y ramas, distinguió una cara arrugada que tenía ojos amarillentos, y los estaba observando; mas al instante la cara se ocultó entre la fronda y dejó de verla.   Retrocedió ante la fuerte impresión que le causó aquella cara arrugada, y casi chocó a Pascual, que estaba a su lado.

- ¿Qué, vio algo? - le preguntó Pascual.
- Vi… vi a una vieja de ojos amarillentos, pero ya no está, se escondió.

El guía tomó su rifle con las dos manos y escudriñó hacia el lugar que indicara Rolando. Los dos buscaron con la vista por un momento. Súbitamente resonó en el bosque una carcajada, y quién la lanzaba parecía moverse rápidamente entre las copas de los árboles.
Los dos giraron y vieron a la vez, aunque muy fugazmente, a una anciana vestida de negro, que sentada sobre una especie de silla, cruzó volando entre los árboles.
El guía alcanzó a dispararle, y la carcajada resonó más fuerte y más horrenda, pero se fue alejando y calló de pronto.  Los dos se miraron a los ojos, asustados ambos.

- ¿Eso… eso, era una bruja? - tartamudeó Rolando.
- Qué otra cosa podía ser. Había escuchado historias, pero como nunca había visto nada… 

Después de unos minutos girando hacia todos lados sin ver más a la bruja, emprendieron el regreso hacia la cabaña que Rolando estaba alquilando.
Ya dentro de la cabaña, Rolando miró por la ventana; aún lo preocupaba que apareciera la bruja, el bosque estaba muy cerca. Sin dejar de mirar hacia afuera, le comentó a Pascual:

- Nunca pensé que realmente pudieran existir las brujas.
- Pues ya vio que existen, y no sólo hay brujas, también hay brujos ¡Jajaja! - afirmó Pascual, con una voz extraña, medio ronca y chillona a la vez.
Al escuchar aquella voz y aquella afirmación, Rolando se volvió hacia Pascual, y vio que éste ahora era un anciano jorobado y calvo de ojos amarillentos.

miércoles, 4 de julio de 2012

La sonrisa

El libro de cuentos de terror estaba caído sobre sus piernas. Néstor se había dormido en su sillón favorito. Estaba frente a la chimenea, donde algunas brazas todavía palpitaban entre el gris de las cenizas. Un gran reloj de péndulo marcaba la media noche. Fuera llovía mansamente, pero como no había parado en todo el día, el agua corría por las calles desiertas. Esporádicamente algún vehículo cruzaba salpicando las aceras, mas apenas se alejaba, el rumor de la lluvia volvía a ser el único sonido que perturbaba el silencio. Dentro de la casa aquel rumor apenas llegaba, y era el reloj de péndulo con su oscilar lo que combatía el silencio.
Néstor se movió inquieto; estaba teniendo una pesadilla muy fea. Despertó y, todavía alterado por lo espantoso de la pesadilla, giró la cabeza inspeccionando la habitación con la mirada. Sin levantarse del sillón, bajó la vista y, ¡vaya susto que se llevó! Vio la repugnante sonrisa del demonio que lo persiguiera en el sueño. Estaba en sus piernas, dibujado en una página del libro, y antes de dormirse el mismo dibujo no sonreía.