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lunes, 27 de agosto de 2012

Pasos en el corredor

Hacía varios días que Daniel estaba internado en aquel hospital. Su condición no era mala pero aún debía permanecer allí.  Casi todo el tiempo estaba solo. Acostado en aquella pequeña habitación, las horas pasaban lentas. Cuando una enfermera entraba a inyectarlo o a ver si estaba bien, Daniel entablaba alguna corta conversación, luego volvía a estar solo, y las horas volvían a dilatarse. La ventana daba a un muro blanco, tan lúgubre como la habitación, y la sombra del techo de deslizaba en ese muro a medida que el sol ascendía, y con la cabeza ladeada Daniel contemplaba esa sombra, aburrido a más no poder. Dormía mucho durante el día, y por las noches perdía el sueño. 
Una madrugada, escuchó a unos pasos que avanzaban por el pasillo. Algo en aquellos pasos llamó su atención. Se irguió un poco al apoyarse sobre sus codos y escuchó. Los pasos cruzaron lentamente frente a la puerta y siguieron, poco después dejó de oírlos.    Por la fuerza de la costumbre más que nada, estiró el brazo hacia la mesita que tenía al lado de la cama y miró la hora; eran las dos y media.

La madrugada siguiente, creyó reconocer el sonido de los pasos de la noche anterior. Con el mismo ritmo y la aparente falta de prisa, los pasos cruzaron frente a su habitación. Al consultar el reloj, éste marcaba la misma hora de la noche pasada, las dos y media.  A la noche siguiente ocurrió lo mismo.
Había entrado en confianza con una de las enfermeras, y conversando le comentó lo de los pasos.

- Mejor no prestes atención a esos sonidos - le dijo la enfermera mientras preparaba una inyección.
- ¿Por qué?
- Este hospital es muy viejo, y, no quiero asustarte, pero… han pasado tantas cosas aquí que, cómo decirlo, puede no ser algo bueno lo que cruza a esa hora.
- ¿Y qué te han dicho sobre esos pasos? - insistió en averiguar Daniel.
- Nada, son cosas que se dicen. Lo que tienes que hacer es tratar de dormir.
- Gracias por preocuparte.
- Me preocupo como me preocupo por todos.
- ¡Ah! Me rompiste el corazón.
- ¡Jajaja! Ahora basta de charla que tengo que hacer mi trabajo.

Al llegar la madrugada, nuevamente Daniel estaba atento para escuchar los pasos. Los oyó avanzar por el pasillo, pero esta vez se detuvieron frente a la puerta de la habitación. La puerta se fue abriendo lentamente, y un demonio asomó la cabeza de pronto, y mirando a Daniel abrió la boca y de ella salió una lengua bifurcada como la de las víboras, e igual que un reptil la movió rápidamente hacia todos lados, y era un ser tan horrendo que Daniel enloqueció de terror.
Al llegar la mañana se estaba babeando y tenía la mirada perdida, no hablaba ni reconocía a nadie.
Lo internaron en psiquiatría en el mismo hospital, y ya nunca pudo irse de allí.   

domingo, 26 de agosto de 2012

La broma

Una luna llena nos vio salir del pueblo y atravesar el campo hasta la casa. Mientras caminábamos observé de reojo a quien me acompañaba, un conocido que se llama Eduardo. Buscaba en su rostro alguna sonrisa que delatara su intención de hacerme una broma, pero lo único que noté es que estaba muy serio. Al encontrarnos cerca empezó a ir más despacio, como quien se arrima a algo peligroso.
Cuando nos hallábamos frente a la casa, Eduardo ladeó la cabeza como para escuchar mejor.
Más que casa era una ruina, y por lo que se veía solamente una habitación mantenía sus cuatro paredes, y de milagro aún tenía puerta.
¡Ahí está! - me dijo - ¡Escuché! Es música, y viene de adentro.
También escuché la música, y sin dudas venía de adentro de la casa, pero se necesitaba mucho más para convencerme de que aquel lugar estaba embrujado.
 
- Voy a entrar a ver de dónde sale esa música - le dije, y encendí la linterna que llevaba.
- ¡No vaya! En esa casa no hay nadie desde hace años. Quién sabe qué es lo que la embrujó, ¡no entre!
- Voy a entrar igual, ya estoy grande para que me digan qué hacer - y dicho eso caminé hacia la puerta. Al empujarla miré hacia atrás porque escuché que Eduardo había salido corriendo, y lo vi alejándose por el campo. 

