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sábado, 29 de septiembre de 2012

Directo a un pueblo fantasma

Fred caminaba por una zona lúgubre de Irlanda. En el camino por donde iba no se marcaba ni una huella reciente de vehiculo, lo le pareció un poco raro, pues según le habían indicado que aquel  camino llegaba hasta el pueblo que era su destino.
Fred había nacido en Norteamérica pero sus raíces eran de Irlanda. Buscando el pueblo donde nacieran sus abuelos, se apartó de una ruta transitada y, como ningún transporte iba hasta allí, no tuvo más salida que seguir a pie. 
Cruzó por un paisaje de colinas rocosas y escasa vegetación. El cielo estaba nublado y el viento empujaba con fuerza, y aullaba  entre las rocas.

Al avanzar más, el paisaje se fue aplanando, hasta que las colinas dieron paso a vastas llanuras cubiertas por plantas ralas que se apretujaban contra el suelo.  Al tender la mirada hacia adelante vio que el camino se desviaba hacia la derecha, rodeando un páramo desolado. Al seguir el camino con la vista alcanzó a divisar las grises construcciones de un pueblo.
El día llegaba a su fin y se estaba poniendo más frío. La vía más corta era yendo por el páramo. Fred consultó su reloj, dudó un poco, volvió a tender la mirada, y al final decidió cortar camino por el páramo. 
Llegó al pueblo cuando la noche ya se había impuesto sobre el paisaje, y una niebla densa cubría el desolado páramo. Para su sorpresa, el pueblo no era menos lúgubre que el lugar que acababa de cruzar. Todo estaba en silencio. Tomó una callejuela empedrada. Sólo sus pasos sonaban en aquel lugar. En las casas no había ni una luz, no se veía a nadie circulando por las calles; era un pueblo fantasma.

Fred vagó por aquellas inquietantes calles, tan silenciosas como un cementerio. La niebla también vagaba por ellas y ocultaba con su manto fantasmal a gran parte del pueblo.
Sus esperanzas de encontrar a alguien se esfumaron entre la niebla. Se detuvo a considerar sus opciones, solamente para darse cuenta que no tenía otra opción que esperar el amanecer en el pueblo. Hacía demasiado frío como para volver al camino, y no tenía las energías, ya estaba muy cansado.
Eligió una casa al azar; la puerta estaba abierta.  Utilizando la llama de su encendedor se guió por el interior de la vivienda. Vio una chimenea y a un costado de ésta un montón de leña apilada. Se abocó a encender el fuego. Cuando las llamas crecieron se iluminó la habitación, que era pequeña, el resto de la casa estaba completamente oscura, y sólo se alcanzaba a ver el comienzo de un corredor, más allá era todo penumbras.  Fred no quiso recorrer el resto de la casa, sólo le echó una mirada a la habitación en donde se encontraba.

En la habitación había una mesa polvorienta y un par de sillas, una de ellas rota. Fred arrimó la que estaba sana a la chimenea y se sentó a calentar el cuerpo.
Tenía las palmas vueltas hacia el fuego y contemplaba las llamas, cuando al creer ver algo por el rabillo del ojo miró hacia un lado, entonces vio algo grotesco, terrorífico. Al levantarse bruscamente tropezó con la silla y cayó de espaldas en el suelo. Acababa de ver la cabeza flotante de una anciana que sonreía extrañamente. La cabeza levitaba por la habitación mientras lo miraba.
Fred se levantó, y a pesar del terror que lo invadía atinó a tomar su mochila y se precipitó hacia la puerta. Antes de traspasar el portal miró hacia atrás, y vio que del corredor oscuro salía corriendo hacia él el cuerpo sin cabeza de la anciana.

Al escapar por la calle notó que ahora en todas las casas había actividad. Apariciones horrendas se asomaban por las ventanas y lo veían pasar.
Fred corrió hasta que no pudo más, dejando atrás el pueblo. Después pasó una noche terrible, donde casi murió de frío y agotamiento, pero logró sobrevivir y al otro día se marchó de Irlanda.
Nunca llegó a conocer el pueblo de sus antepasados, pues había interpretado mal las indicaciones que le dieron, y había llegado al pueblo fantasma porque estaba perdido.   

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