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viernes, 28 de septiembre de 2012

La cara del terror

Había salido a probar mi nueva camioneta. Me interné en unos caminos rurales. Crucé por parajes desabitados, allá cada tanto veía alguna casa entre el verde del campo. Anduve por un camino que bordeaba a un monte oscuro, desde donde partían pájaros que salían volando hacia el cielo azul.
Alcancé unos cerros que se iban agigantando a medida que me acercaba, y sobre una loma del camino me detuve a contemplar el paisaje que era como un mar verde estático, donde había pequeñas islas que eran arboledas.  Allí vi al sol bajar hacia el horizonte, y observé como una gran sombra iba cubriendo el paisaje.

Cuando fui a regresar me di cuenta que no sabía por dónde; estaba perdido.
Pronto se hizo noche. Con la oscuridad aumentó mi confusión.  Hacía un esfuerzo por reconocer algo del camino, por acordarme hacia dónde doblar. Varias veces creí estar bien orientado, y de pronto me acercaba a una curva o una recta que no reconocía.
En una parte las luces de la camioneta iluminaron la figura de un hombre que estaba sentado en la orilla del camino. Estaba sentado en el suelo, tenía los antebrazos sobre las rodillas, y al estar medio arroyado, sus antebrazos y las rodillas cubrían su cara.  Me detuve a preguntar desde la ventanilla:
¡Buenas noches! - lo saludé -. Ando medio perdido. ¿De aquí cómo hago para salir a la ruta?

Fue levantando la cabeza lentamente. Cuando vi su aspecto se me erizó la piel; no tenía ningún rasgo aterrador, era la falta de rasgos lo que me aterró, pues no tenía cara. Sí tenía cabellera, era larga y desprolija, y al agitar la cabeza con una rapidez increíble, la melena se sacudió hacia todos lados, y de un instante a otro tenía cara, y era igual a mí, tenía mi rostro.
El mismo terror me hizo acelerar y dejé atrás a aquella cosa. Qué era, no lo sé.
Después de manejar como una hora más finalmente llegué a la ruta, y luego a mi casa.


 

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