Quedé un momento en el umbral, adentro estaba oscuro y eso me hizo pensar. Me pareció que era difícil que alguien de allí se animara a estar en la oscuridad de una casa abandonada y  tétrica sólo para jugarme una broma. Pero si alguien se había animado, los pueblerinos después se iban a reír de mí; entonces entré e iluminé frenéticamente hacia todos lados. La habitación no tenía muebles. Iluminé todos los rincones, hasta el techo;  no había nada, mas seguía escuchando la música. Al oírla más claro, me di cuenta que era el tarareo de una persona, ¡pero allí no había nadie!
Giré hacia la puerta y, en ese preciso instante sentí que había algo detrás de mi, y me jalaron el abrigo con fuerza. Al tirar hacia adelante me liberé de lo que fuera que me estaba sujetando, y haciendo lo mismo que Eduardo huí corriendo.

Al llegar a las luces del pueblo, divisé a Eduardo y a otros conocidos, y vi que se estaban riendo.
Después de todo sí me estaban haciendo una broma pesada. No habían intentado asustarme con una falsa casa embrujada, me habían hecho entrar  a una que en verdad estaba embrujada.  



Fotos de un cementerio

Atilio, caminando entre las lápidas del cementerio, vigilaba su entorno disimuladamente. Cuando nadie lo veía, sacaba una cámara que llevaba dentro de un bolso y tomaba algunas fotografías. Era precavido porque un cementerio no es un lugar donde se pueda andar sacando fotos a diestra y siniestra como un turista.
Atilio tenía cierta fascinación con la muerte y todo lo relacionado a ella.
En el cementerio avanzaba lentamente un largo cortejo. Seis hombres cargaban sobre sus hombros un ataúd negro; atrás iban los dolientes, caminando cabizbajos.   A Atilio le pareció una escena fascinante. Medio ocultó tras un panteón le sacó varias fotografías al cortejo fúnebre.

Después llamó su atención el graznido de un cuervo, y al voltear hacia un árbol vio al ave, que posado sobre una rama, abría las alas y se balanceaba como si estuviera inquieto. Le tomó una foto al cuervo y buscó con la vista el lugar hacia dónde parecía mirar el cuervo. Vio a una pareja de jóvenes sonrientes que caminaban entre los panteones tomados de la mano.
Él vestía de traje; ella lucía un vestido negro largo y acampanado. Aquella escena sería algo común en otro lugar, pero allí…
Atilio apuntó su cámara hacia la pareja; ellos voltearon hacia él y sonrieron más, como aprobando que les tomara la foto, entonces se las sacó.
El cuervo volvió a graznar más fuerte; Atilio giró la cabeza hacia el ave, y al volver la vista hacia la pareja, se habían ido.    Le pareció extraño que desaparecieran tan rápido. Caminó hacia el lugar donde se encontraban ellos, giró en todas direcciones, pero ya no estaban.

Cuando reveló la foto que les sacó, los dos lucían como si estuvieran muertos desde hacía mucho tiempo. Ella era casi un esqueleto; y él tenía el rostro completamente putrefacto.

Para Marisol.

sábado, 25 de agosto de 2012

Zombies 1

Los relámpagos de la tormenta iluminaban completamente la noche. Después de aquellos instantes de claridad, en los que el paisaje agreste que había a ambos lados de la ruta era revelado, volvía a cerrarse la oscuridad, y las luces de la ambulancia que atravesaba aquella ruta, era lo único que se podía ver entre las tinieblas.
Fabricio iba condiciendo la ambulancia. Atrás iba Mónica, una enfermera; y acostado sobre una camilla iba un hombre cuya vida se estaba apagando.
Del cielo tormentoso descendió una copiosa lluvia, y tronó desde varios puntos, y los relámpagos se extendieron por las nubes, que muy bajas sobre aquel paisaje, volcaban toda su furia sobre él.
El parabrisas luchaba contra el agua que se deslizaba por la ventana del vehículo. Fabricio forzaba la vista para distinguir la ruta y no salir de ésta.

En medio del estruendo de la tormenta, le pareció escuchar la voz de la enfermera, y al mirar sobre su hombro vio que ella intentaba decirle algo. Al darse cuenta que Fabricio no la entendía, Mónica se acercó a él y gritó: ¡El paciente falleció! - Fabricio hizo un gesto indicando que la había entendido.
Seguidamente Fabricio disminuyó la velocidad. Mónica cubrió al hombre con una sábana.
La lluvia seguía arremetiendo contra el parabrisas, y los relámpagos continuaban mostrando por instantes el paisaje desolado que atravesaban.
De pronto un rayo siniestro alcanzó la ambulancia. Un sonido como de cañonazo aturdió a Fabricio, el vehículo se desvió, salió de la ruta, y tras detenerse abruptamente en un terraplén quedó medio volcado.

Después del impacto, Fabricio tuvo un instante de conciencia antes de desmayarse, y en ese momento vio por el retrovisor, al hombre que había muerto erguirse de golpe, y girar la cabeza hacia Mónica, que se encontraba tendida en el piso de la ambulancia.
De a poco fue recuperando la conciencia hasta quedar completamente despierto. El recuerdo del muerto levantándose vino a él como un relámpago. Miró hacia atrás y se horrorizó; todo estaba ensangrentado, mas no había ningún cuerpo.
Cuando intentaba quitarse el cinturón de seguridad, rompieron la ventanilla desde afuera, y el paciente que había muerto - que ahora era un zombie revivido por el rayo - metió sus brazos y lo sacó hacia afuera, atacándolo a mordiscos.   Mónica yacía sobre los pastos, pero pronto también se convertiría en un zombie, al igual que Fabricio.
Unas horas más tarde, cuando la tormenta ya se había marchado, un patrullero que circulaba por la carretera vio las luces de la ambulancia.

  
  

viernes, 24 de agosto de 2012

Tierra de muertos

Era de noche, y los zombies se abrían paso por el bosque, quebrando ramas y gimiendo al correr.
Delante de ellos iba Ramiro, que desesperado huía con todas sus fuerzas.  Tropezó y cayó varias veces, pero enseguida se levantaba y seguía. Saltaba por encima de los troncos caídos, se agachaba esquivando ramas, algunas igual le azotaban la cara, pero él seguía corriendo, y sus perseguidores también.   Solamente tenía sus manos para defenderse, y los zombies eran muchos; la mejor opción era seguir corriendo y tratar de dejarlos atrás.
La luz de una luna llena combatía contra las sombras de los árboles del bosque, y cada vez que Ramiro volteaba, esa claridad plateada le mostraba la horda de zombies que lo iba siguiendo. 

Ya comenzaba a cansarse, y los zombies a acortarle distancia. Al ver que lo alcanzaban, gemían cada vez más y quebraban a manotazos las ramas que se interponían a su presa.
Perseguido y perseguidores cruzaron el borde del bosque y alcanzaron una pradera.
Ramiro estaba débil; hacía muchos días que no se alimentaba de ningún animal, y aquel no era el alimento ideal para él, pero ya no había otra cosa, y aunque no podía morir de hambre, esa situación iba restándole fuerzas.

Ya estaban a metros de él. No podía huir más. Dejó de correr y se volvió hacia ellos; los zombies se le abalanzaron y comenzó la lucha.
Esquivó la embestida de uno y le arrancó la cabeza de un puñetazo. Barrió a otro con una patada baja, y apenas el zombie cayó al suelo, le aplastó el cráneo de un pisotón. Proyectó a dos que consiguieron tomarlo por los hombros, y levantando bien alto a otro, lo arrojó con fuerza sobre otros zombies. Y así siguió luchando, hasta que inevitablemente lo rodearon y pudieron sujetarlo, pero aún así no fue fácil liquidarlo, pues Ramiro era un vampiro. En la tierra ya no quedaban humanos. 

miércoles, 22 de agosto de 2012

Muertos en un hospital

A Germán lo intimidaban bastante los hospitales y nunca había visto un muerto. Atravesó la ciudad en su coche. Pasaban las doce de la noche. Una llovizna cerrada formaba hilos de agua que corrían contra la vereda, y los pocos peatones que circulaban iban corriendo, andando bajo un paraguas, o pasaban con la capucha de los impermeables cubriéndoles el rostro con su sombra.
 Estacionó cerca del hospital y fue corriendo hasta la puerta de éste, respiró hondo y la abrió.
El olor a líquidos antisépticos lo hizo quedar más nervioso al entrar. Germán cruzó por una sala de espera que se encontraba vacía, siguió por un corredor silencioso todo pintado de blanco, que era tan largo que el final se veía pequeño.  En el corredor había algunas puertas, y de una de ellas salió de pronto una enfermera. Mientras la enfermera salía, Germán alcanzó a ver hacia adentro, y era una habitación larga con dos hileras de camas, y sobre una de ellas había una persona con el rostro completamente desfigurado, que por un instante posó su mirada en la de él.  Había cruzado por la sala de quemados.

Al doblar en otro corredor, se detuvo frente a una ventanilla cuyo cartel indicaba que era la farmacia.
Su esposa le había indicado dónde estaba la morgue, pero no lo recordaba bien, así que preguntó:

- Buenas noches. La morgue, ¿en qué lado se encuentra?
- Hacia aquel lado, señor. Siga y después doble hacia la derecha - le respondió la mujer que estaba tras la ventanilla.
- Gracias.

Siguió por donde le dijo la mujer.  Cerca de la morgue, había dos personas sentadas en un banco. Una era una señora gorda que tenía el vientre abultado y la cara colorada; y a su lado se encontraba un señor cuyo rostro estaba renegrido, como amoratado. 
Al pasar frente a ellos Germán saludó inclinando la cabeza, y apenas le salió un débil “hola“. Ellos lo miraron pero no dijeron nada, sólo sonrieron.   Golpeó la puerta de la morgue, se escucharon unos pasos y unas voces, después un doctor que usaba un tapaboca asomó la cabeza.

- ¿Qué desea? - preguntó el doctor.
- Vengo a identificar el cadáver de un conocido. La policía me avisó y…
- Ah sí, espere ahí un momento que ya lo atendemos.

Mientras esperaba, la señora de rostro colorado y el señor de rostro renegrido lo observaron
Cuando lo hicieron entrar, mientras pasaba frente a una hilera de muertos, vio algo que lo sorprendió y aterró al mismo tiempo. Entre la fila de muertos estaban el señor y la señora del corredor; había visto sus apariciones.  Cuando salió de la morgue ya no estaban.

domingo, 19 de agosto de 2012

En el salón de una escuela

Cuando Álvaro y sus dos compañeros de trabajo llegaron a la escuela, ésta se encontraba vacía y silenciosa.  Ya era noche. Afuera la temperatura era agradable, mas en el interior de la escuela estaba bastante frío. Enseguida sintieron un olor desagradable, e instintivamente giraron la cabeza buscando la fuente de dicho olor, pero en ese instante dejaron de sentirlo; se había marchado.
Vamos a ir trayendo las cosas - dijo de pronto Álvaro, y sus compañeros, Daniel y Alejandro, que aún seguían buscando no sabían qué con la mirada, se estremecieron al oír su voz, como se estremece una persona que, estando expectante por alguna razón, es sacudida de pronto por la mano de alguien al que no vio acercarse. 

Mientras Álvaro desidia por dónde comenzar, los otros fueron trayendo los tachos con pintura y las herramientas.  Los habían contratado para pintar toda la escuela. Como solamente tenían un día, iban a trabajar unas horas esa noche, y así dejar todo pronto para comenzar a pintar por la mañana.
Salón por salón, agruparon lo pupitres en el centro y los cubrieron con nylon, luego empezaron a lijar las partes de las paredes que lo necesitaban.
De pronto, escucharon ruidos. Después de mirarse extrañados, pues estaban seguros de que estaban solos, prestaron atención al ruido. Venía del salón contiguo, y sonaba como si alguien caminara sobre los pupitres.

- ¿Será que vamos a ver…? - susurró Alejandro, con la esperanza de que sus compañeros dijeran que no. Aquella escuela le daba una muy mala impresión.
- Claro, tenemos que ir. Mientras estemos aquí la escuela es nuestra responsabilidad - dejó en claro Álvaro, aunque en su interior tampoco deseaba ver qué andaba en aquel salón, pues incluso hasta el más escéptico se vuelve un creyente en determinadas situaciones.   Daniel no dijo nada, sólo se limitó a asentir con la cabeza. En el salón contiguo seguían los ruidos, y ahora, más que caminar, parecía que alguien estaba bailando sobre los pupitres.

Uno al lado del otro, avanzaron lentamente por el corredor, procurando no hacer ruido. Frente a la puerta Álvaro extendió los brazos para detener a sus compañeros.  Dejen que yo me asomo primero - les susurró. La luz estaba encendida. Abrió un poco la puerta y se inclinó para ver hacia adentro. Entonces, lo que estaba sobre los pupitres lanzó un grito espeluznante. Álvaro cerró la puerta de golpe y se echó a correr al tiempo que les gritaba a sus compañeros ¡Vámonos de aquí! ¡Corran!
Ya en la calle, sus compañeros, que estaban aterrados, le preguntaron qué había visto; Álvaro no quiso decirles, sólo repetía: ¡Era algo espantoso, era algo espantoso…!
      

jueves, 16 de agosto de 2012

El hospedaje

Sé que es difícil de creer pero sucedió.  Una tormenta me había empujado hasta el único hospedaje que vi en aquella carretera. Me pareció muy imprudente seguir manejando de noche con una terrible tormenta sacudiendo rabiosamente todo lo que hallaba a su paso.
Detuve el coche en la entrada del hospedaje y atravesé el patio corriendo. Unos árboles que estaban cerca de allí se torcían hacia un lado como si un gigante los jalara con intención de arrancarlos. El viento estaba sumamente fuerte, y aunque intenté avanzar en línea recta, dí unos pasos hacia el costado por culpa de la fuerza de la tempestad.  Abrí la puerta, y al cerrarla tuve que empujar con fuerza. Afuera, el viento y la lluvia quedaron protestando, aullando sobre el paisaje de las cercanías, que a pesar de estar oculto tras la negra cortina de la noche, por indicios se adivinaba que era un extenso bosque.
En el recibidor, detrás de una barra, asomaba el busto de un hombre anciano que me estaba mirando.

- Buenas noches. ¡Ésta sí que es una tormenta! - comenté, pasándome la mano por la cara para secarme. El anciano, sin contestarme, se dio media vuelta y tomó una llave del tablero, y volviéndose hacia mi señaló un formulario que estaba sobre la barra, y me dijo:
- Tiene que registrarse.

En el registro estaba lo que costaba pasar la noche allí; me pareció muy barato. Eché una mirada al lugar y concluí que debían cobrar poco porque el lugar no era gran cosa, aunque era aceptable .   Tomé la llave, y cuando iba a preguntar hacia dónde estaba la habitación, el anciano señaló un pasillo con la mirada.
Nunca atravesé un pasillo tan silencioso. Los ruidos de la tormenta llegaban muy apagados.
Al encontrar la habitación cuyo número coincidía con el de la llave, abrí completamente la puerta y di un paso hacia adentro. La habitación estaba completamente oscura. Intenté encender la luz pero no funcionaba, y repentinamente todo estaba oscuro. Las luces del pasillo se habían apagado y no veía absolutamente nada.  Extendiendo los brazos encontré la pared del pasillo. Caminé pegado a ella.
El terror que causa la oscuridad en un lugar así, en una noche como aquella, quería controlarme a cada paso que daba; y en medio de aquella lucha entre el terror y mi autocontrol, creí escuchar o escuché algunos susurros que parecían venir desde el interior de las habitaciones, y sentí que algo que pasó a mi lado me rozó el brazo.  

Ya dominado por el terror, apuré el paso hasta que terminé corriendo. Al salir al recibidor, los relámpagos que se filtraban por debajo de la puerta me indicaron la salida. 
Ya afuera, la lluvia me golpeó con fuerza en la cara, pero aquello era mucho mejor que la oscuridad del pasillo. Subí al auto, y después de conducir unos cientos de metros me detuve en un costado de la ruta, donde pasé el resto de la noche.
Por la mañana, con la luz del día haciéndome pestañear, pues la tormenta se había retirado y brillaba el sol, las impresiones de la noche se disiparon, y me parecieron absurdos los terrores que me habían asaltado en el pasillo oscuro.  Tal vez con la intención de aclarar el asunto, regresé al hospedaje.
Apenas entré quedé completamente sorprendido; había telas de araña por todos lados, telas que eran el resultado de años de abandono. Una capa gruesa de polvo se depositaba sobre todas las cosas, y sobre la barra, lo único que no estaba completamente cubierto por el polvo, era el formulario que el anciano me había hecho firmar. Tras la barra, las telas de araña se cruzaban evidenciando que hacía mucho tiempo que alguien no se paraba allí.   

miércoles, 15 de agosto de 2012

Terror en el metro

El metro corría por las entrañas de la ciudad.  La mayoría de los vagones estaban vacíos. Al subir, Ismael buscó un vagón donde hubiera gente. Avanzó agarrándose de los respaldos de los asientos. El metro se desplazaba a gran velocidad por larguísimos túneles oscuros. Divisó un vagón donde había varias personas, corrió la puerta y entró.   Los demás pasajeros, después de seguirlo con la vista hasta que se sentó, cruzaron rápidas miradas entre ellos. Ismael lo notó, y a su vez los examinó con la mirada, pero ya nadie le prestaba atención.
Seguían atravesando un túnel oscuro cuando el metro comenzó a desacelerar hasta que se detuvo.
Ismael miró por la ventanilla; no había ninguna estación. Gracias a la luz del vagón se distinguían unas vías, luego un andén que se elevaba por encima de éstas, y un poco más allá del andén que era muy angosto, uno de los muros del túnel.

Por el andén angosto, venía caminando una persona que tenía la cabeza cubierta por una especie de capucha. Ismael pensó que se trataba de algún vagabundo.  Al llegar frente al vagón se quitó la capucha, y su cabeza era parecida a la de un murciélago, y enseguida comenzó a emitir un chillido al tiempo que movía sus enormes orejas.
A Ismael se le erizó la piel de terror y sintió un escalofrío corriéndole por la espalda, y no sólo por ver a la espantosa criatura, sino también por escuchar, inmediatamente después de que la criatura empezó lanzar el chillido, que le respondían con iguales chillidos desde adentro del vagón; y al voltear vio que todos los pasajeros tenían cabeza de murciélago, y que lo estaban mirando. 

sábado, 11 de agosto de 2012

El cuarto prohibido

En la casa sólo había un cuarto al cual no podía ingresar.  Los dueños -una pareja de ancianos- le dijeron a Daniela el primer día que llegó a vivir y trabajar allí, que por ningún motivo podía entrar en aquel cuarto, aunque no le dieron explicaciones de por qué no debía hacerlo.
Daniela debía encargarse de la limpieza. La casa tenía dos pisos. Cualquier parte que se mirara hablaba de lo antigua que era, y a Daniela le resultaba algo intimidante, principalmente por haber visto películas de terror que transcurrían en lugares muy similares a aquel.
Además de ella y los ancianos, había otra mujer, que era la encargada de cocinar. La cocinera era tan reservada como los ancianos, por lo que Daniela ni intentó preguntarle qué había en la misteriosa habitación. 
Los ancianos se la pasaban sentados en la sala, y apenas intercambiaban alguna que otra palabra; la cocinera, cuando no estaba trabajando estaba encerrada en su habitación, por eso casi siempre la casa estaba silenciosa durante el día, y al silencio del interior se sumaba la quietud de las praderas tristes que la rodeaban.
Por las noches la situación era diferente. Desde su cama, Daniela escuchaba ruidos, que a veces sonaban tan fuerte que la hacían levantarse, y con el corazón agitado asomaba la cabeza en el pasillo, sólo para no ver nada, y más asustada aún regresar a acurrucarse en la cama.

-  ¿Usted no escuchó nada? - le preguntó Daniela a la cocinera durante el desayuno, la primera vez que amaneció allí. La cocinera primero untó mermelada en un pan, después, sin mirarla le contestó:
- Yo no. Estoy acostumbrada a los ruidos de la casa.
- Pero durante el día no escuché ningún ruido así.
- Si algo le molesta puede irse cuando quiera.
- No dije que me quería ir. Perdón, debe ser porque no estoy acostumbrada.

Desde esa vez Daniela no preguntó más, aunque siguió escuchando los ruidos.
Una noche, siendo temprano aún, Daniela estaba en su habitación cuando golpearon la puerta.

- ¡La cena está lista! - dijo una voz desde el Pasillo; era la cocinera.
- ¡Gracias! Ya voy - dijo Daniela, que recién había terminado de ducharse y se estaba peinando.

Al atravesar el pasillo rumbo a la cocina, cruzó frente a la puerta del cuarto prohibido, y vio que estaba entornada.  Se detuvo y miró hacia ambos lados; nadie la veía. Entonces se acercó más y miró hacia adentro. La luz estaba encendida. Al asomarse más vio que sobre una cama polvorienta y sucia, conectada con la pared y el techo por innumerables telas de araña, había un esqueleto humano que, al estar recostado a  unas almohadas se mantenía sentado, y también estaba cubierto por telas de araña.
Aquel descubrimiento le arrancó un grito a Daniela, y para aumentar su terror, el esqueleto giró la cabeza hacia ella y, moviendo hacia abajo y hacia arriba la mandíbula inferior, hizo castañear sus dientes.  Entonces Daniela salió disparada hacia la cocina.  La cocinera, deduciendo lo que había pasado, le dijo que debía marcharse inmediatamente, y que no se molestara en contar lo que había visto porque nadie le iba a creer.  



sábado, 4 de agosto de 2012

Otro ahogado

Cuando vez que íbamos a bañarnos en el arroyo, arrojábamos piedras hacia la casa.
Estaba abandonada no sé desde qué época, y era realmente aterradora. Unos árboles de follaje oscuro la mantenían entre las sombras. En el fondo había un pozo de agua, un vetusto jardín lleno de malezas, y lo que parecía ser los restos de un invernáculo. En el frente, una vereda de piedra que se perdía entre los pastos en algunos tramos, comenzaba en el portón enrejado de la propiedad y terminaba en unos escalones que subían hasta la puerta de la casa.
Para ir al arroyo bordeábamos el alambrado que era el límite de aquella propiedad. Le tirábamos piedras porque éramos niños y le temíamos, y se suele atacar lo que se teme.  La mayoría de nuestros proyectiles daban en los árboles que rodeaban a la casa; sólo algunos traspasaban aquella barrera y daban contra los ladrillos de los muros, o a veces entraban por una ventana ya sin vidrios, entonces festejábamos como su hubiéramos hecho un gol.

En algunas ocasiones,  éramos unos cuantos niños los que cruzábamos por allí, pero nunca nos atrevimos a traspasar el alambrado; por eso, cuando escuché aquellas voces que venían desde la casa, desconfié enseguida. 
El día estaba nublado y algo tormentoso, seguramente por eso a ninguno de mis compañeros se le ocurrió ir hasta el arroyo.  Recuerdo que miré varias veces el cielo. Unos nubarrones espesos, que parecían ser tan sólidos como una montaña, se congregaban por todos lados; aún así igual fui rumbo al arroyo.  Al cruzar al lado de la casa, me detuve al escuchar que me llamaban, y girando la cabeza hacia ella pregunté:

- ¿Quién está ahí?
- Nosotros - me respondieron en coro. Enseguida reconocí la voz de mis compañeros.
- ¿Están adentro de la casa? ¿Cómo se animaron a entrar?
- Ven con nosotros. Encontramos algo muy interesante, ven pues, ¡ándale!

Además de ser un poco extraño que hablaran casi a la misma vez, aquellas no eran las palabras que usarían mis compañeros. Desconfiado, quedé donde estaba, y mirando hacia la casa, vi algo en una de sus ventanas. En un primer instante creí que era una mujer maquillada horriblemente, mas enseguida noté que se parecía más a una muñeca horrenda que a una persona, aunque se movía como si estuviera viva.
¡Que impresión tan fuerte que sufrí ese día, y que terror tan repentino y espantoso! Cuando llegué a mi casa dicen que estaba blanco como un papel.
Si hubiera entrado en la casa hubiera desaparecido para siempre, como desaparecieron dos niños del pueblo, en diferentes épocas. Todos suponen que se ahogaron en el arroyo, aunque buscaron kilómetros corriente abajo y nunca los hallaron, pero yo estoy seguro de que no llegaron a él.